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Puro Cuento

La barra

alejo_080La que me hizo el gordo Reinaldo nunca la voy a olvidar. Todos los viernes nos encontrábamos en la salsoteca Zippo’s Passiony nos instalábamos en la misma esquina de la barra, atentos, simpáticos, resueltos incluso con cuanta hembra se apareciera sola; y como corrían tiempos de liberación, llegaban bastantes. Algunos decían que el sitio no era gran cosa; pero la música, hermano, eso sí era melodía. Ahí no estaba permitida la melosería romanticona que ponen ahora en la radio: nada de merengues ni vallenatos; el reguetón y el hip-hop, a kilómetros. Eso era un santuario. De Richie & Bobby lo que quisieras, lo mismo que de la Fania, Lebrón Brothers, los finaditos Héctor y Celia; en fin, vos sabés. O sea que de lo último que sonaba, muy poco. Excepto Los Van Van y eso no hay que explicarlo: el mérito habla solo.

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En un antiguo buque de carga

gabriel_uribe_003Lo despertó el rolido del buque, como si navegaran en alta mar. Al principio creyó que era un sueño, luego se dio cuenta de que estaba todavía en su camarote, en el barco que había tomado tres días antes y donde, si todo seguía su curso normal, no iban a demorar en venir a llamarlo para el desayuno. No tomaría jugo de naranja esta vez, ya había tomado bastante desde su regreso a estas tierras, lo suficiente para desquitarse de la falta de verdaderos jugos allá en el viejo continente.

 

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Sombrero de copa

esther_andradi_090Inédito
"...rara, como encendida"
para Alejandra Maass

 

Ahí estaba él con su sombrero adornado con frutas rojas -acaso eran frutillas- y rosas también rojas, émulo de Carmen Miranda rondando por las azoteas del vecindario. Se paseaba por los rincones contorneando sombrero y revoleando su cuerpo en rojo. Frambuesas caían en cascada sobre sus hombros, jugo de tomate le dibujaba las ojeras, oh, ese sombrero de rojos rotundos espejándose en la ventana. Se deslizaba sobre una alfombra de geranios que caían languidecientes a sus pies, el rojo era catarata de pulpas y diademas, guirnalda de rosas con espinas jugaban a cubrirle la desnudez -pero apenas- y la línea perfecta de su codo bailaba hacia el cielo. Raso. Rojo de sangre, vino tinto salpicando el techo, corcho en el aire, mermelada de frutilla.

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El gato endemoniado

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Inédito
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Cuando mi gato llegó a casa, en una jaula y adoptado legalmente, tenía aproximadamente dos años de vida. Estaba castrado, vacunado y respondía al nombre de Zorro. Lo recibí en la puerta y, desde el primer instante en que se cruzaron nuestras miradas, tuve la sensación de que me convertiría en el sustituto de sus padres. La casa se inundó de una súbita alegría y él se sintió aceptado con júbilo, pues ni bien salió de la jaula, como un forastero en territorio desconocido, se me acercó poquito a poco, con una actitud sumisa, la cola levantada y la columna arqueada. Me puse en cuclillas, alargué la mano sobre su cabecita, le hablé con dulzura y le alisé el pelaje a tiempo de acariciarle. Él emitió un ruido de aprobación y me dirigió una mirada tierna, como si quisiera decirme algo, y yo le devolví la mirada con una sonrisa que me estalló en el rostro.


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Aquí no te necesitamos

luis_pulido_010Inédito

Todos son hoy día profesores universitarios. Cuando Alberto los conoció eran todavía recién graduados universitarios, unos haciendo sus doctorados, y otros ya lo habían justo terminado. Al mismo tiempo, eran docentes en el departamento de letras, de aquella Universidad que había sido recién inaugurada un poco tiempo después de la caída del muro de Berlín, del fin de la guerra fría y de la reunificación alemana. Él daba clases en ese departamento, había publicado artículos y libros, tenía realizado su doctorado y vivía legalmente en el país.
"¿Eso te dijeron aquella vez?", dijo Charles, un trotamundos haitiano, que vivía en París y estaba en Berlín con una beca para artistas. "En Francia si te lo dicen, no te lo dicen así, tan directamente".

 

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Los amigos invisibles - próxima publicación

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