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La columna de Pablo Valle

Lea el capítulo I - 'Los crímenes de la calle Barthes'

Los crímenes de la calle Barthes
Pablo Valle
Novedad
Cuarto título de Katzen
Marzo 2013

 

Capítulo I

"Si alguien leyese estos escritos, los censuraría acaso de muy personales, sin advertir que es muy difícil penetrar en los hechos y examinar sus verdaderas causas, sin conocer las personas que los produjeron."

José María Paz, Memorias póstumas

 

La Negra Larsen me había citado en el instituto a las once en punto. En esa época yo era muy puntual. De hecho, siempre llegaba antes de lo que debía, por lo cual me veía obligado a dar algunas vueltas alrededor del punto de cita, como ejecutando alguna extraña ceremonia personal, el ritual de la timidez y la indecisión. Para colmo, entre intelectuales la puntualidad no es un valor positivo, más bien todo lo contrario. Pero la Negra Larsen estaba metida de lleno en una onda "eficientista" y yo quería quedar bien con ella, como fuera.
En todo caso, a las once en punto estaba subiendo las imponentes escalinatas marmóreas (y terriblemente sucias) del edificio de 25 de Mayo, para dirigirme al Instituto de Literatura Argentina de la Facultad de Filosofía y Letras. Feudo de Larsen y sus acólitos, entre quienes yo esperaba contarme a la brevedad. Los signos eran favorables para ello, pero mis nervios no hacían caso de ningún presagio y actuaban de manera independiente.
Me hizo esperar en una de las antesalas, repleta de bibliotecas con libros húmedos y a la vez polvorientos. Mi elemento, sin duda. Pero no me sentía cómodo en la espera. La secretaria me miraba de soslayo, con cierta sorna, o eso creía yo, desde su precario escritorio. Como la amansadora se prolongaba, me forcé a entablar una conversación superficial con la chica. Los psicólogos más o menos conductistas aconsejan proponerse pequeñas metas, alcanzables, para luego aspirar a más, estimulado por los primeros triunfos. En esa época, y aunque me resultaba un poco humillante, yo estaba tratando de seguir ese método para mejorar mis relaciones personales. La secretaria no era demasiado linda, así que me costó menos que de costumbre.
crimenes barthes 001—¿Son nuevos? —pregunté señalando una hilera de libros flamantes, en una de las estanterías.
—Ajá —murmuró, sin mirarme.
No me di por vencido.
—¿Donación...?
—... de los socialistas —completó, de mala gana.
—¿Españoles, alemanes?
Se encogió de hombros. Al parecer, la conversación había terminado. Aparte de mi escaso atractivo, quizás el tema no fue el más adecuado. Le di la espalda y seguí mirando los libros. Estaba por extraer un volumen de la Literatura argentina de Rojas (la edición en cuatro tomos), cuando advertí que la Negra Larsen se había asomado por la puerta de su despacho y me hacía señas para que pasara.
La seguí. Algo había que reconocer: no se rodeaba de lujos. Me senté en un sillón desvencijado, estratégicamente más bajo que el de ella. Nos separaba un gran escritorio de venerable madera carcomida por el tiempo y los bichos. Nos separaban muchas cosas más.
Ella debía empezar la conversación.
—Me gustó su trabajo —dijo, mirándome a los ojos. No pude sostener mucho su mirada, desvié la mía hacia la carpeta en la que apoyaba su mano derecha, y que contenía una monografía que yo había hecho a su pedido, como una especie de examen de ingreso a su cátedra. Trataba sobre Boris Vera, un escritor que me gustaba mucho y que, como crítico, había sido maestro de la propia Negra. En aquella época yo no podía ser muy objetivo con mi propio trabajo; en otras palabras, necesitaba la ajena aprobación (estuve por poner "bendición"). Y la de Larsen era más de lo que yo me atrevía a pedir. ¿La estaba logrando, en serio?
—Pero... —siguió, como contestando a mis dudas—quizás se trasluce demasiado la admiración que usted siente por el objeto de su análisis —sonrió con condescendencia.
—Lo reconozco —yo sonreí también.
—No se preocupe —encendió un cigarrillo y me extendió el paquete: yo no fumaba—, el poder de seducción de Vera, tanto de su escritura como de su persona, es proverbial. De todos modos, se nota que usted conoce bien su obra y la bibliografía teórica que empleó. Eso cuenta. Me gusta respetar la opinión de los demás, la democracia también tiene que llegar a la crítica literaria...
Se calló y me miró como buscando mi opinión al respecto. Produje un monosílabo, o más bien una interjección apagada, poco comprometedora.
—Bueno, Leinad, estoy muy interesada en que trabaje con nosotros; quiero decir, en que se incorpore a nuestra cátedra.
"Tus poderes de seducción tampoco son despreciables", pensé.
—El interés es mío —dije.
Se rió.
—En este primer cuatrimestre no es necesario que dé clases. Hay un grupo paralelo de estudiantes avanzados, como usted, que se está dedicando a diversos temas de investigación, para exponerlos en el próximo cuatrimestre.
—Sí, los conozco.
—Yo necesito que usted se dedique a la generación literaria del cincuenta. El hecho de conocer tanto a Vera es un punto a su favor, y le facilitará mucho las cosas. Sé que es un tema algo aburrido, pero... qué le vamos a hacer, usted llegó último y tiene que pagar un cierto derecho de piso.
Asentí, simulando una especie de resignación que estaba muy lejos de experimentar. La generación literaria del cincuenta era casi un tema tabú para la onda posmarxista y antirrealista que la Negra Larsen exhibía sin tapujos. Y daba la casualidad de que a mí me interesaba mucho. Pero no se lo iba a dejar saber así nomás. Me convenía que ella supusiera lo contrario, que me creyera un comulgante convencido de su línea teórica y me diera por pagado ese derecho de piso que ella misma había mencionado sin ruborizarse.
—Es un tema trillado, los libros que va a tener que leer son un plomo —continuó—, pero a lo mejor usted encuentra un nuevo punto de vista, una visión contemporánea. Eso estamos buscando, ¿me entiende?
—Por supuesto.
Me alcanzó un par de papeles.
—Aquí tiene la bibliografía que me gustaría pudiera conocer a la brevedad. No digo que sea obligatoria... ni que tenga que centrarse sólo en ella... Es sólo un "mínimo no imponible", digamos; usted verá qué puede agregar o sacar, eventualmente.
—Un punto de partida —le dije, mirando con cierta alarma la extensa lista de libros y autores. Casi cometo el error de preguntarle de dónde mierda podía sacar todo ese material.
—Eso mismo. La semana que viene nos reunimos y discutimos un plan de trabajo más específico. Vaya preparándolo.
Se puso de pie, dando por terminada nuestra entrevista. Nos dimos la mano con una suerte de compañerismo viril, y me fui. "En qué me habré metido", pensé, cuando salí a la calle. No podía adivinar entonces hasta qué punto era pertinente la pregunta.

 

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 pablo_valle_010Pablo Valle (Argentina 1961). Es profesor en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Enseña Semiología y Análisis del Discurso en el Ciclo Básico Común, y Problemas de Literatura Latinoamericana en la Facultad de Filosofía y Letras (cátedra de David Viñas). Es editor, corrector, redactor, traductor y ghost writer. También fue crítico de cine (en la revista La vereda de enfrente). Ha publicado Simulacros (cuentos, 1985), Ángeles torpes (novela, 1995), Yo, el templario (novela, seud. Paul Mason, 2006), y tiene otras dos novelas inéditas, Los crímenes de la calle Barthes y La carta de Rozas. Autor de los libros didácticos Guía para preparar monografías (1997, 2008, con Ezequiel Ander-Egg; varias ediciones) y Cómo corregir sin ofender (1998, 2001). Durante 20 años fue editor general en el Grupo Editorial Lumen. Samuráis quiere ser su próximo libro. Killers es una coleccion de relatos en preparación.2. Pulsión escópica: visión de una(s) mujer(esCapítulo I   - Los crímenes de la calle Barthes  del escritor Pablo Valle una cortesía de Editorial Katzen para Aurora Boreal® Marzo 2013. Foto Pablo Valle © Sivlia Tombesi.

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