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Puro Cuento

Artes y oficios

sacerdote_001Es fin de curso. Salimos apresurados del Instituto de Readaptación para Extranjeros. Me esperan Javi y Sabu, hijos de inmigrantes paquistaníes.
Los noto en plan de juerga. Javi me dice con un tono profesoral:
-Te voy a enseñar dos frases fundamentales para sobrevivir en la cultura canadiense. Si alguien o algo te enfada, debes decir con el ceño fruncido: "that is wonderful".
-Dat is guanderful -repito.
-Excelente -dice.
Javi me da unas palmaditas de apoyo en el hombro.
-La segunda frase la empleas si quieres decir algo positivo a alguien que es amable contigo, y es: "son of a bitch".
-Sonofabich -repito y trato de memorizar las dos expresiones clave.

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Durofrío

emilio_mozo_001Cada verano la misma vaina. Dormir en el sofá de madera y mimbre sin colchón, observar el vaivén de los enormes senos de la tía Carmelina, y de vez en cuando, jugar en el alcantarillado con los niños del vecindario cuando ella me lo permitía. Papá siempre me acompañaba cabizbajo a la estación de ferrocarril para tomar el tren que me llevaría a Minas-Pueblo Nuevo. Nada era nuevo, solo calles de tierra y casas con portales de madera para que la gente no se enlodara durante la temporada de lluvia. Papá me arrastraba con la mano colocada sobre mi cuello evitando los vendedores ambulantes que proponían empanadas de carne y pirulís, hasta que llegábamos al vagón de segunda que me llevaría a pasar el verano con la tía Carmelina. Papá nunca se despedía, me colocaba enfrente del vagón y desaparecía.
El viaje a Minas lo definía mamá como tiempo de vacaciones.
-Es para que engordes y tomes mucho sol.
Mi interpretación era diferente, que los tiempos eran precarios y que una boca menos en casa era mejor que una boca más. "Tiempo muerto" es lo que llamaban al desempleo.


La tía Carmelina y el tío Armando eran propietarios de una Bodega; el antiguo salón de la casa transformado en lugar de negocios. No había mucha mercancía para vender, un gran saco de arroz y otro de frijol negro dominaba el reducido espacio. Varios racimos de plátanos verdes colgaban enganchados del techo. Sobre una gran nevera había colocado en fila una serie de botellones de boca ancha repletos de caramelos de diferentes colores. Dos carteles anunciaban ¡Cerveza Polar. Bien fría! Todavía Carmelina no había inventado el durofrío. Carmelina era gorda y alta. Tenia una personalidad fuerte, y sólo se le notaba el lado sensible cuando lloraba, lo cual era frecuente cuando se creía sola en la cocina. La historia de su vida nunca fue ni clara ni transparente. Característico de mi familia, mucho misterio y pocas explicaciones. Claro ejemplo fue cuando mi hermano menor anunció que había descubierto que era el primogénito. Cuando pedí explicaciones ante tal evento me respondieron que no había nada que comentar.

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Memo al amanecer

oscar_osorio_001Líbranos, Señor,
de encontrarnos

años después,

con nuestros grandes amores.

(Cristina Peri Rossi, Oración)

 

1

El chorro de agua fría le erizó la piel. Se aplicó jabón morosamente, deteniéndose en las colinas del pubis, sin placer. Pensaba en Memo. Había advertido en los últimos días que en sus ojos renacía ese brillo de felicidad que tanto la abrumaba y esa mañana, cuando el marido salió sin despedirse, tuvo la seguridad de que no se trataba de presagios vanos. Dejó que el agua corriera por su cuerpo largo rato, hasta que las lágrimas cesaron. Giró el asa del grifo, tomó la toalla y miró en el espejo su desnudez inútil. Cuando se estaba vistiendo, se estremeció como si hubiese sufrido una descarga eléctrica. Tiró la blusa al suelo y se limpió frenéticamente los brazos, sintiendo aún la inmunda pelusilla de las patas en la piel crispada. Le gritó a la empleada que trajera el veneno, mientras seguía excitada la carrera loca del insecto.

 

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Sueño # 324. cub

emilio_mozo_001Inédito

Soñé que me había marchado. El cielo está nublado. Papá ha desaparecido en el aeropuerto. "Seguro que se ha perdido", dijo mamá sin convicción. El único recuerdo que me queda de ella es su adiós ondeando el antiguo pañuelo de encaje heredado de la tía Carmelina.

Anuncian el descenso.

Soy Humberto. Dieciocho años. Destino: Canadá. Sólo hablo español y desconozco la historia del país. Algo había leído sobre un tal Padre Llorente, quien había tratado de evangelizar a los esquimales en otro siglo. Desde entonces quise ser como él, emularlo y propagar la palabra de Cristo.

Me veo pasando por aduana e anmigración; camino por pasillos interminables. Llevo unos carteles de cine bajo la axila y con el otro brazo arrastro la incómoda maleta que tiene una rueda de plástico rota. Desde la pasarela rodante observo en dirección contraria a esa gente tan diferente a la que estoy acostumbrado a ver: dos esquimales sin rostro, enfundados en sus parcas. Los jugadores exageradamente altos de un equipo de básquet se me adelantan apresurados. Un tipo vestido al estilo hip-hop se vuelve y me mira sin demostrar ninguna emoción.

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Última parada

De pequeño tenía un tren de madera; lo hizo el tío Fermín y me lo regaló un día de Reyes. Es lo que mejor recuerdo de mi infancia: aquella locomotora pintada de negro, con sus tres vagones rojos; el tosco y querido tren de madera en el que quería salir de España y llegar a América. Dicen que la vida es un eterno retorno, pero yo creo que es un monótono ir y venir por las mismas estaciones; sólo varían los viajeros que nos acompañan.
La ingenuidad de la infancia había quedado atrás, así que, ya mayor, logré irme al otro continente en el transporte normal que escogen los adultos. Ahora, después de 20 años, regresaba como viajan los turistas.


¿Cómo comenzó este viaje al fondo de mí mismo? Después de un largo trayecto en avión, tomé un tren al anochecer: era incómodo, ruidoso en su traqueteo, y dentro de él se respiraba ese aire de conformidad que tiene la pobreza digna. Durante toda la noche estuve cabeceando entre los esporádicos silbidos y las mortecinas luces de las estaciones que iban apareciendo. Entonces sentí que estaba inmerso en otro tiempo, el que deja de importar, el que no transcurre aunque se avancen kilómetros y el reloj continúe moviendo sus manecillas. De vez en cuando me sobresaltaba ante el estremecedor ruido que hace el paso de otro tren en sentido contrario.
Había pasado de un continente a otro, y ahora un tren me llevaba a mi pueblo, a la única referencia de mi pasado. Hacía más de veinte años que me había marchado; una madrugada me despedí de los tíos que se hicieron cargo de mí cuando mi madre murió de parto y mi padre cogió su rumbo al poco tiempo. Ahora volvía porque la amable carta de un amigo de la infancia me puso al corriente de que mi tía se encontraba muy mal, así que mi intención era verla antes de que muriera, que es lo único que puede hacerse en estos casos, y saber qué pasaría con mi tío, al que no le quedaba ya otro pariente que yo, que ahora regresaba con el enorme cansancio que produce el abrirse paso en espacios ajenos.

 

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Los amigos invisibles - próxima publicación

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