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Su primer viaje en tren

gabriel_uribe_carreo_001A Santiago Mutis Durán

A los 72 años hizo su primer viaje en tren. Había visto los trenes desde que era niño, había pasado muchas veces frente a la estación del ferrocarril, se había acostumbrado a la presencia de esa caseta donde los pasajeros, o la gente que iba a esperarlos, aguardaba la llegada del tren, una caseta con familias que iban a recibir, y con maletas por todas partes, nervioso todo el mundo, sobre todo los pasajeros listos a partir. Pero lo que más le llamó la atención, siempre, desde que era un niño apenas así de grande (como lo dice su gesto con la mano a la altura de la cintura) fueron las locomotoras. Porque las locomotoras daban siempre la impresión de no formar parte del tren, de ser otra cosa, era casi como si el tren, es decir la compañía de ferrocarriles misma y la caseta donde los pasajeros esperaban con cara de aburridos hasta que sonaba el silbato del tren, fueran cosas apenas indispensables para que existiera lo verdaderamente importante : la locomotora. Verla aparecer, botando humo por arriba y por abajo, entre las ruedas (esto era vapor, le decían; humo es el que sale de las calderas, vapor el que se cuela entre las ruedas, y la maestra de la escuela explicaba que el vapor es más pesado, a causa del agua que contiene, más pesado que el humo, pero que el humo se desvanece mientras que el vapor permanece, aunque no lo viéramos luego, pues en realidad se condensaba, y por eso a veces él, cuando la enorme máquina de la locomotora ya se había enfriado, le pasaba la mano por encima y, efectivamente, le quedaban los dedos mojados, como si los hubiera mantenido expuestos a la lluvia).

La locomotora, entonces, aparecía allá, en el fondo del camino, es decir del camino del tren, que no era un camino como el de los autos, que ya lo llamaban carretera, ni un camino como el de los caballos, que es lo que se dice de verdad un camino, ni un camino siquiera para caminar, lo que su padre llamaba un sendero, sino un camino diferente, un camino (porque los otros los podía utilizar todo el mundo) que no servía sino para el tren, un camino que parecía un puente de metal, doble, es decir, con dos líneas de hierro paralelas. Y, al comienzo, él no se explicaba cómo un tren , tan pesado, podía andar sobre esas dos barras sin deslizarse, sin caerse a un lado y sin doblarlas; había muchas cosas que él no se explicaba, pero sobre todo el equlibrio de los trenes, sí, eso era algo que no pudo comprender nunca, aunque tuvo que aceptarlo cuando vio el primer tren, no andando, no yendo a paso de caballo sino veloz, pero no como un auto que pasa muy rápido sino desplazándose a una velocidad de veras inconcebible, sobre los rieles, a toda máquina, como se decía entonces, con una velocidad que no le había visto desarrollar a ningún vehículo existente ni a ningún animal del mundo, ni siquiera a un animal de los que llaman rápidos, porque aún un caballo, incluso si corre a todo dar, su correr no le puede durar por leguas y leguas, como pasa con el tren, que conserva el mismo ritmo sin esfuerzo y sin fatiga.

Gabriel Uribe Carreño nació en Socorro, Colombia, en 1947. Se inició al periodismo en su ciudad natal. Hizo estudios a nivel universitario en la Escuela Nacional de Arte Dramático (Teatro Colón de Bogotá). Profesor en un instituto de comercio en Venezuela durante siete años, pero sin dejar a un lado sus colaboraciones para la prensa: Vanguardia Liberal, Revista Consigna, y otras. En 1980 viajó a Francia, donde vive desde entonces y donde trabaja para los planes de formación contínua profesional. Y escribe. Es decir, corrige lo que ha escrito durante años. Y de nuevo escribe. Corrige... Publica de vez en cuando.
 Publicaciones: MAQUIAVELO EN VERONA, Novela. Publicaciones UIS, Bucaramanga (1998) AL FILO DE LA ESCRITURA, Cuento, Editorial Indigo, París, (2005) EL ULTIMO RETRATO DE CECILIA TOVAR, Novela, Escargots au Galop, Paris (2006) NICOLAS MAQUIAVELO, Biografía, Panamericana Editorial, Bogotá (2006)EL PARAGUAS DE CESAR VALLEJO, Ensayo mítico-biográfico,  Vericuetos-Paris (2006) LAS GAFAS DE SOL, Cuento, Caravelle, Université de Toulouse, Francia (2006)LA PUESTA EN ESCENA DE LA MUERTE, Ensayo, Aleph 138, Manizales (2006)LA TRAVESIA DEL DESIERTO, Cuento, Odradek, Medellín (2007)EN BUSCA DEL TIEMPO PERFECTO (Sobre la novela Felicidad quizás de M. Salazar M.)DE LA DULCE SOLEDAD DEL OLIMPO Y OTRAS ESQUINAS (Sobre Dionea, de Julio Olaciregui) Revista de la Universidad de Antioquia, N° 290 (diciembre 2007). Mas información sobre Gabriel Uribe

Aparecía entonces la locomotora y él veía que se iba acercando, muy veloz todavía, pero con una velocidad que era al mismo tiempo como detenida, porque ni la locomotora, con toda su fuerza, ni el tren, tan largo y tan pesado, se sacudían; no, nada de eso, sino que avanzaban como una nube, rápidos sobre los rieles, con un estrépito de calderas de vapor y con el silbato silbando, sonando por sonar porque quién era el que iba a atreverse a ir por ahí caminando, sobre los rieles, aunque sonaba como para que todo el mundo se apartara, para que se quitaran los animales de en medio, se espantaran los borregos sueltos que pastaban a la orilla de los rieles. Y era un tiempo interminable entonces, desde el momento en que la locomotora aparecía, allá en el fondo donde las paralelas de los rieles ni se veían de lo tan lejos, hasta cuando llegaba ahí mismo y se detenía frente a la caseta, botando su cisco al aire, como a puñadas, por los tubos de las calderas, pero se detenía sin pararse, porque aunque las ruedas después de chillar largamente con su quejido de metal se quedaban quietas, la enorme locomotora seguía sonando, bullendo, respirando como un animal cansado pero ya listo a arrancar de nuevo, y eso era lo sorprendente, que arrancaba como si apenas iniciara el viaje, sin ninguna muestra de fatiga ni nada, tan fresca como si la acabaran de fabricar y fuera ése su primer viaje. Siempre era así, cada vez que aparecía la locomotora allá lejos sobre los rieles, él creía que ése era el primer viaje de la máquina que se acercaba.

Pero en realidad desde siempre, o al menos durante muchos años, la locomotora fue la misma, los rieles los mismos y más bien lo único que a veces cambiaba eran los pasajeros, y, a veces también, algunos vagones, porque hubo nuevos vagones que se le añadieron a los primitivos y luego hasta nuevos modelos de vagón que reemplazaron los otros, más confortables, acabados de llegar al país, mientras que la locomotora era tan fuerte y tan indispensable que parecía no poder sino seguir siendo la misma hasta que el uso del tren desapareciera de las costumbres de la gente.

La verdad fue que para él pasaron infancia y juventud, y comenzó a ponerse viejo y la locomotora que él había conocido de niño era ahora la misma que seguía conduciendo a los viajeros que llegaban o se iban, cada día hasta y desde la caseta, que en cambio no era ya la de siempre sino un edificio de dos pisos a las afueras del pueblo, y éste también había cambiado, había crecido y hasta recibido eso que llamaban progreso, cosa que para él era un abuso, el darle tal nombre, pues para él era la locomotora, eso y nada más, el mejor, casi el único símbolo, y más que símbolo la representación global y tangible del progreso humano.

La locomotora, sí. Pues cuando los primeros aviones comenzaron a dejarse ver en el cielo, pensó que eso ya no era progreso, eso era más bien una especie de novedad, de cosa poco seria, que volar no tiene nada que ver con la realidad, pues ésta siempre es algo que se logra apreciar si se tienen los pies sobre la tierra o si no lo pies al menos las ruedas del aparato que nos lleva, como fue el caso de las carretas tiradas por un jamelgo primero, de los automóviles, más tarde, y finalmente del tren. No, a los aviones él jamás los tuvo en cuenta; eso que volaba y que pasaba por el cielo del pueblo y de lo cual tanta gente hacía elogios y que para otros era el mejor símbolo del progreso, el más auténtico, para él, que no se dejaba atrapar por las mentiras de las cosas, eso no era sino un trivial juego. Hasta inocente, como las cometas de papel que los niños elevaban cuando soplaba el viento favorable. Sí, el avión era algo así, sólo que más grande, y con pasajeros.

Pero no era nada serio, nada como el tren con su enorme locomotora que podía arrastrar tras de sí toneladas y toneladas de carga sin ningún esfuerzo, sin quejarse siquiera y siempre al mismo ritmo, siempre en la misma disparada carrera. Eso era el progreso, esa técnica en movimiento, esa máquina infatigable que pasaba cada día por el pueblo y que él podía tocar con sus dedos hasta que se le humedecieran: era la mejor prueba, la de los dedos mojados, de que la máquina de vapor existía, y no como los aviones, que todo el mundo podía ver volar pero que nadie en el pueblo había jamás tocado. Pero nunca se le ocurrió subirse a tren alguno. No tuvo necesidad de hacerlo, decía. Ni siquiera cuando tuvo que salir del pueblo, pues lo hizo en carro cuando niño, y en bus más tarde, y quizá por eso, por no haber utilizado los servicios del ferrocarril, la locomotora con su tren de vagones detrás siguió siendo durante muchos años para él la única cosa maravillosa. Cosa para él todavía ininteligible, y, en la práctica de sus días, inutilizable, pero indispensable ya en su vida, como el sueño o la comida.

tren_001Locomotora necesaria. Pero la necesidad no era la de subirse ahí, encima de todos esos hierros y sentir la velocidad debajo, en las ruedas, aunque eso le hubiera gustado; no, la necesidad era ver la llegada, el arribo estrepitoso, irresistible de la máquina poderosa que se abría paso como un sueño incontenible entrando de lleno en la realidad del día, y verla luego en reposo, guerrero en descanso, y, finalmente, cosa quizá más increíble, verla partir de nuevo, reluciente, frenética, llena de fuerza y con su silbato anunciando que se iba. No necesitaba más. Fue mucho más tarde, cuando el transporte en tren comenzó a caer en desuso, que él sintió por primera vez la necesidad de probar lo que era eso: un viaje en tren. Pero tampoco lo hizo, dejó pasar el tiempo, transcurrieron todavía varios años y un día tuvo la sorpresa de ver que la locomotora, esa máquina que resumía, ella sola, todos los signos del progreso, había desaparecido, y entonces fue como si el progreso, en el mundo irremediablemente moderno de ahora, se hubiera estancado.

Porque un día, en lugar del enorme aparato con su silbato y su vapor saliendo en nubes hasta el cielo, fue otra máquina, con una especie de rastrillo largo adelante, automática, que no hacía ningún ruido, pero que tiraba tras él, con la misma fuerza y quizá hasta con más energía, el largo desfile de vagones, igual que lo hacía la antigua, la locomotora, sólo que este nuevo aparato, último grito de la modernidad, ni siquiera se anunciaba, y no sólo no hacía ningún ruido al aparecer allá en el fondo, sino que llegaba y se iba en silencio, como un ladrón, como un visitante furtivo, como no dejándose sentir, como si no quisiera que alguien se enterara jamás de su presencia; de tal manera que su llegada, no anunciada por ningún estrépito ni por ningún silbato, era sabida sólo gracias a un empleado (porque había ahora empleados de los ferrocarriles con uniformes y todo, gente que ni siquiera era del pueblo, que aprendían su oficio por allá lejos, en ciudades tan distantes que no se podía ir hasta ellas directamente en el mismo tren pero donde estaban los establecimientos adecuados para tal enseñanza, y venían aquí con sus diplomas y sus certificados, títulos que la gente de aquí no tenía y por lo cual nadie del pueblo pudo trabajar en los ferrocarriles, símbolo innegable del progreso de toda la región, como habían pregonado los que inauguraron el servicio muchos años atrás, cuando él era apenas un niño), un empleado de chaqueta y gorra azules, un forastero que a veces era un blanco y a veces un negro, y hasta un indio o un mulato pero que en todo caso parecía un extra de película de la época de la guerra de Secesión norteamericana, y que hacía el llamado por el altoparlante (otra cosa nueva, ridícula, antes innecesaria), anunciando la llegada y luego la partida del tren. En resumidas cuentas, pensaba él, la cosa ya no tenía magia.

De manera que él sintió que el tiempo lo había estafado o que quizá él mismo había dejado pasar la oportunidad de conocer un tren de verdad por dentro, de poder habitar en sus entrañas, como Jonás en su ballena, y que ahora era tarde, el tren ya no era el tren de su infancia y el aparato que llegaba y partía, dos veces al día, no era el mismo sino una máquina descolorida, esquiva, insignificante, como los aviones, una necesidad no de la vida sino de lo que llamaban progreso, modernidad, cosas nada adecuadas para un pueblo como el suyo.

Pero se acostumbró también a eso. Se acostumbró a la llegada y a la partida de ese nuevo tipo de tren, que no silbaba, que llegaba sin hacer ruido, fuera de la voz que salía por el altoparlante, una máquina entonces que parecía ir y venir sin molestar a nadie cuando en realidad era esa falta de ruido y de real presencia lo que más molestaba y lo que más extrañaban los que conocieron la lealtad y la franqueza, en la manera de anunciarse, que tenía la máquina de antes, aquella enorme locomotora que no podía pasar desapercibida porque se mostraba a la vista desde lejos y se anunciaba desde mucho más lejos todavía, con un silbato que preludiaba su arribo y que sonaba desde minutos antes, cuando ni siquiera podía verse aún su penacho de humo, y cuyo sonido luego, a medida que se acercaba, nadie podría ignorar, porque el silbato no dejaba de recordarles que estaba ahí, que ya había llegado y que pronto se iba, que se estaba yendo ya.

Quizá fue sólo el recuerdo persistente de la máquina de antes lo que lo movió entonces. De manera que a los 72 años, cuando ya no le podía hacer falta tal cosa, sorprendió a su familia y a sus amigos diciéndoles que el próximo viaje fuera de la región lo haría en tren. Para qué, le decían, si la carretera, asfaltada y limpiecita, era una vía muy rápida y segura, y si, además, ya se estaba construyendo una pista con miras a que el pueblo tuviera su propio aeropuerto. Pero a él se le metió que tenía que contentarse con la necesidad sentida ahora, la de viajar en ese descendiente, en ese heredero como pensaba que era el tren de ahora, y hacerlo como un póstumo homenaje a la estrepitosa máquina de otros años, guardada hoy en algún museo de esos que la modernidad acelerada ha creado para los trastos repentinamente viejos del progreso, pieza consignada, puesta al abrigo del tiempo para siempre, porque en los museos las cosas dejan de envejecer apenas entran, se eternizan, quedan definitivamente quietas, pues no sólo han perdido su inerte vida sino hasta la misma leyenda que las mantuvo en alguna época como cosas, quizá inútiles, pero todavía ahí, todavía significantes y en el corazón de todos. De manera que la locomotora de su infancia debía de estar en este momento peor que muerta, no fallecida sino llevada al rango de objeto de contemplación, más allá de la vida, de la historia y de las vicisitudes humanas, resguardada de todo, situada en un lugar donde la comparación no existía, liberada del polvo y del trajín cotidiano y también de la suciedad, de la premura, de la irreversibilidad de las horas, especie ab aeterno.

El no, él tenía 72 años, todavía edad de hombre, cifra para los seres vivos, aunque él, al contrario de la máquina maravillosa, moriría un día, al final de su propio viaje, y su cuerpo se desharía para siempre porque nadie se iba a preocupar por mantenerlo intacto, y su memoria se borraría a medida que fuera desapareciendo la memoria de los seres que lo habían conocido y, sólo entonces, la máquina, no la del museo sino la verdadera, la máquina viva en su recuerdo, la arrolladora, con locomotora y vagones, llena de vapor y estruendo, desaparecería para siempre de este mundo.

Ese era quizá todo el sentido de su decisión, rendir un último homenaje a la máquina aquella, la de sus recuerdos más lejanos, con un viaje, no tardío sino a deshoras, un viaje realizado al fin a los 72 años y con el cual, pero rompiéndolo al mismo tiempo de una vez por todas como en el despertar definitivo de un sueño, colmaría secretamente su más antiguo anhelo, la añorada posesión del primero y único juguete de su infancia.

 

 

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