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Puro Cuento

El entierro

viveca tallgren 251"El entierro", relato con el cual realizó su debut literario la escritora Viveca Tallgren en la Danmarks Radio en 1985.
El relato fue leído por un actor y años más tarde traducido al castellano por Anne Klint.

 

 

En la entrada de la iglesia estaba el sacristán vestido de frac. Me pidió la tarjeta de invitación. Le miré con extrañeza.

- Por favor, su nombre y apellido, reiteró fríamente.

- Pero soy la hija de la señora Carrington...

- Por favor, su nombre, reiteró sin inmutarse. Sentí un escalofrío. Le di mi nombre. Sacó un plano del interior de la iglesia y puso una cruz en él.

- Puede Usted sentarse en la parte posterior a la izquierda.

- Pero no me permite...

- En la parte posterior de la iglesia a la izquierda, repitió inclinándose.

Encima del ataúd de mamá habían depositado un sin fin de ramos de flores, cuya fragancia se entremezclaba con el tufo de perfume pesado y penetrante. Cerca del altar estaba tía Inés sentada luciendo un sombrero nuevo y disfrutando las flores. Sus labios dibujaban la sonrisita habitual en ocasiones ceremoniosas, imperceptible para los ajenos. Fui a saludarla.

Cuando se percató de mí, cambió bruscamente y la sonrisa desapareció.

- Ponte esto por lo menos, murmuró haciendo esfuerzos para conservar la postura y guardar la serenidad.

Le dí la espalda rápidamente sin coger el pañuelo de gasa y tenía ganas de salir corriendo de la iglesia, pero las miradas tan graves de los invitados me pararon. En la fila delantera estaban sentados todos los colegas de mamá, catedráticos, doctores y demás personajes cuyo título les ponía muy por encima del vulgo común y corriente. Detrás de ellos estaban sentados familiares y muchos conocidos que me hacían pensar en el olor a cera para pisos, artículos de limpieza, aspiradores de polvo, preguntas de cortesía, voces tensas y frases vacías. De repente todos ellos me parecían tan ordinarios, casi normales. Me saludaban inclinando la cabeza ligeramente pero sin perder la expresión grave.

De mi asiento en la parte posterior de la iglesia distinguía a la tía Inés que seguía con su sonrisita habitual. Oía su voz amonestadora. “¿Qué vas a ponerte para el entierro?... No olvides recogerte el pelo en un moño... por tu mamá.”

La ropa estaba todavía en el suelo. Vestidos, faldas y blusas en diferentes colores. Pero la voluntad de tía Inés era más fuerte que el acero. Y de repente aparecieron las dos detrás de mí en el espejo, mamá y la tía Inés, inexorables e imponentes como dos inquisidores. Me eché en la cama y hundí la cara en la almohada. Cuando alcé la cabeza habían desaparecido. Sólo estaba la almohada, como un sudario de Verónica.

Apreté los dientes y solté mi pelo, me puse un vestido rojo escarlata con cintura ceñida, medias negras, zapatos con tacón alto y una chaqueta negra. Por último me pinté los labios de un rojo oscuro y partí para la iglesia.

Ahí yacía con todas las palabras que se habían atiesado en sus labios. El nudo en la garganta crecía mientras estaba mirando el ataúd. Las lágrimas mojaban su cara que ahora estaba llena de vida. Las facciones se resplandecieron y la sonrisa se volvió cariñosa, como en aquel entonces cuando cogiamos setas en el bosque. Ella llevaba botas de goma para proteger las piernas contra las serpientes.

La música del órgano cambió de repente a un tono alto y zumbón, que marcó el comienzo de la ceremonia. Mi corazón empezó a latir fuertemente cuando el pastor venía andando por el pasillo central en su manto largo negro con el cuello blanco. Tenía una expresión muy severa que me recordó mis ideas de Dios. Los invitados se pusieron de pie. Pero de repente me pareció que mi corazón había dejado de latir, y podía oír que a todos los demás les pasaba lo mismo. Como una aparición, MAMÁ en persona venía andando unos cinco metros detrás del pastor. Llevaba un vestido negro de seda con mangas de espolín dorado y lucía un sombrerito de cajetilla de píldora tipo Jaqueline Kennedy con un velo transparente delante de la cara. Detrás del velo vislumbré su cara. Estaba muy seria, casi ceremonial, como siempre en actos solemnes. Parecía una estatua andante cuando cruzaba a toda vela el piso de la iglesia al compás de la música siniestra del órgano. Con pasos lentos se acercó al altar y se puso al lado del ataúd. Hizo una pequeña reverencia al público como señal a que podían sentarse, y luego se sentó en el asiento vacío al lado de tía Inés.

El órgano dejó de sonar y el pastor se acercó al altar diciendo: ”Oremos todos. Dios todopoderoso, padre nuestro. Oremos por la difunta. Por tu querido Jesucristo para que le dés eterna alegría y descanso. Que la luz eterna ilumine su camino. Sé misericordioso con ella y dale una vida eterna....”. Después de la oración el pastor subió al púlpito. Todos los invitados escuchaban seriamente el largo discurso del pastor que relataba las investigaciones prodigiosas de mamá sobre las deformaciones en los huesos de los pies si éstos habían quedado sometidos al apretujón de zapatos demasiado pequeños durante un período demasiado prolongado. Tía Inés seguía con su sonrisita imperceptible a los ajenos. Mamá enderezó la espalda orgullosamente cuando el pastor comentó sus resultados extraordinarios. Solamente uno de los invitados, el catedrático Sr. D. Johannes von Lichtenstein, quedó postrado por un ataque de asma en medio del discurso. Su tos silbante seguiría durante el resto de la ceremonia.

Como de costumbre el pastor terminó la ceremonia echando arena en el ataúd mientras mamá seguía el ritual con la espalda derecha como una tabla de planchar. Después los invitados subieron al ataúd para despedirse de la difunta. Con una inclinación de la cabeza mamá hizo una señal a cada uno para que pudiera volver a su asiento. Yo fui la última. Con las piernas temblando subí al ataúd, pero no me atreví a mirar ni a mamá ni al pastor ni a la tía Inés. Me quedé allí sólo un momento, eché una mirada al ataúd y me apresuré a mi asiento.

El pastor dio una señal a que los invitados se levantasen, y luego él y mamá salieron lentamente de la iglesia.

Cuando todos los invitados habían salido, me acerqué al ataúd. Removí cuidadosamente los ramos de flores y abrí la tapa. Estaba vacío. Tenía frío. cuando alcé la mirada vi el Cristo crucificado en el altar y observé que él de repente parecía aún más dolorido. Moisés me contemplaba severamente desde uno de los cuadros en la pared. Los apóstoles empezaron a reírse de un modo malévolo y triunfante. Todos llevaban cuernos en la frente. Me apresuré para salir pero fui parada por una voz chillona que conocía demasiado bien. En el vestíbulo pequeño cerca de la salida estaba mamá rodeada del pastor y cinco sacristanes. Parecía estresada. No me vio y eso que estaba casi a su lado.

- ¿Puedo ayudarle en algo? me preguntó uno de los sacristanes.

- Yo... yo solamente quería hablar con mi....

- ¡Pero niña de mi alma, eres tú!

Su rostro se cubrió de una expresión dura al ver mi atavío pero no lo comentó. Si aquello era el deber de tía Inés. Me cogió del brazo y nos fuimos a un rincón apartado.

- ¡Qué vergüenza! murmuró. – ¡Se han equivocado de fecha! Estaba en medio de unas investigaciones cuando supe que tenía que venir por aquí. No hubieran podido escoger un momento más inoportuno. Pero ahora tengo mucha prisa. Podríamos hablarnos mañana... pero no me llames hasta por la noche ya que tengo que trabajar todo el día. Ve con tía Inés, querida. Ella quiere hablar contigo, dijo antes de salir.

Me apresuré a salir para que no viera mis lágrimas. El brillo del sol me cegó. Todos los invitados se habían marchado. También tía Inés. Todo estaba quieto. Lo único que se oía era el gorjeo de los pájaros y la voz febril de mamá al fondo.

 

viveca tallgren 381Viveca Tallgren
Finlandia. Escritora, traductora y editora. Nace en Helsinki donde vive durante sus primeros 17 años. Reside en Copenhague, Dinamarca desde los años 60. Es licenciada en Filología Hispánica por la Universidad de Copenhague. Tiene un Magister Universitario en literatura hispánica, IVCH, Madrid, 2013. Ha enseñado español en la Universidad de Copenhague, en Copenhagen Business School y en un instituto para adultos. Actualmente se dedica al periodismo, a la escritura de ficción y a la traducción. Investigaciones de la obra de Fernando Arrabal. Libros: Juan José Sebreli y su crítica de los mitos argentinos. Editorial Académica Española, Saarbrücken, Alemania, 2013. El temor al dios Pan (sobre la recepción de Fernando Arrabal en España), Libros del Innombrable, 2005. Libros para la enseñanza de español: Arrabal. Radio de Dinamarca, 1984. El camino de Santiago. Systime, 1995. La vida es un tango. Systime, 2002. Después de Tariq. Aspectos del mundo hispano-árabe. Systime, 2005. Flores de otro mundo. Gyldendal, 2008. Taxi a Coyoacán. Forlaget Sprogbøger, 2011. Biblioburro. Mikroforlaget Apuleius’ Æsel, 2016. Tango for én, relatos de viajes, 2017, Mikroforlaget Apuleius’ Æsel. Periodismo: Desde hace muchos años escribe sobre Dinamarca para periódicos finlandeses. Escribe sobre Copenhague en Viajeros Urbanos, El País.

 

Relato "El entierro" enviado a Aurora Boreal® por Viveca Tallgren. Publicado en Aurora Boreal® con autorizaciñon de Viveca Tallgren. Traducción al castellano de Anne Klint. Fotos de Viveca Tallgren © Lorenzo Hernández.

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