
Pasan los años, cariño,
y con el tiempo nadie sabrá lo que tú y yo sabemos.
Habla, memoria
Vladimir Nabokov
Nunca se supo cuándo se había instalado en el barrio, ni cuándo vino por aquí. Al término de una tarde de sábado, tanto el pintor Pachay como la propietaria de una tienda de abarrotes lo vieron cuando se disponía a cruzar la calle. Era de estatura media, muy pálido, con el cabello ralo y canoso en las sienes. Tenía las piernas demasiado delgadas para la corpulencia de su cuerpo y se desplazaba con dificultad, empujado por el viento que lo embestía por la espalda.
Durante un tiempo lo vieron ir y venir por el barrio. Aquel hombre atendía la papelería hasta que el cielo se inflamaba de rojo. Alguien comentó que después recibía a los clientes que iban a venderle especies raras de mariposas. Tanto en la tienda de abarrotes La Espiga como en otros lugares de la ciudad, llegaron a cobrarle aprecio y empezaron a confiar en él, hasta que un buen día desapareció, después del matrimonio de Zulema.
En la parte delantera de su casa, situada a pocas cuadras del colegio, había una araucaria cuyas ramas se alargaban por encima de la tapia hasta formar un tejido de sombras temblorosas sobre los adoquines de la calle. Más de una noche sin poder conciliar el sueño, Nikolai permaneció tirado en la cama, fumando, mientras el viento sacudía los árboles del jardín. En cierto sentido amaba su pasado y cultivaba con verdadero deleite algunos episodios de su infancia. Aún podía recordar la ocasión en que su padre tomó su cazamariposas y volvió sosteniendo entre el índice y el pulgar una magnífica ninfa rusa. Con el mismo aire ausente y afanoso, el ruso iba todas las mañanas a La Espiga, donde se reunían algunos jóvenes a tomar cerveza. La señora Ripalda se movía con dificultad, mientras ordenaba cada objeto en las estanterías. Era flaca, reseca, con las mejillas pálidas y olorosas a ungüento medicinal.













