
Con ese sustantivo felino saludaba a sus amigos: tigre. Qiubo, tigre; qué más, tigre; qué estás leyendo tigre. Así saludaba. Con su toquecito de ironía o de humor. Con su sonrisa contenida. Ya fuera en Bogotá, en el Central Park de Nueva York o en el Festival de Cine de Cartagena. Caminaba pausado y parecía estar siempre lleno de literatura y cinematografía. Era difícil imaginarlo interesado en otros afanes. En uno de esos festivales nos encontramos en el Parque de los Mártires y me interrogó con su pregunta felina: ¿qué estás escribiendo, tigre? Le respondí que había terminado el borrador de una novela, pero que tenía problemas con el nombre. Por qué, indagó. Porque se llama El hombre que vestía de azul profundo, y algún acelerado puede pensar que estoy plagiando el título de la película de Luc Besson. Es un nombre bello, dejéselo, puede tomarse como un homenaje, respondió y se marchó cargado de espaldas, metido en las primeras sombras, al lado de una joven y hermosa muchacha de abundante y lacio cabello negro.



En casa tengo una perra que llegó en la misma época que leí
Todos los nombres.
Luego vino el
El ensayo sobre la ceguera
y todos los demás libros que leerí...



