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Puro Cuento

La catástrofe

milciades arevalo 285A Soledad Restrepo, por siempre

 

La biblioteca del alcázar estaba situada en el último piso de una torre circular a la cual se llegaba por una escalera en espiral. Para colmo de males, allí nadie leía. A la señora Benazir únicamente le importaba comer, comer y comer. Era tanta su gordura que a donde quiera que iba tenían llevarla en un palanquín. A Saucina, la hija del señor Abedamera, una moza de trenzas doradas, más llena de bríos que una potranca, lo que más le gustaba era perder el tiempo suspirando por un marinero que le había prometido casarse con ella tan pronto volviera de un viaje alrededor del mundo. Bella Donna, una muchacha de ojos lánguidos vivía tocando la flauta, para que Saucina no estuviera triste.

Presumiendo que toda la familia del señor Abedamera había salido a ver el desfile de las comparsas del carnaval, traté de ordenar la biblioteca de la mejor manera, para que me alcanzara el tiempo para hojear los libros de rigurosa manufactura, raros y curiosos la mayoría, de leyendas y amores inventados, de pájaros de fuego y seres de incandescente belleza, de viajes y extrañas culturas, con la diferencia de que cada vez que abría un libro salía volando un pez, un dragón o una muchacha desnuda... Sin dejar que ningún pensamiento impuro me perturbara el ánima, continué ordenando los libros en los anaqueles, al cuidado de las plantas carnívoras que, si bien nadie veía a simple vista, años atrás se habían engullido una suma no despreciable de cristianos.

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La ciudad que no fue

alejandra ortiz 252Junio. Son cortas las dos horas del tour. La rutina parece la misma, cada día. El hombre encargado del recorrido tuvo que irse temprano. No suele hacerlo y ahora el guía temporal es quien nos muestra el lugar. Alguien intenta acercarse para tener una mejor vista. El guía prende la luz. Descubrimos que los garabatos pintados en el techo son, y fueron, símbolos de grandeza. Ahora algunos lucen estropeados. Una imagen de Marilyn Monroe ilumina la entrada, imponente. Magnífica. Recuerdo una frase leída que, sin querer, reveló aquel destino. “¿A quién le importa si es inteligente o no? Basta con que haya existido un rostro así”. No habría que tomar esto como verdad absoluta, pero en el universo de las estrellas, ella, sin duda, fue el sol.

A tres metros de la entrada al museo, de vuelta a la realidad, el calor se torna fastidioso. Es intenso, demasiado luminoso. Parece no ser de este mundo. Me acerqué a la puerta y leí en voz alta el letrero: “Caliwood”. El mundo ahora se divide en dos. La ilusión sobre un pasado maravilloso toma fuerza mientras el presente viene a ser una turba de acontecimientos sin sentido. Un turista pregunta: “¿Puedes mostrarnos más de cerca las imágenes de la vitrina?”. Opina que se ven demasiado borrosas y lejanas. El pasado es borroso. A veces cruel. No deja nada intacto. Nada ocurrió como lo recordamos, por insólito que sea. La marca del tiempo va modificando los recuerdos: nadie evalúa sus memorias sin la distancia que dan las experiencias nuevas.

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Por fin

walter garib 250Dedicado a las diez familias
más acaudaladas de Chile.

 

—Papá, mamá, por fin lo conseguí. Acabo de ver la noticia en la televisión. He venido sin tardanza a contarles de algo que los estremecerá de alegría.

Aquella mañana de lluvioso invierno, Dorotea Zaquizamí de Albaricoque, apenas podía sujetar las palabras multiplicadas, a causa de la emoción. Casi gemía mientras hablaba.

—Sí, sí. De acuerdo a la publicación de la revista Forbes del mes de julio, somos la familia más rica de Chile.

¿Acaso no es una noticia para llorar de felicidad? Y tú papá, que durante años luchaste en vano por conseguirlo, puedes sentir orgullo de este triunfo que nos enaltece.

Hizo una pausa destinada a recuperar el aliento.

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Corazones inocentes

pedro novoa 250“[…] la vida bulle
Y la ciudad arde,
Y el cielo se resuelve en lluvia,
Y tu pluma araña el corazón de la vida”.
Antonín Artaud.

 

1: Ponencia magistral

Noche caliente en Piura, arañazos de luz hundiéndose en los rostros achispados: rojo primero, rojo beso de hembra después, verde menta, verdementa a los costados, afuera y sudor de chela dentro, por el cuello de la camisa, bajando por las axilas de todos (como derritiéndonos) y a la cabecera de la mesa del bar: la cabellera cana, aleonada, los lentes de entomólogo y esa sonrisa ancha que destaca y se impone, que brilla y suena: «Comencemos con la ponencia de rigor». Y los ocho de la mesa acatan el dictamen, respetuosos, serios, las manos a los bolsillos (más hombres que nunca) y billetes y monedas afuera. Alguien junta, hace cuentas, calcula, matemático, economista. Sobrado alcanza para media docena, dice uno, la noche promete. Sí, la hacemos, asegura otro. Es un buen arranque, asienten, juran por su madrecita o por ese dios que nadie cree y que solo sienten como una lamida tibia en una mejilla cuando el alcohol se ausenta. El mozo deja un par de platitos de cancha. Brazos estirados, manos hambrientas, lengüetazo a las comisuras de la boca, pero ya el de la melena alba ha ganado casi todo el contenido de uno de los platos. Sonríe, sin culpa, travieso, el corazón inocente saliéndosele por la boca junto a una canchita triturada. ¿Inocente?, sí, sin pecado concebido, parece decir con el movimiento de sus manos, con las fluctuaciones de esa paz beatífica que se han encargado de hacerlo memorable. Porque ¿habría en las letras peruana escritor más inocente que él? Para unos: No podría haber existido nadie tan inocente. Para otros: Simplemente no debería haber existido nunca un escritor como él. Pero ahí está, impune, eterno adolescente a sus ochenta y cuatro años, acomodando su voluminoso cuerpo en la silleta de un bar–karaoke piurano, rodeado de amigos para celebrar la vida y la noche con la fraternidad propia que solo concede la buena cebada y la mejor conversa.

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Los secretos de las aves en Carurú

yadira segura 250Inédito

 

 

La luz eléctrica de la única calle que tenía el pueblo se había apagado, como se habían apagado los colores de las casas de madera. Eran las doce de la noche y, desde la base militar, se alcanzaba a vislumbrar algún fuego tenue que poco a poco iba desvaneciéndose. Una quietud majestuosa cubría la oscuridad de la selva inmensa, engendrando ese pequeño rectángulo de tierra que decoraba la orilla del río Vaupés. El río estaba silencioso y el ulular del búho se repetía incansable. Carurú dormía un apacible sueño.

Las noches de guardia siempre le parecían largas y el cansancio era inevitable. Una fina capa sudorosa y aceitosa le cubría el cuerpo, rociándolo de calor y frío a la vez. Sentía la humedad pegada a la piel y a las botas de combate; movía con desesperación los pies intentado secarlos. Buscó una silla y se sentó en frente de la garita. Observó a lado y lado y vio que sus otros compañeros de guardia rondaban silenciosos. Sacó del bolsillo de su camisa el último cigarrillo y, con pausado esmero, le extrajo la nicotina y lo rellenó con la poca marihuana que aún le quedaba. Fumó profundamente y exhaló despacio, dibujando humaredas prolongadas que iban alargando su vuelo fantasmal, espantando el revoloteo incesante de mosquitos. ¡Qué paz y qué tranquilidad le ofrecía la noche! ¡Qué grandiosa y sublime era la naturaleza cuando nada la perturba! Cerró los ojos e imaginó que el sonido majestuoso de la selva nocturna sólo se entonaba para él. Una noche sin el ruido escandaloso de las voces humanas y sin el bullicio embriagador de Los luceros —esos indios borrachos que no podían avanzar más de cinco pasos sin caer inconscientes en cualquier parte— y sin el estruendo de las balas, parecía una experiencia quimérica en el paraíso selvático. Inhaló el último resto de cigarro que le quedaba y, en medio de la tranquilidad y bajo el arrullo de los sonidos de la selva, miró fijamente la única compañía real que tenía en las noches de soledad: “Raúl”, fiel compañero de luchas y parrandas y el mejor aliado en el campo de combate. Su fusil lo acompañaba a todas partes. Lo abrazó, con afecto, como sólo se puede abrazar a un gran colega, mientras los recuerdos pululaban.

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Los amigos invisibles - próxima publicación

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