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Puro Cuento

Alejandros

rodrigo gardella 251Mis primeros amores fueron Alejandros. Tres. Todos amigos de mi hermano. Platónicos. El primero era celestial, el segundo esperaba un tren y el tercero, el tercero era un capullo que le bastaba sonreír para sacarte lo que quisiera.

En días como hoy desearía refugiarme en ese pasado inocente. Cerrar los ojos, detener el tiempo y volverlos a abrir sin arrepentimientos. Por momentos creo que es posible desandar los errores, que estoy a punto de lograrlo, pero siempre hay algo que me devuelve a la realidad. Un trueno, ese pájaro, el rencor.

−No le voy a andar con mentiras m’hijita. Su hermano no se fue a ningún lado ni la está cuidando desde el cielo. Su hermano se murió y no va a volver. Y aunque le parezca duro lo que le estoy diciendo, con el tiempo comprenderá que es lo mejor. La única forma de mantener presente a un muerto es a través del recuerdo. Elija uno, el mejor que tenga. Ya sé que usted es muy jovencita para tener recuerdos, pero elija la imagen más bonita de su hermano y guárdela aquí, en la cabeza. En el corazón no, porque es traicionero. Y no permita que el tiempo se la arrebate.
Ya sé que el abuelo intentaba ayudarme, pero me dejó sin esperanza.

Para contactar al primer Alejandro tuve que forzar una casualidad y simulando interés por un departamento, me aparecí en su inmobiliaria. Al principio no me reconoció y a mí me costó encontrar rastros de su rubia cabellera. Hechos los saludos de rigor y dichas las mentiras de cortesía, se puso a sacar cuentas. Yo lo dejé pensar tranquilo pero sabía que habían pasado exactamente veintitrés años y treinta y cinco días desde la última vez. Repasamos algunas anécdotas divertidas de mi hermano y ya no tuvimos tema de conversación. Se hizo un silencio incómodo. ¡Contame algo de tu vida!, le pedí. Estaba casado y tenía dos hijas. Había cumplido con la sociedad me dijo sonriendo, aparentemente satisfecho. ¿Y la geología?, pregunté. No pudo ser, respondió, alguien tenía que hacerse cargo de la inmobiliaria de mi suegro. Pero me imagino que habrás seguido con las guías turísticas, insistí, y le recordé la vez que me había dejado acompañarlo como su ayudante en aquella excursión con la familia inglesa. Aún conservaba una foto de ese viaje, le confensé. Alejandro, con una remera blanca y vaqueros, mirando a la niña inglesa que sostenía un conejo entre los brazos, los padres de la niña atentos a la cámara y yo, desde el otro lado, observando a Alejandro. Si habré llorado delante de esa foto. ¡Qué tiempos aquellos!, dijo y su sonrisa se transformó en un gesto amargo. Ya ni me acordaba de eso, agregó.

historias duda 355El segundo Alejandro era el único de los tres que mantenía un contacto esporádico con mi familia. Para verlo inventé que estaba organizando una misa en memoria de mi hermano. Nos reunimos en su casa, un piso oscuro con olor a encierro. No estoy segura si le sorprendió o le alegró volver a verme después de tanto tiempo porque su rostro no expresaba ninguna emoción. Estaba aletargado. El pelo gris lo apagaba aún más. Me conmovió la tristeza que lo rodeaba y le pregunté por qué había elegido quedarse solo. Él me miró con una expresión perdida y se encogió de hombros. Uno no elige la soledad, es al revés, dijo. Además, a las mujeres no les gustan las computadoras. La habitación casi no tenía muebles, pero había varias computadoras viejas y cientos de cedés desparramados por el suelo. La soledad es buena para los jóvenes, continuó, lástima que ellos son demasiado jóvenes para comprenderlo y se avergüenzan de ella. En cambio, para un viejo como yo, la soledad se transforma en una trampa. Intenté animarlo diciéndole que no era tan viejo, aunque de verdad aparentaba más edad de la que tenía. De repente sentí un deseo enorme de abrazarlo, de volver a entrometerme en sus conversaciones de adolescentes para enseñarle a Pepona, mi muñeca. Mi hermano se enfurecía cada vez que lo hacía. No trates así a la peque, decía Alejandro y me regalaba un poco de atención, suficiente para llenar mis fantasías. Su presencia me hacía sentir protegida. Me parecía una injusticia que mi hermano no quisiera compartir esa amistad conmigo. ¿Qué es un amor platónico?, me interrumpió. Pensé que se trataba de una broma pero su rostro no amagó una sonrisa. Es un amor ideal, que por algún motivo no puede concretarse, respondí. Entonces no es más que una circunstancia, dijo y con su mano acarició suavemente mi mejilla.

Al tercer Alejandro lo busqué por internet y lo esperé a la salida del trabajo. No fue necesario inventar una excusa ni mencionar a mi hermano. No dejó de mirarme las tetas desde que nos saludamos. Fuimos a tomar un café y, después de sentarnos en una mesa apartada, me entregó su tarjeta de visita, como si fuéramos dos desconocidos. Me quedé observándola por educación y porque el gesto me descolocó. El escudo del Poder Judicial estaba impreso en relieve. ¿Es difícil llegar a juez?, pregunté. No tanto si estás en el lugar apropiado, en el momento justo y con la gente adecuada, dijo con soberbia, como si estuviera cansado de responder la misma pregunta a cada rato. A este café vienen muchos funcionarios de tribunales y abogados. Hay que cuidar ciertos detalles si uno quiere mantener la imparcialidad, aclaró. Tuve la impresión de que la imparcialidad era lo que menos le importaba, pero me quedé callada y dejé que siguiera comentando sus virtudes. Fue un error. Había subestimado su ego. Afortudamente su ofrecimiento me permitió quebrar el monólogo. Le dije que no necesitaba sus servicios, pero que de todas formas se lo agradecía, siempre era bueno tener un amigo juez. Los dos sonreímos. Había algo que quería saber, inventé. El motivo de la pelea con mi hermano. Alejandro se puso serio y me miró por primera vez a los ojos. Aprendí una cosa en la vida y hasta ahora me sirvió siempre: Si algo es irreversible, mejor olvidarlo. No puedo asegurar que lo haya puesto nervioso, pero sí que mi pregunta lo incomodó porque cambió de tema sin darme lugar a réplica. ¿Cómo te trató la vida?, preguntó recuperando su tono arrogante. No me interesaba escarbar en el pasado ni conocer el motivo que los había distanciado poco antes de la muerte de mi hermano, ya no. Además era muy probable que Alejandro dijera la verdad y no lo recordara. No me podía quejar, contesté, soy una mujer exitosa y he conseguido todo lo que me propuse. Hice una pausa para beber café. Estaba frío. Alejandro sonrió y se acomodó en la silla. Pero ya era tiempo de volver por aquello que quedaba pendiente, agregué, también con un sonrisa.

 

 

rodrigo gardella 350Rodrigo Gardella
Argentina,1973. Se graduó como abogado en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y completó su formación académica con estudios de postgrado en las Universidades de Santiago de Compostela (España) y J. W. Goethe de Frankfurt (Alemania). Desde 2004 vive y trabaja en Alemania. Fue uno de los miembros fundadores de "Dámaso y los demás", grupo de trabajo que funcionó entre 2009-2013 con el objetivo de estimular la interacción y creación literaria en español. Ha participado en numerosas lecturas, entre otras en la Feria del libro de Frankfurt 2010 y en varias ediciones de la Semana Latinoamericana (Universidad de Frankfurt - Campus Westend). Libros publicados: “No te va a doler / Es tut gar nicht weh” (2011, Stuttgart), antología bilingüe de relatos (español-alemán), e "Historias sobre una duda constante" (2014, Madrid), también relatos. En 2016 dirigió el cortometraje “Despertar”, basado en uno de sus cuentos.

 

"Alejandros" enviado a Aurora Boreal® por Rodrigo Gardella. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Rodrigo Gardella. Foto Rodrigo Gardella © Gina Engelmann. Carátula Historias sobre una duda constante © cortesía Rodrigo Gardella.

Los amigos invisibles - próxima publicación

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