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Puro Cuento

Reyna

san_telmo_002El Hospicio San Camilo era un depósito de seres humanos no deseados por sus familias. Nadie supo decirle a Pablo Ferrer cómo fue que esas rarezas de la especie, poco a poco, se concentraron en ese lugar. Se veían cosas como un hombre con una enfermedad en la piel que, ante cualquier roce con algo, se llagaba sin remedio; una mujer con las cavidades de los ojos vacías, hundidas en sí mismas; había internos con enfermedades deformantes, que iban tomando posturas irreversibles y antinaturales. Otros internos, sin problemas físicos, estaban afectados mentalmente. Cuando él llegó al hospicio, aún se comentaba el caso del interno que, en un descuido de los enfermeros, había tomado un cuchillo de la cocina y se había castrado a la vista de todos.
A esa comunión de fenómenos había que agregar a los ancianos abandonados, olvidados en ese lugar como si fueran bolsas de piel rellenas de algo inservible, de algo que ya, como adelantándose a la naturaleza, despedía un olor fétido que les salía por la boca y por los poros.
Pablo Ferrer creyó, en un primer momento, que si mantenía su mente distante de las cosas que veía a diario, el trabajo le resultaría menos duro de lo que le habían vaticinado. Era cierto que no contaban con todo el personal necesario para llevar adelante el hospicio, y eso le significaría trabajar más de lo normal, pero igual sentía que debía tomar distancia mental de lo que tenía que hacer día a día.
Cuando le tocaba lavar a algún viejo, lo hacía sin ningún tipo de cariño. Al principio tampoco se permitía una actitud hostil. Actuaba igual cuando debía cuidar enfermos psiquiátricos. La paciencia parecía infinita, y sus sentimientos estaban bien alejados de lo que hacía ahí adentro.
Tal vez algo empezó a cambiar cuando durante la cuarta semana de trabajo vio a Reyna por primera vez.

Juan José Burzi nació en 1976 en Lanús, provincia de Buenos Aires. Es profesor de Inglés. Publicó cuentos en diferentes revistas (Oliverio, AURORABOREAL, No-retornable). Publicó: Miedo a la oscuridad (cuentos, Editorial Estrada, 2005) El trabajo del fuego (nouvelle, Edulp, 2006) Tres Mundos (antología de cuentos, Colección Alejandría, 2008).Es miembro fundador del Grupo Alejandría, www.grupoalejandria.com.ar , quienes en 2007 fueron becados por el Fondo Nacional de las Artes y editaron El impulso nocturno (antología de cuentos leídos en el ciclo "Noche de cuentos", Colección Alejandría). Desde 2006 edita y dirige la revista de opinión literaria Los asesinos tímidos

La enfermera la llevaba sentada, por decirlo de alguna manera, en la silla de ruedas. Sin una expresión definida en la cara, Reyna se dejaba llevar por el patio. Había algo en esas facciones que le recordaba a su madre.
Una vez pasada la primera impresión, Ferrer se anotició de su físico. Tenía, en lugar de brazos, dos muñones de no más de diez centímetros, con algunos dedos diminutos en las extremidades, evidentemente inservibles, que parecían inflados. Debajo de su pelvis sucedía algo similar. No tenía piernas, ni siquiera muñones. Se notaba, oculto por la manta que le cubría el regazo, la forma de un pañal descartable de los que se usaban en el hospicio. Para que no resbalara de la silla de ruedas, estaba atada con una especie de faja que, desde la cintura, daba dos o tres vueltas alrededor de su torso y del respaldo.
Esas particularidades, o tal vez la exótica belleza de su rostro, hicieron que Ferrer se interesara por Reyna. En los días que siguieron averiguó cosas acerca de ella. Supo, primero que todo, su nombre. No tenía apellido, había sido abandonada en la puerta del hospicio apenas nacida. La enfermera que le contó eso, hizo un comentario acerca de que hubiera sido mejor que los padres la mataran. También se enteró de que la malformación física estaba acompañada de cierta debilidad mental. Reyna apenas podía hablar. En los más de veinte años que tenía ahí adentro, solamente había aprendido a pronunciar algunas palabras sueltas.
Ferrer tenía curiosidad por otros aspectos de lo cotidiano, pero no se atrevía a preguntar tanto. Se conformaba con usar el sentido común.

 


El Hospicio San Camilo no estaba en las mejores condiciones. Una pared del patio del sector de internos femeninos (conocido como el sector A) se había derrumbado. Los meses pasaron y el gobierno no había enviado el dinero para construir otra pared. Por eso las internas de ese sector eran paseadas en el patio del sector B, el de internos masculinos. Un patio estaba ubicado en la parte norte del hospicio, y el otro en el sur. Sacar a todo el sector A hasta el patio del sector B era un trabajo incómodo. Hubiera sido lógico variar los horarios de los paseos, así no se concentraban los internos en el patio y se preveía cualquier problema entre ellos, pero la comida era servida al mismo tiempo para ambos sectores, y los horarios de las medicaciones habían sido establecidos en forma idéntica. Un cambio de horarios hubiera significado un trastorno mayor.


Una tarde, la silla y Reyna quedaron como olvidados al lado de un ciprés pelado. Ferrer cruzó el patio. Reyna no siempre era dejada sola, y hacía días que él estaba esperando esa oportunidad para acercarse. Se paró al lado de ella y la saludó con un gesto de la mano. Reyna pestañeó varias veces, como si le hubiera entrado algo en los ojos. Después permaneció mirándolo fijamente. Era una mirada ausente de entendimiento. Ferrer se sintió traspasado, y tuvo la certeza de que lo mismo le daba a ella que él fuera un elefante o un árbol.
Ahora que estaba cerca, Ferrer advirtió la textura de la piel de Reyna. Era tan blanca que se le notaban algunas venas en el cuello y en las mejillas. El aspecto de Reyna era casi angelical, parecía una especie de mártir religioso. Ferrer miró ese cuerpo reducido a la mínima expresión y tuvo ganas de levantarla. Nada más. Levantarla y apretarla contra su pecho, sentir como las respiraciones colisionaban y se entremezclaban; lograr, además, que sus ojos estén a la misma altura, y tal vez entonces hacer que Reyna realmente lo viera.
Se preguntaría más tarde qué hubiera pasado si no aparecía esa enfermera y le hacía un comentario trivial, si hubieran podido seguir, él y Reyna, en esa especie de intimidad que se había dado bajo el ciprés podado del patio.


Pablo Ferrer alquilaba un cuarto húmedo en una pensión cercana al hospicio. Por eso, cuando surgía la oportunidad de hacer guardias, él las aceptaba siempre. Ahí adentro dormía mejor que en la pensión. Por lo menos había una estufa, y no se encontraba con su miserable realidad. Estando en el hospicio lograba enfocar su vida privada como algo casi teórico, le permitía no pensar demasiado en que, a los treinta y cinco años, no tenía nada, ni un presente ni un futuro.
Estar la mayor parte del día en el trabajo era una forma de evadirse, pero también tenía sus desventajas.
A medida que pasaban las semanas, la indiferencia que se había prometido para poder salir ileso de ese lugar, se iba desmoronando como había sucedido con el muro del sector A. En parte porque su paciencia tenía un límite. Había internos que se orinaban encima dos o tres veces al día. Otros dejaban caer la comida, tal vez como quejándose de la mala calidad, o por pura incompetencia motriz. Ferrer advertía, de a momentos, cómo era él mismo quien iba interpretando de manera diferente las cosas que pasaban. Se sorprendía bajando la guardia y creyendo que esos actos que significaban más trabajo para él, eran llevados a cabo a propósito. Un día, mientras lavaba a un viejo, le pegó una cachetada por volcar una palangana de agua. En otra ocasión había dejado sin comer por dos días a un interno que estaba a su cargo. Comprendió lo inútil del castigo cuando, pasado ese tiempo, el interno volvió a tirar la mitad del plato sobre su ropa.
Ferrer veía que estaba tomándose el trabajo como algo personal y que eso terminaría gastándole los nervios. Tampoco lo ayudaba la perspectiva de "soportar", porque sabía que ese empleo no era algo temporal para pasar a algo mejor. Ese empleo era lo único que tenía hoy por hoy, y eso lo deprimía y sublevaba cada vez más.
El personal médico también era reducido, y el trabajo los excedía. Un poco por eso, y otro poco por simple negligencia, los médicos nunca se quedaban de guardia. Solamente los enfermeros hacían las guardias en San Camilo. Era cierto, por otro lado, que no se suscitaban inconvenientes. Los internos que podían traer complicaciones estaban debidamente sedados.
Ferrer, las veces que se quedaba por las noches, se tomaba un tiempo para recorrer el hospicio y para conocer el sector A.
Esas visitas al sector A fueron el medio que le permitieron saber que Reyna estaba en la sala 12, que en esa sala solamente había una anciana cuadripléjica y una joven autista y que por las características de esos pacientes, la puerta de la sala nunca se cerraba con llave.

 

Ferrer arrancó la última pata de la cucaracha. Así acortaba las noches de guardia. Había llegado a desarrollar una especie de teoría sobre el dolor de las cucarachas. A medida que le iba sacando las extremidades, el insecto se iba inmunizando al dolor. La prueba de su teoría era la forma frenética en que la cucaracha agitaba las patas cuando en el cuerpo aún le quedaban cuatro. Pero cuando solamente contaba con tres o dos, la cucaracha parecía calmarse. O resignarse. Como si supiera que no tenía nada que hacer contra ochenta y cuatro kilos de carne y más de cinco mil años de evolución. Simplemente se dejaba estar. Y era en ese momento, cuando Ferrer sabía al insecto más indefenso que nunca y a su total merced, que una inexplicable alegría lo impulsaba a prolongar esa vida el mayor tiempo posible. Por eso, ya totalmente inutilizada, Ferrer la dejaba boca arriba sobre la mesa y la iba pinchando con un escarbadientes. Sin las extremidades, él sabía si la cucaracha seguía viva por las antenas, que seguían moviéndose. Al principio también se las arrancaba, había leído que así quedaban como ciegas, pero sin las antenas no tenía forma de saber si seguía con vida o no.
Finalmente mataba a la cucaracha atravesándola con el escarbadientes o posándole un fósforo encendido. Las antenas eran lo primero en chamuscarse.

 

La idea se fue desarrollando como un cáncer.
Todos los días buscaba un lugar desde el que pudiera observarla.
Ferrer estudiaba cada detalle de Reyna una y otra vez, la forma arábica de los ojos, la nariz diminuta, los labios, ondeados en una mueca entre melancólica y triste. También había advertido la leve curvatura de la ropa a la altura de los senos. Físicamente, no había mucho más para contemplar. En cuanto al comportamiento de Reyna, él había descubierto que pestañear varias veces y dejar la vista fija en algo, era una especie de tic. Reyna no hablaba con nadie, los internos parecían ignorarla, y las enfermeras la dejaban invariablemente debajo del ciprés.
Ferrer se preguntaba si el sexo de Reyna sería igual al de otras mujeres o si los problemas físicos continuarían debajo de la ropa. Tenía en mente lo que le había contado una enfermera, sobre la necesidad de cambiarla de posición cada cierto tiempo, así evitaban que las escaras que tenía en el cuerpo empeoraran. Por que era imposible que no las tuviera, Reyna era incapaz de moverse y el cuerpo se resentía por estar en la misma posición día tras día. Las arterias no transportaban la sangre con normalidad y esa parte del cuerpo moría.
Las imágenes reales de Reyna, más las especulaciones de Ferrer, se amalgamaban por las noches, cuando él se acostaba y pensaba en ella. A veces se imaginaba hablándole, o paseándola en la silla de ruedas. Pero la situación que concebía con más recurrencia era con Reyna tendida e inmóvil en el centro de una cama enorme. Lo único que podía hacer ella era mirar. Él se acercaba y acariciaba su piel suave y fina, que parecía resbalar bajo los dedos.
Lo que más le gustaba imaginar a Ferrer era que Reyna no deseaba ese contacto.


Cuando Ferrer levantó la vista y descubrió a Quiroga parado en el marco de la puerta, había intuido que iba a tener problemas. Quiroga ayudaba durante el día y era el otro enfermero que se encargaba de bañar a los internos.
Había sido sorprendido torciéndole el brazo a uno de los de la sala 20. Ferrer acababa de cambiarle las sábanas y el interno se había vuelto a orinar encima, antes de que él le pudiera colocar el pañal.
Con Quiroga mirándolo, Ferrer soltó el brazo artrítico del interno, dejando que todo su cuerpo tocara el piso.
Quiroga desvió la mirada y salió de la sala, sin decir una palabra.
No era la primera vez que alguien lo veía maltratando a un interno. Además, ya había recibido llamados de atención por parte de los médicos a causa de los diferentes moretones que presentaban los que estaban a su cargo. Cada vez que algo así ocurría, se decía que debía ser más cuidadoso, pero no lo podía manejar.
Por incidentes como ese, cuando le llegó la noticia, no se sorprendió. Estaban entrevistando gente para ocupar un puesto de enfermero. Él sabía que en la partida estatal destinada al hospicio no había lugar para otro sueldo. No estaba enterado de que alguno de sus compañeros quisiera dejar el trabajo, así que la única opción que quedaba era tomar en serio la posibilidad de que lo despidieran de un momento a otro.
En un principio pensó en preguntar, en dirigirse al director, pero tenía en claro que no iba a modificar nada.
Esa noche, si es que no lo despedían durante el día, podía ser la última que iba a pasar en el hospicio.


No encontró obstáculos para entrar en la sala 12. A esa hora de la madrugada él sabía que no había medicamentos programados y que las enfermeras de guardia dormían
Una vez adentro, cerró la puerta apoyándola suavemente contra el marco y encendió la interna. En la sala había tres camas. Reyna se encontraba en la del medio, durmiendo boca arriba.
Él se acercó despacio. Tenía en cuenta que las otras pacientes no podían hablar, pero Reyna sí, aunque él nunca la había oído pronunciar una palabra. Se preguntó, mientras daba el último paso hasta ella, por qué, si Reyna no sabía nada, tenía que alarmarse en caso de despertar y verlo.
Una vez a su lado, dejó el bolso debajo de la cama. En el peor de los casos, era mejor que lo vieran sólo a él. Siempre podía inventar una excusa.
Apoyó la linterna sobre la mesa de la cabecera de forma tal que el haz de luz apuntara a la pared. Con esa escasa iluminación estaba conforme. Se inclinó sobre ella. Acercó la boca a la cara de Reyna, estaban a milímetros de distancia. Nunca la había tenido tan cerca. Desde esa posición percibió un olor agudo a alcohol y a desinfectante. Ella volvió a parecerle, a la vez, un ángel y un mártir. Poseía esa dualidad entre sufrimiento y candor. Así dormida, respirando casi imperceptiblemente y con los muñones apenas asomando por las mangas de la remera, Reyna se veía más frágil que nunca.
Ferrer se apartó y quedó en cuclillas al lado de la cama. Mirando a Reyna desde ese ángulo, podía distinguir, a través de la tela gastada de la remera, las manchas oscuras de los pezones.

Los amigos invisibles - próxima publicación

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