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Entrevistas

Alfredo Pita: La escritura es creación y resistencia

alfredo pita 250Entrevista en exclusiva para Aurora Boreal®

 

En los últimos años, el escritor Alfredo Pita (Celendín, 1948) se ha vuelto un referente indispensable en la narrativa peruana contemporánea. Radicado en París desde hace treinta años, Pita nunca se desligó del Perú, de la compleja historia y realidad de su patria. Producto de esto es su celebrada novela El rincón de los muertos, su más reciente libro, donde el escritor se sumerge e indaga en los terribles meandros del Conflicto Armado Interno (1980-2000). Su anterior novela, El cazador ausente, ya le había valido el Premio internacional Las Dos Orillas, en España, en 1999. Es también autor de los libros de cuentos Y de pronto anochece, Morituri y Extraños frutos, del libro de memorias Días de sol y silencio y otros. Nos conocimos hace dos años durante la presentación de El rincón de los muertos en la FIL de Lima y empezamos un diálogo que, gracias a la tecnología, hoy cristaliza en esta iluminadora entrevista en la que Pita nos habla del oficio del escritor, de su proceso creativo, de sus lecturas, de las batallas de su generación, de la política mundial y, por supuesto, de su tenaz y valiente compromiso con la literatura.

 

Carlos Villacorta: Ha habido una revalorización de tu obra en los últimos años, especialmente con tus dos novelas El cazador ausente (2000) y El rincón de los muertos (2014). ¿Cómo ves tu trabajo a treinta años de la publicación de tu primer libro de cuentos, Y de pronto anochece (1987)?

Alfredo Pita: Ha sido un largo periplo, accidentado, con altos y bajos, con algunas frustraciones, pero también con momentos muy gratificantes. En el pasado he hecho balances, pero hasta ahora no me había detenido a reflexionar globalmente sobre mi trabajo. Me das la ocasión. Aunque las condiciones en que me he desenvuelto no siempre han sido ideales, estoy satisfecho con lo logrado, con mis proyectos actuales, que me apasionan, con el eco que han tenido mis cosas casi desde el comienzo. Sí, es cierto, en los últimos años, en el Perú, se hace más caso de mi trabajo. Se valoriza lo que hago, sobre todo mis novelas. De los libros de cuentos se habla menos. Espero que en el Perú, como en otros lugares, no se comience a descuidar el cuento como género, sería una lástima.

 

cazador ausente 350CV: ¿Cuándo hablas de frustración a qué te refieres?

AP: Un escritor, como cualquier otra persona, enfrenta problemas de todo orden, que debe resolver, pero hay dificultades que le son específicas, por ejemplo el que su trabajo tenga, o no, acogida. Esto puede ser crucial y yo lo debí enfrentar en un momento en el Perú. Cuando tú hablas de revalorización de mi trabajo, yo diría más bien visibilización. Todos sabemos cuán reducido es el espacio en el sistema literario peruano. Esto me obliga a evocar un hecho casi folclórico, el fracaso del cerco de silencio que algunos intentaron montar contra El cazador ausente en el momento del premio internacional. Ahora todo eso es sólo una anécdota.

 

CV: ¡Qué bueno! Es algo superado entonces…

AP: Como te lo digo, apenas una anécdota. Hubo quienes, hace unos años, se obstinaron en cerrarme puertas, pero hace ya mucho que asumí que puedo vivir y trabajar sin la venia de los valets culturales incrustados en la gran prensa. Lo importante es que los buenos críticos, con frecuencia marginados por esa misma prensa, los profesores competentes, sí me toman en cuenta. Ah, y están también mis amigos periodistas, los no especializados, que no me desamparan.

 

CV: ¿A qué atribuyes la hostilidad, la antipatía de los primeros?

AP: No era antipatía, era de buena guerra. En su momento, el premio español a El cazador ausente significó la inmediata traducción y publicación de la novela en varios países europeos. Esto desató celos y resquemores, pequeñas mezquindades, pero en el fondo se trataba de una discrepancia mayor, de una forma antinómica de ver las cosas, de un posicionamiento mutuo, de su parte y de la mía, ante el poder, ante el orden tradicionalmente impuesto, en nuestro medio, en el ámbito de la creación y la cultura. Yo nunca he aceptado jerarquías ni formas de acatamiento virreinales en el ámbito cultural, y esto sigue existiendo en Lima. Algunos se acomodan perfectamente, con hipocresías y dobles discursos, al sistema, a sus ritos. Yo tengo la nuca rígida y no me inclino ante valets ni ante señorías.

 

CV: Volviendo a tu trabajo, entonces, estás contento…

AP: Sí, por lo dicho. Mi trabajo ahora es visible y valorado, pese a que en estos años también ha sufrido lo que yo mismo le he infligido: los efectos marginadores de mi prolongada ausencia del país, de mi condición de emigrante, y el reflejo de algo muy mío: en general tengo claras mis metas, pero no me convence el ser ganancioso. No busco conquistar, situarme a toda costa. Para mí la escritura es creación y resistencia frente a la fealdad del mundo, es afirmación de la vida. Nunca vi la escritura como una carrera para triunfar socialmente. Esto, que desgraciadamente tiende a ser una norma hoy, no va conmigo.

 

El cazador ausente francesa 350CV: ¿Hay una ética de la escritura? Lo que dices me lleva a recordar algo que has escrito sobre los nuevos escritores peruanos. En tu Réquiem por Miguel Gutiérrez (1) dices: “Hoy más que nunca los jóvenes escritores limeños y provincianos se enfrentan a un sistema inicuo y excluyente, que pretende domesticarlos”. Que “los invita a prostituir sus sueños”, agregas incluso. ¿No exageras un poco? ¿Cuán cierto es todo esto?

AP: Lo digo con claridad en el artículo, pero te agradezco que me permitas explicarme. No es un caso específicamente peruano, tiende a ser global, pero en nuestro medio el fenómeno está reforzado, y parece que tiende a estarlo más aún. El modelo neoliberal que campea por todo sitio impone un canon, su canon, o sus modas, a secas. En el caso del Perú las cosas son más nítidas por las particulares condiciones en que, desde siempre, se ha desenvuelto la cultura, la creación. En el campo de la literatura esto se ha visto agravado por la inconsistencia endémica del sector editorial independiente y por la tradicional endeblez del campo crítico, salvo honradísimas excepciones. Nuestros críticos son escasos y más escasos aún los informados, los que leen de verdad y se hacen de una cultura literaria. Esto facilita la imposición tácita de una estética corrupta, deleznable, lo que me lleva a decir que, fatalmente, los jóvenes escritores son tentados, o, mejor aún, empujados a abandonar su propia voz, sus sueños originales, sus empeños personales, para adecuarse a los paradigmas y perversiones del mercado, a los modelos que éste impone y que les garantizan, a ellos, chatura y mediocridad, y, al sistema, exitismo y autocelebración, los carburantes que necesita para funcionar sin altibajos. No es casual que en las últimas décadas hayamos visto el auge de una narrativa sin carne ni referencias, vacua y complaciente, o los ataques contra el neoindigenismo y el realismo que potenciaron la narrativa peruana en el siglo pasado, o contra la memoria, que nutre la creación que evoca el violento Perú de la guerra interna y sus secuelas. Sin olvidar, más recientemente, los patéticos ataques contra el Boom, cuyos libros, además de su altísima calidad literaria, fueron poderosos instrumentos de critica de la realidad y de la vida, influyentes no sólo en el ámbito latinoamericano, sino en el mundo entero. ¿Ética, dices? Es ético que el escritor se respete, que respete la libertad de creación, empezando por la suya propia, que no se deje imponer temas ni tonos por nadie. Es imperativo que el escritor, el artista, resista a los diktats del mercado.

 

CV: Hablas mucho de resistencia, incluso de una escritura de resistencia…

AP: Sí, creo que vivimos tiempos muy duros, que, como otros momentos oscuros de la Historia, exigen de la gente, y en particular de los escritores y los artistas, un cierto espíritu de lucha. La dictadura del dinero, del esquema de poder del que hablaba antes, y la representación del éxito que éste impone, tienden a envilecer, a someter a la literatura, hasta convertirla en un producto “chatarra”, fácilmente comercializable y consumible, sin ambición formal, sin coraje ni vuelo crítico, lo que garantiza la mediocridad como norma del gusto. Sí, esta constatación me subleva. Los escritores deben enfrentar este orden de cosas con una escritura de resistencia, de rechazo a la domesticación. Hay que resucitar la rebeldía como antítesis del conformismo imperante, que me parece abyecto.

 

CV: ¿Qué rebeldía hay en el acatamiento del Boom, por ejemplo?

AP: Es una buena observación. Mi generación nació a la consciencia creativa confrontada a la presencia inmediata, sobre nuestras cabezas, de la obra del Boom, cuyos representantes estaban en pleno apogeo de su producción, abundante en cantidad y calidad. Creo que esto nos afectó, para bien y para mal. Fue un gran reto, del que algunos fuimos más o menos conscientes. Nos enseñó la exigencia en cuanto a la calidad, lo que nos llevó a sondear en nosotros mismos, en nuestras posibilidades, para saber si podríamos o no dar la talla. Y eso estuvo bien. Nos confrontó, pero no nos aplastó. Fue algo duro, pero positivo. No puedo sino sonreír, ahora, cuando veo a algunos jóvenes despistados despreciando al Boom, tal vez sin haberlo leído, o preconizando tardíamente su muerte. Es una instantánea que habla de la mediocridad y el arribismo del momento, de la literatura que intenta imponernos ahora el “marketing” más que grandes ambiciones artísticas o estéticas. El Boom fue, y debe seguir siendo, un acicate para los nuevos escritores. Fue un momento milagroso de la cultura latinoamericana, del cual mi generación, algo atarantada, se nutrió casi en directo. Esto fue un privilegio. Un peligro también, pero sobre todo un privilegio.

 

cazador ausente griego 350CV: ¿Cuál fue el espíritu de la generación del 68? ¿Cuáles los retos que enfrentaron, como escritores y ciudadanos, ante los drásticos cambios que impuso el gobierno reformista del general Juan Velasco Alvarado en su primera fase, gente como tú, o como Fernando Ampuero, Isaac Goldemberg, Guillermo Niño de Guzmán, Alonso Cueto, Abelardo Sánchez León y, por supuesto, los poetas Jorge Pimentel, Enrique Verástegui, Tulio Mora, de Hora Zero, o Carmen Ollé, o Elqui Burgos?

AP: La generación del 68, como la denominas, fue amorfa y compleja, y estuvo compuesta más de poetas que de narradores. Éramos muchachos que apenas rozábamos los veinte años y buscábamos nuestra vía en medio de las grandes tensiones que evocas. Fue un tiempo agitado y confuso para algunos, pero también muy rico. Por ello creo que también fue una generación afortunada. El Perú en el que nacimos a la conciencia cívica y creativa era un país plagado de injusticias y violencia, con un orden de cosas medieval, que parecía congelado, inamovible. Es lo que quebrantó Velasco con su gobierno revolucionario, que demostró que el feudalismo peruano era frágil y deleznable. Lo que habían intentado sacrificial y heroicamente las guerrillas guevaristas unos años antes, lo hicieron los militares. Esto nos dio un marco vital sumamente rico y, a la vez, fue un desafío en cuando a lo que queríamos representar. El mundo se agitaba, convulso, en torno a nosotros y era un reto que, en algunos casos nos empujaba a un cierto pasmo o a confusas borracheras. Queríamos escribir y nos encebollábamos, como dijo el poeta. El pasado peruano moría en medio de estertores al tiempo que con nuestras novias bailábamos al son de la guitarra lancinante de Santana. ¿Qué escribir?, era la cuestión. Había mucho que cantar y que contar, pero ¿cómo?, ¿cuándo? Cada uno se liberó como pudo de las ataduras de la perplejidad. Como te digo, y pese a que fuimos una generación excitada por la Historia viva y palpitante, la nuestra produjo más poesía que narrativa, al menos en un primer momento. Yo apenas descubría que la narrativa sería mi camino, y apenas si pergeñaba algunas historias.

 

CV: ¿Cuándo tienes conciencia de esto…?

AP: Es muy vago. Pese al premio de poesía que gané a los diecisiete años, en 1966, durante el Encuentro Nacional de Poetas Peruanos, en Chiclayo, yo tenía el vago sentimiento de que la literatura era mi camino, pero como una promesa abierta, en la que no quería encasillarme. Me molestaba que me dijeran poeta. Por otro lado, sobre todo desde que llegué a San Marcos, en 1967, y al calor de mi amistad con otros escritores jóvenes, fue surgiendo en mí una conciencia de que la poesía era algo mucho más alto y exigente de lo que imaginábamos. Era la misteriosa y suprema culminación del hecho literario. Esto cristalizó en una discusión de cantina que tuve con mis amigos y que cerré con una frase dura y soberbia: “yo no soy poeta, caballeros, ni ustedes tampoco”. Un desplante altanero y abusivo, por supuesto. En paralelo, la amistad que me brindaron José María Arguedas y su esposa Sybila también pesaron, y mucho más de lo que pensé en esa hora. Implícitamente, como sin proponérselo, tal vez incluso sin ser muy consciente, José María me enseñó cosas del oficio. Un día de 1968 me preguntó si yo escribía bien a máquina. Le dije que más o menos, con dos dedos. Me pidió que le ayudase a transcribir los primeros capítulos de El zorro de arriba y el zorro de abajo. Luego me preguntó qué pensaba. Fue una experiencia que ahora sé que fue esencial para mí. En aquel momento me provocó asombro y dudas. Mi juventud e inexperiencia me impedían ver en toda su magnitud la osadía del proyecto en que se había lanzado el amigo y maestro, pero a la vez lo intuía. Y ver el texto sometido a correcciones me puso en directo frente al crisol incandescente en el que se hace la buena literatura. Un crisol, ése, en el que ardían la vida, la sangre y los sueños, arriesgadamente, sin retaceos, ante el cual el escritor se las jugaba todas. No me di cuenta de inmediato, pero, a partir de ese momento, de esa experiencia, no volví a ver la literatura como antes.

 

CV: ¿Dejaste por completo la poesía para dedicarte sólo a la narrativa?

AP: No, nadie abandona del todo lo que uno es, los cimientos, estructuralmente hablando. Estoy hecho de palabras e historias, y mi forma natural de ordenar mis pensamientos es escribir, tomar notas. Si no lo hago, la vida, de ser compleja pasa a ser algo caótico y amenazante. Es mi escudo, mi mantra. Con frecuencia estas notas toman la forma de versos, de pequeños poemas. No los guardo. Vuelvo, siempre, a mi viejo tabú: no basta con conocer los ritos y entonar las salmodias para alcanzar lo sagrado. La poesía me acompaña y me nutre, pero no pretendo ejercerla, no. La poesía, y el ser poeta, siguen siendo un misterio para mí.

 

CV: En el Perú hay un buen número de poetas célebres, y celebrados, pero que muy pocos leen. Creo que esto esconde un problema de crítica, difusión y consumo de la literatura nacional. ¿Cómo entiendes tú esto?

AP: Describes bien la situación. Es como si todo el mundo hubiera aceptado jugar un papel en lo que sería un sainete lamentable. Pocos escriben de verdad y eso que escriben muchos dicen leerlo, sin leerlo, mientras algunos huérfanos de lecturas pretenden ser críticos literarios. Siempre se leyó poco en el Perú, pero creo que ahora estamos bordeando el precipicio, pese a las políticas que en principio intentan combatir este hundimiento colectivo en esa charca donde lo literario ha sido convertido en patrimonio de una élite, inculta, es cierto, pero élite al fin. El Perú siempre adoleció de una aristocracia frívola, pero analfabeta.

 

alfredo pita 250CV: Y esto teniendo en cuenta que el promedio anual de lectura en el Perú es de 3.3 libros por persona.

AP: Me parece una cifra fantasiosa. Ojalá me equivoque. Estamos al borde de la tullidez mental colectiva porque mayormente consumimos prensa basura, no libros. Esto llama la atención porque tras la dictadura de Fujimori, que terminó de hundir a la escuela pública, el Perú se convirtió en uno de los países del mundo donde se ha impuesto y prevalece la educación privada. Ahora tenemos un número fantástico de universidades privadas que son verdaderas máquinas de estafa y mediocridad. Todos estos son factores que explican nuestro drama.

 

CV: Regresando al tema de tu proceso creativo, en tus primeros libros se ve a un escritor preocupado por la estructura. Por ejemplo, Y de pronto anochece contiene nueve cuentos dividido en tres secciones. En Morituri (1990), son doce cuentos divididos en tres partes. Y este tipo de ordenamiento se ve en tus dos novelas. ¿Es la estructura algo que buscas a priori o se da más bien al terminar el conjunto de relatos? ¿Y, es muy diferente el trabajar tus libros de cuentos que las novelas?

AP: Un crítico uruguayo, Fernando Aínsa, ya me había hecho antes la observación. Habría una especie de estructura trinitaria en la organización de mis primeros materiales, de mis libros de cuentos. No sé a qué se debe esto. Debe tener que ver con una inconsciente búsqueda de equilibrio, de un orden anhelado, que propongo como una compensación al caos al que me asomo con frecuencia en mis historias. No sé más. En cuanto a los cuentos y las novelas, el empeño no es el mismo, no tienen mucho que ver. El cuento está más próximo al poema y, escribirlo, puede ser una experiencia relampagueante y catártica. La novela tiene momentos así, exaltantes, pero en general es una agonía, que puede llevar al goce y a la luz, pero dolorosamente. La organización de materiales es muy diferente, los cuentos se prestan a ser agrupados por color o por tema, mientras que en la novela el orden lo imponen la línea o las líneas dramáticas.

 

CV: Muchos de tus cuentos tratan el tema de la violencia en Perú. El caso más específico es el de “El final del camino”, que Mark Cox incluyó en su antología de El cuento peruano en los años de la violencia (2000), aunque también haya otro tema más amplio, como es el político. Al mismo tiempo, hay en ti una cierta inclinación por el cuento fantástico. ¿Fue un problema combinar formas y preocupaciones tan distintas?

AP: Tu observación sólo merece un acatamiento rotundo. ¡Claro que fue un problema! Al comienzo una de las razones que me daba para frenar mi empeño por publicar era precisamente que no llegaba a optar por un orden, por un color, en la organización de mis papeles. Tenía materiales que con frecuencia me parecían muy disímiles. Luego hallé que pese a sus horizontes encontrados mis historias dialogaban. Aquí tal vez hay una explicación a la organización piramidal de mi libro inicial. Hay algo de tanteo y búsqueda en eso de ir del duro realismo de “El final del camino”, donde laten la sangre y las heridas de un individuo lacerado, a los paisajes desiertos y desolados de “El último día”, de un futuro incierto, donde la humanidad sobrevive a su propia hecatombe. El libro culmina con un cuento fantástico pero plausible, sobre todo visto desde la época actual.

 

CV: Tengo entendido que El cazador ausente nace de un cuento no incluido en Y de pronto anochece. ¿Cómo fue el proceso de escribir esta novela?

AP: Exacto. En la fase de dudas, durante la organización del libro, dejé de lado un cuento que tenia que ver con política y violencia, “El cazador y su sombra”. No lo sentía acabado. Esa era la sensación que tuve en aquellos días. Luego me di cuenta de que inconscientemente lo había dejado en suspenso porque no era un cuento, era el embrión de algo más amplio. Un par de años después de la publicación de Y de pronto anochece me puse a trabajar El cazador ausente, basándome en la anécdota principal del cuento abandonado. Una cosa curiosa, la novela fue traducida años más tarde al griego y la editorial ateniense, por razones que nunca me explicaron, desechó el título original del libro y optó por un título que aproximadamente dice La sombra y su huella.

 

CV: Mientras terminaba de leer El cazador ausente pensaba en Los detectives salvajes (1998) de Roberto Bolaño (1953), no sólo porque son libros que hablan de la misma generación sino porque ambos se complementan perfectamente en torno a un momento de la historia latinoamericana, de una generación que se nutrió a fondo de política, de los sueños de revolución, del anhelo de justicia social. Y aunque la mirada de Bolaño y la tuya divergen en varios puntos, ambas coinciden en subrayar el exilio de sus personajes y la ruptura con sus propios países, si bien Bolaño lo enfatiza románticamente.

AP: A mí no me sorprende mucho que ambos hayamos tocado temas y situaciones concomitantes. Pertenecemos a una generación que creyó que el mundo nuevo, el hombre nuevo, estaban a la vuelta de la esquina. Fuimos testigos de la muerte del Che y de la caída de Allende, pero a la vez vimos cómo el pueblo vietnamita ponía en flecos el poderío militar estadounidense. Todos los sueños estaban permitidos. Luego Thatcher y Reagan lanzaron la contrarrevolución neoliberal global y vinieron los desencantos y reacomodos. Hay un problema de sensibilidad y, eventualmente, de compromiso. Bolaño optó por un radicalismo no exento de cálculo. Su crítica del Boom, por ejemplo, le cayó como anillo al dedo a un establishment cultural internacional harto de escritores latinoamericanos de izquierda y simpatizantes de las lucha de los pueblos. Poco a poco el compromiso político, o social, cayó en el descrédito y muchos escritores se deslizaron, sin darse cuenta, al terreno del cálculo. Yo para la angurria nunca fui bueno.

 

CV: Se ha dicho de Vicente Blanco, el protagonista de tu novela El rincón de los muertos, que es un personaje pensado para un público europeo. Es un periodista español que va hasta Ayacucho con la excusa de hacer un reportaje sobre la última colonia española en América, pero con el propósito de entender lo que sobre la guerra de Sendero Luminoso le ha contado su amigo peruano Rafael Pereyra. Mi pregunta no va por el lado de por qué escogiste a un español como protagonista, sino más bien sobre lo que halla en el Perú. La sensación que queda es que el país ha cambiado mucho en poco tiempo y se ha vuelto incomprensible para propios y extraños. Esta sensación también deja El cazador ausente. ¿Fue ese el punto de partida para ambos libros? ¿Tratar de comprender la evolución del país, so pretexto de la guerrilla de los sesentas o de la guerra en Ayacucho?

AP: La primera es una especulación más que errada. Yo no escribo para públicos determinados ni hago estudios de mercado antes de ponerme a escribir un libro. Vicente Blanco es español porque después de haber comenzado la historia con un protagonista peruano, lo debí abandonar porque me embrollaba. Necesitaba una mirada exterior que me ayudase a contar mejor, más ordenadamente, al lector que fuese, lo que era nuestra realidad en ese momento, y, en particular, la guerra. Me explico, los peruanos tenemos una visión confusa de nuestra realidad, que es compleja y laberíntica desde siempre. Mi personaje peruano tenía dificultades para entrar en el mundo ayacuchano, y esto es curioso pues él también era un provinciano, pero del norte, de Cajamarca, donde no se habla quechua, por ejemplo, no al nivel de Ayacucho, en todo caso. Llegaba a Ayacucho cargado de su propia experiencia, local, provinciana, peruana, y todo eso era un lastre para que él pudiera introducirse en el complejo y bicultural universo ayacuchano. No me servía, no era eficaz. Se perdía en esa confrontación de horizontes. Entonces, después de devanarme los sesos unas semanas, surgió la solución: un periodista español. Necesitaba a alguien con una mirada inocente, que fuera hacia lo esencial, que se enfrentase a mi complejo país con documentación e información, pero sin detenerse en los pliegues de la peruanidad en los que nosotros nos entrampamos, cada día, para aceptar o no aceptar el mundo que nos ha tocado. En paralelo, el hombre traería su propia historia, su saga familiar, su memoria personal y colectiva, de ahí el juego de ida y vuelta a la guerra civil española. Y esto era muy importante para mí, para lograr un diapasón eficaz para mi propia exploración del fascismo peruano, tan disfrazado pero tan pertinaz. En cuanto a lo segundo, es obvio que el Perú entró hace cuarenta años en un verdadero torbellino, social, económico, histórico, que aún no cesa ni cesará ya.

 

CV: Al mismo tiempo, pienso que El rincón de los muertos es un homenaje específico a los periodistas de Uchuraccay, y a los corresponsales de guerra. Por otro lado, es una crítica a la Iglesia Católica y a su rol durante el conflicto armado interno, una institución que al parece no tienta mucho como objeto de una mayor ficcionalización en la actual narrativa peruana.

AP: Es ambas cosas. El libro se nutre de materiales y recuerdos que yo acumulé cuando fui enviado especial de un diario de Lima en Ayacucho. Me enviaron como reemplazante de Eduardo de la Piniella, el redactor de El Diario de Marka que había sido asesinado unos días antes, en Uchuraccay, junto con otros colegas. Y en Ayacucho trabajé junto a Luis Morales, quien iba a ser asesinado a tiros, ocho años después, en una calle de Ayacucho, por un comando de la muerte del ejército. Entenderás que tenía cosas que decir sobre los periodistas en ese frente de guerra y de confrontación con la Historia. Por lo mismo, el periodo que pasé en el lugar sirvió para informarme del papel que la Iglesia católica había asumido en el conflicto. El personaje del arzobispo Crispín fue un regalo triste de la realidad.

 

CV: Sé que El rincón de los muertos está siendo traducida al francés para la casa Editions Métailié. ¡Félicitations! ¿Alguna fecha para su publicación? Y por último, ¿estás envuelto en algún nuevo proyecto de ficción?

AP: Gracias. La traducción está en marcha y la editora es dueña de su calendario. Espero, sin embargo, que el libro salga a fines de este año o a comienzos del próximo. Actualmente trabajo una novela que transcurre en el Perú del año 2000.

 

CV: Desde el siglo XIX, Europa, y especialmente Francia, ha sido la meta de muchos escritores, ya sea para radicarse o para pasar un momento mientras desarrollan su proyecto literario. En el caso peruano baste mencionar a poetas como César Vallejo, Javier Heraud, Enrique Verástegui o Carmen Ollé, o narradores como Julio Ramón Ribeyro, Mario Vargas Llosa o Alfredo Bryce Echenique. ¿Es necesario irse a Europa para ser escritor?

AP: Aquí tocas un viejo tópico que está lejos de haberse agotado y que siempre presenta nuevas aristas. Desde el siglo XIX, para los peruanos y latinoamericanos ilustrados, Francia ha sido un horizonte de cultura ambicionable. Y es imposible obviar el hecho macizo de que el escaso y enrarecido, y con frecuencia venenoso y agresivo, ámbito cultural peruano, que por otro lado persiste en concentrarse en Lima, es un medio en el que es casi imposible sacar adelante una obra, sobre todo si ésta es ambiciosa. Ojo, digo casi imposible, no completamente imposible, pero para lograrlo hay que ser un héroe, y los ha habido en el Perú, como Miguel Gutiérrez. Dicho esto, hay que señalar también que quienes optan por irse también tienen que enfrentar mil retos, a veces mucho más difíciles que los que dejan detrás, pero que son incentivadores. Este es el secreto del triunfo de algunos de nuestros grandes. Si hablamos de narrativa, no podemos negar que la gran prosa peruana del siglo XX se ha hecho sobre todo en el extranjero. A los que citas hay que sumar el caso de Alegría, Scorza y Reynoso. No faltará quien me diga que José María Arguedas se quedó en el Perú. Esto es cierto, pero hay que recordar que para curarse, para poder trabajar sus últimos libros, Arguedas viajaba en forma recurrente a Santiago de Chile. Y también el hecho de que, finalmente, se mató. Arguedas es el gran suicida de la literatura peruana. Esto me lleva a un viejo recuerdo. En 1967 me había instalado en Lima para empezar mis estudios en San Marcos. A mediados de año, una mañana, en la avenida La Colmena, me encontré con Manuel Scorza. Lo había conocido en agosto del año anterior, en el encuentro de poetas de Chiclayo, y me había dado muestras de amistad. Estaba cenizo. Le pregunté si estaba bien. Me dijo que no, que estaba en vísperas de irse a Europa, a vivir. “Si me quedo aquí, me suicido”, puntualizó.

 

CV: Entonces repregunto ¿aún ahora es necesario dejar la patria para convertirse en escritor?

AP: ¡No, en absoluto! no. Pero te repito que, en el caso peruano, hay que ser un héroe para quedarse y tal vez otro tanto para irse. Esto te lo digo porque ya no estamos en los románticos días en que Cortázar, García Márquez, Vargas Llosa o Fuentes se instalaron en Europa. Ahora sobre todo, cuando uno se va de la patria es, casi siempre, por razones extraliterarias, por poderosas razones de vida. Irse hoy del país, a triunfar, a Europa o a Estados Unidos, es una patética huachafería. Estamos en la hora de Internet y de la globalización, pero también de las grandes olas de inmigración y de repliegue nacionalista en muchos frentes. Que algunos sueñan con que el viaje es literario y quieran revestirte de ese ropaje es cosa suya.

 

CV: El tema de la emigración literaria y el de quedarse en la tierra lo tocas en tu libro Días de sol y silencio, en torno a la polémica entre José María Arguedas y Julio Cortázar. ¿Qué puedes decir al respecto?

AP: En efecto, en torno a estos tópicos absurdos se dio la dura y absurda polémica entre Arguedas y Cortázar. Digo absurda porque ambos se atrincheraron en sus posiciones, las que terminaron chocando en forma irreductible cuando lo evidente era que ambos tenían razón en lo esencial. Esto, para mí, es más evidente ahora que en ese momento, por supuesto. Ambos tenían razón al hacer su trabajo literario desde sus horizontes propios, desde sus esquemas de vida, desde los que ambos hicieron libros geniales. ¿Por qué tuvieron que enfrascarse en una polémica estéril y contraproducente por algo tan nimio como el tú te has ido y yo me he quedado? Bien vistas las cosas, desde una perspectiva actual, Cortázar fue el que actuó más provincianamente al exacerbar esa pelea, vendiendo de paso el cosmopolitismo como el Santo Grial. Arguedas había reaccionado ingenuamente, desde su depresión más que desde una posición ideológica, indigenista, o tercermundista, y es casi enternecedor verlo intentar darle puñetazos a un gigante que se las sabía todo en el ring de la comunicación internacional, quien le respondió violentamente desde Life, no desde Casa de las Américas. En 1974, en una entrevista que le hice a Cortázar, le pregunté al respecto. “No sabía como era él, de su sensibilidad, si no le hubiera dicho lo mismo, pero en otra forma”, dijo.

 

CV: Pese a las áridas condiciones que evocas, actualmente hay un boom de literatura peruana, nuevos autores que exploran géneros abandonados o considerados menores, como la ciencia ficción o el terror, por nombrar algunos. ¿Los has leído? ¿Qué puedes decir al respecto?

AP: He tenido noticias, pero no los he leído. Me congratulo de que haya jóvenes escritores peruanos que no se amilanan ante las dificultades y responden a los retos con coraje y versatilidad. Espero que lo hagan preservando su autonomía y dignidad. Y confieso mi gran retraso en cuando a lecturas peruanas recientes. Ya me pondré al día, ya terminaré de ponerme el alma, para citar a Vallejo.

 

rincón muertos 350CV: ¿Qué libro o libros de tu biblioteca son tus favoritos?

AP: Curiosamente estoy de vuelta a los clásicos, a mis clásicos, a los autores que leí adolescente y que me formaron. Me tienes entre Homero y Faulkner, entre Víctor Hugo y Celine, entre Arguedas y Onetti, y otros. En el caso de los primeros, las nuevas versiones, las nuevas traducciones me dan nuevas perspectivas y me acercan a mí mismo, en la medida en que me explican por qué sus libros me impactaron tanto. Tengo también otros clásicos modernos, por supuesto, y curiosamente son argentinos: Borges, Sábato, Arlt, Piglia.

 

CV: ¿Qué libro no has leído aún?

AP: ¡Son tantos! Procuro mantener un cierto ritmo de lectura, lo que no es evidente en los días que vivimos, tan acelerados y estresantes, pero a veces siento que pierdo el paso, sobre todo en cuanto a las novedades. ¡No se puede leer todo!

 

CV: ¿Cómo ves la situación actual en Europa? De lejos se lo ve como un continente sitiado, en particular con el tema de los refugiados. Algunos hablan de la posibilidad de una nueva guerra mundial.

AP: Hablan de guerra mundial con frecuencia los que nos han acercado a ella. En efecto, Europa es un continente sitiado. Está pagando el precio de no haber sido lo suficientemente autónoma, como lo quería Charles de Gaulle, para oponerse a las aventuras belicistas de la derecha y de los lobbies estadounidenses, que con sus guerras de rapiña han desestabilizado Medio Oriente y parte de África. Ahora millones de hombres y mujeres afectados se mueven hacia el norte en búsqueda de un marco de vida humano, ¡qué hay de más normal! A la vez, Europa vive sus propias tensiones. Hay quienes dicen que no pueden recibir a todo el mundo, como lo británicos, que tras haberse aprovechado a fondo de la Unión Europea, ahora se van. Y están los fascistas que piden, por todo lado, que se cierren las fronteras. El problema es que Europa no tiene manera de construir, como Estados Unidos u otros países, un gigantesco muro de segregación que la aísle.

 

CV: Así es, 2016 ha confirmado el auge de un fascismo político disfrazado de populismo nacionalista. Es el caso de la victoria de Donald Trump en Estados Unidos y, en nuestro país, de la mayoría fujimorista en el Congreso peruano. Ya que vives en París, ¿crees que sucederá lo mismo en Francia? ¿Mejor dicho, Marine Le Pen puede ganar las elecciones del 2017?

AP: Nunca como ahora nos hemos acercado a la hoguera. Espero que no gane Le Pen, de todo corazón. El problema es que las sociedades europeas saben bien que no deben saltar a la hoguera, es la lección de la Historia, pero saben también que no pueden quedarse para siempre en la sartén. ¡Freírse eternamente es infernal!

 

CV: ¿Cómo se ha llegado a esto? Y, ¿qué les queda a los pueblos europeos?

AP: En este caso, también, son las élites mediocres de Estados Unidos y de Europa las que han empujado el caos y han creado esta situación. A los pueblos siempre les quedará la revolución, la vieja rebeldía, la utopía, adaptadas a los tiempos, y, por supuesto, la literatura, la mejor literatura, que siempre será subversiva, o no será.

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1.Miguel Gutiérrez, el muerto unánime. Un Réquiem necesario. Diario Uno, Lima, 20.07.2016.

 

carlos villacorta 350Carlos Villacorta
Perú (1976). Ha publicado los poemarios El grito (2001), Tríptico (2003) y Ciudad Satélite (2007). Sus poemas y cuentos han aparecido en antologías como Hostos Review: Peruvian writers in the United States 1970-2005, Cutbank magazine, entre otras. El 2014 publicó su primera novela Alicia, esto es el capitalismo. Ha co-editado diversas antologías de poesía. Actualmente es profesor de Literatura latinoamericana en la University of Maine.

 

Entrevista enviada a Aurora Boreal® por Carlos Villacorta. Publicada en Aurora Boreal® con autorización de Carlos Villacorta. Foto Alfredo Pita © L. Hubert. Foto Carlos Villacorta © Hélène Roy. Carátulas de los libros cortesía © Carlos Villacorta.

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