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Ensayo

Basta de demonios interiores: ¡que salgan!

anabel torres 352El 14 de febrero de 2013 terminé este ensayo y lo envié a Colombia. Se suponía que haría parte de un libro con testimonios de mujeres colombianas poetas o escritoras; a grandes rasgos, se trataba de un libro sobre cómo el acceder al espacio literario nacional se nos ha dificultado –o no– a las mujeres, por el hecho de ser mujeres.
A pesar de la buena voluntad y la persistencia de quienes desean editarlos, no todos los libros proyectados logran convertirse en libros reales. Hoy he elegido publicar este ensayo en la revista Aurora Boreal® en su versión digital, en recuerdo de Helena Araujo Albrecht, escritora, crítica literaria, y colombiana que no temió nunca ser ni decirse feminista.
Helena murió hace un mes, el 2 de febrero en Suiza, su segunda patria: una patria que le resultó mucho más amable que la propia; en la que pudo criar a sus hijas, ganarse la vida decorosamente, forjar su propio destino como mujer y como intelectual, y morir de su propia muerte.
Helena nos ha dejado a todas las personas que tuvimos el privilegio de conocerla y de quererla enriquecidas, 'arropadas' por su amor, término utilizado aquí en España, donde vivo. La extrañaré y la querré mientras viva. Y como tengo solo palabras para señalar el trazo luminoso que dejara su vida en mi vida, le dedico este escrito a su risa y a su mirada, siempre volcadas con entusiasmo sobre el acontecer literario de Colombia, ese país que ella amó y del que es parte.
Además de haberle hecho a este texto la revisión cursoria necesaria al momento de publicar, no le he cambiado nada, ni la dedicatoria de entonces, ni las fechas. Le he agregado una nota pie de página al final.

 

A Virginia Betancourt Valverde, venezolana,
musa, hacedora, mujer maravilla de América Latina
Y a Javier Escobar Isaza,
brújula y brujo revisor de mis costales de palabras

 

Este encargo me ha dejado muda durante meses, o para efectos prácticos dedi-paralizada. Esto le consta a los editores que me lo encargaron y han seguido esperando, con respeto y paciencia, más allá de lo razonable, a que mis dedos calentaran. Por eso hoy me 'figuró' cumplirles.
Tuve la suerte de nacer en una familia tolerante y humanitaria, donde la inteligencia y el talento en cualquier área del saber o el sentir se apreciaban más que las pertenencias. De mis padres no supimos lo que era la envidia. Nos arropó la generosidad de ambos; su alegría con los triunfos ajenos y su empatía cuando las cosas iban mal. A nuestra casa llegaban la costurera, el actor o el periodista, y yo no sentía que uno fuera más importante que el otro. Todos entraban vida a raudales y alegraban la casa.
Mi crianza fue distinta en algunos aspectos. Nací en Bogotá el 28 de diciembre de 1948, concebida semanas antes de que asesinaran a Jorge Eliecer Gaitán aquel 9 de abril de 1948, y se desatara 'La Violencia' ya sin frenos. Cuando yo nací, afuera rugía la guerra y en mi casa había amor. Al comenzar el régimen militar del General Rojas en 1953, a Eddy, mi padre, Director hasta esa fecha de la revista Semana, le exigieron sacar la foto de un militar en la portada y él renunció. La familia empacó sus bártulos y sus cuadros y nos fuimos a Medellín, donde Eddy se dedicó a la publicidad mientras pasaba la dictadura (aquella fue su época más solvente). Además, dictaba clases de historia del arte en la Universidad de Antioquia, cargo del que Bertha, mi madre, contaba no se posesionó ni pudo cobrar, porque le tenía pavor al examen de sangre (mi papá nunca desmintió la crónica).
A mí no me matricularon en primaria en Medellín. La pequeña burguesía no iba a la escuela pública en mi época, y los demás eran colegios de monjas en los que mi padre no quería matricularme. La infancia de mi padre sí que había sido sui generis: Eddy era hijo de Ignacio Torres Giraldo, un dirigente sindical cofundador, en los años 20, del Partido Socialista Revolucionario de los Trabajadores. Aquel sí que era un partido sui generis, teniendo cuatro líderes como tuvo, incluida María Cano, de Medellín, quien había sido elegida Flor del Trabajo por los obreros, incorporándose así a la lucha sindical. A mi adorado papá Nacho lo desterraron metiéndolo en un barco rumbo a Hamburgo en 1929, así que desde los cinco años, la crianza y educación de mi padre quedaron en manos de María y sus hermanas, Carmen Luisa y Rurrita. A Eddy lo llamaban 'el hijo del diablo´, y contra la casita de las Cano, vertían las bacinillas de la noche anterior algunas mañanas, porque aparte de ser mi papá 'hijo del diablo', tres mujeres solteras de clase media habían decidido 'vivir solas, sin un respeto' (otro escándalo), y ser simpatizantes del movimiento sindical. Para más inri, no eran católicas sino espiritistas (les decían masonas, nombre genérico que se usaba para denigrar a cualquier persona que no se auto-declarara católica, apostólica y romana). Años después, doña Ana Robledo, una mujer muy buena y pródiga con las hermanas Cano Márquez, 'intrigó´ para que Eddy entrara al Liceo de la Universidad de Antioquia. Él tenía sus tres madres suplentes cultas y devotísimas, para entonces, y ya era enciclopédico. Había creado y redactaba un periódico desde los ocho años, y además de estudiar desde su casa, escribía cuentos y poemas.
María contaba que dejó del todo la actividad política una tarde en la que silbaron balas en el Parque Bolívar, ella y el niño terminaron agazapados debajo de una mesa, y ella vio a 'mijo' en peligro. Cuando yo era pequeña, María, Carmen y mi abuelo compartían casitas relucientes en Envigado y Aranjuez. Papá Nacho tenía su propio estudio-dormitorio. María y Carmen dormían en una habitación compartida (Rurrita murió en la década de los cuarenta). En la terraza criaban palomas y pensamientos. Yo de niña iba a visitarlos y pasaba horas dibujando en el escritorio de Nacho. Él me narraba historias, mientras me instaba a diseñar y practicar mi 'firma'. A veces me contaba sobre sus entradas y salidas a la cárcel, acompañado de mi padre de tres o cuatro años. Como no podía imaginarme que él o María fueran unos bandidos, yo pensaba que ir a la cárcel o tener balas bailando por encima de la cabeza era simplemente algo que podía pasarle a la gente cuando era grande.
A mí me daba clases de matemáticas, etcétera, Carola, una maestra de escuela jubilada que tenía un pequeño huequito entre los dientes por el cual se colaba enterita su continua sonrisa. Sus herramientas pedagógicas eran esa sonrisa y dos galletas en forma de marranito que ella me llevaba metidas en una chuspa de papel cada día desde la Panadería de las Palacio. María me había enseñado a leer hacia los cuatro años con letras recortadas en papel lija, al estilo de su tocaya María Montessori. Yo leía todo lo que me encontraba y desde muy pequeña comencé a escribir. Mi papá era pintor de domingo y yo pintaba o juntaba cuentos a su lado. Soy la mayor de cuatro hermanos y decir que se me dificultó escribir cuando era niña sería una mentira muy gorda.
Dos cosas más marcaron mi infancia: la primera fue la muerte del hermanito que me seguía, de 11 meses y un día, un bebé sano y feliz. Yo tendría dos años largos y mis recuerdos son sus fotos y los recuerdos de mis padres. Mi mamá había ido al mercado y cuando regresó, Eddy Alfonso agonizaba de una meningitis fulminante. Aterrorizados de que se me contagiara, Bertha y Eddy cambiaron de casa y destruyeron gran parte de sus pertenencias. Desde entonces mis padres, mis tres hermanos siguientes y yo, vivimos con aquella muerte, o mejor dicho, convivimos con aquel miedo: a que aprendiéramos a nadar, anduviéramos en bicicleta, etcétera.
Otra experiencia que marcó mi infancia fue nuestro traslado a Nueva York cuando yo tenía ocho años, en el otoño de 1957 y cinco meses después de la salida de Rojas Pinilla, seguido de otra Junta. El 10 de mayo mi mamá había estado en Bogotá y había puesto tachuelas en la calle para derrocar a Rojas. Mi papá se había quedado con nosotros y tuvo que ir al velorio de su secretaria. Ella se había asomado al balcón y había muerto de bala perdida (¡fue la primera persona en mi vida que moría 'de Colombia', pero no la última!).
En Nueva York viví varias transiciones simultáneas: la primera fue ir de un ámbito muy privado a uno muy público, incluido arreglármelas con el transporte público para ir sola a la escuela, también pública; la segunda fue mi encuentro maravilloso con la lengua. La primera escuela a la que asistí fue en Manhattan. No quedaba en Harlem, pero sí cerca. Todos los niños de mi clase eran portorriqueños o cubanos, menos yo. La maestra hablaba inglés únicamente. Recuerdo a una niña cubana que usaba una balaca en el pelo como mi amada Carola. Ella circulaba entre los tres grupos en los que la maestra nos tenía divididos, y nos iba explicando lo que debíamos ir haciendo. Fue mi primer encuentro con la traducción y no sé a aquella niña, cuyo nombre no recuerdo, cuándo le quedaba tiempo para aprender a ella.
Por edad me entraron a tercero de primaria y terminé el año en junio de 1958 hablando, leyendo y escribiendo inglés. Este idioma fue como mi hada madrina, porque es como si me hubieran dicho, al ir absorbiéndolo, "coge estas palabras y juega con ellas y ponlas como quieras, que no se manchan ni se rompen. Y sobre todo úsalas: hay que escribir cartas al alcalde, poemas a los árboles, metáforas, artículos de prensa, etc.". Luego nos mudamos y fui a la escuela pública 269 en Brooklyn, cerca de New Kirk Avenue. Era la única hispana en mi clase. En aquella época los colombianos gozábamos de buena reputación en Nueva York: de hablar muy bien el castellano y ser muy educados. La droga no había comenzado a llegar. En Brooklyn me saltaron a quinto porque ya sabía dividir y multiplicar, así que cursé tercero, quinto y sexto de primaria. En sexto, Mr. Max Farb me nombró 'Poet Laureate´ al final del curso. Yo había escrito un poema sobre Mark Twain que él al principio no creyó que hubiera escrito yo sola, con esa ´técnica´, pero luego debió creérselo. Ha sido mi mayor distinción literaria hasta el momento.
Llegar a Nueva York para mí fue salir al mundo de una forma maravillosa. Mientras aprendía inglés, mi papá me llevaba los fines de semana a la Biblioteca Pública Central, a sacar libros en español. Descubrí las obras de P.L. Travers y conocí a mi entrañable Mary Poppins. Aprendí el otoño, el invierno y la primavera; aprendí la nieve y las calles cálidas de colorido, y presencié la libertad absoluta para ser, pensar o vestir, de gente tildada 'excéntrica´ aún en ese entonces. Aprendí el humor judío y esa capacidad infinita de mis compañeros de clase en Brooklyn para reírse de todo y especialmente de ellos mismos.
Una maravilla más me quedaba reservada: Mrs. Bissinger, mi primera maestra en Brooklyn, se dio cuenta que yo no veía bien. Habló con mis padres y me llevaron a la óptica. Tenía no solo miopía sino astigmatismo. A los nueve años y medio vi cómo eran mi rostro y los de mi familia. Supe que la hierba no era una mancha verde difusa; que las briznas de paja existían, y el cascajo constaba de piedritas diminutas. Supongo que esto tuvo muchísimo que ver con ser poeta: jamás me ha abandonado el asombro de mirar. Esa, y algunas otras experiencias insólitas, como tener que lanzarme debajo de mi pupitre cuando escuchábamos una sirena, practicando para un eventual ataque atómico soviético, o tener que leer libros que no pasaban de las 200 palabras, cuando yo venía de leer tomos de 300 páginas, debieron influenciarme. Para no chiflarme de aburrimiento recorría las palabras y el blanco a su alrededor y aprendía a saborear las letras y los espacios vacíos.
Ahora me piden que hable del ser mujer y escribir. Sintetizar vivencias es más fácil que hablar de la poesía y ser mujer, intentando destilar alguna especie de ´saber´ cuando sabemos que más sabe el diablo por viejo que por diablo, sobre todo si es diabla. Ser mujer es importante al escribir, y sin embargo yo quisiera que no tuviera nada qué ver, ni con el logro de lo escrito ni con el destino que pueda tener ese escrito una vez creado.
Lo ideal sería que ser hombre o ser mujer no tuviera nada qué ver con lo que escribimos, como no debería ser relevante ser pobres, ricas o de clase media, bajos de estatura, fumadoras, vegetarianos, malgeniados o de buen humor, solventes o insolventes etc. Pero es irrefutable que nuestras circunstancias personales van coloreando lo que vamos fraguando con las palabras. Según nuestra propia individualidad y nuestras vivencias, tenemos una u otra clase de sensibilidades. Es necio negarlo en una época como la actual, en la que solemos revelar detalles, gustos o disgustos hasta ante desconocidos en las redes sociales, y paradójicamente estamos mucho más familiarizados que nuestros antepasados con la soledad. Uniformamos nuestras diferencias en aras de irnos fabricando unas colchas de retazos existenciales que nos distingan, porque estamos más solos.
La lucha de quienes escribimos es frente a la página en blanco, virtual o de papel. En esto no priman género, condiciones socioeconómicas o físicas. Escribir, más que el acto solitario objeto del cliché, es ante todo un acto de libertad. No podríamos no ser nosotras mismas y al mismo tiempo escribir. Sería una contradicción ontológica y he ahí mi único aporte ético-filosófico a este debate. Mientras más libres somos de los condicionantes que nos inhiben, libres para imaginar y plasmar, más reales serán nuestras palabras. Frente a la libertad es absurdo hablar de hombres y mujeres. Ser libre ante una página no es cuestión de grados, como no se puede estar un poco embarazada o ser un poco vegetariano.
Ello no significa que no haya quienes escriban desde el fingimiento de sus propias vidas, apertrechados en modas literarias, o descubridores de que ´marear la perdiz' funciona bien en el papel. Pero la escritura a media asta entre el ser y el aparentar no suele sobrevivir. Para la muestra un botón: no creo que dentro de una década siquiera, dos premios Planeta de pocos años atrás sean referentes literarios, salvo para sus protagonistas. Lo intuyo no por lo que dijeran las reseñas, o por ensañarme contra los autores, sino porque leí ambos libros, como todo lo demás que leo, para que me gustaran.
Creo que existe una ventaja comparativa al escribir poesía siendo mujeres: muchas mujeres, sobre todo las que vamos por la segunda o tercera juventud, accedimos a la escritura sintiéndonos más libres, por el simple hecho de ser menos tenidas en cuenta en el ámbito externo. Cualquier principiante comienza a escribir y tachar, revisar y tener dudas, discutirlas y buscar consejo, antes de comenzar a labrar sus éxitos literarios, adquirir su etiqueta de ´escritor colombiano´ y embutirse en su coraza de 'intelectual'. Muchas mujeres seguimos escribiendo como si siguiéramos siendo principiantes, solo con las dudas y sin los aditamentos. La divergencia de ruta entre las mujeres y los hombres que hemos publicado literatura, y hasta ganado premios literarios, suele ser evidente tras el primer o segundo premio o libro, o es lo que he advertido en mi generación y un tanto más arriba o abajo. En las mujeres el efecto vanidad no suele ser tan conspicuo, más por haber sido socializadas para ser modestas, creo yo, que porque seamos más desprendidas de nuestros egos por naturaleza.
A muchas de nosotras, los literatos y sus críticos no nos reconocen la etiqueta, 'escritora o poeta colombiana'. Y prescindimos de la coraza, 'intelectual colombiana', por falta de autoestima o de convicción, o por un poco de ambas cosas. El 'reconocimiento' suele llegarnos a cuentagotas, a menudo en la forma de invitaciones a participar en encuentros a los que somos invitadas 'para que después no digan que no había mujeres'. En Colombia una o dos mujeres por sesión o encuentro se consideran más que suficiente para ser políticamente correctos. Los norteamericanos lo llamaron tokenism. Ahora es simplemente más natural, en EEUU y ciertos países del llamado mundo occidental, que los hombres escriban y las mujeres también escribamos y ya está.
Felizmente la libertad se parece más a la maleza que a las flores cultivadas o a los árboles podados (hablo de mi generación y quizás de la de mis hijos; mis dos nietos y mis dos nietas habitan un mundo en transformación, con más derechos y oportunidades a nivel de género desde que nacieron. Siento curiosidad por ver cómo escribirá su generación cuando comience a publicar). El mundo ha cambiado, no cabe duda, pero tampoco cabe duda que en el entorno colombiano se ha perpetuado la discriminación sexista más acérrima en muchas áreas –no todas- y de estas no escapa la literatura.
Cuando afirmo que en Colombia hay discriminación sexista me estoy refiriendo a una discriminación sistemática, y en ningún caso aislada, u ocasional. En ella crecimos las mujeres como yo en Colombia (he cumplido 65 años el pasado 28 de diciembre, llegando por fin a la mayoría de edad). Algo menos, pero sujetas al sexismo, también han crecido nuestras hijas y sobrinas.
El hecho de que ´la sociedad´ y hasta nuestra propia familia esperara menos de nosotras por ser mujeres, o nos apoyara menos, en forma expresa, por ejemplo a la hora de costearnos una carrera universitaria (no de manera consciente sino debido a sus propios prejuicios), además de habernos reportado frustraciones existenciales, sin duda, pudo implicar más libertad interna. Nadie 'nos paraba tantas bolas´. 'Son cositas de mujeres, esos poemitas llenos de sentimentalismo, encajes y gatitos', decían, los críticos, entre el hacer una crítica seria y sesuda sobre un poeta y otro poeta; eso sí, tras haberse asegurado un lugar de acogida impreso para sus comentarios.
En Colombia no abundan los pagos en efectivo por escribir, pero el pago en figuración o demás ventajas recíprocas seducen. No es fácil trabajar gratis, pero muchas mujeres llevamos grandes ventajas en eso también: enormes reservas de altruismo y sacrificio que han puesto a funcionar los hogares o las organizaciones más humildes, maximizando recursos mientras nos mimetizábamos, ni siquiera por cuestiones ideológicas, si es que la noción abruma, sino porque el tiempo es limitado, aunque como mujeres solamos ser 'multitareas'. Por eso es tan común encontrar mujeres 'hormiguita' o ´carga ladrillo´ tras cualquier empresa cultural solvente, asegurándose de su éxito mientras los hombres que las dirigen se dedican a sus mesiánicas relaciones públicas y no les queda tiempo para esas vainas tan jartas como trabajar duro o hacer muchos sacrificios.
Lo anterior no significa que las mujeres no hayamos contado con la libertad de ser, y por ende de escribir, a través de siglos de mansedumbre hogareña o fuera del hogar. La libertad fluye más fácil entre lo marginal. Lo que pasa es que muchas veces nosotras mismas no hemos sabido reconocerlo, o ´usarlo´ en nuestro propio beneficio. Pero aquel era un solar espléndido, ese solar con explosiones silvestres y rincones baldíos que habité en Medellín, luego en el extranjero, y después en Bogotá, digamos antes de mis 40; allí donde armaba mis poemas a la lumbre de mi propio fuego o desde mi más absoluta oscuridad, al margen de movidas, presiones o modas literarias.
Cuando gané el Premio Nacional de Poesía de la Universidad de Nariño en 1974, que luego la universidad se negó a pagar, aduciendo que los jurados no habían sido de Pasto, ni los ganadores, no solo 'entré por la puerta grande de la poesía colombiana' sino que, a pesar de haber seguido publicando (para continuar siendo inédita en los 10 casos), y sobre todo, a pesar de haber seguido escribiendo hasta el día de hoy, he llegado, sin prisa pero sin pausa, a la puertecita del fondo que da directo al olvido. (1)
Desde los 25 años, y antes había publicado un solo poema en El Colombiano (por empeño del poeta Óscar Hernández), he sabido lo que es que mi poesía sea elogiada con vehemencia, en privado, y para mi sorpresa hasta citada de memoria por casi todos los hombres literarios ´que contaban´ en mi época. Pero tampoco procedían a publicar unas líneas sobre ella o me invitaban a hacer parte de sus eventos o publicaciones (hago la salvedad de Elkin Restrepo y el inolvidable José Manuel Arango). Han presentado mis libros reputados intelectuales, con ensayos elogiosos que lograron ruborizarme, en España y en Colombia, pero estos pocos textos 'presentándome' no se materializan para publicarlos, por A, B o C motivos (exagero: el motivo suele ser A, 'Anabel, déjame pulir el texto y te lo mando o lo publico yo'... luego nada). Es decir, hay colegas que han tenido la valentía suficiente para comprometerse en forma oral con mi poesía, aunque no para dejar constancia de ello por escrito.
Perdón por la digresión. Lo que alego es que ser mujer no impide los felices aciertos de la escritura, y en ese sentido las mujeres no somos objeto de discriminación a la hora de producir poesía o escribir prosa. Creo, además, que el haber estado consuetudinariamente marginalizadas por, y de, los hombres, quienes siguen manejando la ´movida literaria' en Colombia hasta este año del Señor, o de los señores 2014, ha podido funcionar en nuestro favor. Por eso es vital cambiar la plañidera de que ´no nos publican ni nos tienen en cuenta´, por una conciencia de la ventaja comparativa que puede llegar a ser no hacer parte intrínseca del fuego de las vanidades y del coctel en el que está convertida la escena literaria del país, no muy distinta tampoco a la de muchos otros países. Lo que ocurre es que si aceptamos que no hacemos parte de esa movida, ¿dónde queremos estar y qué es lo que querríamos estar haciendo? Tiene que haber otras movidas, otras representaciones y formas de acercarse y hacer acercar a la poesía y a la literatura, y si no las hay, tendríamos que estar creándolas, y comprendiendo que en estos hipotéticos avatares deberíamos tener cabida todas las personas. ¡No abogo por la revancha de género en la literatura nacional ni en ningún otro escenario!
Las mujeres que hemos sabido vencer la vergüenza (o no hemos tenido mucha vergüenza para vencer), hemos sido más libres para abordar nuestros poemas como hemos querido, sujetas a menos presión social y menos proclives a cumplir con los parámetros globales, o por lo menos occidentales, que se van imponiendo entre ´los intelectuales´; por ejemplo, el de ignorar la desigualdad en la que está sumido el mundo, ahora mismo, porque ya pasó de moda ´comprometerse´, y hacer mención de 'lo social' se considera extraliterario y cursi.
Con respecto al segundo punto que mencioné antes, el éxito que puede tener un poema, o un libro escrito, una vez escrito –es decir, no solo su publicación sino su difusión, incluyendo ser comentado por la crítica– para bien o para mal, no importa – aquí me temo que las mujeres estamos mucho menos representadas en los medios impresos del país, y ante todo, en ese imaginario colectivo que conocemos como 'la literatura colombiana'.
Sin embargo, la siguiente pregunta que surge de inmediato es: ¿es esto tan importante? A mí me marcó con la tinta indeleble de lo amargo, y del 'haber podido ser y no fue', mi estancia de cuatro años en la Biblioteca Nacional de Colombia entre 1983 y 1987 como sub-directora. Aquella total derrota y pérdida casi total de mis esfuerzos y mi pasión por trabajar hacia la conservación y difusión del acervo colombiano impreso, y del potencial de nuestros jóvenes, enfrentando una oposición y hostilidad internas continuas, así como la toma del Palacio de Justicia en noviembre 1985 – as dos tomas– hicieron de mí esta extranjera que sigo siendo, primero 15 años en Holanda y después en Cataluña y Baleares; extranjera de mi lengua materna y de mi segunda lengua en los dos ámbitos literarios – que no vivenciales, porque soy una persona normalita. A propósito, además de la exclusión que significa ser y permanecer extranjera, esta marginalización puede también favorecer la plenitud libertaria a la hora de escribir. No tenemos público que nos conozca al cual ´responderle´. Quizás esto sea un auto-engaño, del orden 'las uvas están verdes', pero total, tampoco importaría mucho.
Perdón de nuevo por la digresión. Hablaba de la Biblioteca Nacional porque durante los cuatro años que trabajé en ella y por ella, entre junio de 1983 y marzo de 1987, aprendí todo lo que pude sobre bibliotecas –nacionales, públicas y especializadas–, los ideales a buscar en los servicios al público, y los variopintos dilemas que surgen en contextos como el colombiano y el latinoamericano. La luz que brillaba en mi túnel y el ejemplo que me hacía porfiar sin desfallecer, o aunque desfalleciera, era una experiencia muy cercana de bibliotecas y servicios de información a la comunidad, que yo sabía muy viva, dinámica y compleja, brotando cada vez con mayores recursos humanos y materiales en el vecino país de Venezuela. El IABNSB, su instituto Autónomo Biblioteca Nacional y Servicios de Bibliotecas, irrumpía con una presencia fortalecida por todo el país, emanando al resto del continente; portando las palabras frescas y protegiendo las palabras viejas y enriqueciendo el patrimonio cultural y el derecho a la información, la democracia y el conocimiento de la población. Había sido posible gracias a la visión y la tenacidad de Virginia Betancourt, a su gestión, y pronto a la de un vasto y espléndido equipo que ella misma mimó para que se formara, porque como la líder prodigiosa que ha sido, no temía las capacidades ajenas sino que estaba ávida de ellas.
Por desgracia, los sueños hasta cuando ya están convertidos en realidad pueden desbaratarse, con el paso del tiempo; hasta pueden volver a ser casi terrenos baldíos, a causa del cortoplacismo de los politiqueros y sus secuaces de turno. Nuestra vecina Venezuela no ha sido la excepción. Pero en los años 80, mientras yo en la Biblioteca Nacional de Colombia intentaba infructuosamente impedir que la ignorancia y la mezquindad cercenaran un sueño inmenso –levantar una Biblioteca Nacional eficiente, rectora de todas las bibliotecas departamentales, y que ya contaba con una manzana entera en el corazón de Bogotá por decreto y parecía tener el apoyo de la Presidencia–, en Venezuela atravesaban una época prodigiosa, el renacer de una cultura impresa y no impresa en torno a un organismo rector desde el cual emanaban acciones literarias, culturales y comunitarias, énfasis en la palabra acciones. Su efecto fue multiplicador, por ejemplo sobre la Biblioteca Nacional de Chile. La visión del IABSB abarcaba a sus vecinos y fuimos muchos los expertos o funcionarios de América Latina apoyados o formados a la lumbre de la calidez caraqueña durante más de dos décadas, en áreas como la conservación, los servicios infantiles o especializados, la promoción de la lectura, etc., etc. Hoy sueño con que algún día, cuando pase la polvareda, en toda América Latina sabrán quien ha sido esa mujer, Virginia Betancourt Valverde, y en Venezuela recuperarán todo su patrimonio nacional cultural, en honor a la labor no solo de su vida sino de muchas vidas, y para bien del país entero.
Entre el 83 y el 87 fui soldada rasa en un ejército del que no recibía o sabía descifrar la más mínima pista. Trataba, como buena soldada rasa, con el piloto automático puesto, de responder por mi solarcito baldío, donde seguía soñando y persistiendo, no en el sueño caducado de un padre muerto – el mío, que murió de repente siendo Director de la Biblioteca Nacional, y cuando acababa de cerrar un acuerdo con el IABSB que después de su muerte no se pudo llevar a fruición – sino en el sueño ojiabierto del futuro. El futuro perentorio, irreprimible, ya crecía, entre los escolares usuarios; los investigadores, las estudiantes universitarias, las hijas de los funcionarios, o los invidentes que acudían a la Biblioteca Nacional con su sueño de establecer un ´libro parlante´, por ejemplo.
Me hice el firme propósito de no publicar nada mío mientras fuera subdirectora de la Biblioteca Nacional; de intentar promover a los maestros relegados, y a los jóvenes o no tan jóvenes que acudían con un libro inédito a pedir el favor de ser leídos, o con una grabación a pedir el favor de ser escuchados. Me hice el propósito de usar ´la palanca´ que pudiera exprimirle al cargo en beneficio de los usuarios y funcionarios de la Biblioteca y no en el mío. El sobresueldo de la Subdirección con respecto al de la Dirección, pactado años atrás para subir un sueldo, como no logré que Colcultura, nuestra casa madre, me lo quitara, lo invertí en hacer dos fonditos de préstamo, uno para los empleados y sus niños, otro para los estudiantes de bibliotecología de la BN. Estas colecciones funcionaron desde mi oficina y fueron arrumadas en cajas tan pronto me retiré, porque tampoco logré institucionalizarlas. Sumaban casi 500 ejemplares, unos comprados y muchos conseguidos con ´la palanca´.
También financié unas clases de música para los hijos de los empleados de la Biblioteca los sábados en la mañana... hasta que los instrumentos que yo había comprado por consejo de la profesora de música, para que los niños tocaran, desaparecieron de la cabina siempre cerrada con llave de la Sala de Música de la BN, dos sábados antes de que los niños celebraran su presentación de diciembre para padres y amigos (primero volví a comprar los instrumentos para que los niños pudieran presentarse... luego desistí).
Cumplí hasta donde pude, en lo pequeño que pude, mientras estuve nombrada como ´subdirectora´ de la Biblioteca Nacional. No puedo evitar las comillas, ya que por regla invariable fui impedida de hacer, siempre por escrito. Tampoco obré contra sus usuarios o empleados, ni le hice daño a la colección de la biblioteca. No mandé arrancar primeras páginas de libros para que nadie se diera cuenta que estábamos descartando libros sellados precipitadamente con tal de recibir un fondo ilustre; ni ordené a Hemeroteca arrancar hojas de la colección de prensa empastada del siglo diecinueve con una navaja, para facilitarle su microfilmación a una empresa comercial, dañando por ahí derecho los empastes originales; ni cometí tantas otras insensateces y desafueros que presencié y contra los cuales me horroricé y luché como pude, con lo que pude, hasta que ya no pude. Me fui de la biblioteca, y de Colombia, en marzo de 1987.
A pesar de los avances en las bibliotecas, la información, la bibliotecología y la cooperación continental de los 70 y los 80, las estadísticas en América Latina seguían siendo desoladoras (mi obsesión de entonces me volvió cobarde y ya no sigo estas cifras). Durante la segunda mitad de los 80, Latinoamérica entera no producía ni el 10 por ciento de la producción bibliográfica del mundo. Nuestra Biblioteca Nacional funcionaba principalmente como una biblioteca escolar, aunque ya existiera la mejor dotada y mejor planeada Biblioteca Luis Ángel Arango. Y yo mientras más de cerca conocía la desigualdad de oportunidades de la ciudadanía para leer y escribir, o no leer ni escribir, más abrumada me sentía, y más creía que para qué seguir escribiendo, si ya había tantos libros buenos, no solo en Colombia, a riesgo de perecer o de no ser abiertos.
Aprendí durante mi paso por la burocracia colombiana, lo que era el poder de los hombres, y el no poder de las mujeres en mi país. Esa arbitrariedad vivida y absorbida me obsesionó a tal punto que en 1987 conseguí, por mi cuenta (escribiéndoles), una beca para hacer una Maestría en Mujer y Desarrollo en el Instituto de Estudios Sociales de La Haya. Quería explorar lo que intuí o sufrí aquellos cuatro años de impotencia; estudiar el poder y desentrañarlo y, todavía una joven de 38 años, como era, hasta me creía capaz de regresar al país y aportar. Ahora sé que no pude cambiar nada en mi país, como no podré dejar de doler por sus violencias y carencias.
Mi paso por la Biblioteca Nacional también me regaló una certeza: las cosas no cambiarán mientras quienes leemos y escribimos y amamos la literatura, sin distingo de sexos, no salgamos del armario donde estamos, porfiando en que crear es sinónimo de figurar y tener éxito, adquirir celebridad y ser regalados por público, prensa y palabreros por igual. Es deplorable, que digo, ¡trágico!, cómo se ha ido afianzando, y esto es en todo el mundo, la primacía de los escritores como personajes, relegándose sus obras. En Colombia no creo que no haya sido así desde siempre.
Sueño con que recobremos el sentido algún día y vuelvan a primar los libros sobre quienes los escribimos. Sueño con un mundo en el que la poesía SIRVA. Leer sirva. Hablar de libros sirva. Compartir libros sirva. Escribir y leer juntos, en grupos, sirva: sirva para sentir mejor, discernir mejor, soñar mejor, reírnos mucho más; para tomar riesgos, ser más recursivos, y empezar a disolver la soledad, camino a convertirse en una epidemia global; sueño con que la literatura sirva para que nuestros jóvenes recobren o no pierdan la esperanza, y para que la usen, la saqueen, para sus propias vidas, porque se puede saquear, la literatura es un tesoro inagotable; sueño con un mundo en el que logremos que las vidas seamos más fuertes, alegres y apasionadas a través del legado escrito. Sueño con que las palabras impresas nos devuelvan a nuestro origen: al idioma hablado y cantado y reído y sollozado. Y sueño con que nosotros, la gente, un día nos apropiaremos de la literatura y diremos "No más, hasta aquí hemos llegado y ahora todo este acervo, todos estos 'demonios interiores', toda esta obra es nuestra, no de los anaqueles ni de los altares en los que queman incienso 20 o 30 críticos ante 300 o 500 nombres". Y sueño con que los intelectuales de mi país, de ambos sexos, dejaremos de considerar el mayor problema de la presentación de un libro si hay con qué hacer el coctel, y si Fulano, Mengana o Perencejo podrá ir a ensalzar la obra, escribir la reseña y publicarla en El Tiempo o en la revista Diners.
Sueño, sobre todo, con que a las mujeres nos deje de importar tanto si los señores nos publican o no, y con que nos importen más los libros y las palabras que quienes las escriben; con que superemos el resquemor natural por ser excluidas y dejemos atrás la imitación de comportamientos elitistas, excluyentes y frívolos. Busquemos formas de hacer más ediciones o coediciones, sin caer en la trampa de publicar solo mujeres o promover actos o actividades dinámicas solo para mujeres. Al fin y al cabo, imitar es elogiar, y no hay razones para elogiar la forma como hemos sido tratadas en el entorno literario colombiano, masculino por excelencia en todas las épocas.
La libertad de expresión y creación que solemos llamar talento no se define por ser hombre o mujer. La solución no es adquirir una coloración que nos proteja, marginalizándonos nosotras mismas del acontecer literario nacional, encima de que ya nos marginalizan, o empecinadas en crear entornos excluyentes donde las mujeres podamos ser poetas, por ejemplo, unas porque somos poetas, y otras porque somos mujeres, sin la más mínima autocrítica, y sin un afán pedagógico - otro término en desuso - de expandir las fronteras de la poesía hasta que una mayor parte la población quiera y pueda tomársela por asalto.
Quiero que nos importe más lo más importante: promover la literatura, propia o ajena, usarla para la vida; escribir, publicar, reseñar, identificar talentos tiernos y frágiles y acompañarlos, todo ello con lo que tengamos cada una o con lo que reunamos, con ilusión, entre varias o muchas, desde nuestras ganas y pasiones, no desde nuestra vanidad, o miedos y rencillas. No predico la resignación ni 'las uvas están verdes' para mis compatriotas, compañeras, coetáneas, y sobre todo cómplices mujeres. Nos estoy instando a que busquemos ser más activas y proactivas; a que dejemos de ser tan sumisas y de echarles a los hombres la culpa de lo que no hacemos por nosotras mismas. Hace unos meses, uno de los ´pontífices´ de la poesía y la crítica colombianas, trono suyo en El Tiempo incluido, se ensañó contra mí porque yo protesté en una carta abierta publicada en el diario cultural virtual NTC (17 de agosto 2013) contra el escaso número de invitadas a los encuentros nacionales de poesía o de escritores. El peor insulto que se le pudo ocurrir a Jorge Mario Arbeláez fue reproducir, dentro de su columna Los tiros por la culata (El Tiempo 21 de agosto 2013), adicionada por él para NTC (NTC 23 de agosto 2013), una foto de la hermosa y curvilínea Anabel Torres peruana. Con dicha foto ilustraba que yo NO era la hermosa y curvilínea Anabel Torres peruana, modelo de videos sexy, su esplendor horizontalmente vertido a lo ancho de la pantalla para deleite de los lectores y escarnio mío (ciertamente ni ahora ni en mi juventud tuve esas rectas y curvas). (2)
Recibí aquella semana no una, ni dos, ni tres, misivas de escritoras colombianas amigas o conocidas condoliéndose conmigo, advirtiéndome que por eso en Colombia las mujeres no podemos hablar y es mejor callar: ahí estaba el ejemplo 'de lo que les pasa a las que hablamos', lo que me estaba haciendo a mí el columnista insigne Jota Mario Arbeláez. Agradecí estas cartas de simpatía y conmiseración, sentí cercanas sus voces amigas y me conmovió su solidaridad, pero a la vez me espantaron, porque constaté la dimensión de lo que sigue siendo el oprobio sexista imperante en el escenario de las letras en Colombia, a día de hoy, o por lo menos hasta hace tan poco como 2013. Siento dolor, pero sobre todo siento la obligación de seguirme rebelando aunque no gane nada. No se trata de ganar. Se trata de no vestir la túnica de perdedoras que nos tejen quienes podrían ser nuestros colegas y eligen no serlo. Ellos que sigan sintiéndose libres para seguir fabricando sus túnicas mortajas. ¿Pero nosotras mismas vestírnoslas encima? ¡Yo no!

 

Agradezco mucho a Aurora Boreal® la aparición de este ensayo, y cualquier error que pueda contener es solo mío, así como es mía la opción de reproducir la columna del poeta y periodista colombiano J.M. Arbeláez, en lo que a mí me atañe.

 

Notas

  1. Un paladín rector llegado casi diez años después, Edgar Bastidas, intentó restituir la falta de la Universidad de Nariño y logró que me pagaran el monto del premio, que en ese entonces, dada nuestra devaluación, ya compraba muy poco, haciendo además una edición rustica del libro Casi poesía.
  2. Así comenzaba la columna "Los tiros por la culata "de Jorge Mario Arbeláez, adicionada e ilustrada para NTC por el autor, y con la siguiente leyenda bajo la exuberante foto: 'Esta es la Anabel Torres peruana, a la que solo le falta escribir poesía para ser otra Marilyn'. El columnista se refería a mí como ´la poeta exiliada por su propia voluntad y recursos´, ¡lo que a su juicio le parecía lo suficientemente criticable como para mencionarlo! Cabe advertir que la última parte del primer párrafo, comenzando con 'Y ahora que entró el tercer sexo en concordia...' y algunas otras líneas, fueron agregadas por el autor exclusivamente para el NTC,  ya que no figuran en su columna original publicada en El Tiempo, como tampoco podían figurar las fotografías aportadas:"Quienes asistimos con frecuencia a encuentros poéticos y literarios en distintas regiones del territorio patrio -como se celebran, en las mismas condiciones, en diferentes partes del mundo-, debemos soportar al final de los mismos, y muchas veces al comienzo, a una dama del público que toma la voz para increpar a los organizadores por conformar el elenco de invitados con una gran mayoría de varones y sólo unas cuantas intelectuales de cabellos y uñas más largos. De vieja data se sabe que en la nómina activa de escritores y poetas, como en todas las profesiones menos en una, prevalece el número de ciudadanos del sexo masculino por encima del género femenino. Y ahora que entró el tercer sexo en concordia, quién se va a aguantar los reclamos de los recién casados de que también ellos están en minoría, irrespetando a los del closet, como si en estos conclaves hubiera de declararse públicamente las apetencias secretas. Por allí se seguirían las peticiones de inclusión de las minorías indígenas, negritudes, discapacitados y habitantes de la calle. Pues alguien dictaminó que la poesía debe ser hecha por todos.

    A quien se le rellenó la taza es a la delicada poeta Anabel Torres, radicada en Mallorca (España) -en los últimos años dedicada a un hostigante apostolado con ribetes de feminismo-, con motivo de VI Encuentro Nacional de Escritores Luis Vidales, en Calarcá, donde, de veinte ponentes, sólo dos visten faldas, como se decía antes. Tal vez sean un poco más, lo que no invalida su ira. Acusa al evento de ser un catálogo o inventario de señores. No le preocupa que sean buenos escritores los invitados (e invitadas), sólo que se trate de una aplastante mayoría de braguetas. Sin detenerse en que casi todos los cargos importantes de cultura en el país están ocupados por orondas señoras. Y que al Festival de Poetas Mujeres de Roldanillo no inviten hombres, ni siquiera con faldas..."

 

 

Sobre Anabel Torres
anabel torres 351Colombia, 1948. Es poeta y traductora. Creció en Nueva York y escribe en ambos idiomas. Es Licenciada en Lenguas Modernas de la Universidad de Antioquia en Medellín y obtuvo una Maestría de Género y Desarrollo en el Instituto de Estudios Sociales de La Haya. Fue subdirectora de la Biblioteca Nacional de Colombia entre 1983 y 1987, y desde entonces ha vivido la mayor parte del tiempo en Holanda y España. Ha traducido a poetas como José Manuel Arango, Ildefonso Manuel Gil y Meira Delmar. Escribe ensayos y cuentos en español e inglés, rara vez publicados. Ha colgado exposiciones basadas en su libro Medias nonas en Barcelona y Medellín. Autora de Casi poesía (1975), La mujer del esquimal (1981), Las bocas del amor (1982), Poemas (1987), Medias nonas (1992), Poemas de guerra (Barcelona, 2000), En un abrir y cerrar de hojas (Zaragoza, España, 2001), Agua herida (2004), El origen y destino de las especies de la fauna masculina paisa (2009), Human Wrongs and Other Poems, 2010.

 

Material enviado a Aurora Boreal® por Anabel Torres. Publicado en Aurora Boreal® por solicitud de Anabel Torres. Fotos Anabel Torres © Miriam Londoño.

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