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Puro Cuento

El gato endemoniado

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Inédito
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Cuando mi gato llegó a casa, en una jaula y adoptado legalmente, tenía aproximadamente dos años de vida. Estaba castrado, vacunado y respondía al nombre de Zorro. Lo recibí en la puerta y, desde el primer instante en que se cruzaron nuestras miradas, tuve la sensación de que me convertiría en el sustituto de sus padres. La casa se inundó de una súbita alegría y él se sintió aceptado con júbilo, pues ni bien salió de la jaula, como un forastero en territorio desconocido, se me acercó poquito a poco, con una actitud sumisa, la cola levantada y la columna arqueada. Me puse en cuclillas, alargué la mano sobre su cabecita, le hablé con dulzura y le alisé el pelaje a tiempo de acariciarle. Él emitió un ruido de aprobación y me dirigió una mirada tierna, como si quisiera decirme algo, y yo le devolví la mirada con una sonrisa que me estalló en el rostro.


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Sombrero de copa

esther_andradi_090Inédito
"...rara, como encendida"
para Alejandra Maass

 

Ahí estaba él con su sombrero adornado con frutas rojas -acaso eran frutillas- y rosas también rojas, émulo de Carmen Miranda rondando por las azoteas del vecindario. Se paseaba por los rincones contorneando sombrero y revoleando su cuerpo en rojo. Frambuesas caían en cascada sobre sus hombros, jugo de tomate le dibujaba las ojeras, oh, ese sombrero de rojos rotundos espejándose en la ventana. Se deslizaba sobre una alfombra de geranios que caían languidecientes a sus pies, el rojo era catarata de pulpas y diademas, guirnalda de rosas con espinas jugaban a cubrirle la desnudez -pero apenas- y la línea perfecta de su codo bailaba hacia el cielo. Raso. Rojo de sangre, vino tinto salpicando el techo, corcho en el aire, mermelada de frutilla.

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El ateísmo de los dioses

alexander_prieto_002Los dioses están hechos a imagen y semejanza de quienes los adoran. El dios de los perros, por ejemplo, es un perro fabuloso, más inteligente que todos los perros juntos, e incluso que todos los hombres. Tiene la facultad de estar en millones de lugares a la vez, dentro y fuera de cada perro que existe, y sus ladridos, silencios y jadeos poseen una sabiduría excepcional. El único ser que acaso puede acercársele es la diosa de las pulgas, o por lo menos eso es lo que creen las pulgas. Esta diosa es una pulga extraordinaria, entendida en materias pulgosas, humanas y divinas, y su cuerpo es tan brillante que enceguecería los diminutos ojos de las pulgas que la vieran. No hay hombre, perro o insecticida capaz de matarla. Sus patas fantásticas le permiten dar saltos de planeta en planeta y de galaxia en galaxia para acudir al llamado de los millones de razas de pulgas que habitan el cosmos, ya que, según estiman sus adoratrices, las pulgas son la especie dominante en el universo.

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Aquí no te necesitamos

luis_pulido_010Inédito

Todos son hoy día profesores universitarios. Cuando Alberto los conoció eran todavía recién graduados universitarios, unos haciendo sus doctorados, y otros ya lo habían justo terminado. Al mismo tiempo, eran docentes en el departamento de letras, de aquella Universidad que había sido recién inaugurada un poco tiempo después de la caída del muro de Berlín, del fin de la guerra fría y de la reunificación alemana. Él daba clases en ese departamento, había publicado artículos y libros, tenía realizado su doctorado y vivía legalmente en el país.
"¿Eso te dijeron aquella vez?", dijo Charles, un trotamundos haitiano, que vivía en París y estaba en Berlín con una beca para artistas. "En Francia si te lo dicen, no te lo dicen así, tan directamente".

 

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Aplausos para vos

alejo_080⎯ Para Soranlly ⎯

Inédito


A los veinte minutos de entrar en el estudio ya te habías acostumbrado. Un tipo levantaba ese cartel en que aparecía el letrero "Aplausos" y todos obedecían. Vos hacías lo mismo porque te explicaron, desde el principio, que en eso consistía el asunto: aplaudías y a la salida te pagaban quince euros. Y habías llegado como la mayoría de los que estaban allí; o sea, por la famosa, por la maldita crisis económica. En fin, el caso es que la cita inicial era en la estación de metro Plaza de Castilla. Ya después repartirían la gente de acuerdo con las necesidades de público que tuvieran los diferentes programas; porque se trataba de eso, de salir en televisión. Aclaremos: ni como estrella, ni en calidad de invitado, ni porque te fueran a preguntar nada; faltaría más. Pero por algo se empieza, Filomeno, y vos nunca fuiste un hombre de poca fe.

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Los amigos invisibles - próxima publicación

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