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Puro Cuento

Des romans sentimentaux

miguel angel torres 250Trabajaba en una biblioteca de barrio, cerca a la estación de metro Argoulets y de mi casa, adonde había llegado desde hacía varias mañanas intentando terminar un largo poema que exploraba de modo esquivo las consecuencias de la muerte y fracasaba a menudo entre versos que releía sorprendido, defraudado. En la biblioteca, había unas pocas mesas largas, distribuidas cerca de las ventanas y junto a las computadoras. Desde las mesas se alcanzaba a ver la calle, los buses pasar, los autos, las señoras con sus gruesos caddies salir de la estación del metro. Yo dejaba mi maleta encima de la mesa, por temor a que me robaran, y me sentaba muy cerca de la ventana. Inclinado encima de mis hojas escritas, corregidas y garabateadas en distintos colores, por momentos escudriñaba desde mi sitio los anaqueles pálidos de libros de cocina y de shiatsu a mi lado, anhelando todo ruido o persona que pudiera interrumpirme y de alguna manera buscando en esas pequeñas naderías algo que consiguiera centrarme, que consiguiera el milagro de convertir eso que escribía en eso que quería escribir.
El bibliotecario era un hombre menudo y delgado, de una calvicie ordenada y sonrosada y unos pequeños lentes brillantes, en camisa, jeans y zapatillas. Hablaba en una voz baja, afeminada y con esa amabilidad inusitada de las bibliotecas pequeñas acompañaba a algunas personas hasta el corredor en que se hallaba el libro. Bonne lecture, bonne continuation, les decía sentado detrás de su escritorio al despedirlos. Esas personas eran por lo general señoras retiradas, de cabellos teñidos y blusas holgadas, que rechinaban sus zapatos de cuero mientras revisaban los pocos libros que habían en los estantes con las manos apoyadas en la cintura. También aparecían señoras jóvenes con sus hijos y algunos hombres que discutían afables del tiempo que hacía o resumían en dos frases su desagrado por el último libro que se habían prestado. Hablaban con esa voz gruesa, balbuceante y resabiada que me parece termina por formarse en todo hombre francés que supera los sesenta años.

Estaba en mi lugar de siempre, luego de haber rehuido una rima que me había espantado encontrar, cuando un hombre delgado y gris, vestido de una camisa celeste de mangas cortas y un pantalón azul, apareció grave por la puerta y saludó en una voz bastante aparatosa de la que no parecía consciente. Bonjour, monsieur, le dijo en su tono mujeril habitual el bibliotecario. El hombre se limitó a asentir, apurado, no se detuvo a hablarle y empezó a recorrer las dos salas en ele de la pequeña biblioteca. Cuando pasó cerca de mi vi que llevaba un maletín azul de tela en una mano. No tomaba los libros, sino que se inclinaba hacia ellos, examinando con una mirada desconfiada detrás de sus lentes los títulos y los nombres de autores. Sin acercarse al escritorio de la entrada, se detuvo delante de un anaquel y llamó desde ahí al bibliotecario con esa voz exagerada que ya me era obvio no sabía que tenía.
—He estado buscando por este lado. Hace años que no había vuelto, y veo que han cambiado el orden de los libros— explicó. El otro le oía, servicial y amable, aguardando la pregunta. — Aquí estaban antes las novelas policiales y sentimentales.
piel inedita 352El hombre le contó que hace un año habían cambiado de administrador y que el orden de los estantes dependía a veces del director de la biblioteca. Se inclinó luego hacia un lado, señalando un corredor, y le dijo que por ahí estaban ahora las novelas policiales. El otro dijo no, sin mover la cabeza, sin variar su postura espigada e inconmovible. Je cherche les romans sentimentaux, dijo. El hombre pretendió no sorprenderse y dijo que creía que era un chofer de bus (reconocí entonces el sentido de esa camisa y ese pantalón), pero se corrigió también, muy pronto, y le dijo que las novelas sentimentales estaban detrás. Lo siguió entonces y luego de mencionar algunos autores (no los veía, pero los podía oír) que el bibliotecario debió señalar o buscar, lo que siguió fue el silencio en que perseguía algún libro. Luego volvió a aparecer, con dos bajo un brazo y otro en la mano libre, y se sentó junto a una ventana en una mesa delante de la mía.
Había dejado su maletín encima de la mesa, recostado delante de mi y escrutaba uno de los libros con paciencia, antes contemplándolo que leyéndolo, como si se tratara de un álbum de fotos y recordara a sus hijos en otras edades. Sus dedos cuidadosos pasaban las hojas tomándolas por una esquina y en su rostro pálido, que examinaba, no me pareció descubrir ningún gesto del que pudiera burlarme. De pronto, tampoco alcanzaba a entender esa ansiedad mía por encontrar algo en él y en esos libros de qué burlarme. Levantó los ojos y su mirada cruzó la mía. En sus ojos calmados, sencillos y azules, descubrí la oscuridad y la estupidez de los míos. Traté de sonreír pero no sé qué mueca apareció en mi rostro avergonzado. Con tranquilidad, sin inmutarse, él bajó la vista hacia su libro y me olvidó. Volqué mis ojos y mi cuerpo hacia mis hojas. Recogí mi poema a la muerte que arrojé despaginado a mi maleta y huí de ahí. Caminé la banalidad de mi poesía y de lo que había llamado hasta entonces literatura hasta mi casa, adonde fui a hundir mi cabeza en una almohada pensando desolado en qué había escrito hasta entonces.

 

miguel angel torres 320Miguel Ángel Torres Vitolas
Perú (1977). Autor de los libros de cuentos Animales baldíos (2001) y Piel inédita (2013). Doctor en Ciencias de la Información y Comunicación por la Universidad de Toulouse 2. Vive y trabaja en Lima como docente universitario.

 

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"Des romans sentimentaux" enviado a Aurora Boreal® por Miguel Ángel Torres Vitolas. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Miguel Ángel Torres Vitolas. Foto Miguel Ángel Torres Vitolas ©  Sandro Aguilar. Carátula Piel inédita © cortesía Casa de Cartón y  Miguel Ángel Torres Vitolas. "Des romans sentimentaux" publicado originalmente en la revista Aurora Boreal® nr. 17  de mayo  de 2015, un especial dedicado a autores peruanos del siglo XXI.

Los amigos invisibles - próxima publicación

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