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La columna de Ricardo Bada

CARTA DE ALEMANIA (16)

In dubio, pro Grass

NOTA PREVIA: Reciente aún la muerte de Günter Gras, rescato aquí un texto mío del año 2006, sin enmendar nada, lo que explica el aparente anacronismo de ciertos pasajes.

***

A los quince años de su edad, en Danzig, Günter Grass se presenta voluntario para ingresar
en el cuerpo de submarinistas, donde lo rechazan. Poco después, ya en las postrimerías de la segunda guerra mundial, es llamado a filas y pasa a ser miembro de una división acorazada de las SS. Y ahora, cuando han transcurrido sesenta años, convertido en alguien mundialmente célebre, Premio Nobel de Literatura y conciencia e instancia moral de su nación, Günter Grass va y lo reconoce en su último libro, Beim Häuten der Zwiebel (Pelando la cebolla) –puesto a la venta a mediados de agosto en Alemania–, desencadenando así una polémica tempestuosa.

Esta revelación ya la podía haber hecho en 1967, cuando en un lugar tan arriesgado como Israel no tuvo inconveniente en admitir que había formado parte de las Juventudes Hitlerianas. O en 1976, cuando con Heinrich Böll y Carola Stern fundó la revista L'76: ahí podía haber tomado ejemplo de la Stern (nacida en 1925 como Erika Assmus), una joven nazi convencida y activista, que al acabar la guerra, aterrada por su ceguera, mudó radicalmente de pensamiento hasta el punto de adoptar un seudónimo judío, como expiación. Sí, mal que nos pese, han sido varios los momentos significativos en que Grass pudo haber hecho público lo que hizo ahora.

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CARTA DE ALEMANIA (15)

La Holanda del XVIII

Rememoro aquí la exposición titulada "De la nobleza de la pintura", entendiendo "nobleza" en el sentido de "aristocracia", que se mostró años ha en el Museo Wallraf–Richartz de Colonia.

La premisa de esta muestra no podía ser, a primera vista, ni más simple ni más esclarecedora. Basta repasar los nombres de El Bosco (1450?–1516) –tan admirado por Felipe II–, Frans Hals (1585?–1666), Rembrandt (1606–1669), Vermeer (1632–1675) y Ruysdael (1628?–1682), para comprobar cómo desde aquí se abre un paréntesis histórico que abarca hasta mediados del siglo XIX, cuando a su vez se abre el de una breve biografía, la de Vincent van Gogh (1853–1890). ¿Qué hubo enmedio, qué se pintó en los Países Bajos entre su sedicente Siglo de Oro, el XVII, y la obra atormentada del pelirrojo que murió pobre y desconocido, y al que luego la ciudad de Ámsterdam le tuvo que dedicar nada menos que todo un museo para nada más que sólo una parte de su obra? Dicho sea en otras palabras: ¿qué pasó pictóricamente hablando, en los Países Bajos, durante el siglo XVIII?

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CARTA DE ALEMANIA (13)

De la toponimia alemana

Imagino que sin querer, en una urbanización del lugar donde vivo –en la periferia de Colonia y a orillas del Rhin– le han rendido al gran Chéjov un delicado homenaje de congruencia: la calle llamada Kirschgarten (= el jardín de los cerezos) es un callejón sin salida. Y es que en la toponimia urbana se dan casos muy justicieros, y hasta lúcidamente poéticos, y otros que no tanto, o que por lo menos inducen a un cierto desconcierto.

¿Qué puede decirle a un católico el hecho de que en Berlín, en el barrio de Schöneberg, la calle del apóstol San Pablo sea algo así como el breve gavilán de la interminable espada que es la calle Lutero? ¿se esconde en ello alguna simbología? ¿Y no se oculta una justicia poética refinadísima en el hecho de que los munícipes de Ámsterdam hayan colocado la estatua de Gandhi en el centro de la avenida Churchill? ¿Debemos sospechar algo por el estilo cuando descubrimos que la calle Alemania, tiene en Madrid una sola manzana y se encuentra más bien escondida en un arrabal de no muy grata memoria? ¿Y qué sentido atribuirle a que en Sevilla la calle Amistad, nada menos, sea un callejón sin salida? Otra cosa, claro está, es que en el plano de una ciudad –como en el de Huelva–, por razones de espacio, en un barrio con calles de nombres de Premios Nobel destaque una que se llama "Miguela Asturias": y no es un chiste.

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CARTA DE ALEMANIA (14)

Aún hay jueces en Berlín

Si al corresponsal le gustase hacer frases escribiría algo así como: El corazón de los alemanes es una caja fuerte, y cuando consigues abrirla encuentras una póliza de seguros. El corresponsal también podría escorarse del lado de la filología y asegurar, con bastante más aproximación a la verdad (o al menos con no tanto sarcasmo como en el caso anterior), que la palabra clave del idioma alemán es la palabra seguridad, precediendo en el ranking al también sustantivo póliza, esto es: una seguridad asegurada por una compañía de seguros.

Semejante conocimiento no se adquiere de inmediato. Hace falta vivir algún tiempo en el país para darse cuenta de cuál es la clave del alma alemana. Más fácil es descubrir otra característica suya, por lo externo de sus manifestaciones: la queja, el lamento, el andar renegando. El alemán que no se queja ni se lamenta ni reniega, ha dado un gran paso adelante hacia la pérdida de sus señas de identidad nacionales. El alemán es un jeremías innato, que por lo demás siempre está dispuesto a llevar sus quejas hasta el juzgado. No creo que exista ningún país en el mundo con un mayor coeficiente de procesos judiciales por ciudadano.

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CARTA DE ALEMANIA (12)

Fundbüro Kölner Dom

Los títulos de estas Cartas deben ser cortos, cuanto más cortos mejor, no pueden permitirse el lujo de ser como el de la obra Oh Dad, poor Dad, Mamma's hung you in the Closet am I'feelin' so sad (Oh papá, pobre papá, mamá te ha colgado del ropero y yo me siento tan triste), de Arthur Koppit, que se estrenó en Madrid allá por comienzos de los setentas, en el Pequeño Teatro Magallanes. Ni mucho menos puede una Carta titularse de manera tan kilométrica como el drama genial de Peter Weiss, Die Verfolgung und Ermordung Jean-Paul Marats, dargestellt durch die Schauspielgruppe des Hospizes zu Charenton unter Anleitung des Herrn de Sade (La persecución y asesinato de Jean-Paul Marat, representados por el grupo de actores del Hospicio de Charenton bajo la dirección del Señor de Sade), que por mor de la simplificación jibarizamos llamándolo "el Marat/Sade". Y así, esta Carta que debería titularse "La catedral de Colonia como involuntario Museo de los Hallazgos", o bien "La catedral de Colonia como Oficina de Objetos Perdidos", la rotulo reduciendo las últimas nueve palabras a su traducción alemana: "Fundbüro Kölner Dom". ¡Ah, el poder aglutinante de la lengua de Goethe!

Tengo en las manos el libro extraordinario que lo documenta, que uno de los edificios más visitados del mundo es un involuntario Museo de los Hallazgos y una no menos involuntaria Oficina de Objetos Perdidos. El libro se titula Kruzifix und Mausefalle (Crucifijo y trampa para ratones), y ni el título ni el contenido son irreverentes, heréticos o impíos, antes al contrario, una declaración de amor al lugar más emblemático del imaginario coloniense: su catedral.

De la génesis del libro da cuenta detallada y algo irónica el prólogo de los autores, Stephan Brenn, Martin Kätelhön y Thomas Schneider, quienes bajo el epígrafe "Dios en un papel de envolver caramelos" explican lo que el libro se propuso, su contenido y cómo se llegó a este resultado. Y puesto que me resultaría imposible explicarlo mejor que ellos, les pedí permiso para traducirlo. Dice (en este caso tal vez fuera más congruente decir que "reza") así:

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Los amigos invisibles - próxima publicación

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