
La mañana estaba con mucho sol pero ellos se habían levantado tarde. Clemencia fue la primera en salir de la cama. Encontró al niño en la ventana de la sala, viendo pasar gente, carros. Al salir Clemencia de la ducha, Hernando le propuso ir al Parque Nacional con el bebé.
Desayunaron a monosílabos. Hernando dijo sus cortas palabras con la boca ocupada y sin quitar los ojos del periódico. Las palabras que pudieran terminar una frase más bien parecían estar en la música de la radio, en los balbuceos del niño tratando de hacerse entender desde los brazos de Clemencia. Hernando terminó el desayuno mirando la página de anuncios de cine. El nombre de una película y el del director le distrajeron mientras escarbaba las encías con la lengua. Volvió a mirar los otros anuncios pero de nuevo se detuvo en aquella viñeta de siluetas oscuras con una ciudad al fondo.
La noche del sábado ellos habían tenido una discusión de celos, todo porque antes de las cuatro Hernando salió apresurado, con una explicación dada como a empellones y después no pudieron ir de compras, ya era muy tarde cuando él regresó. Las paces en la cama no llegaron. A pesar de que ella quiso olvidar que Hernando la había dejado vestida para ir de compras.
A pie fueron al parque. Los domingos preferían no usar el carro para salir, a no ser que fuera para ir al supermercado o visitar alguna de las dos parejas de amigos que tenían y que solían visitar, una vivía en Chía y la otra por los lados de Usaquén. La voz del niño fue el único diapasón erguido sobre la mudez de la pareja. Al pasar junto al señor de los globos de helio el bebé los hizo detenerse. Después Clemencia caminó sola con él. En la otra manita del niño estaba el globo, tieso en la punta del hilo, mecido a veces por el viento. Hernando llenó su silencio mirando a los demás paseantes, los prados, las fuentes.













