
Relatos, irrelatos, minirrelatos, cuentititos
Señores, estoy cantando,
Lo que se cifra en un nombre
Jorge Luis Borges
Historia general de la alfamia
Alvertencia
No, estas no son historias en lenguaje gauchesco, pero como nos vamos a ocupar, principalmente, de una serie de tipos llamados «Al», «alvertencia» parece apropiadísimo. Sucede que, dada la fama del gángster ítaloamericano Al Capone, han quedado ocultos sus numerosos imitadores-que los hubo y muchos-, algunos grandes, otros de pacotilla. Sí, la figura de Al Capone atrajo a numerosos jóvenes -y menos jóvenes- que dieron en llamarse «Al», aunque su nombre de pila no fuera ni Alphonse ni nada que se pareciera (algunos pudieron llamarse «Al» sin necesidad de cambios, dado su origen, como veremos). Tal vez a esta serie de breves biografías o, como yo preferiría llamarlas, «desvíografías» (sic, con dos acentos) quepa denominarla «Historia general de la alfamia», parodiando y parofonizando el título de un conocido libro argentino de los años 30. Lejos de mí tal pretensión, sino el sencillo deseo de arrancarle al olvido la memoria de algunos tipos y tipejos que merecen poca cosa más que un recuerdo distraído, aunque sí emocionado. «¡Siglo veinte, cambalache/Problemático y febril!» dice un tango de los mismos años treinta. El «cambalache» del tango argentino -el tradicional «monte de piedad»- me parece preferible a «montepío» o «monte de piedad», ya que «siglo veinte» y «piedad» resultan excesiva y cruelmente antitéticos. Los «Al» que nos ocupan nunca fueron montes ni siquiera montículos de piedad, antes bien todo lo contrario. Y es hora de alternar con ellos directamente.
El desviógrafo de la alfamia.



Fue la más extraña de las hormigas. Conocía su destino, su oficio, su misterio entregado a la belleza.




