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Puro Cuento

"La sustituta" un relato de Juan López Bauzá

juan lopez bauza 250¿Por qué no hago yo como los
otros: vivo en armonía con mi
gente y acepto en silencio aquello
que pueda trastornar la armonía
misma; ignorándolo como un mero
error dentro del conjunto; teniendo
siempre presente aquello otro que
nos une felizmente y no lo que nos
empuja una y otra vez, como por
fuerza bruta, fuera de nuestro
círculo social?

“Investigaciones de un perro”
Franz Kafka

 

Ahora que lo pienso, lo insólito del caso no fueron los hechos como tal sino la desfachatez con que ocurrieron, pues resulta inconcebible que semejante cosa suceda así, sin reserva ni pudor, en un paraje de dominio público como es el parque a mediodía. Pero ahora que conozco a fondo el ritmo, la armonía, la taimada ejecución de la carnicería, la mesura y delicada perfección con que todo se cumplió sin contrapeso o resistencia, sumado la casi complicidad de los elementos naturales y otros factores del azar, ¿podría acaso señalarlos, culparlos, imputarles oprobio e ignominia? ¿Cómo decirles que estaba mal lo que hacían, cuando yo, en su lugar, no le hubiera llegado a ellos a los tobillos, en lo que a esmero y excelencia se refiere?
Me gustaba el parque porque era distante y por lo general sosegado, porque los estrechos paseos no sabían del rigor ni del método y se burlaban de la rosa náutica con un dédalo de encrucijadas y aceras sin salida. También me agradaban del parque las figuras fingidas por los árboles, cuyas copas despachaban sombras movidas por el viento y por la luz formando perfiles de gárgolas sobre la yerba… En fin, me gustaba el parque por su invitación a uno esplayarse, por su silencio y ceremonia, y por el derecho de propiedad para las aves.
Llegué allí acompañado por Roberto Arlt inhumado en unas páginas de cuentos. Irrumpiendo distraídamente, entré en aquella atmósfera saturada por vientos cruzados, oscilando a uno y otro lado, esquivando una toalla de borde amarillo por ahí, un ramillete de uvas por allá, los zapatos de una pareja de novios más acá, hasta echarme en un banco como una paila de arena sin prestar más atención a la concurrencia. No sé, no me es fácil ahora precisarlo, quizá fue el trino escandalizado de un gorrión en su tifón de paja, quizá la macabra inmediatez del presentimiento, pero lo cierto es que terminaba la quinta página de Las Fieras cuando la cabeza se me volteó como por un resorte interno, y fui testigo de cómo la muchacha del sombrero de paja entraba al parque remolcada por las gruesas cadenas de hierro que morían en las carlancas de sus dos enormes perros pastores. Y era tal la fuerza del arrastre, la decisión de aquellos animales, que verdaderamente se me ocurrió si acaso no eran ellos quienes habían sacado la muchacha a pasear, para que dejara manar contra un poste los líquidos de su vejiga o soltara por la acera sus bolitas de cabro.
La muchacha era robusta, saludable, coloradota y, aunque algo jorobada, no por ello incapaz de refrenar los caprichos de sus mascotas. No obstante, éstas la jalaban de aquí para acá, de aquel árbol por cuyo flanco se precipita el busto de un emperador romano, a ese banco de tablones rojos hundido entre un arbusto de grosellas, y fueron arrinconándola por allá más lejos, por un recoveco del parque donde estaban a salvo de las miradas curiosas y las abusos del sol. Parezca o no parezca inverosímil, había en la actitud de aquellos animales algo de fauno, algo de sátiro, algo de troncos peludos y piernas de cabro: allí los mismos temblores, los titubeos, las miradas escapando por los bordes de los ojos, allí la búsqueda de la encerrona, del ambiente cúbico y tenebroso.
Los perros formaban una pareja acoplada, muy acostumbrados entre sí, pero la verdad es que al cabo de un rato aquel acoplamiento mutaba en una compenetración exagerada, en qué sé yo qué complicidad que francamente me alimentaba las sospechas. En lo físico, eran ambos igualmente melenudos; uno blanco y algo más pequeño, de temple sumiso y cabeza gacha; el otro negro, fornido, claramente el jefe, la voz cantante. Calculando mentalmente deduje que de estar yo parado junto a ellos me llegarían a la cintura o algo por el estilo, viendo que los hombros de la muchacha apenas rebasaban sus lomos, aún lo más enhiesta que podía. Los perros eran, pues, de un tamaño bastante considerable, pues la muchacha tampoco era ninguna enana.
¿Habrá sido un error de ellos no suprimir sus evidentes muestras de cariño hacia la muchacha, aún cuando éstas rápidamente degeneraran en majaderías capaces de pisotearle la paciencia al más santo? Lo digo porque, gracias a esta observación, me fue fácil percatarme luego del cambio, de la expresión de alarma que se desparramó por la cara de la muchacha, su aferro más que casual a las cadenas que la unían a sus animales. Claro, tampoco era para menos considerando los saltos que los muy salvajes daban, y considerando también sus repentinos ademanes humanos, particularmente los del Negro, que combinaba su andar con un ladeo de derecha a izquierda en la cabeza de soldado solitario que capturara una aldea enemiga.
Barataria 350Como dije, el trío bajó por una veredita que llevaba a aquel sector alejado del parque y, a mi entender, sólo visible por quien ocupara el banco en donde yo me hallaba. Sentado al otro extremo de éste, un anciano balbucía insultos contra el gobierno, acompañándolos con escupitajos que crepitaban como un incendio de caña contra las hojas del periódico que leía. El anciano tuvo que haber estado profundamente ensimismado para no percatarse siquiera del esbozo de lo que se avecinaba, por más de espaldas o sordo que estuviera. Lo digo porque el grupillo entró al parque con una turbamulta de aullidos y jadeos que otra de bombos y platillos no hubiera disimulado, pasándonos demasiado cerca para que alguien en su posición no se hubiese al menos inmutado.
Por lo común este tipo de cosas no suelen provocarme más allá del vistazo de reojo, o, en este caso, más allá del asombro frente al tamaño de las animales. Por ello me pareció extraño verme tan atento a los recién llegados, en vez de volver a la lectura como sería lo normal y lo correcto. Pensándolo bien, creo que la preocupación rampante en el rostro de la muchacha tuvo un efecto hipnótico en mí, un no saber si se mira o se ve. Sé que ella también presagiaba el peligro, el desbordamiento de una baba lenta; en cambio sus actos carecían de intento alguno por evitar aquello —¿aquéllos?— que pronto le caería arriba , y mientras los perros la jalaban hacia el lugar de los hechos, ella se dejaba como que llevar sin quererlo, entregada a un abandono característico en víctimas de agresión o de secuestro. El Negro parecía haber estudiado a fondo no sólo la geometría del parque, sino la posición exacta de cada uno de sus ocupantes, desapercibiendo —a saber por qué disloque en la fortuna— la mía: mimetizado tras un arbusto, pasé inadvertido, no sin antes asegurarme de poder observar toda la escena, armándola a modo de rompecabezas juntando los intersticios que bullían como pájaros entre su fronda.
De pronto el anciano dobló cuidadosamente el periódico, y se marchó en dirección opuesta a donde se encontraba el curioso grupo reunido. Creí ver en esos momentos al Negro mover efusivamente la cola y relamerse los bigotes con un regocijo inteligentísimo. El Blanco, tal vez menos observador, movió a su vez la cola, con menos entusiasmo, y no por observación propia sino como resultado de la alegría de su compinche.
Antes de proseguir quisiera poner algunas cosas en su justa perspectiva: el propósito principal de esta narración es describir los hechos tal cual. Punto. Ruego, por lo tanto, que no se pase juicio —seguramente desfavorable— sobre mi reacción, o mi falta de ella, frente al suceso. Ante todo debe señalarse que, dada la rareza del lance, otro (estoy seguro, ¡segurísimo!), en mi lugar, hubiese actuado idénticamente. Además —y lo digo sin ánimo de justificarme—, debe exponerse el problema, tal vez más personal, de que aquellos sucesos tan extraordinarios produjeron un vaivén narcotizante en mi entendimiento, cierta turbulencia en mi cabeza, tanto por el profesionalismo de su ejecución como por una praxis dirigida a señalar otra cosa, una baba gelatinosa que buscaba desbordar los límites de lo posible, un pujante anhelo de que todo se consumara de acuerdo con no sé cuáles designios. La droga de aquella irrealidad me frenó los movimientos.
En fin, que la muchacha recostó la espalda contra el tronco de aquel árbol tan apartado, perpendiculando el resto del cuerpo con el suelo, custodiada a ambos lados por los animales, también sentados. En esta pose alcanzaban ellos mayor altura que la muchacha, quien menguaba ahora poco a poco en el sueño, semejando un centinela dormido entre las soberbias estatuas de dos canes a las puertas del castillo de su señor chino. El Negro vigilaba escrupulosamente, frunciendo el entrecejo, percatándose de cualquier modificación del ámbito, en tanto que el Blanco daba a sus gestos cierto disimulo, perpetuando algunos gestos animales que el Negro ya había abandonado casi por entero. La muchacha, un poco más sosegada, reposaba con los ojos cerrados y las manos juntas sobre el vientre, de donde salían hacia cada lado las pertinentes cadenas que la unían a sus bestias.
De pronto hubo un intercambio de miradas entre ellos, un brusco entrecruce de señales y, sin piedad, haciendo papilla aquel cariño que creí notar, se arrojaron contra la casi adormilada. El Blanco se encargó de inmovilizarle los pies, sujetándolos con una pata y atándoselos con la otra usando para ello su propia cadena que había arrebatado de sus manos reposadas con un tirón inicial. La agilidad y ligereza de sus patas eran cosa del otro mundo. Parecía un hombre que se disfrazara de mono que se disfrazara de perro pastor. Por su parte, el Negro, con igual destreza, ahogó los gritos de la muchacha con una de sus zanca mientras que con la otra tomaba su propia cadena, la enrollaba al cuello de la muchacha y comenzaba a aplicar presión tirando hacia atrás el cuerpo para incrementarla con su propio peso. El sombrero de paja salió disparado gracias a una marejada de convulsiones que sacudieron el cuerpo de la muchacha a medida que le era más caro obtener el aire, pero ahora el Blanco se encontraba encima de ella, sujetándole los brazos que buscaban zafarse con más y mayor violencia en tanto la tensión de la cadena contra su garganta se hacía insoportable. Aunque aquello era terrible, terrible —¡una verdadera desgracia!—, había que admirar la dedicación de las bestias que, pese al forcejeo y a los nervios, no bajaban la guardia ni un instante, asegurándose de que nadie fuese a ocupar el lugar en donde se dibujaba aún el ectoplasma borroso del anciano.
Poco tiempo duró el forcejeo. Al final la muchacha vertió levemente la cabeza a un lado, así, sin aliento, como un cisne herido cuyo cuello al lado cuelga demasiado débil para estar erguido, y dejó de convulsar, estrangulada, con un suspiro que cada vez que sueño escucho por mi adentro.
Exhaustos, aunque sin desperdiciar ni un segundo, los perros se lanzaron a la labor de desenredar las cadenas de cuello y piernas del cuerpo del delito, escandalizados, como si no hubiesen sido ellos los responsables de la barbarie, como si quisieran resucitarla dándole a beber el jugo de su arrepentimiento, todo el tiempo sin bajar la guardia, con sus ojos en los ojos de los demás ojos…
La pura verdad es que me horrorizó el sesgo que comenzaron a tomar los eventos cuando el Blanco comenzó a quitarle los pantalones a la muchacha muerta, y el Negro a desabrocharle los botones de la blusa. En cuestión de nada tuvieron al cadáver completamente desnudo, junto al montoncito de su ropa que entre los dos doblaron, y los zapatos, cubiertos ambos con un toldo de paja en estampa de sombrero. Pero contrario a mis peores sospechas de una ofensiva práctica necrofílica, el Negro procedió inesperadamente, con movimientos dislocados del cuerpo entero, a morderle el cuello con una fuerza de quijada capaz de serruchar un poste de acero, y en muy poco tiempo le había cercenado la cabeza con un cuidado y precisión que ni guillotinada. La incisión fue en su conjunto una obra maestra, subrayando cautela en la separación de la médula espinal con la base del cráneo, y me cuesta mucho pensar que un animal apto para una intervención de esta categoría no posea ciertos conocimientos básicos de anatomía. El Blanco, por su parte, seccionaba rebanadas y rebanadas de muslo con mordiscos algo más descuidados, y hasta casi le separa la pierna izquierda de una sola tarascada indiscriminada —parece que había encontrado escollo en la coyuntura del fémur y el hueso de la cadera, pues acabó liberándola con sacudidas desesperadas de ambas patas—. Obedeciendo a un plan pre-acordado, el Blanco se encargó de las partes bajas, y aunque no lograba la excelencia de cada tajo ni la gracia de una sabia hendidura, como era el caso del Negro que no había roto una sola regla de urbanidad, desarrollaba, no obstante, mejor velocidad en la faena. El Negro, como dije, se encargó primero de la cabeza, y luego pasó a separarle los brazos del resto del cuerpo como quien corta las bifurcaciones de una ramita para dibujar una cotorra en la arena. ¡Y qué admirable cómo los ríos de sangre que escupía el cadáver eran restañados por las lenguas de los perros sin distraer empeño en la disección, al punto que en ningún momento el rojo se mezcló con el verde de la yerba! El resto de la muerta, el tronco, se lo dividieron como buenos hermanos, tocándole a uno la región torácica y al otro la sacrocoxígea; y como eran dos bocas trabajando en una misma incisión, la acabaron en menos de lo que canta un gallo .
Descuartizado el cuerpo, cada cual se ovilló junto a sus cortes selectos y comenzó a devorarlos a dentelladas, locos, locos, hasta almorzarse la muchacha en un tris dejando de ella los huesos relucientes. Tomando en cuenta que ambos se tragaron los trozos de carne con más apuro que deleite, no pude pasar por alto cierto regocijo por parte del Negro en lo que respecta al área de los ojos, lo que me induce a pensar que el líquido óptico podría ser un rico néctar en el oscuro mundo canino. Pongo en duda, por el contrario, la suculencia de los sesos ya que descartaron el cráneo a un lado con cierta hostilidad, como hacemos los humanos con la bilis del cangrejo. El Blanco, por allá, gozó de lo lindo con las partes naturales, o por lo menos así sonaron aquellos relamidos sin duda perversos…
Una vez quedó sobre la yerba la osamenta del cadáver, ambos procedieron a cavar un fosa en donde sepultarla más rápido que ligero. Fuera o no fruto de la urgencia, noté aquí cierto relajamiento, un no cuidar el frente de batalla defendido hasta el momento a brazo partido, lo cual hubiese permitido a cualquiera un acecho menos cuidadoso. Con gestos otra vez perrunos, lograron una profundidad razonable y procedieron de inmediato a recoger cada trozo de la muerta —ahora de nuevo humanos— con respeto, y a darle cristiana sepultura sin olvidar una clavícula, un huesito de los dedos, persignándose finalmente con una cruz bastante rústica por contar sólo con cierta flexibilidad en sus músculos para hacerla. El panegírico: un aullido a dos voces, como si regañaran a una luna llena. Pero ya cuando pensé que incluirían los ropajes en la inhumación, los vi cerrar la fosa, dejando la crucial evidencia a plena vista. (¡Ah, pero y quién, quién iba a imaginarse!) Me confundió esta negligencia, y estuve a ley de nada de salir de mi escondite y recordarles tan importante detalle, mas antes intuí que aquello no podía ser el término de algo llevado a cabo con un orden tan específico, con una división de las labores tan duramente estipulada, con un afán tan sentencioso…
No, no me engañaba, aunque tampoco me convencían sus artimañas. En mi opinión fue aquí donde más gravemente erraron las bestias, y de nuevo estuve a nada de revelarme y hacerles entender que aquello no era necesario, que era demasiado evidente y los traicionaría frente a las autoridades. ¿Pero quién era yo en ese instante para decir o decidir, yo, ahogado acá en mi mundo que nada tenía que ver con el de ellos? ¿Cómo imponerles una jurisdicción que les hubiese sido incomprensible? Además, revelándome, corría el riesgo de convertirme yo en su postre, lo cual no me hacía ninguna gracia. No, mejor no. Comprendí que debía aceptar sus resoluciones con la misma sangre fría con que acepté los momentos más atroces del crimen. Que hagan lo que les dé la gana, me dije, y esto fue engalanarse el Negro con las ropas de la difunta —pantalones, zapatos, sombrero, pantis, blusa— y salir como si tal cosa en las patas traseras, sujetando con una delantera la cadena que iba al Blanco, que le seguía a poca distancia fingiendo interesarse por el olor de los postes y los bancos, y aun cuando creí bastante obvia la metamorfosis, no sé cuán podía serlo para cualquier otro, vedado del espectáculo que a mí me deparara la ventana del azar.
Es más, ahora que lo veo en el recuerdo, lo hacía tan bien el diantre de Negro ese, contoneaba el cuerpo en tan fiel imitación de los ademanes y gestos de la muchacha, que a pesar de la pelusa repartirse por su cara como una ola de algas, salirle por las mangas y hasta por el ruedo del pantalón, lo cierto es que resultaba bastante difícil encontrar algo extraño o fuera de lugar en aquella muchacha que partía del parque acera abajo, frenando con la cadena las veleidades de su inquieta mascota.

 

juan lopez bauza 350Juan López Bauzá
Nació en Ponce, Puerto Rico, en el año 1966. Publicó sus primeros cuentos en la revista Pluma de Caracas, en la revista Arco, el diario El Espectador de Bogotá, y en las revistas puertorriqueñas En Rojo, Cupey y Postdata. En 1997 publica con la editorial de la Universidad de Puerto Rico su primer libro de cuentos, La sustituta y otros cuentos, galardonado con el premio del Pen Club de Puerto Rico como mejor libro de ficción corta publicado durante ese año en el país. En 1998 recibe premio del Certamen de Cuentos auspiciado por el periódico El Nuevo Día con el cuento “El enviado”. Sus cuentos han sido incluidos en tres antologías de cuentos puertorriqueños, Mal(h)ab(l)ar, Nuevos Caníbales y En el ojo del huracán, así como en la Antología de la Literatura Puertorriqueña del Siglo XX de Mercedes López Baralt, publicado por la Universidad de Puerto Rico. En el año 2013 publicó la novela Barataria, la cual recibió el Premio Las Américas 2013 del Festival de la Palabra, así como el Premio del Pen Club de Puerto Rico en la categoría de novela. En el año 2014, fue la primera novela nominada por la Academia Puertorriqueña de la Lengua Española al gran premio bianual de la Real Academia de la Lengua. En los próximos meses publicará su segunda novela, El Mar de Azov.

 

La sustituta enviado a Aurora Boreal® por Juan López Bauzá. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Juan López Bauzá. Foto Juan López Bauzá © Juan López Bauzá. Carátula de la novela Barataria cortesía de Juan López Bauzá.

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