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Puro Cuento

Mar afuera

gunter silva 250Una vez que se entra en el mar se entra en la cadena alimenticia. El hombre de la televisión dice además que las posibilidades de ser atacado por un tiburón son de uno en tres punto ocho millones. Si estás a punto de ser atacado por un tiburón, debes darle un golpe en la nariz o en el ojo. El ojo es mejor, pero esto no lo dice el hombre de la televisión, eso lo dice Homero Simpson, en el programa de las seis de la tarde.
Si se perfora el ojo, el terrible escualo se lastima y se va. Si le das un puñete en la nariz, puede atontarlo, aunque sólo por un breve momento. ¿Has probado dar puñetes en el agua? Créeme, es difícil. Yo daba puñetazos en la piscina cuando papá vivía y me llevaba a nadar al club para niños. En cualquier caso, eso es lo que se supone que debes hacer cuando estás a punto de ser atacado por un tiburón. Por eso, cuando Estuardo vino a quitarme la lonchera, lancé mi puño con fuerza en su rostro gordo y malvado.
Estuardo es un tiburón. Es grande, rápido y glotón, suele quitarnos las loncheras a la hora del recreo. Su rostro se compone sobre todo de nariz y dientes. ¿Alguna vez has notado cómo los tiburones siempre parecen estar sonriendo? Estuardo sonríe mucho, sonríe porque siempre consigue lo que quiere. Camina con otros dos niños de su grado, ellos gobiernan el patio de recreo, dan vueltas esperando el momento adecuado para atacar. Su piel es blanca y grisácea, pensé que sería dura y fría al tacto, pero la sentí suave y cálida cuando golpeé su nariz. Nunca había dado un puñetazo a nadie, pero eso es lo que se hace cuando estás luchando contra un tiburón.

Traté de explicarle eso al director de la escuela, pero no parece entenderme. El director sigue tratando de decirme que Estuardo no es un tiburón, que es un niño dos años mayor que yo. Le pregunté al director si había visto alguna vez un feo monstruo marino, porque papá me llevaba a ver los tiburones antes de morir y Estuardo es definitivamente uno de ellos. Él no entiende nada por que nunca vio uno de verdad.
cronicas londres 350Hoy, el director se ve diferente, mira a su alrededor constantemente y se rasca la cabeza con el dedo índice como si fuese un cachorro nervioso. A pesar de que me habla, no me mira a los ojos, mira el teléfono y la puerta y al reloj que cuelga en la pared detrás de mi cabeza.
Mariano, me dice, tú no pareces entender lo que has hecho. Suda bastante detrás de su escritorio, ha empezando a oler mal porque son las dos de la tarde y el sol ha estado cayendo con fuerza a través de la ventana. Mientras me hablaba he estado mirando como la luz entra en la habitación en varios colores, parece bailar una danza eterna con el polvo microscópico que se levanta del suelo, la ventana es como una lupa gigante, pienso.
Intento una vez más explicar lo sucedido. Él director por fin me mira, pero en el momento que menciono a los tiburones, me dice, ya deja de hablar sobre los tiburones, Mariano.
Por la misma ventana miro a un hombre gritando en el patio, hay otras personas que se acercan y terminan rodeándolo, cuando me aproximo a la luna que divide la oficina del resto de la escuela, el director me separa de ella con la palma de su mano, pero he podido reconocer que el hombre que grita es el padre de Estuardo, tiene los dientes amarillos y su lengua parece un pequeño flamenco que intenta despegar desde su boca. Luego, el director sale corriendo y derriba una silla en su fuga, me dice que no me mueva mientras corre y se eclipsa por el pasillo, pero no puedo quedarme parado sin levantar la silla, la recojo, cierro la puerta de la oficina y me siento a esperar.
¿Qué diablos sucedió? grita el padre de Estuardo minutos más tarde, del otro lado de la oficina, ¿cómo diablos pudiste permitir eso? Oigo al director disculpándose y pidiendo a la gente que está afuera que se calmen. Luego, todos parecen hablar a la misma vez y no consigo seguir la conversación.
Nunca antes he estado solo en la oficina del director, el polvo sigue danzando con la luz, hay diplomas suspendidos en la pared y un candelabro antiguo cuelga desde el techo. Ahora se han callado todos, sólo escucho el sonido del segundero del reloj, marcando distancia, alejándose de los números como una flecha.
Pienso en mi mano. Siento un leve dolor, hay pequeñas manchas como de crayones rojos y derretidos alrededor de mis nudillos. Creí que era la sangre de Estuardo pero ahora sé que es la mía. Mi mano debió resbalar de la nariz a los dientes y fueron ellos los que me cortaron. Esa es otra razón por lo que es peligroso apuñetear la nariz de un tiburón, puedes terminar cortándote con sus dientes filudos como cuchillos.
Quiero ir a la enfermería para que puedan colocarme una venda, pero afuera han empezado a gritar de nuevo. Además, el director me ha dicho que no me mueva, me levanto de la silla y me acerco a mirar por la ventana. El sol sigue brillando, veo a los otros niños corriendo al encuentro de sus padres. Pienso que mi madre ya estará viniendo, ella siempre me recoge de la escuela. Me pongo a contar los colores de los coches en el aparcamiento porque así puedo evadir los gritos. Doce son grises, cinco son azules, dos son rojos y seis son de color negro. El coche de mamá ya debe estar en algún lugar allá abajo, lo sé, aunque no lo veo. Debe estar camuflado entre todos los demás coches o debajo de las ramas de algún árbol que lo esconde. De pronto, la puerta se abre y escucho su voz.
Mariano
Mamá.
Sus palabras salen con dificultad, eso significa que algo grave debe haber sucedido. Mi madre permanece de pie en la puerta. Luce más alta por los tremendos tacones que lleva, en casa, siempre camina descalza. Inclina la cabeza ligeramente hacia un lado y me mira como si no me reconociera.
Oh, Mariano ¿qué hiciste?
No tengo respuesta pero ella parece no esperar una. Después, viene rápidamente a la ventana y se pone de rodillas, quiere decirme algo pero le tiembla la barbilla. Me dan ganas de llorar me dice en voz bajita, muy cerca de mi oreja izquierda. No sé que hacer, sólo atino a colocar mi cabeza sobre su hombro y a tocarle el cabello con mis manos. Eso hacía papá antes que muriera cuando mamá tenía ganas de llorar. El director nos mira con los dedos puestos en su cintura, después veo que se lleva una mano a la cabeza.
Yo también he empezado a temblar. Ella acaricia mi espalda y me siento mejor pero mis piernas parecen ser de algodón. La puerta se abre repentinamente y la madre de Estuardo entra gritando. Qué diablos le ha hecho este mocoso a mi hijo, dice. Ella es una mujer gorda y arrugada, sus ojos son como los de un toro de lidia, rojos y siniestros. Sospecho que quiere atacarme y tengo miedo. Mi madre se levanta y me sitúa detrás de ella. La madre de Estuardo estrella su bolso de cuero en la cara de mamá, con fuerza y furia. El director se interpone entre las dos, trata de calmar a la mamá de Estuardo, le dice que tome asiento, pero la mujer no quiere escuchar. Alcanza a escabullirse y da un paso hacia mí, avanza embistiéndome. Maldito pedazo de porquería, me dice, mientras me clava su bolso en la cabeza.
Caigo al suelo, pero no siento dolor, es más bien como si el dolor fuese parte de mí, como si fuesen mis brazos o mis piernas o la sangre que recorre mi cuerpo. ¡Cómo te atreves! dice mi madre, pero el padre de Estuardo ha entrado a la oficina y conseguido tomarle del antebrazo, la sujeta con vigor, su esposa forcejea. El director ha hecho lo mismo con mi madre, a ambas sólo las separan dos metros. El director ha cogido con una mano la cintura de mi madre y con la otra su fina muñeca, mi padre solía agarrarla así cuando vivía.
No te atrevas a golpear a mi hijo de esa manera, dice mi madre. La mujer enorme me recuerda a un oso. ¿Qué carajo hiciste? me dice con sus ojos rojos. Trata de abrirse paso hacía mí. La mejor manera de lidiar con los osos es hacerse el muerto, eso es lo que dice el hombre de la televisión, y yo intento no moverme en el suelo. El director con la ayuda de su esposo la sacan de la oficina con dificultad, la mamá de Estuardo parece dispuesta a luchar con la agresividad impenetrable de un oso. Mi madre me agarra de los brazos y me levanta, después me sacude el uniforme. Si el oso todavía te persigue, dice el hombre de la televisión, uno tiene que pararse bien alto y alzar los brazos para parecer lo más grande posible. Entonces levanto los brazos. ¿Qué está haciendo?, dice el director que ha vuelto a entrar a la oficina. No hay nada de malo con Mariano, dice mamá, sólo quiere estirar los brazos.
Tenemos que hablar seriamente, dice el director. Mi madre me indica que me siente en la silla y ambos se acercan a la ventana. Él vuelve a tomarla a mamá como lo hacía mi padre, habla en voz baja, pero escucho palabras sueltas: expulsión, corte, juicio, abogado, daños. Después logro escuchar una frase completa: Mariano tiene problemas mentales y conductuales, no se puede quedar en esta escuela, dice el director. ¿No hay otra solución? No, tiene que irse. Todo acontece en estas horas tranquilas, los alumnos y los profesores ya han abandonado la escuela.
Al cabo de varios minutos salimos y la puerta se cierra detrás de nosotros. Mi madre y yo nos sentamos en los bancos que hay fuera de la oficina del director. De su cartera saca un espejo en miniatura y un lápiz labial. Se ve cansada, tiene un pequeño corte en el pómulo derecho, debió ser la hebilla del bolso de la mamá de Estuardo la que produjo el corte. De mi bolsillo extraigo un pedazo de tiza que guardé por la mañana y escribo mi nombre en la pared, lo hago por que sé que no podré volver a mi escuelita, que sucederá lo de siempre, que Mamá me cambiará de escuela. Ella se pinta y se acomoda el cabello, la observo arreglarse con curiosidad. ¿Qué? me dice mientras voltea y me mira a los ojos. Eres una mujer hermosa mamá, le digo. Ella me agarra del brazo y su barbilla vuelve a temblar.

 

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gunter silva 375Gunter Silva Passuni
Perú, 1977. Escritor peruano. Autor del libro de relatos Crónica de Londres (2012). Estudió en la facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad Santa María La Católica, Perú. Obtuvo una maestría en Literatura y Creatividad Literaria en la University of Westminster, Inglaterra. Ha colaborado en diversas revistas literarias y culturales. Sus textos han aparecido en diversas antologías.

 

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"Mar afuera"  enviado a Aurora Boreal® por Gunter Silva. Publicado en Aurora Boreal® con autorización deGunter Silva. Publicado también en Revista Aurora Boreal® Nr. 17 de mayo 2015, espcial autores Perú. Carátula Crónicas de Londres  enviada a Aurora Boreal® por Gunter Silva © cortesía Atalya Editores. Foto Gunter Silva © Felipe Uribe.

 

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