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Puro Cuento

Nunca antes había pensado en pájaros

sten jacobsen 250Traducido al español por Tove Harder

 

 

El camión de mudanzas se paró, según recuerdo, junto a la puerta de entrada, y tres hombres en monos verdes empezaron a bajar los muebles y a meterlos.
La nueva vecina estaba allí parada con una pequeña maceta con una planta en la mano. Yo iba saliendo, y al momento de verme ella dio un par de pasos a un lado, retrocedió hacia la puerta, emitió un pequeño grito, echó a correr, y desapareció dentro del inmueble. Al mismo tiempo se oyó un golpe metálico. El chofer del mudanzas había azotado su puerta y señalaba con su dedo feo el canalón al borde del techo.
“Miren las palomas” gritó.
Y él y sus compañeros soltaron una carcajada.

Pasó un buen tiempo. Yo ya no estaba pensando en la nueva vecina de la planta baja a la izquierda, o casi no. Sólo que quizás me extrañaba un poco que nunca se dejaba ver. Pero luego un buen día apareció caminando por la banqueta hacia mí.
“¡Vaya, allí está la nueva vecina de la plantita!” pensé, y sonreí al acordarme de las flores rojas, que siempre resplandecen en su ventana.
Pero entonces, justo antes de cruzarnos en la acera, ella dio un giro brusco hacia la calle, y la cruzó sin mirar a ningún lado.
Un coche tuvo que frenar de golpe, otros dos también. Unos ciclistas se pusieron a soltar improperios a todo pulmón.
Durante los días que siguieron veía su imagen dondequiera que fuera mientras pensaba en todo lo que hubiera podido ocurrir.
Me preguntaba si debía tocar a su puerta así nomás, para decirle que debería de tener más cuidado. “Todavía hay personas que se preocupan” le diría.
Pero no lo hice.
Sus ventanas permanecían herméticamente cerradas.

El tiempo pasaba, y mis pensamientos ya no giraban en torno a ella, hasta que volví a verla.
Cuando entré en el inmueble estaba justo frente a mí colocando la nueva placa con su nombre.
“Hola” dije.
Ella se sobrecogió, emitió un grito medio ahogado, y se metió en su apartamento con un portazo. Y, como si esto no bastara, volví a encontrarla al día siguiente, al salir por la puerta de la escalera principal. Ella no me vio hasta que le mantuve la puerta abierta y alzó la mirada. Al verme su linda cara se crispó y me pasó corriendo y mirando el suelo.
“Hola” dije, pero no hubo respuesta.

Con el paso del tiempo los indicios se acumularon, y empezaron a formar un patrón. Ella desaparecía súbitamente cuando la veía venir hacia mí en la acera. Al lado del inmueble donde vivimos hay una gran nave deportiva gris. Un día la vi venir de lejos. Rápidamente calculé que íbamos a cruzarnos frente al deportivo. Pero antes de que esto ocurriera, ella ya se había ido por otro rumbo. ¡Y eso que estaba cargando una bolsa grande de compras! ¿Se me había olvidado mencionar que es una mujer pequeña y delgada?
Otro ejemplo: En el patio hay una terraza con mesas y sillas. Un día de sol ella estaba sentada allí. La seguí. Pero al momento de doblar la esquina solo alcancé a ver su espalda y oír su puerta cerrarse de golpe.
Fue en la misma ocasión que noté los pájaros. Había muchos. Se habían juntado en grandes parvadas inquietas, que circulaban arriba del techo del inmueble.

Por fin me di cuenta de aquello de los pájaros. Algunos vecinos ya habían insinuado algo. Empecé a espiarla desde mi ventana. A veces, cuando ella tomaba el sol en la terraza, o cuando barría o regaba sus flores, su linda cara se transformaba con esa expresión de perseguida, y al poco rato ella había desaparecido. En esas ocasiones siempre había pájaros. Pero cuando había perros cerca, era distinto. Una vez ella se expresó sin querer. Estaba leyendo en la silla blanca de plástico cuando una paloma se le acercó. No la había visto. Pero de repente bajó el libro y vio qué era lo que andaba picando alrededor de sus pies.
Se levantó de golpe, la silla cayó hacia atrás, y ella retrocedió.
“¡Aléjate, pájaro estúpido! ¡Lárgate! ¡Fuera!” gritó al refugiarse en su apartamento.

Ya no me bastaba mirarla desde mi ventana, y tuve que seguir haciéndolo desde un árbol frente a la suya. Las ramas se mecían, y desde allí había una vista primorosa hasta dentro de sus habitaciones. Pero no había nada que ver. Solo algunas veces se abría una puerta para cerrarse en seguida. Por lo demás, solo oscuridad y silencio. Lo mismo cuando me sentaba en el pequeño pino al otro lado del edificio. Puertas que se abrían y cerraban de golpe eran la única señal de vida en su piso.
En aquellos días había pájaros. Las cornejas calvas gritaban, los mirlos silbaban, los gorriones chirriaban, y alguna que otra urraca se mezclaba al coro. Las oleadas de alboroto eran tan estridentes que algo tenía que ocurrir muy pronto. Y, como si fuera una señal secreta, todos empezamos a picar sobre sus ventanas.
Pero ella no reaccionó.

Al día siguiente me llegó la orden de la policía. Bajo cualquier circunstancia, desde los árboles del patio, o desde cualquier otro lugar, era estrictamente prohibido espiar a la mujer de la planta baja a la izquierda. Asimismo me prohibieron picar sobre sus ventanas.
“¡A los pájaros no se les permite picar en las ventanas de los inquilinos!”
Así fue la orden.
De repente el mundo se volvió triste y gris, y las parvadas de pájaros que se habían instalado en los árboles y en el caballete, con la cabeza debajo de un ala, se quedaron silenciosos.
Pero después de un tiempo la inquietud volvió. De nuevo empezó a oírse el aleteo alegre, y el aire se volvió a llenar de gritos jubilosos y plumas.

La rama donde estoy sentado sube y baja, y ahora su ventana está abierta de par en par.
Los pájaros están inquietos, sus gritos llenan el aire.
¿Qué otra cosa puedo hacer?
Un salto certero y un par de aleteos, y estoy sentado en la repisa de su ventana.
Entonces veo sus plumas morenas y resplandecientes sobre el respaldo del gran sillón rojo.
En un brinco estoy encima de ella, un mordisco en la nuca y se rinde.
Aunque todavía gime un poco, bate sus alitas, y las plumas forman una nube alrededor de ella.
Pero pronto se calma, tranquilamente voltea la cabeza hacia atrás, hacia mí, abre su boca y me besa.
“Tardaste mucho tiempo en hacerlo” susurra. “¿Por qué son tan sonsos los hombres?”
“Pero es que nunca antes había pensado en pájaros”, contesto yo.

 

 

sten jacobsen 350Sobre Sten Jacobsen
Dinamarca. Licenciado en ciencias políticas e historia. Trabajó como lector de instituto desde 1978 hasta 2015. Ha publicado 4 libros sobre historia de mentalidades fundados en material genealógico. Debutó literariamente en 1999 en la Radio de Dinamarca con el cuento “Skrænten” ("La cuesta"). Ganó el concurso de cuentos en la revista danesa Reception en 2004 con el cuento “No-cuento con protagonistas ausentes”.
En octubre de 2015 fundó con Viveca Tallgren la editorial Mikroforlaget Apuleius’ Æsel (La micro editorial El asno de Apuleyo > El asno de oro) con la intención de abrir paso a la literatura seria que no sigue las principales corrientes de la época.

 

 

 

 

 

Der var engang, hvor jeg aldrig tænkte på fugle.

 

Flyttevognen, husker jeg, holdt skråt foran døren, og de tre flyttemænd i grønne kedeldragter gav sig til at slæbe møbler ind.
Vores nye beboer stod med en lille potteplante i hånden. Jeg var på vej ud, og i samme øjeblik, hun så mig, tog hun et par sidelæns trin, gik baglæns hen imod døren, hvorefter hun udstødte et lille skrig og forsvandt løbende ind i opgangen. I det samme lød der et smæld. En af flyttemændene havde smækket døren til førersædet i, og han pegede med sin grimme finger op mod tagrenderne.
"Se duerne," råbte han.
Og så stod alle flyttemændene og lo.

Der gik en rum tid. Og jeg tænkte egentlig ikke på vores nye beboer i stuen til venstre. Måske lurede der en lille undren over, at jeg aldrig stødte på hende. Men så en dag kom hun gående lige imod mig på fortovet.
“Der har vi sørme vores nye nabo med potteplanten,” tænkte jeg og smilede. Jeg så for mig de røde blomster, som altid står og lyser så stærkt i vindueskarmen.
Men så, lige før vi ville mødes, foretog hun et brat sving og trådte ud på gaden, som hun krydsede uden at se sig til siden.
En bil måtte bremse hårdt, og to andre med. Nogle cyklister gav sig til at bande højlydt.
I dagene efter så jeg hende hele tiden for mig. "Hvad kunne der ikke være sket?" spurgte jeg mig selv. Jeg spekulerede på, om jeg sådan uden videre skulle gå ind til hende og sige, at hun skulle passe på. “Der er faktisk stadig mennesker, som bekymrer sig!” ville jeg have sagt.
Men jeg gjorde det ikke.
Hendes vinduer var altid hermetisk tillukkede.

blind.trappe 350Tiden gik, og hun var ved at forsvinde ud af mine tanker, da jeg så hende igen.
Jeg havde lige låst mig ind i opgangen, da hun stod foran mig og hængte sit nye navneskilt op.
"Hej," sagde jeg.
Hun foretog et spjæt, og med et halvkvalt udbrud trådte hun ind og smækkede døren i efter sig. Og som om det ikke var nok, dagen efter mødte jeg hende igen. Jeg var ved at lukke mig ud af hovedtrappens dør. Hun havde ikke set mig, men da jeg pludselig stod og holdt døren for hende, og hun så op, gik der ligesom en trækning hen over hendes smukke ansigt, og hun løb hastigt forbi mig, mens hun så ned.
"Hej," sagde jeg, men hun svarede ikke.

Efterhånden hobede indicierne sig op, og et mønster tegnede sig. Når jeg så hende komme imod mig på fortovet, var hun pludselig væk. Ved siden af, hvor vi bor, ligger der en stor, grå sportshal. En dag så jeg hende på lang afstand. Lynhurtigt beregnede jeg, at vi ville passere hinanden lige uden for sportshallen. Men inden det nåede så vidt, var hun drejet af. Og så bar hun endda på et stort indkøbsnet! Glemte jeg at sige, at hun er en lille spinkel kvinde?
Et andet eksempel: I gården har vi en terrasse med borde og stole. En solskinsdag havde hun sat sig derned. Jeg fulgte efter. Ikke så snart var jeg drejet om hjørnet, før jeg så ryggen af hende og døren, der smækkede i.
Det var i øvrigt ved samme lejlighed, at jeg bemærkede fuglene. Der var rigtig mange af dem. De havde samlet sig i store urolige flokke, som kredsede oppe over husets tag.

Omsider var jeg blevet klar over det med fuglene. Nogle af mine medbeboere havde i øvrigt også antydet et og andet. Jeg begyndte at belure hende fra mit vindue. Når hun sad nede på terrassen og slikkede solskin eller fejede og vandede blomster, kunne hun pludselig få dette jagede udtryk i sit kønne ansigt , og kort efter var hun forsvundet. Ved de lejligheder var der altid fugle. Men når der var hunde i nærheden, var det ikke sådan. En enkelt gang kom hun selv til at formulere sig. Hun sad dernede på den hvide plasticstol og læste, da en due var på vej hen imod hende. Først opdagede hun den ikke. Men med ét sænkede hun bogen og kom i det samme til at se, hvad det var, der gik og pikkede rundt om hendes fødder.
Hun rejste sig med et sæt, stolen væltede bagover, og hun veg baglæns.
"Væk med dig, dumme fugl! Væk med dig! Kan du så forsvinde!" råbte hun.
Og kort efter var hun flygtet ind i sin lejlighed.

Snart var vinduet ikke nok for mig, og jeg måtte fortsætte beluringen fra et træ, der stod lige uden for hendes vindue. Fra de duvende grene, havde jeg den fineste udsigt ind i hendes stuer. Men der var intet at se. Enkelte gange blev en dør åbnet for hastigt at blive lukket igen. Ellers var der kun mørke og stilhed. Og når jeg satte mig i det lille fyrretræ på den anden side af huset var det det samme. Hastigt åbnede og lukkede døre var det eneste liv, der kunne spores i hendes lille lejlighed.
I de dage var der fugle. Råger skreg, solsorte fløjtede, spurve kvidrede, og en enkelt skade blandede sig i koret. Den bølgende støj var så altgennemtrængende, at der snart måtte ske noget. Og som ved et hemmeligt tegn begyndte vi alle at pikke på hendes vinduer.
Hun reagerede slet ikke.

Det var dagen efter, at jeg fik polititilholdet. Jeg måtte ikke under nogen omstændigheder fra gårdens træer, eller fra andre steder i øvrigt, belure kvinden i stuen til venstre. Ej heller måtte jeg give mig af med at pikke på hendes ruder.
"Fugle må ikke pikke på lejernes ruder!"
Sådan var beskeden.
Verden blev med ét så trist, og fugleflokkene, der havde sat sig i træerne og på tagrygningen med hovederne under deres vinger, forholdt sig tavse.
Men efter nogen tid kom uroen igen: De første lyde af baskende vinger lod sig høre, og snart fyldtes luften af frydefulde skrig og vingesus.

Grenen, jeg sidder på, gynger op og ned, og nu står hendes vindue på vid gab.
Fuglene er i uro, og skrigene fylder luften.
Hvad kan jeg andet?
Et enkelt hop og et par vingebask, og jeg sidder i hendes vindueskarm.
Og dér ser jeg hendes glinsende brune fjer på ryggen af den store røde lænestol.
Med ét er jeg over hende, et bid i nakken, og hun er leveret.
Hun giver sig godt nok lidt, basker med de små vinger, og fjerene står i en sky omkring hende.
Men snart bliver hun rolig, og hun drejer lige så stille sit hoved bagover og om imod mig og åbner sin mund og kysser mig.
“Det var du længe om,” hvisker hun. “Hvorfor er I mænd så tungnemme?”
“Jamen, jeg har aldrig før tænkt på fugle,” svarer jeg.

 

sten jacobsen 350Om Sten Jacobsen
Cand.mag. i samfundsfag og historie. Ansat som lektor på Vordingborg Gymnasium og HF 1978-2015. Har udgivet 4 mikro- og mentalitetshistoriske bøger, baseret på lokal- og slægtshistorisk materiale. Debuterede litterært i 1999 i Danmarks Radio med novellen ”Skrænten”. Vandt novellekonkurrencen i tidsskriftet Reception i 2004 med novellen ”Ikke-novelle med fraværende hovedpersoner”. Stiftede sammen med Viveca Tallgren i oktober 2015 Mikroforlaget Apuleius’ Æsel med det formål at skabe mere plads til seriøs litteratur, der forholder sig skævt til den herskende tidsånd.

 

 

 

 

"Nunca antes había pensado en pájaros" enviado a Aurora Boreal® por Viveca Tallgren. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Sten Jacobsen, Viveca Tallgren y Tove Harder. Foto Sten Jacobsen © Sten Jacobsen. Der var engang, hvor jeg aldrig tænkte på fugle. ("Antes nunca había pensado en pájaros" ) pertenece al libro de relatos Blind trappe. de Sten Jacobsen. Carátula del libro Blind trappe © cortesía de Mikroforlaget Apuleius Æsel.

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