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Puro Cuento

Nunca antes había pensado en pájaros

sten jacobsen 250Traducido al español por Tove Harder

 

 

El camión de mudanzas se paró, según recuerdo, junto a la puerta de entrada, y tres hombres en monos verdes empezaron a bajar los muebles y a meterlos.
La nueva vecina estaba allí parada con una pequeña maceta con una planta en la mano. Yo iba saliendo, y al momento de verme ella dio un par de pasos a un lado, retrocedió hacia la puerta, emitió un pequeño grito, echó a correr, y desapareció dentro del inmueble. Al mismo tiempo se oyó un golpe metálico. El chofer del mudanzas había azotado su puerta y señalaba con su dedo feo el canalón al borde del techo.
“Miren las palomas” gritó.
Y él y sus compañeros soltaron una carcajada.

Pasó un buen tiempo. Yo ya no estaba pensando en la nueva vecina de la planta baja a la izquierda, o casi no. Sólo que quizás me extrañaba un poco que nunca se dejaba ver. Pero luego un buen día apareció caminando por la banqueta hacia mí.
“¡Vaya, allí está la nueva vecina de la plantita!” pensé, y sonreí al acordarme de las flores rojas, que siempre resplandecen en su ventana.
Pero entonces, justo antes de cruzarnos en la acera, ella dio un giro brusco hacia la calle, y la cruzó sin mirar a ningún lado.
Un coche tuvo que frenar de golpe, otros dos también. Unos ciclistas se pusieron a soltar improperios a todo pulmón.
Durante los días que siguieron veía su imagen dondequiera que fuera mientras pensaba en todo lo que hubiera podido ocurrir.
Me preguntaba si debía tocar a su puerta así nomás, para decirle que debería de tener más cuidado. “Todavía hay personas que se preocupan” le diría.
Pero no lo hice.
Sus ventanas permanecían herméticamente cerradas.

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Gastón el bibliófago

vivian jiménez 250Sería injusto decir que Gastón es un bibliófago. Si consideramos que así les llaman a los insectos que se alimentan de papel, que reducen a trizas los libros, sin importar la calidad ni antigüedad, Gastón no lo es.
En uno de sus textos Claudio Magris cuenta que un hombre, durante la guerra civil española, huyendo de la violencia y las amenazas, se escondió durante meses entre los libros abandonados de la muy dañada Biblioteca de Madrid. Magris imaginaba a aquel hombre saliendo en las noches, arriesgándose para buscar comida y luego regresar veloz a los anaqueles más seguros. Quizá usaba algún libro como plato y arrancaba las hojas de otro para envolver los restos que desprendieran olores comprometedores, aunque los alimentos podridos en la guerra, jamás superan el olor de la sangre.
Me lo imaginé protegiéndose entre paredes enciclopédicas, haciendo almohadas de sinónimos y antónimos para intentar equilibrar su incertidumbre. Los libros salvaban a ese hombre en riesgo, a un solo hombre que Magris no pudo olvidar y llamó bibliófago. Más o menos así me supuse a Gastón.
La primera noche de visita en Miami, llegó a buscarme mi gran amiga. Después de un abrazo prolongado como la cantidad de años que estuvimos sin vernos, no supimos qué decir, qué proponer ni qué preguntar. El abrazo se lo había llevado todo. Finalmente, nos rescató el timbre de su teléfono, y aunque no lo atendió, la encaminó a una propuesta, visitar la Cinemateca. Ante situaciones que no sabíamos controlar, mi amiga siempre fue así, tomaba la iniciativa lanzando lo primero que se le ocurría.

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M

carlos villacorta 250M is for…

 

 

 

Abrió el compartimiento del lado derecho de su escritorio donde solía guardar la botella de Scotch y un vaso. La base redonda, curvo en sus lados para poder ser sujetado mejor con los dedos y girarlo a su antojo. Colocó primero una esfera de hielo, perfecta, donde podría reflejar la habitación como si mirara por la ventana en un día de invierno. Vertió el alcohol mientras la esfera de hielo giraba sobre su cóncava base. Dejó que, lentamente, el hielo fuera enfriando el líquido antes de llevárselo a los labios y sorber sin ningún apuro mientras esperaba al siguiente candidato.
Sobre el escritorio, yacía su dossier junto al de otros cientos de solicitudes para el puesto que lo observaban impávidas. ¿Sabrían acaso estas personas de lo que se trataba? ¿Estarían preparados para cubrir tamaña vacante? Lo dudaba. Miró algunos curriculums al azar. Nombres: Arthur Belain, Richard Pietri, Benjamin Alster. Misiones: Seguridad del Estado, asignado en Moscú, Fuerzas Especiales en Iraq, Operación Kim Duk en Corea del Norte, un largo etc. Ninguno lo sorprendía demasiado, quizás porque el mundo tampoco le sorprendía demasiado. A eso se había reducido su vida: sentarse detrás del escritorio de bambú a leer los correos electrónicos que le llegaban desde la oficina del gobierno, lidiar con la burocracia civil que no sabía diferenciar un turco de un árabe, de un marroquí, de un chino, de un japonés, de un norcoreano. ¡Maldición! —¿pensó. Él también se estaba convirtiendo en una reliquia de la Guerra Fría.

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Mar afuera

gunter silva 250Una vez que se entra en el mar se entra en la cadena alimenticia. El hombre de la televisión dice además que las posibilidades de ser atacado por un tiburón son de uno en tres punto ocho millones. Si estás a punto de ser atacado por un tiburón, debes darle un golpe en la nariz o en el ojo. El ojo es mejor, pero esto no lo dice el hombre de la televisión, eso lo dice Homero Simpson, en el programa de las seis de la tarde.
Si se perfora el ojo, el terrible escualo se lastima y se va. Si le das un puñete en la nariz, puede atontarlo, aunque sólo por un breve momento. ¿Has probado dar puñetes en el agua? Créeme, es difícil. Yo daba puñetazos en la piscina cuando papá vivía y me llevaba a nadar al club para niños. En cualquier caso, eso es lo que se supone que debes hacer cuando estás a punto de ser atacado por un tiburón. Por eso, cuando Estuardo vino a quitarme la lonchera, lancé mi puño con fuerza en su rostro gordo y malvado.
Estuardo es un tiburón. Es grande, rápido y glotón, suele quitarnos las loncheras a la hora del recreo. Su rostro se compone sobre todo de nariz y dientes. ¿Alguna vez has notado cómo los tiburones siempre parecen estar sonriendo? Estuardo sonríe mucho, sonríe porque siempre consigue lo que quiere. Camina con otros dos niños de su grado, ellos gobiernan el patio de recreo, dan vueltas esperando el momento adecuado para atacar. Su piel es blanca y grisácea, pensé que sería dura y fría al tacto, pero la sentí suave y cálida cuando golpeé su nariz. Nunca había dado un puñetazo a nadie, pero eso es lo que se hace cuando estás luchando contra un tiburón.

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¿Cuándo llegan los jíbaros?

richard parra 250Entre víboras y nubarrones de bichos, se internan en el monte, macheteando la maleza. Su misión: apostarse en el extremo oriental del fuerte Yaupi.
El Coronel les dijo:
—Si un mono cruza la frontera, yo mismo los degüello a los tres por cagones.
Ahora la bruma y el bochorno se retiran y Oropesa destapa una cantimplora de aguardiente con carambola.
—¿Cabo Oropesa, y quién ganará la guerra? —pregunta Melesio—. ¿Los nazis o los ingleses?
—Los ingleses no aguantarán. Imagínate: los franchutes cayeron teniendo más poderío bélico.
—¿Y los rusos? —pregunta Amílcar.
—Esos comunistas se jodieron —dice Oropesa—. Hitler se lo tragará vivo a Stalin. Ya verán. Si se chifó a Francia enterita, si puso las patotas en París, imagínense qué hará con Moscú. Dicen que las rusas son bien ricas, van a cachar como gallos.
—¿Cómo un solo país le va a ganar a medio mundo? —pregunta Melesio—. No estarán exagerando. Eso no me lo creo, mi cabo.
—Alemania tiene el mejor ejército, inteligencia y propaganda del mundo —dice Oropesa—. Son los mejores vestidos además. Yo no soy mezquino, Melesio, ni mala leche como creo eres tú, que siempre metes raje.
—¿Y le conviene a Perú que ganen los nazis?
—Ya te dije: los peruanos son unos cojudos pisados por los americanos. Prado hace lo que Roosevelt diga. Pero en el ejército las cosas son distintas. Hay oficiales que para afuera dicen que son pro-americanos, aunque por dentro les guste Hitler.
—Sin embargo —continúa Oropesa—, en lugar de andar quejándose tanto de Alemania, por aquello de las olimpiadas, los peruanos debieran aliarse con ella. Necesitamos esa disciplina mezclada con nuestra pendejada.
—¿Y de verdad que en Lima hay nazis, mi cabo? —pregunta Melesio.
—Los vi en el periódico, cachorro. Gente blanquiñosa. También criollazos. ¿Pero indios o cholos? No creo, Melesio. Esos solo llegan hasta sacristanes como tú.

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Los amigos invisibles - próxima publicación

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