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Ceremonia porteña

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ubaldo_perez_060Durante la pausa, los que no se iban afuera a fumar y tomar aire o se quedaban en la barra, ocupaban la última mesa junto al pasillo que conducía a los camarines. Tenía la ventaja de estar casi en la penumbra y de ser apenas accesible a la mirada del público. Era tarde ya y sólo les quedaba una función. El Manco Pontoni había empezado a beber desde temprano y Escalante asistía con temor a su paulatino hundimiento en ese pozo inclemente de alcohol y de olvido que de sobra conocía. Y cuando Griselda se le acercó, como lo estaba haciendo las últimas noches, pensó que debía advertirle y decirle que tuviera cuidado, que no se dejara enredar por sus encantos, que él mismo había experimentado repetidas veces la dulce embriaguez con que ellos podían apoderarse de cada célula de su cuerpo y terminar esclavizando su voluntad. Pero no se atrevió a sermonearlo con argumentos tan conocidos para los dos. Sólo atinó a quedarse un rato observando, atónito, cómo los ojos vacíos de su amigo cobraban el brillo característico de aquellos momentos. Si ya le había corrido el telón a todo lo que lo rodeaba, pensó, ¿de qué valdría hablarle sobre cualquier cosa?

 

Sin embargo, al llegar la hora de tocar se levantó haciéndole una seña con la cabeza para que subiera con él al escenario. No obtuvo ninguna reacción. Se acercó al micrófono con mano temblorosa, la copa de vino en la izquierda con el cigarrillo entre el índice y el medio, y tuvo la certeza de que el otro esa noche no lo iba a acompañar más. Cortado estaba definitivamente todo lazo de comunicación con la realidad. No hizo un solo gesto que pudiese indicar alguna voluntad de ponerse en movimiento. Pensó en llamarlo por los altavoces para que no le quedase más remedio que venir. Pero no se animó. No podía hacerle eso. Fue apenas un instante de titubeo, tal vez, que el público, que tanto quería y conocía al Manco y al que sin duda iba a perdonar también esta vez, ni siquiera advirtió. Mientras cada uno de los demás músicos se instalaba en su lugar, Di Gioia ocupó sigilosamente el de Pontoni para reemplazarlo en la dirección y tomó el fuelle con religioso respeto. "Habrá que cantar", se dijo Escalante. Reestructurar el programa para que en lo posible no quede ningún tema puramente instrumental, no sea que se note demasiado la ausencia del maestro. No era la primera vez que cambiaban a último momento, pero hasta ahora sólo se había dado la inversa, que él se hubiera quedado sin voz y no pudiera actuar. Por suerte esa noche no había visto entre el público a ninguno de esos insoportables habitués que sólo quieren mostrar a todo el mundo que son amigos de uno.

Ubaldo Pérez-Paoli. Argentino, Apl. Professor für Philosophie en la Universidad Técnica de Braunschweig, Lehrbeauftragte de Latín y Griego en la misma universidad y docente de Latín, Griego, Filosofía y Español en la Christophorusschule de Braunschweig.

Luego de un silencio casi eterno, Di Gioia abrió parsimoniosamente el bandoneón con un tono grave y conmovedor, como poniéndolo a punto para dar un gran abrazo. Sus dedos comenzaron a apretar los botones con ternura, mientras las manos lo iban cerrando para después volver a abrirlo como con desgano, dilatando los acordes según lo determinaba el peso de sus sentimientos. Los quejidos que le iba arrancando fueron fluyendo en una especie de reprimida imprecación, ronca y melancólica, que en la conciencia de Escalante iba despertando de a pedazos el eco obscuro de los versos con que la iba a traducir en su canción, aquellos versos que entonaba noche a noche, pero siempre con la misma emoción conmoviéndole los labios, como si fuera la primera vez. No podía quitar los ojos del Manco, que parecía totalmente ausente. Hubiese querido llamarlo, gritar su nombre con todas las letras, tenderle los brazos para subirlo al escenario, reincorporarlo de alguna manera al grupo y al público que los estaba esperando, pero sabía muy bien que todo intento sería inútil. Advirtió una lágrima que se deslizaba por su atenta pupila, fija en Pontoni y en Griselda, que ahora volvía a llenar de ron el vaso de su amigo.
Se abalanzó entonces una vez más sobre aquella desgarrada confesión mutua de todas las noches con el bandoneón. Una herida muy antigua y muy profunda dentro de su alma se fue abriendo lentamente, casi sin hacerse notar, al escuchar los primeros rezongos del nostálgico instrumento, los primeros murmullos de aquella maldición tan vieja y tan honda como su propio dolor. De la herida abierta, que parecía intensificarse con cada abrir y cerrar del fuelle, comenzaron entonces a brotar, entrecortadas, las palabras que había estado presintiendo y esperando, y que pese a su constante repetición de cada noche, o precisamente por ella, parecían retrasar eternamente su llegada, para luego desplomarse pesadamente sobre él una tras otra, expandiendo su dominio subyugante sobre todo el ámbito de su azorada conciencia y haciéndole doler cada vez de nuevo como si nunca las hubiera pronunciado antes. Detrás de cada armonía respiraba la presencia cautivadora del Manco, que había hecho todos los arreglos, de Di Gioia, su fiel compañero que ahora lo estaba reemplazando en la dirección, de Fernández, que tocaba el contrabajo a su lado, del loco De Mársico, que lo había acompañado antes durante mucho tiempo, o de los demás miembros de la orquesta. Cualquiera de ellos o todos ellos juntos. No es que le diese lo mismo, por una suerte de cansada indiferencia, sino que sabía a todos los presentes y los ausentes de esa ceremonia envueltos en el mismo dolor, abrazados a las mismas nostalgias. Se fue hacia atrás con el pensamiento, muy lejos, a los casi olvidados días de su infancia que vuelven recurrentemente cada vez que canta. Allí, en el bajo fondo de las orillas más extremas de su memoria, veía a sus padres tomando mate en el patiecito de su humilde casa de barrio. Escalante era apenas un niño que jugaba en el barro con una pelota de goma, con el calor del sol quemándole la piel y el otro calor mucho más intenso y constante quemándole el alma, el de la vergüenza, la ira y la rebelión silenciosa ante las injusticias de la vida para con quienes le habían regalado la suya. "Tanto luchar," solía comentar su padre, "para terminar sin un mango." En aquel arrabal lejano de su infancia, Escalante conoció las inclemencias del orden establecido por el dictado del más fuerte, las historias de legendarios malevos y el respeto por el cuchillo, los sueños de humildes muchachas que nunca se habrían de realizar y la despreocupación irracional de sus amigos por todo futuro concreto, el contraste desproporcionado entre la dimensión casi infinita de sus ilusiones y la experiencia cotidiana del desengaño y la resignación.
Hasta qué punto y con qué intensidad sus palabras estaban llegando al alma del Manco Pontoni era imposible de determinar en la semipenumbra de la sala. Lo sabía solidario con él, no sólo por las veces que lo había visto lagrimear con su canto, por el abrazo fraterno y el sincero "gracias, pibe, gracias" con que en tantas ocasiones había cerrado la función, sino simplemente porque sí, porque ninguno de los dos era otra cosa más que un elemento indispensable dentro de aquella ceremonia de todas las noches que los unía indisolublemente, él con su canto, Pontoni con el bando. Lo sabía mancomunado con él en lo más profundo de su alma. Pero esa certeza ya no le bastaba. Necesitaba saber si en este momento los dos estaban sintiendo exactamente lo mismo, se sabía sin fuerzas suficientes para soportar todo el peso del tango que se le venía encima. Griselda se había sentado sobre su amigo y le besaba tiernamente el cuello y las mejillas, mientras éste introducía temerosamente su mano temblorosa entre sus piernas por debajo de la falda, acariciando como con miedo el cálido rubor de sus intimidades. Su mirada seguía perdida en un punto indefinido del universo, allí arriba, colgada de alguna candileja.
Al cantar, Escalante sentía como que aquel barro de su infancia se le amontonaba en las venas y arrojaba fuera de su boca esa mezcla indefinida de amor e indignación que constituían la sustancia íntima de sus versos. Su vida se le hacía un obscuro fluir de deseos nunca dichos y esperanzas nunca cumplidas que brotaban a borbotones del fondo de su alma. No, no era necesario que el bandoneón se lo repitiera con sus tonos graves y alargados: la vida era justamente eso, una turbia mala herida que no acababa de sangrar. ¡Qué larga se le hacía al intentar recorrerla! ¡Y sin embargo que cercano presentía su final! Una vana sucesión de temores y deseos, amores y rencores que abandonaban la escena con la misma rapidez con que habían llegado para instalarse en ella y ocuparla. Ayer su amor por Griselda, hoy, su temor por el Manco, porque no se dejara hechizar por sus encantos, porque no se hundiera definitivamente en ese pozo de alcohol y de olvido que él mismo conocía tan bien. Y mañana, quién sabe. ¿Habría un mañana? En medio de ese vértigo la confesión que había iniciado o más bien quería iniciar, se le hacía casi una farsa. ¿Confesar qué? ¿Había realmente algo dentro de su alma que tuviese que confesar? Peor aún: ¿había en absoluto algo dentro de su alma? Más precisamente, ¿algo de lo que pudiera decir sin titubear que fuese verdaderamente suyo? ¿Era él mismo algo más que esa sucesión absurda de temores y deseos, recuerdos y remordimientos sin un eje determinado, sin un punto firme de apoyo definitivo que le permitiese decir "yo" con la convicción de quien está expresando su propia identidad? ¿"Yo: Escalante"? Tal vez su tan terrible confesión no fuese más que un fugaz batir de alas de los pájaros descontrolados de su pensamiento, un abrir y cerrar de ojos de su obnubilada conciencia que de golpe creía ver algo concreto en medio de toda esa confusión, una cosa muy pequeña, alguna de las insignificancias de su vida sin rumbo, pero con una claridad tan intensa que expulsaba cualquier otro objeto del campo de la visión. No se le ocurría un término mejor para definir esa extraña confesión que el estado de embriaguez en que iba entrando gracias al vino y a la melodía fascinante del bandoneón. ¡Su propia confesión! ¡Su secreto más oculto! Nada más que eso: una curda.
astor_piazzolla_006Por eso cada noche le repetía al bandoneón que no era necesario pronunciar aquella sentencia sobre el sinsentido general de sus vidas que los dos se sabían de sobra. Pero con ese mismo intento de disuasión se lo estaba diciendo nuevamente. Y le rogaba que accediese mansamente a la lenta ceremonia de revelación mutua de secretos; no sólo que fuese su confidente centinela, sino que además le relatase él también todas sus penas. Sabía que en sus ronquidos maldicientes se expresaban los mismos fracasos y las mismas derrotas que en su voz, sabía que ambos estaban condenados a escucharse y acompañarse mutuamente en cada una de sus quejas. Y aunque una y otra vez el fuelle se negaba, Escalante le hacía ver las honduras del dolor que lo atormentaba hasta que lo convencía para que lo acompañase en ese extraño contrapunto de rencores y de olvidos. No sobre la fragilidad de las empresas humanas, no sobre la fugacidad de los acontecimientos debía hablarle, sino sobre la permanencia de un amor que seguía presente en cada uno de sus actos, desfigurado por completo detrás de las astillas de su memoria en ruinas, que más que memoria era un gran amontonamiento de olvidos e inconciencias, decepciones y desesperanzas. Allí, bien oculto tras alguno de aquellos retazos sin forma ni dimensión definida, continuaba presente con fuerza imperativa, a pesar y a través de toda lejanía, aquel amor que un día iluminó sus años jóvenes y lo hizo sentirse completamente en paz consigo mismo. De ese amor quería oír, no de los innumerables avatares de su desordenada vida, no de las Griseldas, de las Estercitas y Mimís, sino de ese único fracaso que lo había condenado de una vez y para siempre a no ser más que su diaria repetición ritual. Porque era lo único en su vida que lo hacía reconocerse a sí mismo, proyectar su propia identidad como a través de un espejo desgastado y obscurecido por una distancia insalvable y los largos inviernos que habían transcurrido para nunca volver. En algún rincón bien escondido bajo la multitud de sus olvidos, estaba él, el único Alberto Escalante verdadero, acurrucado serenamente en la penumbra de un amor que hubiera querido ser y que tal vez, incluso, hubiera podido ser.
Con cada queja de Escalante, el bandoneón se ponía más grave y con cada ronquido suyo más melancólico Escalante. En medio de este singular duelo de maldiciones y remordi-mientos pudo ver cómo Pontoni y Griselda desaparecían furtivamente hacia los camarines. Quiso gritar, prevenir a su amigo sobre la caída en el abismo sin fondo de sus amores. Pero pensó que no tenía sentido, que ya estaba entregado a ella y que no iba a tomar más el bandoneón en lo poco que quedaba de la función. "Si es capaz de renunciar al fuelle por ella", pensaba, "es porque ya está irremisiblemente perdido". Las quejas del instrumento le hacían mucho daño y pensó que también el Manco debería sentir todas las noches ese mismo dolor inenarrable. Seguramente por eso se habría escapado ahora con Griselda. Sí seguramente. Para hacer soportable de alguna manera su tortura. Pero él seguía allí, de pie, devolviéndole tajo a tajo sus heridas al bandoneón, predicándole su banal sermón de cada noche sobre la fragilidad de la vida y la fugacidad de las cosas humanas, sermón que no se animaría ni siquiera a imaginar si su estado de seminaufragio en el vino no le arrancara a la fuerza jirones de verdad desde el fondo de su garganta. Y es que aquel joven amor que en el olvido se le había hecho tan viejo, crecía con cada gota de vino y latía más fuertemente con cada nota de tango, recobrando su fuerza de juventud con cada compás. Era como si hubiese terminado por incorporarse y anduviese ahora dando tumbos dentro de su alma tal un sonámbulo, buscando enloquecidamente aplacar su sed para poder volver a sumirse en el olvido.
Entonces sintió como que iba a perder todo control sobre sí mismo y que necesitaba imperiosamente la asistencia de Pontoni a su lado. "¡Volvé, Manco, volvé!", gritó con todas sus fuerzas bien adentro de sí mismo, "¡no me dejés solo, hermano!" La desesperación del grito contenido conmocionó todo su cuerpo, mientras su voz susurraba dulcemente la hermosa poesía de Catulín en el micrófono. Pontoni era irreemplazable. No es que le disgustara el arte de Di Gioia. No, muy por el contrario; su forma de acariciar cada nota era única y sólo comparable con la del Manco. Por si eso fuera poco, la vida nocturna que compartían los había convertido en amigos entrañables. Pero cuando no estaba el Manco era como si faltara la base sobre la cual se apoyaba todo lo demás, como si estuviera cantando de pie en un tablado sin soporte fijo que en cualquier momento pudiera derrumbarse con todo lo que tenía encima. Por otra parte, sabía muy bien por qué el Manco no estaba y hubiera dado gustosamente lo que no tenía por conocer algún medio para salvarlo. Sus cortas ausencias se habían ido haciendo cada vez más frecuentes en los últimos ensayos, sus hundimientos en la droga y en el alcohol, sus obsecuencias con los juegos de Griselda, víctima ella también de las mismas ansiedades. "Pero de dónde", se preguntaba Escalante, "de dónde sacar las fuerzas para aguantar el embate de tanto pesar", ese pesar que los mancomunaba a todos y los hacía indisolublemente solidarios con un público que seguramente sentía exactamente lo mismo, sólo que a ellos y únicamente a ellos les había tocado en suerte encarnarlo, transformarlo y devolverlo sublimado en melodías de tango. ¿De dónde sacar la fuerza? ¡Si él mismo estaba envuelto en idéntica ciénaga de alcohol y desesperanzas!
Con su desganado abrirse y cerrarse el bandoneón iba destilando gotas de amargo recuerdo y el vaivén cadencioso de su ritmo arrastrado lo embriagaba más y más. Llevado por su fuerza abrumadora descargó el contenido restante de la botella de vino en su copa y se arrimó al micrófono por última vez. Una luz enceguecedora deslumbró su corazón. Era ella, sí, era ella que se había hecho dueña absoluta de todas las soledades de su alma y le estaba quemando la piel con su irresistible prestancia. Era como si la penumbra de la sala se hubiese disipado completamente, convertido su fondo en un único inmenso ventanal por donde el sol entraba a raudales, haciendo bajar y volver a subir acompasadamente sus rayos en una especie de espiral al ritmo del fuelle. Escalante sabía que no podría hacer frente por mucho tiempo a la avasalladora intensidad de su presencia. Sintió cómo los últimos tragos de alcohol lo devolvían por fin al país de sombras y de olvidos que habitaba de costumbre y que se había transformado en su verdadero hogar por su incapacidad de soportar aquella luz incandescente con que ella lo iluminaba todas las noches por un eterno instante. El impulso feroz con que se llevó la copa a su boca, cual tropilla desbocada de potros salvajes despeñándose en desenfrenada estampida sobre el abismo, fue su forma espontánea de cerrar definitivamente todas las puertas y ventanas, de clausurar con un telón de silencios y de ausencias el escenario abierto de su corazón, que había quedado abandonado por completo a la intemperie, frágil y vacío después de la terrible devastación. Las últimas palabras de su canto las dijo así, como él sabía: lentas y graves, pero en un estado de inconsciencia total. Al terminar se le cerraron los labios y los ojos y se quedó como colgado del micrófono.
La gente aplaudió a rabiar, algunos con lágrimas en los ojos, sabiendo muy bien que cuando Escalante terminaba la función la terminaba de veras: al borde de sus fuerzas y después de haber entregado absolutamente todo lo que tenía dentro de sí. Un viejo amigo de la casa advirtió la presencia de Pontoni al final de la pared, en la puerta de los camarines, y con efusivos ademanes logró que todos miraran hacia él y hacia él dirigieran también sus aplausos. El Manco, que había cumplido mansamente cada uno de los deseos de Griselda y ahora apenas si se podía tener en pie, sumido como estaba en el alcohol y los estupefacientes y conmovido hasta la médula por el desborde de amor y de tristeza con que Escalante había finalizado la función, tendió sus brazos hacia él demostrativamente, como diciéndole al público "apláudanlo, apláudanlo a él, que yo no toqué una sola nota en toda esta última parte." Pero ante la insistencia de los aplausos dio dos pasos tambaleantes hacia el escenario, mientras Di Gioia le tendía su mano para ayudarlo a subir. Escalante ya no percibía absolutamente nada hasta que sintió a su lado la familiar calidez de su entrañable amigo. Entonces pensó una vez más, como todas las noches, que aquella ceremonia sería la última, que nunca más sería capaz de hacer frente a los embates del recuerdo y la nostalgia, a la subyugante presencia de aquel único amor ausente que había vuelto a visitarlo para aplacar su sed de presencia y retirarse otra vez hacia el olvido. Los dos se quedaron largamente de pie, apoyados el uno en el otro en fraternal abrazo, soportando con denuedo las luces enceguecedoras de los reflectores y el ensordecedor estruendo de gritos y de aplausos.

Ceremonia porteña enviado a Aurora Boreal® por Ubaldo Pérez-Paoli. Foto Ubaldo Pérez-Paoli©Julia Roggero.Foto Astor Piazolla tomada de internet.


Ultima actualización ( Domingo 19 de Agosto de 2012 08:17 )  

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