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Puro Cuento

In God We Trust

diego trelles 250La corbata de papá es roja, blanca y azul.
La medalla del señor sin piernas tiene los mismos colores pero las estrellitas salpicadas son más pequeñas. Aún no tengo corbata porque Dick piensa que los niños no debemos usarla. Creo que se equivoca: yo ya no soy un niño, en seis días cumpliré doce. Dick me dijo que tendría una sorpresa por mi cumpleaños, pero no mencionó la corbata. Dijo: «haremos una pequeña fiesta con todos nuestros hermanos» y eso fue un poco tonto porque todos los hombres del mundo son nuestros hermanos o al menos eso dice Dick, y si nuestro pastor dice algo, hay que escucharlo con todos los sentidos y con el corazón.
Me gustaría invitar a mi fiesta al señor de la medalla. El pobre está amarrado a uno de los asientos del bus y tiene que esperar a que el conductor lo libere para mover su silla de ruedas. ¿Será un soldado héroe, un policía valiente?... ¡Jo!, no tengo ni la menor idea, pero sé que a Dick le gustaría mucho su camiseta. In God We Trust se lee y yo entiendo muy bien lo que significa y, por eso, también comprendo que es una persona feliz a la que no le importa vivir sentada. Hay, sin embargo, algo de misterioso en su sonrisa. Algo que me asusta y me intriga al mismo tiempo. No me sorprendería, por ejemplo, que el hombre sin piernas empezara a llorar. Aunque quién sabe. Cuando mi papá llora (se encierra en el baño creyendo que no me doy cuenta), se me hace un nudo de aire en la garganta y doy vueltas en casa como si algo muy importante se me hubiese perdido. Algo que nunca he tenido pero igual busco.

Nuestro pastor dice que los hombres solo pueden llorar dos veces en la vida y siempre de alegría: la primera es cuando se arrepienten de sus pecados y encuentran la mano bondadosa de Dios; la segunda es cuando alguien querido muere y, gracias a su devoción religiosa, puede alcanzar el reino del Señor. Si un hombre llora por otra razón, es un hermano equivocado, un pobre tipo enfermo o un invertido. Ni bien Dick termina de decirlo, mi papi asiente, primero con la cabeza y luego elevando el tono, repitiendo «muy cierto, muy cierto» como si su voz fuera solo un largo eco.
bioy stamping 300¿Les he contado ya que la corbata con las estrellitas fue regalo de Dick? Estaba muy contento, le dijo que el próximo obsequio sería un sombrero de cowboy, pero que todo dependía de mí. Y papá le dijo que sí, que no se preocupara, que me aprendería los salmos como ninguno y que gritaría en la calle hasta que la voz se me quebrara y todas las personas de Austin —en la avenida Guadalupe, en la avenida Dean Keeton, en toooda la calle Sexta— se dieran cuenta de mi presencia... ¡Jo! Eso de gritar en la calle no me gusta nada. Ya se lo he dicho a papá, pero él no me escucha. Si no grito, nuestro pastor nos dejará y entonces tendremos que marcharnos de este país sin remedio y olvidarnos de mamá para siempre. Mi papá no se acuerda de la primera vez que él gritó, pero yo sí. Apenas balbuceaba, enrojecido por la vergüenza y masticando el inglés. «¡Weee…all… are... sinners! ¡We... are going to burn in heeell without God’s haaaand!» arengaba como si estuviera pregonando en una lengua muerta mientras los hermanos aplaudían. Dick se dio cuenta de su nerviosismo y, luego de tomar su brazo con firmeza, empezó a gritar con él. Se movía con energía, mirándolo, y repetía junto a él la prédica hasta alcanzar el volumen más alto.
Todos nosotros tenemos que aprender a gritar en la calle para salvar a los infieles de Texas. Todos los hijos de Dick nos sentamos en sus piernas para que él nos enseñe los salmos. Cuando repetimos mal un salmo o nos olvidamos de una estrofa, su mano enorme y blanca baja por la espalda y sentimos las cosquillitas juguetonas y esa risa de ogro que tiene Dick, tan cerquita de nosotros que a veces creo que sí es un ogro y está pensando seriamente en comernos cuando en realidad solo está respirando en nuestras mejillas, así como si de pronto se ahogara o estuviera a un tris de darle un infarto.
Papá no lo sabe. No puede saberlo porque sale de la oficina cada vez que Dick se lo pide. No se lo he dicho porque nuestro pastor piensa que no es apropiado. «Se enfadará si se entera de que no sabes los salmos» me dice frunciendo el ceño. Y eso es cierto porque cuando papá se enfada, me empieza a hablar de mamá y de cómo su muerte nos ha condenado a quedarnos en esta ciudad. Si nos vamos, se quedará solita, sin nadie que pueda contarle de nosotros. Papá está convencido de que toda la culpa fue suya. Por ser pobre, por convencerla de venir a esta ciudad tan lejana en la que nadie nos conoce. Tenía nueve cuando ocurrió lo de mamá pero aún lo recuerdo como si hubiera pasado ayer. La imagen aparece cuando tengo pesadillas pero a veces estando despierto la tengo delante. Los tres estamos caminando por esas calles de Austin que son solo cuadras prolongadas sin veredas ni niños. Ahí estamos los tres: mi mami, siempre triste, llevando la botella de Inca Kola que papá le compraba en el mercado Fiesta y la hacía sentir más cerca de Lima, y mi papi haciendo cálculos para que todo nos fuera bien y pronto consiguiera uno o dos trabajos de cualquier cosa; lo que fuera con tal de que dejáramos de pedir caridad en las parroquias. Caminábamos el día entero, tocando las puertas de las mansiones de los señores como Dick. No nos quejábamos de nuestra suerte, una vez que logramos entrar en este país, papá nos dijo que ya nada ni nadie podría sacarnos. Llevábamos tres meses dando vueltas cuando ocurrió. La escena no puedo describirla muy bien. Solo recuerdo que recogía mi pelota de fútbol cuando ese sonido de llantas quemándose explotó en mis oídos y yo sentí el golpe seco e instantáneo de los dos autos resbalando hacia la esquina en la que estábamos quietos. Y solté mi pelota, que se fue dando botes, cuando vi las piernas de mi mami temblando debajo de uno de los autos y la mujer que conducía gritando desesperada, mientras papá intentaba como un loco mover la carrocería que la había sepultado.
Entonces, llegó Dick. Gracias a él no nos expulsaron de aquí; por su bondad papá consiguió un trabajo y, desde entonces, ahorra para poder trasladar el cuerpo de mamá al Perú. Mientras tanto, la visitamos siempre en el cementerio público y él le habla despacito, mirando la lápida como si pudiera mirarla a los ojos, y le cuenta sobre mí, de cómo estoy aprendiendo inglés y haciéndome un hombre de bien. Nunca le habla de nuestro pastor. Nunca le menciona nuestra labor de salvar a los infieles de Austin. Nunca llora delante de mí.
circulo escritores asesino 300Por eso me apena mucho no aprenderme los salmos. Los estuve memorizando en el trayecto del bus. He estado pensando en la sorpresa que nuestro pastor me prometió y creo que me gustaría mucho que fuera un sombrero de cowboy como el de papá. Cuando Dick abre la puerta nos saluda con afecto y luego le dice a mi padre que se vaya al trabajo tranquilo. He venido repitiendo en mi cabeza los salmos y creo que hoy los recitaré sin faltas.
Me sorprende, sin embargo, que vayamos al sofá cuando siempre nos quedamos en el escritorio. La mano de Dick toca mi cabeza de pronto y siento una humedad caliente en el pelo. Nuestro pastor me habla de mi sorpresa, pero deja de hacerlo ni bien se levanta de mi lado y se quita la corbata y me sonríe y, por un momento, recuerdo con miedo la sonrisa del señor del bus.
«No te muevas» me pide con la voz bajita, mientras se dobla las mangas de la camisa. Antes de sentarse de nuevo, le advierto que ha dejado olvidado el libro de los salmos sobre el escritorio, pero él dice que no me preocupe de eso, que hoy no hace falta.
Por su mirada de ogro, sospecho que hoy empezaremos por las cosquillas.

 

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diego trelles 375Diego Trelles Paz
Perú (1977). Autor de los libros de relatos Hudson el redentor (2011) y Adormecer a los felices (2015). En el ámbito de la novela ha publicado El círculo de los escritores asesinos (2005) y Bioy (2012). Es, además, autor de las antologías El futuro no es nuestro (2009) y, junto con Daniel Alarcón, The Latin American Issue (2009). Varias de sus ficciones han sido traducidas al inglés, italiano y francés. Doctor en literatura por la University of Texas. Vive y trabaja en Francia.

 

El relato "In God we trust" publicado en el libro de relatos Adormecer a los felices (2015). Relato enviado a Aurora Boreal® por Diego Trelles Paz. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Diego Trelles Paz. Foto Diego Trelles Paz Foto © Alessandro Pucci. Carátulas libros © cortesía Diego Trelles Paz.

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