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El beso de la memoria: entrevista a Alberto Salcedo Ramos

albertoCarlos 250Fue una sorpresa, una grata sorpresa. Y muy oportuna. Nos preguntaron telefónicamente si querríamos participar en la presentación del libro Botellas de náufrago (Luna Libros, 2015), de Alberto Salcedo Ramos. Se trataría de un conversatorio en el marco de la Feria del Libro de Cali, eso nos dijeron; y que sería algo informal. Bueno. Justamente: estábamos trabajando en una monografía sobre este cronista barranquillero, llevábamos casi un año en ello y ésta sería una excelente manera de concluir. “Bueno”, repetimos; y la cita quedó hecha. Después de ese diálogo a tres voces, nos sentamos a transcribir y a editar la grabación. Y he aquí la síntesis de aquella conversación con uno de los mejores cronistas contemporáneos de Colombia.

Alberto, en tu obra hay personajes que, debido a diferentes situaciones, se ven abocados al fracaso. En tus reportajes y crónicas vemos seres humanos en condición de derrota. ¿Eres consciente de esa constante en tus trabajos? ¿Qué podrías decirnos al respecto?

Fíjate que al principio yo no era consciente de eso, sólo escribía sobre gente que me llamaba la atención. Y de pronto un día, alguien me hizo caer en la cuenta de que muchas de las personas que aparecían en mis crónicas tenían como denominador común el fracaso. Pero un día vi que también a Hemingway le dijeron eso una vez; y otro día vi que se lo dijeron a Federico García Lorca, que no escribía crónica sino poesía; y otro día vi que se lo decían muchísimo a Gay Talese. En el año 2007, precisamente, Gay Talese estuvo en Bogotá. Una noche salimos a comer y entonces yo dije: bueno, ya que a mí me preguntan esto, me voy a desquitar con alguien; así que le hice la pregunta. Se lo dije de la siguiente manera: “¿Maestro, usted por qué escribe tanto sobre perdedores?”. Y él me dio una respuesta tan buena que yo, a partir de ese momento, me la robé. Ahora la uso para responder preguntas como la que ustedes me acaban de hacer. Él me dijo: “Al final de cuentas, todos somos perdedores; es sólo una cuestión de tiempo”. Hagamos lo que hagamos, todos vamos a perder, ¿si me entienden?

 

Tu amigo Jorge García Usta, en su texto “Cómo aprendió a escribir García Márquez”, hace referencia a Ripley, quien era un periodista norteamericano que viajaba por el mundo en busca que cosas insólitas. De igual manera, hay una tendencia en tu trabajo a registrar lo infrecuente, lo desacostumbrado. Por eso queríamos preguntarte, ¿cómo orientas la búsqueda de temas para tus crónicas?

oro oscuridad 350Bueno, la recurrencia de lo insólito, de lo curioso o de lo raro, sí creo que está presente en mi trabajo. Probablemente, esto se filtró en contra de mi voluntad. Sin embargo, esto es mucho más que un simple capricho. Tal vez la búsqueda de lo insólito sea una manera de superar la tristeza. Yo crecí en una región que le da rienda suelta al Eros en medio de un país que prefiere enterrarse en el Tánatos. Quizás persigo lo insólito porque los habitantes del Caribe le tenemos pánico a vivir en la tristeza, a ensimismarnos en ella. Nosotros en la costa no nos juntamos para hacer una parranda, abrazados, llorando (eso no quiere decir que no lloremos). En la costa preferimos ser ruidosos; por eso hablamos a gritos, por eso nos damos al chisme. Yo he dicho varias veces que en todas parte hay chisme; pero que el único lugar del planeta donde, por virtuosismo, la gente chismosea en tiempo futuro, es en Barranquilla. Allá no te dicen que a Susana la embarazaron, sino que la van a embarazar. ¡Y la embarazan!

 

En tus crónicas encontramos con frecuencia lo que ha dado en llamarse cultura popular. O sea, ese universo habitado por personajes comunes y corrientes, salidos de calles, barrios y pueblos, con sus historias y creencias. Aquí tiene lugar la expresión vulgar del lenguaje, e incluso la comida hace parte de ese mundo. ¿A qué se debe esa presencia tan fuerte de lo popular en tu obra?

Lo que pasa es que el Caribe, donde yo crecí, es el paraíso de la indiscreción y de lo popular. Cuando era chico, yo delataba a los niños que decían groserías sólo por el placer de poder repetirlas. Y si me preguntaban qué quería ser cuando fuera grande, yo respondía que periodista; pero, en realidad, lo que yo quería ser era un adulto vulgar. Sí: el lenguaje nos da identidad. Por ejemplo, cuando hice mi primera columna para el periódico El Mundo, de España, estaba muy inseguro y temeroso porque no sabía si lo españoles se iban a conectar con mi prosa, con mi manera de ver las cosas o con los chistes que hago. Recuerdo que escogí un tema pensando en que tuviera impacto y acogida, entonces escribí sobre las malas palabras porque, tanto los españoles como yo, somos groseros. Y para eso, eché mano de muchas expresiones vulgares que he oído en distintas partes y he anotado en mi libreta. El caso es que esa columna gustó allá.
Sobre la comida, te cuento que hace poco en Bogotá, me convidaron a una charla con la gran periodista Alma Guillermo Prieto. El evento se llamó El periodismo Glotón. Cuando me puse a ver, me di cuenta que es impresionante lo que he escrito de comida. Le he hecho elogios al arroz, a la empanada, al patacón, a lo que yo llamo la comida de verdad. Inclusive, en las crónicas, puedes ver la cantidad de personajes con los que aparezco comiendo. La comida es otra manera de crear identidad. El texto que titulé “La manteca que nos une”, por ejemplo, es un elogio al Caribe. Lo que nos une en el Caribe es la manteca, el culto a la grasa. Tú puedes reunir a un haitiano, un jamaiquino, un venezolano y un cubano, y es muy probable que no se entiendan debido a sus idiomas; pero, si pones una empanada en el medio de ellos, automáticamente se entienden. Mira, lo peor que le puede pasar a un caribeño es que lo noqueen a brócoli.
Y en cuanto a los protagonistas de mis crónicas, yo no hago periodismo para ensalzar ese personaje vanidoso y frío que todos solemos mostrar. Yo hago periodismo para descubrir lo que hay detrás de ese personaje.

 

El modo en que un narrador cierra sus relatos funciona como una especie de huella dactilar. Nosotros hemos encontrado algo muy curioso en tus finales. En este sentido: a pesar del fracaso vivido por tus personajes, tú no acostumbras cerrar de un modo oscuro y trágico. Más bien buscas alguna manera de iluminar compasivamente, desde el punto de vista del ser humano, el drama de esos perdedores. ¿A qué atribuyes ese estilo que tienes para rematar tus textos?

alejo alberto 350Yo creo que en el fondo soy un cursi, un optimista más. Fíjate: hace poco amanecí con un estado de ánimo muy jodido, que incluso provocó una columna periodística. Resulta que aquel día amanecí acordándome de la muerte de mi mamá, de ese año tan difícil que ella tuvo. Esa mañana me metí en el tema, como lo he hecho con tantos otros asuntos que me han dolido en la vida. Porque lo que me preocupa es que las cosas se puedan olvidar. Quiero decir: escribo porque quiero que quede memoria de eso. Ya cuando me aseguro de que va a ser recordado, significa que puedo soltarlo. Sin embargo, todo esto es una ilusión porque los que tenemos buena memoria estamos encadenados a esa memoria.

 

A propósito de la memoria, en tus crónicas, como en el periodismo en general, encontramos testimonios que reconstruyen historias desde los recuerdos, anécdotas traídas desde el pasado. En tu posición como cronista, cuéntanos qué importancia tiene la memoria en la crónica.

La crónica es memoria. La mejor forma de explicártelo es con una historia que viví. Yo hice una crónica sobre el pueblo El Salado, donde se cometió una de las peores masacres en la historia de Colombia. Cuando iba a realizar esa crónica, me llevé un libro de algunas recomendaciones para hacer un periodismo responsable, especialmente en el momento de relacionarse con víctimas. Recuerdo que cuando llegué, encontré un habitante que me empezó a hablar de las cosas que, según ese libro, yo no debería preguntar. Me habló de la letra menuda, de los crímenes atroces. Y yo le pregunté al tipo: “¿Usted por qué me cuenta eso?”. Y él me dijo: “porque usted lo va a contar y, cuando usted lo cuente, el país lo va a recordar de nuevo. Eso es lo que queremos nosotros que suceda. Olvidarlo es hacerles un favor a quienes nos matan”. A partir de ese día, entendí el valor de la memoria en la crónica. Pero también es verdad que la buena memoria exalta ciertas cosas y te encadena a otras, que no son tan amables. Si la buena memoria me sirve para recordar que mi mamá murió, por qué no usarla también para recordar un beso que ella me dio una vez, un beso que todavía oigo sonar de vez en cuando en mi memoria.

 

Entrevista enviada a Aurora Boreal® por Alejandro José López Cáceres y Carlos Arango Cruz. Publicada en Aurora Boreal® con autorizaciñon de Alejandro José López Cáceres y Carlos Arango Cruz. Fotografía tomada durante la conversación entre Alberto Salcedo Ramos, Carlos Arango Cruz y Alejandro José López Cáceres © Jairo Alonso Galeano. Carátula del libro El oro y la oscuridad: la vida gloriosa y trágica de Kid Pambelé cortesía de Alejandro José López Cáceres © Aguilar.

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