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Martes, Oct 23rd

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Puro Cuento

Los sueños del porvenir

samuel_serrano_002En un principio creo que es la luna colándose por una claraboya. La larga estela de luz atraviesa una especie de galpón enorme y va a estrellarse en una gran sábana blanca colocada en el fondo, en la que mis ojos y los de todos los que me rodean se encuentran fijos. En la improvisada pantalla aparecen las imágenes de una película de cine mudo, en la que los actores usan ropas anticuadas y se mueven a saltos caminando demasiado deprisa. La película está llena de manchas y rayones que cubren las imágenes con un velo de lluvia. La luz es defectuosa y mis débiles ojos tienen que esforzarse a cada cambio de imagen para seguir la secuencia y no perder el hilo del relato. Ahora sé que me encuentro en un teatro del Caribe de los que frecuenté en mi infancia, de esos en los que la ausencia de techo permite circular el aire atenuando el calor y, al mismo tiempo, refrescar los ojos del brillo de la pantalla, mirando cada tanto al cielo en busca de las estrellas que en esa parte del mundo parecen encontrarse al alcance de la mano.

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La barra

alejo_080La que me hizo el gordo Reinaldo nunca la voy a olvidar. Todos los viernes nos encontrábamos en la salsoteca Zippo’s Passiony nos instalábamos en la misma esquina de la barra, atentos, simpáticos, resueltos incluso con cuanta hembra se apareciera sola; y como corrían tiempos de liberación, llegaban bastantes. Algunos decían que el sitio no era gran cosa; pero la música, hermano, eso sí era melodía. Ahí no estaba permitida la melosería romanticona que ponen ahora en la radio: nada de merengues ni vallenatos; el reguetón y el hip-hop, a kilómetros. Eso era un santuario. De Richie & Bobby lo que quisieras, lo mismo que de la Fania, Lebrón Brothers, los finaditos Héctor y Celia; en fin, vos sabés. O sea que de lo último que sonaba, muy poco. Excepto Los Van Van y eso no hay que explicarlo: el mérito habla solo.

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El gato endemoniado

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Inédito
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Cuando mi gato llegó a casa, en una jaula y adoptado legalmente, tenía aproximadamente dos años de vida. Estaba castrado, vacunado y respondía al nombre de Zorro. Lo recibí en la puerta y, desde el primer instante en que se cruzaron nuestras miradas, tuve la sensación de que me convertiría en el sustituto de sus padres. La casa se inundó de una súbita alegría y él se sintió aceptado con júbilo, pues ni bien salió de la jaula, como un forastero en territorio desconocido, se me acercó poquito a poco, con una actitud sumisa, la cola levantada y la columna arqueada. Me puse en cuclillas, alargué la mano sobre su cabecita, le hablé con dulzura y le alisé el pelaje a tiempo de acariciarle. Él emitió un ruido de aprobación y me dirigió una mirada tierna, como si quisiera decirme algo, y yo le devolví la mirada con una sonrisa que me estalló en el rostro.


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En un antiguo buque de carga

gabriel_uribe_003Lo despertó el rolido del buque, como si navegaran en alta mar. Al principio creyó que era un sueño, luego se dio cuenta de que estaba todavía en su camarote, en el barco que había tomado tres días antes y donde, si todo seguía su curso normal, no iban a demorar en venir a llamarlo para el desayuno. No tomaría jugo de naranja esta vez, ya había tomado bastante desde su regreso a estas tierras, lo suficiente para desquitarse de la falta de verdaderos jugos allá en el viejo continente.

 

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Sombrero de copa

esther_andradi_090Inédito
"...rara, como encendida"
para Alejandra Maass

 

Ahí estaba él con su sombrero adornado con frutas rojas -acaso eran frutillas- y rosas también rojas, émulo de Carmen Miranda rondando por las azoteas del vecindario. Se paseaba por los rincones contorneando sombrero y revoleando su cuerpo en rojo. Frambuesas caían en cascada sobre sus hombros, jugo de tomate le dibujaba las ojeras, oh, ese sombrero de rojos rotundos espejándose en la ventana. Se deslizaba sobre una alfombra de geranios que caían languidecientes a sus pies, el rojo era catarata de pulpas y diademas, guirnalda de rosas con espinas jugaban a cubrirle la desnudez -pero apenas- y la línea perfecta de su codo bailaba hacia el cielo. Raso. Rojo de sangre, vino tinto salpicando el techo, corcho en el aire, mermelada de frutilla.

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Los amigos invisibles - próxima publicación

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