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Mini Relato

Muerte del silencio - Diario

ana maria fuster 256Primer día…

 

Mi mundo se transforma en un inmenso pitido. Los sonidos lentamente se transforman en gritos agudos. Puedo escuchar todo, por ahora, detrás de los grillos invisibles en mi cabeza. Poco a poco los grillos devorarán cada compás, melodía, la voz seductora de los sueños, la música, todo danza entre los velos de los chillidos en mi mente.
Llevó varios años así, pero los fantasmas ruidosos son cada vez más insoportables en el oído derecho desde hace unos meses.
Ayer finalmente fui a un doctor y me confirmó que los sonidos de la vida poco a poco serán devorados por esos seres invisibles de altas frecuencias que habitan en mí…

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Muerte del silencio - Diario: Segundo día

ana maria fuster 256Segundo día…

 

Siempre he sentido una obsesión por las voces. Desde pequeña prestaba atención a los distintos matices, esas formas particulares de cada persona pronunciar las oclusivas, las vocales abiertas, las entonaciones, la dicción, esas peculiaridades de s, c, z. Imaginar los sueños de una mujer con la voz muy aflautada o las pesadillas de un hablante pasota o agresivo. Descubrir la personalidad oculta tras registro del habla de cualquier desconocido, era todo un juego de agente secreta. ¿Y quién no se ha dejado llevar por una voz profunda hasta alcanzar ese orgasmo fonético indescriptiblemente agradable? Mis primeros recuerdos de la infancia, esos que me marcaron, son sonoros.
Supe que iba a ser escritora escuchando a mi abuelo Manolo, con su hermosa voz de barítono; y ante la voz fuerte y cariñosa castellana de mi abuela Hortensia, quien recitaba sus poemas de memoria. Ella me llevó a las primeras lecturas de poesía en el ateneo de Salamanca. Mi abuelo y sus ternuras, su pasión por el balompié, la radio, los libros. Además de la poesía, Hortensia me contaba las historias de su familia antes y después de la Guerra Civil, era apasionante, triste, hermoso y realmente horroroso.

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Esos pequeños seres diminutos

anamaria fuster 001caminas de madrugada por la ciudad silente. otra noche en la que no pudiste decirle la verdad a tu pareja, recuerdas que le dijiste al vagabundo que no tenías nada que darle, pero tienes un bocadillo en la mochila y lo echaste a la basura al llegar al bar, te cambiaste de mesa porque no querías beber cerca de la dominicana, encuentras en tu celular una foto de aquella mujer a la que atropellaste y huiste del lugar, sales del lugar le das una patada a un gato que ronda la alcantarilla porque... ¿por qué no? al volver la vista te diste cuenta de que no tenía ojos. cruzas la avenida, otros dos, tres o cuatro sombras apestosas salen del basurero, lo más seguro son tecatos de mierda, piensas. te tocan el hombro al volver la vista notas que sus miradas son vacíos que manan un líquido acre y de los que brincan diminutos individuos. corres. te golpean, te arañan te muerden. corres. siguen ahí, ya no puedes verlos, pero muerden tus pisadas. esos pequeños seres que brotan de los sin ojos, se esconden entre los pliegues del miedo. escuchas dentro de tu piel muchas voces hablando a la vez. llegas a tu casa, asqueado, asustado, en fin, hecho mierda, te miras al espejo y puedes ver cientos de diminutos ojos incrustados en tu pecho. tus cuencas ahora están vacías.

Ana María Fuster Lavín. Puerto Rico 1967. Es escritora, editora, correctora, redactora de textos escolares y corresponsal de prensa cultural. Libros publicados: Verdades caprichosas ( 2002), cuentos, premio del Instituto de Literatura Puertorriqueña. Réquiem (Ed. Isla Negra, 2005), novela cuentada, premio del PEN Club de Puerto Rico. El libro de las sombras (Ed. Isla Negra, 2006), poemario, premio del Instituto de Literatura Puertorriqueña. Leyendas de misterio (Ed. Alfaguara infantil, 2006), cuentos infantiles. Bocetos de una ciudad silente (Ed. Isla Negra, 2007), El cuerpo del delito (Ed. Diosa Blanca, 2009), poemario, y El Eróscopo: daños colaterales de la poesía (Ed. Isla Negra, 2010), poemario, Tras la sombra de la Luna (Ed. Casa de los Poetas, 2011), recientemente publicó su primera novela (In)somnio (Ed. Isla Negra, 2012).

 Esos pequeños seres diminutos enviado a Aurora Boreal® por Ana María Fuster Lavín. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Ana María Fuster Lavín. Foto Ana María Fuster Lavín © Ana María Fuster Lavín.

La vida como una vieja noticia

danilo alban 001De manera extraña y tal vez, inexplicable, empezó a oscurecer a las tres de la tarde. No había eclipses anunciados ni grandes nubarrones ni ovnis gigantes cubriendo el cielo, sólo, hubo pocas preguntas y pocos comentarios. Igual sucedió antes, cuando se conoció que una niña de trece años había atacado de muerte a otra punzándole el corazón con un lapicero en el intermedio de las clases reclamándole que le devolviera el pantalón prestado; o cuando le preguntaron a otra niña de doce años tal vez trece, en medio de una clase de Lenguaje mientras la maestra preparaba a sus estudiantes en creación literaria: ¿Qué mujer te gustaría ser cuando seas grande? y ella sin temblor en la voz, más bien, urgente en la respuesta y con todo el tamaño de su boca dijo: asesina. Así, muy breve y contundente recibió también una respuesta el médico Bernabé un joven recién graduado de la universidad del Valle que con el entusiasmo vivo de un adolescente le preguntó a un compañero de turno del Hospital Universitario que qué sucedía, por qué está oscureciendo tan rápido; el amigo lo miró por el rabillo del ojo y mientras se ponía la bata y se colgaba en el cuello el estetoscopio le respondió así, con pocas palabras y sin sorpresa en la voz: "es fin de semana en Cali."

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Aroma de petunias

ojo 250Mira. Esa mujer lleva una herida. La he visto en las estrías de su pupila azul. Una vaguada de desamor le inunda la cara, doce balandros grises surcan el gesto de una boca sin sonrisa. Amenaza con bajarle la sangre en riadas discretas, en un haz de golpes sordos, resbalando agravios por los hombros hasta hacerse un nudo en las rodillas, piernas cruzadas de espasmos sin otro suspiro que el flujo del aire marino. Ella, en un silencio apretado, respira a mi lado rozándome el aura, subida a un tacón de media altura, barre polvo, rencor y soledad, sus dedos apuntando culpables, a lo lejos recorren un nombre, lo rodean sobre un círculo de piel, ahora vacío de presencia y brisa.

La veo, la huelo al pasar del llanto al sueño, el crujido de su alma inerte con los brazos huecos de avenidas antes enamoradas de luz. Un aroma de petunias me embriaga el mediodía, un sol aparente de dicha. Todo explota y se abre, todo concluye su viaje por la tierra en ferragosto. Sin embargo, un estío de aves migratorias cruza el cielo hacia el otoño. Lucen en su pico un pronóstico de clima suave, un vaho de lluvias.

Y ya no veo a la mujer, pero no la olvido. Porque he visto la herida en sus ojos. Esa herida en el azul, sus estrías de verdad. La muerte y la vida sobre un banco con rachas de abandono...

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Los amigos invisibles - próxima publicación

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