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La columna de Ricardo Bada

CARTA DE ALEMANIA (26)

Historia epistolar de la infamia

 

A finales del año 2007 apareció en Alemania un libro titulado Cartas a Hitler, de 434 páginas de texto, amén de los registros y apéndices correspondientes. El volumen contiene una selección mínima de las cartas que recibió Hitler como correo privado, desde que inició su carrera política hasta que se suicidó en el búnker de la Cancillería, en Berlín, el 30 de abril de 1945: leerlo resulta una dura prueba para el estómago, aunque –¡quién sabe!– tal vez sea un purgante benéfico.

El autor del libro, el historiador alemán Henrik Eberle, es un acreditado experto en la vida del cabo con el bigotito plagiado a Charlie Chaplin, y rastreando material para su biografía del mismo vino a descubrir el archivo especial del ministerio ruso de la Defensa, en la Ulitza Makarowa de Moscú. En él, entre otros tesoros historiográficos, se encuentra el depósito de los legajos con la correspondencia privada de Hitler, confiscados en Berlín por una de las así llamadas “comisiones de trofeos”, transparente eufemismo de las unidades que, sin andarnos por las ramas, podemos decir que se dedicaban a requisar el botín de guerra.

 

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CARTA DE ALEMANIA (24)

La ópera de los manojos de rábanos

 

En las emisoras de radio alemanas los manuscritos suelen llevar algunos pasajes encorchetados con la sibilina indicación “k.w.”: el autor toma en cuenta el hecho de que tal vez no sea posible radiar el texto íntegro, e indica desde el vamos los pasajes que “k.w.” [=kann weg =pueden suprimirse]. Ese género de cortesía es el que me parece que practican, con una alta cuota de virtuosismo, algunos intelectuales que protestan contra determinadas situaciones fácticas y carecen de las agallas de un Emile Zola.

Así por ejemplo el bueno de Bertolt Brecht, quien a raíz del levantamiento obrero de Berlín oriental, el 17.6.1953, le escribe una carta a Walter Ulbricht, el entonces jerarca de la RDA; la carta se publica, acortada [cursivas mías], sin que Brecht proteste ni privada ni públicamente. En un escritor que, sin duda de ninguna especie, podemos considerar como uno de los grandes maestros de la lengua alemana en todos los tiempos, se me figura que el arte de la formulación debiera haber estado tan perfeccionado que su texto se hubiese podido publicar íntegro (o bien dejado de publicar íntegramente), ya que el buen lector está habituado, en según qué regímenes, a saber leer entre líneas. La conclusión es que Brecht puso puntos y apartes que equivalían de modo invisible a los “k.w.” de los manuscritos radiofónicos. De otra manera no me lo explico.

 

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CARTA DE ALEMANIA (22)

Schalcken o Pintar a la luz de las velas

 

Rembrandt falleció en 1669, Vermeer –prematuramente, a los 43 años– en 1675, Ruysdael en 1682, y Van Gogh nació en 1853, muriendo aún más prematuramente que Vermeer, cuando sólo contaba 37 años. La pregunta es: ¿Qué pasó en la pintura neerlandesa entre aquellas tres muertes y este nacimiento? ¿Hubo un eclipse total del sol que alumbró el siglo de oro de los Países Bajos?

La respuesta la dan dos exposiciones en el Museo Wallraf–Richartz de Colonia. La del 2007 rotulada “De la nobleza en la pintura”, con una muestra de la neerlandesa del siglo XVIII, y de la que di cumplida cuenta en una crónica en estas mismas páginas [ver mi Carta de Alemania # 15]. La otra es “Seducción pintada”, que se inauguró el 25 del pasado septiembre y estuvo dedicada a Godfried Schalcken, un maestro que iniciara su trayectoria todavía en vida de Rembrandt (nació en 1643 y fue alumno de dos de sus discípulos, primero de Samuel van Hoogstraten en Dordrecht, luego de Gerrit Dou en Leiden) y alcanzó a vivir, siempre activo, hasta ya entrado el siglo XVIII, falleciendo en 1706.

 

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CARTA DE ALEMANIA (23)

El primer libro póstumo de Günter Grass

 

Cuando llegó a mis manos el ejemplar de este, el último libro escrito por Grass y el primero de sus póstumos –estoy convencido de que aparecerán más–, me pregunté cómo van a traducir el título, no importa en qué idioma: Vonne Endlichkait es una transcripción fonética del habla en el Este de Alemania (Grass se remite a las colonias de refugiados de Pomerania y de Prusia oriental, al final de la 2.ª guerra mundial); en alto alemán sería Von der Endlichkeit [= De la finitud]. ¿Y lo más aproximado en español? De la finitú... ¡Pero se ve tan feo!, mientras que en alemán hasta resulta simpático.

Y en español se ve feo porque el “De la” remite a muchos títulos clásicos, De la consolación por la filosofía, de Boecio, o De la vejez, de Cicerón, por ejemplo. Aunque Cicerón hubiese empleado una expresión coloquial de la plebe, a nadie se le ocurriría traducir este último como De la viejés. Pero para terminar de darle la vuelta a la tortilla: ¿y si la pretensión del autor hubiese sido justamente esa? Un autor nunca titula su libro de manera caprichosa. Tela cortada, pues, para el traductor que lo tradujere, que buen traductor será, es decir, en este caso lo es: Miguel Sáenz, merecidísimo sillón b de la Real Academia de la Lengua.

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CARTA DE ALEMANIA (21)

A vueltas con el idioma alemán

 

El pasado jueves 26 de junio festejó Berlín el 52.° aniversario de una de sus fechas míticas, la visita de John F. Kennedy y su discurso ante el ayuntamiento de Schöneberg, cerrado con una frase dicha en alemán, “Ich bin ein Berliner”: una frase que por un olvido freudiano de la gramática, es –desde entonces– una seña de identidad de la ciudad. Y si postulo éso del olvido freudiano de la gramática es porque al referirnos a nosotros mismos no decimos, por ejemplo, “Soy un colombiano”, sino lisa y llanamente “Soy colombiano”. Sólo cuando predicamos algún añadido a la mera condición gentilicia es cuando solemos emplear el artículo, por ejemplo: “Soy un colombiano a carta cabal”, o “de la diáspora”, como lo fue Álvaro Mutis.

Esto que va por delante puede parecer una precisión bizantina, más bien propia del debate acerca del sexo de los ángeles, pero no lo es en el caso de la frase de Kennedy. Porque “ein Berliner”, es decir, “un berlinés”, si no es dicho en tercera persona y refiriéndose de modo expreso a un individuo, designa muy otra cosa que una persona natural y/o vecina de la ciudad de Berlín. Un berlinés, ein Berliner, es el nombre propio y archidefinitorio de un buñuelo dulce, una especie de croqueta casi esférica y azucarada, en cuyo interior el confitero insufla un grumo de mermelada (de ciruela, fresa, grosella, etc., a gusto del consumidor). Y desde luego, en una pastelería, en un puesto callejero, en un chiringuito de verbena, para pedirlo se hace preciso y obligatorio el empleo del artículo: “un” berlinés. La moraleja es que Kennedy, queriendo dejar a la posteridad una frase histórica, se autodefinió como un bollo de masa blanca y azucarada con relleno de mermelada. Nada más, y nada menos. Y es que los idiomas se vengan de quienes no los conocen. El idioma alemán, en particular, es muy vengativo.

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