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Puro Cuento

Postal de selva

fauna 03Luego de revisar los apuntes para su clase del día siguiente, Peter, se llevó los tapones a los oídos. Era un hábito que repetía de forma maquinal antes de acostarse en la cama. Ya empijamado, y agotado por las obstinadas pesquisas que realizaba para poner punto final a su reciente investigación, el sueño le llegó tan pronto su cabeza descansó en la almohada. Una convulsa Berlín que se adormilaba y veía emerger cerillas en su firmamento, se anunció con sombrías nubes en la vista panorámica del ventanal de su casa. Fue una noche de descanso reparador.

Al día siguiente, y luego de una discusión con uno de sus estudiantes díscolos, se vio invadido por el cansancio que después de los sesenta años experimentaba con mayor frecuencia. En la cafetería, el encuentro con un colega del departamento de ingeniería le sirvió para encontrar un paliativo al imprevisto embate de aflicción.

-Lárgate para el trópico. Aquí ya no despiertas la atención ni de tu esposa.

-Preveía un final ruinoso para mi carrera docente; nada comparado a lo que estoy viviendo. Son cada vez más frecuentes mis polémicas con los estudiantes. Me he vuelto irascible y ya no tolero la controversia. Mi viaje a Latinoamérica no pasará de agosto. Estoy a la espera de la aprobación de mi año sabático.

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La espiral de Germaine

teresa iturriaga 255La mente humana siempre avanza, pero lo hace en espirales.
Mme. de Staël

 

 

Al despertar, Madame de Staël escuchó la lluvia en los ventanales de su dormitorio. Creyó que el duermevela la había engañado y que aún se encontraba en Suiza. Se detuvo por un momento a contemplar las copas de los árboles a lo lejos con sus ramas deshojadas al viento frío de la mañana. Las emociones desdoblaban su interior.

Y entonces lo vio claro, muy claro. Aquellos últimos meses en su castillo de Coppet, le habían confirmado dónde desbordar un corazón enfermo de melancolía. París sería su último destino, allí pintaría con delicadeza los trazos de su crepúsculo.

A principios de 1817, la ciudad ardía en sus pasiones a la espera de los primeros brotes de primavera. Hacía más de un año que habían derrotado definitivamente a Napoleón poniendo grilletes sobre sus pies para recluirlo en la lejana prisión de la isla de Santa Elena. La baronesa regresaba a la ciudad de la luz tras diez años de destierro con la ilusión de reabrir su famoso salón literario y recuperar el tiempo de las rosas, la antigua vida intelectual parisina que tanto añoraba en Ginebra. El emperador desaparecía del horizonte y con él su amenaza de muerte. Sentía que ya no corría peligro su vida. Ahora volvería a ser Germaine Necker, la joven inteligente y llena de vitalidad que siempre fue, incluso en los momentos más difíciles de la noche humana.

–Buenos días, madre. París nos recibe con lágrimas de gozo. Llueve, pero se va despejando. Levántate a desayunar, tal vez te apetezca pasear por Les Champs Elysées-la dulce voz de su hijo Auguste-Louis la tranquilizó.

–Nunca me iré de París–dijo Mme. de Staël con tono grave apretando la mano de su hijo. Ven, acércate. Solo tu sonrisa me mantiene.

–Lo sé– replicó Auguste, que conocía su sufrimiento en el exilio–. Descansa y no te inquietes más. No abandonarás esta casa mientras vivas. Te doy mi palabra.

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Afilador

afilador 250Esta mañana al despertarme, con esos bostezos que le ganan al tiempo una partida, el pitar largo y desafinado del afilador de cuchillos y tijeras, o de cuanto fierro pueda a uno ocurrírsele; terminó de despabilarme. Me pareció raro oírlo. Era un sonido de presencia antigua, llegando junto con los recuerdos. A veces, volvían enmohecidos, como si el cuerpo se negara a recibirlos.
Esa música chillona y metálica me hizo sentir otra vez niña: acostada en la cama de la casa grande, tapándome con el acolchado de plumas, haciendo del renegar de mi madre una costumbre. Me gustaba dejarme estar acurrucada, mirando el techo agrietado, buscando duendes en las sombras y sintiendo los sonidos de la calle. El tranvía estremecía la casa. Era una casa que se merecía ser estremecida por algo, aunque más no sea para sacarle el sopor de las ausencias. Las voces del lechero y la del vendedor de gansos me eran conocidas. Eran justamente ellos, los que me despertaban.
Madre atendía a los vendedores, y al rato, alguna bataraza cacareaba en el fondo y un vaso de leche fresca me esperaba en la cocina.
En cambio, el sonido del afilador tañía la calle de un humor distinto. Amparado por los huecos, se metía en las casas para arreglar la eficacia de cuchillos y tijeras.

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Muerte a destiempo

jan gustafsson 251Como es costumbre en esos casos, me llamaron a la hora más incómoda, como si fuera un deporte universal molestarme durante las mejores horas del sueño, en lo alto de un vuelo de opio o a punto de conquistarme a la hembra del siglo. Y si fuera por algo que valiera la pena, el asesinato de la joven amante de un político o del político mismo, pero no, fue por la inútil e imbécil muerte sin importancia de un sujeto ordinario, del individuo sobrante por excelencia, pobre, desempleado, alcohólico, mal vestido, mal aseado, maloliente. Solo y pervertido, viviendo en un cuarto sórdido que no vale la mitad de lo que él paga con meses de atraso. Cualquiera podría haberlo matado, y cualquiera lo hubiera hecho haciéndole a ese hombre y al mundo un gran favor, echando a la basura unos desperdicios de una sociedad entonces un poco menos corrupta, devolviendo a la tierra un cuerpo inepto para la posesión de un alma, para ser humano, incluso, un cuerpo cuya única y última función posible sería la del abono. La única víctima de este asesinato sería el asesino, un compinche suyo que lo matara por una botella de ginebra, o una vecina aburrida de sus intentos de seducción o violación, o tal vez el pobre padre de la niña del mismo edificio a la que invitara el pervertido a su cuarto para que le tocase sus asquerosas partes.

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El poder mental

gabriel urobe 259A Serafín Martínez González,
fiel amigo de Sócrates


 

 

El profesor Domenico Pazzetti regresó a su casa un poco más tarde que de costumbre. Su esposa mostró cierto disgusto a la hora de la comida, pero el profesor, con la buena conciencia del esposo que jamás en la vida ha dado motivo de que se pueda pensar mal de él, se hizo el distraído, prefirió ignorar la cosa.

Con su cortesía de siempre, en cambio, conversó luego amenamente, contestó a las preguntas que le hacían sus hijos, sobre todo a las del mayor que ya estaba terminando su escuela primaria y que pronto, dentro de algunos meses -el tiempo pasaba tan rápido últimamante-, entraría a hacer su bachillerato precisamente en el establecimiento donde el profesor daba clases.

El profesor Pazzetti se había titulado en Ciencias Biológicas y como no encontró a tiempo un puesto en ninguna sociedad farmacéutica, carrera que le hubiera gustado hacer, en un laboratorio donde pudiera poner en práctica todo lo aprendido en aras de descubrir, tuvo que contentarse con ese puesto modesto de profesor, allá en la provincia, lejos además de toda gran ciudad, de sus influencias intelectuales y de toda posibilidad de carrera brillante; y la señora que estaba en ese momento a su lado, su esposa, que servía la comida, atenta siempre a lo que sus hijos y su ejemplar esposo querían, era la misma jovencita que le había salido a su encuentro años atrás y lo había desviado de todas esas veleidades de trabajos absorbentes de laboratorio, de fama entre pares, de vida mundana y capitalina. Con ella había encontrado una recompensa a la que jamás había ambicionado: la paz del hogar.

Hasta esa noche en que la paz tuvo una manchita, sombra dudosa que finalmente la esposa borró, y todo volvió a la calma de siempre. El hecho de que el profesor hubiera tenido un pequeño retardo en su hora acostumbrada para regresar a la casa, no iba a ser motivo de discordia doméstica, para qué darle proporciones exageradas a una de esas menudencias de la vida diaria, a una cosa que le hubiera podido también suceder a ella, que su vecina la hubiera demorado, por ejemplo, que en la tienda no la hubieran despachado a tiempo, razones que se daba ella misma sin poder de todos modos ignorar un pequeñísimo dardo, como la puntita de una aguja que hace mal en el corazón. Le molestaba el hecho de que el profesor no hubiera dado ninguna explicación. Silencio en torno a un retardo para ella injustificado.

Apenas dos días después el profesor volvió a infringir el ritmo acostumbrado de sus llegadas, esta vez cuando metió su llave en la cerradura de la puerta de su casa era realmente tarde; como si hubiera salido por ahí con amigos, cosas de ésas pensó la esposa en seguida, excusándolo. Eran cosas que hacían todos los hombres. Todos, menos el suyo, claro, pues ella jamás lo hubiera tolerado. De todos modos, el profesor Pazzetti era un hombre de conducta moral irreprochable.

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Los amigos invisibles - próxima publicación

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