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Ensayo

El escritor frente a la violencia: crónica de un viaje íntimo al corazón de las tinieblas

oscarportadas 250La violencia es un fenómeno que ha hecho parte de la constitución de las sociedades americanas y que aún permanece con una increíble ferocidad en algunos países de este continente. Las guerras intestinas entre las distintas tribus que habitaban estas tierras antes de la llegada de los europeos explica, en gran medida, el éxito de la Conquista. La Colonia, los procesos independentistas, la constitución de las naciones estuvieron atravesados por una constante confrontación armada. Pero esto no es una novedad, la constitución de las naciones en todo el mundo se cimentó siempre sobre múltiples violencias. Sin embargo, en algunos países de América Latina la violencia se renueva con igual o mayor ferocidad.
El caso de Colombia es especialmente dramático. Desde el siglo XIX hemos tenido tres períodos de violencia generalizada: las guerras civiles de la segunda mitad del siglo XIX, la Violencia política de mediados del siglo XX y la violencia actual, que no ha menguado desde los años setenta del siglo pasado. Aunque entre uno y otro de estos períodos ha habido años de tranquilidad o las expresiones de violencia que pervivían se restringían a ciertas regiones, los colombianos (y esta parece ser una percepción compartida por el resto del mundo sobre nosotros) tenemos la idea de que la violencia permanece de manera ininterrumpida desde el siglo XIX, que la violencia es una y la misma desde siempre, que somos un país esencialmente violento. Sin embargo, un análisis de la violencia en Colombia nos permite concluir que las violencias de estos periodos son distintas, que, aunque tienen vasos comunicantes, son expresiones de realidades socio-políticas diferentes y que la violencia no es una condición de la sociedad colombiana.
Estos tres escenarios de violencia generalizada han generado una ingente literatura que procura la denuncia y/o que intenta registrar o testimoniar el fenómeno y/o que intenta comprenderlo. Por la intensidad y la permanencia en el tiempo de la violencia, este es el tema sobre el que más se ha escrito en Colombia. En el caso particular de la literatura, se ha abordado ampliamente desde todos los géneros: poesía, teatro, cuento, novela, ensayo. Pero es, sin duda, en la novela donde el tema ha hallado su terreno más fértil. Sobre los tres períodos de violencia generalizada ha quedado una ingente literatura: sobre las guerras civiles del siglo XIX, se han recuperado decenas de novelas olvidadas; sobre la Violencia política de los años cincuenta al sesenta, se han examinado más de cien; sobre la violencia de las últimas cinco décadas, también se conocen varias decenas, entre las cuales, la novela atinente a los fenómenos del narcotráfico y el sicariato cuenta con cerca de cincuenta obras.

Yo he dedicado varios textos al análisis de la ficción narrativa colombiana sobre los fenómenos de violencia generalizada de los siglos XX y XXI. Algunos ensayos publicados en revistas académicas y/o incluidos en mi libro Violencia y marginalidad en la literatura hispanoamericana, así como los libros Historia de una pájara sin alas, La novela del narcotráfico en Colombia y La novela del sicario en Colombia constituyen un esfuerzo por examinar el tratamiento que la literatura colombiana hace sobre estos flagelos. Para estos estudios me he apoyado en una abundante bibliografía sobre la violencia, escrita desde diferentes disciplinas académicas. Es decir, el análisis de la literatura sobre la violencia se enriquece con apreciaciones e interpretaciones de la misma desde diversos campos del conocimiento.
cronista espejo  352Además de esa indagación académica, una parte importante de mi trabajo creativo persiste en este asedio. Mi primer libro publicado fue un poemario sobre la violencia: La balada del sicario y otros infaustos. Luego vino un reportaje literario: La mirada de los condenados: la masacre de Diners Club, sobre hechos ocurridos en Cali en el año 1984. Después, una novela: El cronista y el espejo. Todos estos asedios procuran encontrar claves de interpretación de la violencia en Colombia y recuperar una imagen más cierta de nuestro país, más rica y compleja, que aquella que se construye en el imaginario de la mayoría a través fundamentalmente de los medios de comunicación y de micro relatos que no se articulan en contextos amplios y no logran construir un sentido general de nuestro drama.
En síntesis, he escrito 6 libros y una decena de ensayos dedicados a auscultar los fenómenos de violencia en Colombia y la literatura que de ellos se ocupa. También he dedicado una buena parte de mi labor como docente y conferencista a enseñar esa literatura de la violencia y a comunicar el resultado de mis investigaciones sobre el tema. Si esa es una literatura asaz desprestigiada, que me vale más velados desprecios que cálidos aplausos por parte de colegas y de una buena parte de la comunidad literaria, la pregunta que se hace necesario contestar es por qué ese empeño, esa obsesión por la violencia. Responder esa pregunta me obliga a revisar mi propia vida.

Nací en La Tulia en 1965, en abril. En el año 1977 nos desplazamos a Cali persiguiendo la confusa ilusión de un mejor futuro. Durante esos doce años, mi vida fue feliz. Feliz quiere decir que vivía en el seno de una familia amorosa, bajo la protección de unos padres abnegados, con la solidaridad y el afecto de los hermanos, y la complicidad de los amigos. Feliz quiere decir que el ambiente del pueblo era de concordia, que dormíamos con puertas sin trancas. Feliz quiere decir que hacíamos excursiones al monte y éramos tarzanes saltando de un árbol a otro agarrados de vejucos poderosos, o íbamos al charco de la Argelia para clavarnos desde barrancos inverosímiles, o armábamos cuevas de jengibre (fuertes inexpugnables en las orillas del río), o hacíamos caminatas de media noche por el cementerio para desafiar nuestros temores, o jugábamos a la guerra con grupos de diez o doce niños y nos perdíamos en la junglas de las colinas cercanas hasta tardías horas de la noche sin que la preocupación por nuestra suerte enturbiara el ánimo de nadie. Feliz quiere decir que nunca escuchábamos infaustas noticias, que no había atracos, ni crímenes, ni torturas, ni desapariciones. Feliz quiere decir que la vida pasaba entre juego y escuela, entre domingos de misa y de mecato, y sábados de "Sábados Felices" en el único televisor del pueblo. Sólo un acontecimiento notable desfiguró temporalmente esa placidez de la infancia: el crimen de dos hombres (Pascual Garzón y su hijo), cuyos cuerpos, caídos en la esquina de una de las salidas del pueblo, fuimos a ver en romería de espanto. Era el año 73 o 74 y yo mudaba dientes. Fue mi primer contacto con la muerte. Pronto cesó el estremecimiento por esos dos asesinatos y la vida volvió a ser una rutina feliz. El mundo era pequeño y nuestro, y el tiempo maduraba morosamente las guayabas sin dueño que recolectábamos para que en nuestros hogares hicieran el maravilloso bocadillo (o dulce de guayaba).
violencia marginalidad 350Fue, aclaro, mi primer contacto físico con la muerte, pues esta ya se había fijado en nuestro imaginario a través de las historias de la violencia política. La imagen de un corro de niños sentados frente a un viejo narrador (todos los adultos somos ancianos para los niños), escuchando cuentos o historias de un pasado que nos parecía remoto vuelve hoy a mí, cuando me preguntan, o me pregunto, por mi empeño en indagar literariamente el tema de la violencia. Esas historias eran protagonizadas por pájaros, chulavitas, cuadrilleros, sombrerones, chusmeros, guerrilleros, unos asesinos crueles que exterminaban poblaciones enteras y practicaban ritos de horror sobre las víctimas. Solo escuchar los nombres de los asesinos nos producía corrientazos que erizaban la piel: Lamparilla, Sangre Negra, el Vampiro, el Chamón, la Hiena, Chispas, el Cóndor, Desquite. Los cuenteros juntaban esos nombres terribles a acciones espantosas y se detenían, con cierto deleite y gestos teatrales, en los detalles de esas historias de horror, mientras los niños nos apretábamos unos contra otros, como tratando de protegernos de esos fantasmas del miedo: Lamparilla le sacó el feto y le puso un gallo adentro para que la destrozara a arañazos mientras el esposo amarrado a un árbol la veía ―decían arqueando los dedos para formar garras―; Sangre Negra le hizo un corte en la garganta y le sacó la lengua para simular una corbata ―contaban con los ojos brotados y la lengua afuera―; el Vampiro le cortó la garganta y le chupó la sangre que manaba de la herida ―relataban abalanzándose, con los colmillos al aire, sobre un cuerpo imaginario―; el Chamón le cortó el seno y le abrió a machetazos la vagina ―y agitaban el machete de labranza sobre nuestras cabezas―; un pájaro decapitó a don Alberto y le puso la cabeza mutilada en el pecho, mientras otro pájaro le cortaba el pene a don Ángel y se lo metía en la boca al agonizante como si fuera un tabaco ―rememoraban y se llevaban ostentosamente el cigarrillo a la boca―; la Hiena le sacó el corazón y se lo comió ―describían dando dentelladas en el aire―; los chulavitas violaron a las estudiantes liberales de segundo grado de la escuela de niñas; los chusmeros quemaron las casas de la vereda con las familias conservadoras adentro, mientras gritaban vivas al partido Liberal; Chispas dejó el reguero de cadáveres en plena carretera; el Cóndor comandó el asalto donde murieron más de cuarenta liberales; En la carretera a La Dorada, Desquite y su chusma detuvieron a los viajeros y, después de robarlos, les daban un garrotazo en la cabeza y les cortaban el cuello con un machete, de uno en uno ―y nos miraban amenazadoramente como si ellos mismos tuvieran los garrotes en las manos y estuvieran a punto de abalanzarse sobre nosotros―. Salíamos despavoridos para nuestras casas con una bola de miedo en la garganta. Pero volvíamos una y otra vez a escuchar esas historias, a apretarnos unos contra otros en el parque para disfrutar del mismo placer espantado que sentíamos en el cine itinerante que venía los viernes al pueblo con películas de Drácula. Todo era para nosotros un asunto de ficción. Eran historias tan lejanas e imposibles esas de los no-muertos que se convertían en vampiros y esas de los asesinos políticos que se convertían en pájaros, como las leyendas de la Madremonte y del Moan. Nos consolaba la idea de que en nuestro bucólico presente, en ese pacífico pueblo de cien casas enclavado en la Cordillera Occidental del Valle del Cauca, la sevicia y el crimen estaban proscritos para siempre.
narcotrafico colombiana 350Subrayo que nací en 1965, el año en que terminó la Violencia política, según la mayoría de los estudiosos del fenómeno. Esa violencia que me llegó a través de las historias de los viejos narradores orales de mi pueblo murió el mismo año de mi nacimiento. En 1965 También nacieron las FARC, el ELN y el EPL, las tres guerrillas que constituyeron (junto con el M-19, que surgió unos años más adelante, en 1970) la insurgencia armada en Colombia. Esos años sesenta vieron también la eclosión del primer gran fenómeno del narcotráfico en Colombia con los marimberos de la Sierra Nevada de Santa Marta. Subrayo también que en 1977 abandoné mi pueblo y me desplacé a Cali. 1977 es el año del asesinato en esta ciudad de Jaime Caicedo, el Grillo, un capo del narcotráfico que había acumulado durante la última década un gran poder económico y fue uno de los primeros grandes capos de la droga en Colombia. En esos años de la década del 70 se hicieron famosos narcotraficantes como Jaime Zuleta (el Papa Negro de la Cocaína); Griselda Blanco se coronó como la reina de la coca en Miami, después de una sangrienta guerra que dejó más de una centena homicidios en la calles de esa ciudad estadounidense; se dio el despegue de los narcotraficantes que conformarían los poderosos carteles del narcotráfico. En esos años también se consolidaron grupos de autodefensa en distintas zonas del país, que algunos años después dieron origen a las organizaciones paramilitares (Acdegam se funda en 1982).
Quiero subrayar con estas fechas que, entre 1965 y 1977, mientras yo vivía la ilusión infantil del paraíso, gastaba mis días en una felicidad sin mancha y crecía en un pueblo que era un oasis de paz y de concordia, en distintas zonas del país crecían también los monstruos del narcotráfico, la guerrilla y el paramilitarismo, las poderosas organizaciones criminales que ejercieron una violencia sin atenuantes y llenaron de sangre nuestros pueblos y nuestras ciudades. Esos tres actores son los actores fundamentales de una violencia que se ha inscrito en nuestro imaginario y en nuestra identidad con una fuerza desmesurada provocando un deterioro del tejido social sin precedentes.
Pero yo nada sabía de eso. Nos habíamos venido a Cali porque en La Tulia solo se enseñaba hasta noveno año de bachillerato y nuestros padres decidieron que el estudio era la posibilidad de un mejor futuro para nosotros. Lo que ocurrió pocos años después de esa indeseada partida del pueblo fue muy triste. Algunos de esos niños que se apretujaban conmigo en las noches frescas de La Tulia para escuchar historias de la Violencia política se convirtieron en asesinos tan despiadados como los asesinos protagonistas de esas narraciones. Algunos de esos niños mutaron en sicarios y jefes de sicarios, en ejecutores y torturadores, en descuartizadores y desterradores. Bajo la nueva economía del narcotráfico, algunos de esos niños recién crecidos se armaron, dejaron los juegos de la infancia para asesinar y mutilar a sus otrora compañeros de juegos, para diezmar y desplazar, para enriquecerse con la sangre y el dolor de sus congéneres y paisanos. Algunos de esos niños mutaron el plácido paraíso de la infancia en un escenario de terror al que ya no pudimos regresar los que salimos a tiempo. El mundo se hizo ancho y ajeno, y las guayabas se pudrieron en los prados.
A Cali nos llegaban las historias de esos crímenes. El primero que recuerdo fue el asesinato de Julio César, el profesor de Matemática. Al profe lo mataron porque decía ser testigo de otro asesinato. Luego masacraron a la única familia evangélica del pueblo porque a uno de estos asesinos (uno de mis amigos de la infancia) le dijeron que la señora era bruja y les había conjurado al hermanito menor ―esa historia está magistralmente ficcionada en la novela Nadie es eterno de mi amigo Alejandro José López―. Mataron a la señora, al esposo, a los niños, al perro. Entonces fue la borrasca: cada día un crimen, cada día un desterrado, cada día otros jóvenes engrosaban los ejércitos del narcotráfico y el sicariato, cada día la ignominia apretaba del cuello al pueblo, lo asfixiaba. Un vendedor ambulante de relojes Cornavín se fue un día y regresó dos años después con maletines llenos de billetes. Se había hecho cocinero de clorhidrato de cocaína y se enriquecía procesándoles el alcaloide a los carteles de la droga. Al poco tiempo se convirtió en patrón del Cartel del Norte del Valle y compró la cordillera como si jugara Monopolio, y despobló los caseríos, y las fincas de trabajo se hicieron fincas de tortura, y los montes de nuestros juegos de la infancia fueron territorio prohibido, y las despulpadoras de café se silenciaron para dar lugar a las cocinas de narcóticos, y el miedo y la muerte fueron la cotidianidad de los sometidos. Para el año 1980 las fronteras de mi pueblo se habían cerrado: no se podía ir, so pena de la vida misma. Yo escuchaba aquí en Cali esas anécdotas de crímenes y masacres en el terruño natal como si ocurrieran en un lugar que ya no era más el mío, un lugar que se había hecho remoto y extraño, un lugar de ficción, como Transilvania o Guanajuato (donde había momias revividas que luchaban con el Enmascarado de Plata). La Tulia, mi paraíso de la infancia, había sido arruinada por las lógicas perversas del narcotráfico, por su cultura, su economía y su violencia.
Perdido el paraíso, me quedaba la ciudad de Cali. Vivíamos en un barrio pobre (Popular), a una cuadra de un barrio donde pululaban delincuentes y asesinos (La Isla). Nuestra casa estaba ubicada en la calle 46 BN, a una casa de la esquina de la carrera 5ª N. De ahí hacia la carrera primera había libertad de movimiento, pero no podíamos cruzar la calle que nos separaba de La Isla. Ese fue un aprendizaje brutal: en los barrios de "la sucursal del cielo" se trazaban fronteras invisibles, cuyo cruce se podía pagar con la vida. Finalizando el año 79 nos movimos a Chiminangos, otro barrio popular, pero con ínfulas de urbanización moderna. Los barrios vecinos: Barranquilla, Metropolitano del Norte, San Luis y San Luisito, también trazaban fronteras invisibles y los delincuentes empezaban a motorizarse y a constituirse en los nuevos héroes barriales. Recuerdo con estupor esa eclosión de muchachos que abandonaban sus aspiraciones deportivas para empuñar un arma y que vendían "los caballitos de acero" para comprarse una moto; recuerdo con tristeza a esos muchachos, con quienes jugábamos fútbol o baloncesto, devorados por la droga y la violencia. Con los años también nuestro barrio Chiminangos fue pajara sin alas 192marcado como zona roja en los mapas de la ciudad.
Los empresarios del narcotráfico erigieron sus monstruosas empresas criminales y la sociedad naufragó en los cantos de sirena de esa economía delirante sin atender a esos muchachos, sus muchachos, que emprendían un camino sin retorno. La respuesta de la sociedad vallecaucana a esa nueva realidad social fue la más indeseable. En los periódicos y en los comentarios de esquina empezaron a aparecer, cada día con más protagonismo, unos "asesinos en serie" (como Kankil, Justiciero Implacable, Black Flag) que perpetraban asesinatos a diario. Esos "asesinos en serie" fueron el invento más perverso de esta sociedad desvergonzada para maquillar su pavorosa realidad, para esconder con esta falacia los crímenes de ciertos sectores económicos y de ciertas clases sociales contra la población vulnerable, los crímenes del Estado contras sus opositores, los crímenes de la delincuencia común que empezaba a dominar sectores urbanos cada vez más amplios y, sobre todo, los crímenes del narcotráfico. Y sobre esa realidad social, esta sociedad desquiciada seguía pregonando auto reconocimientos mentirosos: éramos "la sucursal del cielo", "la ciudad deportiva de América", "un sueño atravesado por un río", "la ciudad cívica de Colombia". Mentiras. Mentiras que fueron ilusiones erigidas en el fervor de los Juegos Panamericanos de 1971. Las obras de infraestructura y la dinámica social que se creó por motivo de esas justas nos dieron la imagen de una ciudad pujante, moderna, deportiva y cívica. Ese pudo ser el primer envión de un movimiento que nos sacara del atraso urbano y nos permitiera construir una ciudad más grata y justa. Pero, ante la indiferencia por los sectores populares, la avaricia y la pusilanimidad de las familias que siempre han detentado el poder económico y político en nuestra región, la empresa del narcotráfico y los actores violentos destruyeron esos sueños de civilidad en el embrión y en poco menos de una década convirtieron a Cali en la sucursal del infierno, en la ciudad delictiva de América, en una pesadilla atravesada por un río de sangre, en la ciudad cínica de Colombia.
Este deterioro social ha sido progresivo desde los años setenta hasta hoy. A mediados de los ochenta, Cali se despertó con un hecho que nos mostró en toda su dimensión el monstruo que se había levantado entre nosotros. Me refiero a la masacre de Diners Club. El 3 de diciembre de 1984 un delincuente avezado y dos "buenos muchachos" (al decir de los vecinos) entraron a las oficinas del Diners Club, en el emblemático edificio Otero de la emblemática plaza de Caycedo, y para robarse algunos cientos de miles de pesos, asesinaron a 9 personas y dejaron otras cinco agonizando. Fue una orgía criminal que duró cuatro horas, mientras los asesinos desplazaban a las víctimas por las oficinas de la edificación y, una a una, las amarraban, las apuñalaban y les disparaban. Uno de esos muchachos era menor de edad, pintor de brocha gorda y virgen ―señalo esto porque niños asesinos vírgenes existen en nuestro país con una proporción mayor a la que quisiéramos siquiera imaginar y son el signo más contundente de la degradación social producida por la una violencia de largo aliento―; el otro era un muchacho de 20 años, que había trabajado como guarda de seguridad en esas instalaciones de Diners meses atrás. Ambos vivían en barrios vecinos al mío, San Luis y San Luisito, y la gente los recordaba como dos jóvenes tranquilos que venían a jugar partidos de fútbol o de baloncesto. El otro era un delincuente varias veces condenado, que vivía en Comuneros, un barrio de reciente fundación, uno de esos barrios que constituyen Agua Blanca, escenario de una violencia que hoy seguimos ocultando con estrategias tan perversas como las de aquellos tiempos. Que dos "buenos muchachos de barrio" hubiesen participado en esa masacre y hubiesen salido al día siguiente en los medios de comunicación sonriendo y reconociendo sin sentimientos de culpa alguno su horrendo crimen fue el síntoma contundente que nos señaló la enfermedad.
Sin embargo, no hubo ninguna reacción para tratar de parar el mal. Unos danzaban en la fiesta del narcotráfico, otros se paralizaban por la angustia y el miedo, algotros aplicaban con fervor la estrategia del avestruz y metían sus cabezas en los agujeros de sus propios intereses o se embebían en el horizonte y se deleitaban con el sol de los venados que suele fabricarnos este "paraíso terrenal". Los gobiernos locales, por su parte, alentaban la indiferencia y ocultaban la catástrofe. Cada día desde esa fatídica noche del 3 de diciembre de 1984, la ciudad se descompone más y nuestros gobernantes sofistican sus recursos de ocultamiento: maquillan cifras, generan corredores de seguridad para los "ciudadanos de bien", procuran que el mayor índice de violencia se ejecute sobre las poblaciones marginadas y en sus propios territorios, fabrican campañas de promoción de la cultura cívica y el reconocimiento de una orgullosa caleñidad. Es decir, perpetúan la violencia.

oscar osorio 350La impresión que me dejó esa Masacre de Diners y la imagen de esos muchachos reconociendo, sin conmiseración alguna, su execrable crimen fue muy profunda. Tenía por entonces 19 años. En los años siguientes, el país profundizó su inmersión en la violencia con la guerra entre el cartel de Medellín y el de Cali al final de los ochenta y nos fuimos habituando a vivir con la sospecha de que en cualquier momento una de esas bombas nos alcanzaría o perderíamos la vida en alguna balacera. A muchos esa pesadilla se les volvió realidad. Luego vinieron otros carteles, ejércitos de sicarios más despiadados, enfrentamientos más crueles, prácticas de victimización que nos recordaban las historias de los asesinos de la violencia política, sectores más amplios de la población sometidos a la exclusión y la violencia. Sobre este horror, nuestros sectores dirigentes aplicaron las estrategias de ocultamiento (cada día más elaboradas) con las que siempre han respondido al inmenso reto de la violencia. Los colombianos tenemos la obligación de no olvidar que sobre la violencia política de los años cincuenta y sesenta nuestros dirigentes, bajo los acuerdos del Frente Nacional, decretaron un olvido vergonzoso sobre los hechos de los que ellos fueron los principales responsables. En ese silenciamiento de la historia están las bases de la violencia que ahora padecemos.
He enfatizado el poder destructivo del narcotráfico porque es el fenómeno que ha impactado más directamente los escenarios donde se ha desarrollado mi vida y porque la violencia de las últimas cinco décadas, su permanencia en casi todo el territorio nacional, su increíble capacidad de destrucción y de descomposición institucional y social están ligados a la economía de la droga. Pero esta es una violencia multifronte, que involucra una variopinta cantidad de actores armados: en primer lugar, las guerrillas, que nacen al finalizar la Violencia de los años cincuenta del siglo pasado y que han confrontado al mirada condenados 214Estado por más de cinco décadas; en segundo lugar, los narcotraficantes que, con especial intensidad en las décadas del ochenta y noventa, desafiaron al Estado e hicieron una confrontación que se desarrolló con ejércitos de sicarios y con atentados terroristas contra las instituciones del Estado y contra la población inerme; en tercer lugar, los grupos paramilitares, que se consolidaron a finales de los años ochenta del siglo XX, supuestamente para proteger a los terratenientes de las exacciones de la guerrilla y a la comunidad de sus acciones violentas y que a la postre se convirtieron en tropas sanguinarias que desplazaron a más de tres millones de campesinos a las ciudades y se quedaron con sus propiedades; en cuarto lugar, en estos últimos años aparecieron las llamadas bandas criminales, BACRIM, que son la evolución criminal que surge de la mezcla de paramilitares y narcotraficantes, y que tienen en jaque la seguridad y la tranquilidad de los colombianos; en quinto lugar, hay en escena desde hace años una multiplicidad de delincuencias que actúan en pequeñas bandas y que son capaces de matar a un ciudadano por robarle un celular. Algunos de estos actores han desarrollado una violencia especialmente cruenta, que incluye las masacres de comunidades inermes, la tortura, la mutilación, el despellejamiento, el descuartizamiento y la desaparición de personas, y que siembran un terror de una extraordinaria intensidad. Si a esto le sumamos que sectores de las fuerzas armadas del Estado han desarrollado prácticas como asesinar a personas inocentes para hacerlas pasar por delincuentes y obtener así premios y reconocimientos, que sectores de estas fuerzas armadas y de policía han colaborado con los grupos armados ilegales en el desarrollo de masacres sobre comunidades enteras, y que hay una fuerte corrupción al interior de estas instituciones estatales, podemos entender por qué el esfuerzo de los distintos gobiernos por combatir a los actores armados ilegales no ha tenido el éxito esperado a pesar de los ingentes recursos económicos destinados a este fin. A esto hay que sumar, por supuesto, la corrupción judicial y de la clase política; la permisividad y connivencia de la sociedad en general con estas prácticas criminales. En cada región un actor violento se hace dueño y señor de vidas y bienes. En algunos territorios prima la guerrilla; en otros los paramilitares; en otros, los narcotraficantes; en otros, las BACRIM. Pero en vastos sectores de la geografía nacional estos actores se mezclan, se asocian, se mutan o se confrontan y, en todos los casos, las víctimas son la inmensa mayoría de colombianos inocentes sometidos a fenómenos que ni siquiera alcanzan a comprender. El resultado de esta promiscuidad y persistencia de la violencia es un tejido social deteriorado. En este infierno transcurre la vida de millones de niños a quienes los actores violentos les roban su derecho a vivir el paraíso de la infancia y crecen habituados a una violencia que ellos mismos reproducen.
cronista espejo 001Antes de concluir, quiero detenerme en dos crímenes que a mí me dejaron una huella profunda. Iba una mañana del año 1978 para el colegio Santa Librada, cuando el sonido seco de disparos generó una conmoción al interior del bus en el cual viajaba. A mi derecha, a unos diez metros, un hombre se arrodilló tras el impacto de un proyectil. Por la camisa escurría sangre. Parecía mirar con desconcierto al agente del F-2 que le apuntaba con una pistola a unos dos metros de distancia. El hombre herido (que era parte de una banda de extorsionistas, según las versiones de quienes subían al bus en esa esquina) tenía empuñada en su mano derecha una pistola cuyo cañón se enterraba en el suelo, como si fuera un bastón absurdo. El agente se acercó un poco más y disparó sobre la cabeza del hombre arrodillado. Su cuerpo se desplomó hacia la izquierda. No hubo gritos, ni contorsiones. La vida huyó de ese cuerpo sin aspavientos. El agente guardó el arma y, con una tranquilidad que me dolió abandonó el lugar. Al otro lado de la autopista, en el barrio Gaitán, sonaron otros tiros y supuse que esas detonaciones se habrían llevado otras vidas. Fue el contacto más cercano que tuve con el crimen. Ver asesinar a una persona, a unos pasos de distancia, es algo que no se olvida. Siempre he imaginado que el hombre arrodillado debió tener absoluta certeza de su propia muerte cuando vio aproximarse al agente del F-2, aún imagino su visión nublada y su entrega mientras el agente ponía el revólver contra su frente. Y rememoro con nitidez hoy, 35 años después, la manera como ese cuerpo se desmadejó y se aplastó contra la tierra. Recuerdo la tranquilidad del asesino, habituado seguramente al crimen, y el desconcierto de nosotros, los testigos. Ese día la violencia me mostró su rostro más espeluznante: la simplicidad con que se termina el milagro de la vida y la simplicidad con la que alguien, habituado al crimen, puede suprimir el milagro de la vida.
El otro hecho ocurrió en la persona de mi primo Fernando, que era un hermano para mí; era mi pana. A las seis de la mañana estaba en su camioneta esperando que saliera alguien de la casa de su hermano. Un muchacho trató de robarle una cadena de oro. Ferchito hizo repulsa. El otro le disparó. Llegó agonizante a la clínica y al poco tiempo murió. Era el año tulia 3511997. Mi esposa y mi amigo Alejandro López me dieron la infausta noticia en una cafetería de la Universidad del Valle, donde ya era profesor. En la clínica me impresionó su cadáver con una marquilla amarrada al dedo gordo del pie, como si fuera una mercancía de desecho. Las manos de la viuda se aferraban al cuerpo inerme. Había en ella una desesperanza estremecedora. El asesino de mi primo era un reconocido delincuente y drogadicto, quien seguramente había amanecido consumiendo basuco y necesitaba más droga para seguir con el embale. Al día siguiente lo enterramos en el Cementerio Metropolitano del Norte, a dos cuadras del lugar del crimen. Recuerdo que cuando inhumábamos su cadáver, yo veía las lápidas en derredor y pensaba en el dolor de otras familias a quienes la violencia les había quitado a sus seres queridos. Innumerables familias que tienen que hacer fila en los cementerios para poder despedir a sus muertos. Colombia es quizás el único país con el triste mérito de tener trancones en sus campos de paz. Conservo nítida también la imagen de los hijos de mi primo mirando con una infinita desolación el montón de tierra bajo el que dejaban a su padre. Ese ha sido el contacto más íntimo que he tenido con la violencia. El asesinato de mi primo me enseñó experiencialmente algo que ya sabía teóricamente: cuando alguien le quita la vida a otro no solo suprime el milagro de la vida, sino que disloca a una familia entera y a un grupo de amigos, somete a un padecimiento brutal a todos aquellos que lo amaron: el crimen se extiende a un amplio número de allegados. El sufrimiento de cada doliente es una mácula sobre el milagro de la vida. Sacar de mi vida a la persona de mi primo fue un proceso largo y doloroso. Todavía hoy que escribo esto, 18 años después, siento una profunda nostalgia de esa amistad, de ese amor fraterno, de esa vida mutilada.
tulia 381Los asesinatos de los Garzón, del profe Julio, del extorsionista, de Fercho son asedios directos de la violencia en mi vida que me dejaron una profunda impresión. Ver a los amigos de la infancia convertidos en asesinos despiadados, ser testigo de la pauperización del tejido social de mi país, saber que no podíamos regresar a nuestro pueblo por determinación de los delincuentes que se lo habían apropiado, ver cómo se trazaban fronteras de muerte de un barrio a otro en mi ciudad de Cali, asistir a las escenas de horror de las literaturas de las violencias colombianas, entrevistar a las víctimas sobrevivientes de Diners y a las familias de las víctimas fatales y compartir su pena insuperable, oír infinidad de historias de violencia de amigos y vecinos, asistir a escenas de espanto a través de los medios de comunicación ha sido extremadamente doloroso. Pero ese asedio de la violencia en mi vida luce insignificante si se compara con el asedio que la violencia ha mantenido por décadas sobre millones de colombianos que viven en zonas de conflicto, que han presenciado el crimen contra sus padres, hermanos, familiares y amigos, que viven en la zozobra permanente, que tienen a la muerte como una vecina más o que son desterrados de sus pagos. Sin embargo, hay que decir que el asedio de la violencia no se siente solamente en su impacto directo sobre ciertos escenarios y sobre ciertas personas. Cuando transitamos nuestros corredores de seguridad, sabemos que estos se construyen sobre la base de una amenaza permanente que hay en ese "exterior" del que nos protegemos; cuando renunciamos a hacer turismo por las carreteras de nuestro país, reconocemos que hay un mal agazapado allí; cuando nos encerramos en nuestros centros comerciales y evitamos deambular por ciertas zonas de nuestras ciudades, sospechamos que el crimen nos acecha; cuando las salidas de nuestros hijos e hijas a ciertas horas de la noche nos llenan de malos presagios, aceptamos que la violencia está vigilante. Nos hemos habituado al acecho de la violencia, a su amenaza permanente sobre nuestra vida y lo vivimos como algo normal, como parte de la interacción humana. Pero no es, ni mucho menos, algo normal; es una lamentable manera de habitar el mundo, de asistir al milagro de la vida. Eso es lo que indago en mis trabajos: el impacto y el asedio de la violencia sobre todos los colombianos: las víctimas y las potenciales víctimas, y los victimarios.
Retomo, entonces, la pregunta por la razón de este empeño en la violencia. Soy colombiano y tengo 50 años. Nací, crecí y envejezco al mismo tiempo que las guerrillas, el narcotráfico, los paramilitares, las bandas criminales. Soy testigo del deterioro sostenido de la sociedad, de la persistencia de la violencia, del drama del desterramiento, de la ignominia que padecen mis paisanos. Mi generación y las generaciones que han venido luego no han conocido un escenario de paz sostenido. Millones han abandonado el país sin ánimo de regresar. Todos los colombianos somos conscientes de esta realidad nefanda, pero muchos prefieren no reconocerla o invocarla; escogen eludirla o esconderla, o esconderse en sus asuntos. Yo no puedo estar al margen. La violencia no me ha mordido con la furia que desata contra millones de compatriotas, pero siento su asedio constante. Poner mi inteligencia, mi sensibilidad y mi trabajo al acecho del horror es una responsabilidad que no quiero eludir.
Pero hay una razón de fondo, que es mi motivación fundamental. Yo viví el paraíso de la infancia y experimenté una felicidad sin tregua. Mi identidad se formó en esos escenarios de ensueño y aprendí a amar con una intensidad que nadie me ha quitado. Pero mi visión de esta realidad se forjó en fraguas oprobiosas y es con el temple de ese acero que enfrento todo el mal que me rodea. Fui despojado de un paraíso que muchas generaciones de colombianos no conocieron y quiero entender ese despojo y quiero contribuir a que las generaciones venideras disfruten esa ilusión inalienable de la infancia. La pérdida de ese paraíso es la razón más profunda que me impulsa a indagar, una y otra vez, esa violencia que me lo arrebató. Esa violencia que le ha arrebatado a muchas generaciones colombianas su dignidad, su tranquilidad, su derecho a la felicidad. Es, pues, una razón de amor la que me alienta a seguir mirando con ojos azorados y pulso inquieto en el corazón de las tinieblas. Está también, en el fondo, la ilusión, seguramente vana, que comprender el mal nos liberará de él, nos retornará nuestros paraísos perdidos.

 

osscar osorio 240Óscar Osorio: Colombia, 1965. Profesor Titular de la Universidad del Valle. Licenciado en Literatura y Magister en Literatura Colombiana y Latinoamericana de la Universidad del Valle, Master y Ph.D in Hispanic and Luso-Brazilian Literatures and Laguage of The Graduate Center, City University of New York (CUNY). Ha publicado los libros: La balada del sicario y otros infaustos (2002), Historia de una pájara sin alas (2003), La mirada de los condenados (2003), Poliafonía (2004), Violencia y marginalidad en la literatura hispanoamericana (2005), Hechicerías (2008), El cronista y el espejo (2008), Una porfía forzosa (2012), La Virgen de los sicarios y la novela del sicario en Colombia (2013), El narcotráfico en la novela colombiana (2014). Hace parte de las antologías Encuentro 10 poetas latinoamericanos en USA (2003), Nueva novela colombiana: ocho aproximaciones críticas (2004), Cali-grafías la ciudad literaria (2008), Voces y diferencias. Poesía (2009), Voces y diferencias. Relatos (2010). Es coautor del libro Yo hablo, tú escuchas, ella lee, nosotros escribimos, una pedagogía compartida (2007). También ha publicado ensayos, crónicas y poemas en revistas como Poligramas, Hybrido, Con-textos, Ciberayllu, Letras Hispanas, Revista Cronopio, Letralia, Aurora Boreal, Archivos del Sur, Revista Canadiense de Estudios Hispánicos, Hispanic Journal. Ha recibido las siguientes distinciones: Calificación Meritoria a la tesis de maestría (Univalle 2000); XXXII Premio Cáceres de Novela Corta por El cronista y el espejo (España 2007); Premio Gutiérrez Mañé a la mejor tesis doctoral (New York 2013); Premio de Ensayo Autores Vallecaucanos Jorge Isaacs (Cali 2013). 

 

El escritor frente a la violencia: crónica de un viaje íntimo al corazón de las tinieblas enviado a Aurora Boreal® por Óscar Osorio. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Óscar Osorio. Fotos Óscar Osorio © Óscar Osorio . Foto La Tulia tomada de internet.

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