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Puro Cuento

La secta del prepucio

antonio moreno 250

Inédito

 

Para Carlitos Marx, cuyas ideas siempre anticiparán algo.

 

De Esmirna a Alejandría, y de allí a Ascalón, tierra de Herodes el Grande. Y de Ascalón, el grupo de hombres se desplazó a caballo por diez días con sus noches hacia las legendarias llanuras de los amonitas, descendientes de Amón, hijo menor de Lot. En esas llanuras fue edificado el palacio de Abdul-Rahman Ibn Abi Tálib, imponente por su tamaño y majestuosidad en el decorado, con un jardín interior que también servía de laberinto para los animales exóticos que amenizaban las tardes prolongadas y calurosas de sus inquilinos.
Muchos siglos después, los aguerridos cruzados de Raimundo de Saint-Gilles, conde de Tolosa, sitiaron “el castillo de los unicornios”, como empezaron a llamarlo, seguramente porque en la puerta de acceso, resguardada por una barbacana, había un escudo heráldico con esos animales flotando entre nubes, coronados de luces celestiales, proporcionándole un ámbito crepuscular; todo eso era sostenido al pie del escudo por una tortuga roja que ilustraba bizarría de espíritu.

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A través del humo azul

rodger bishop 250Inédito

 

Hacía calor conforme se acercaba la noche, pero al joven no le molestaba porque ya estaba acostumbrado al clima cálido de Andalucía. La tarde apaciblemente templada le recordó su hogar en el verano y la partida a España. El pensamiento del último año en Sevilla voló como un pájaro a través de su mente y, con un suspiro profundo de añoranza, apagó un cigarrillo en la entrada del bar mientras reflexionó sobre el pasado.
Un año en Sevilla sin regreso a los Estados Unidos. Muchas veces Rogelio no tenía tiempo para echar de menos su pueblo, a su madre, la vida que vivía antes de venir a España. Siempre estaba trabajando, preparando comida en un café cerca de la universidad. Por las mañanas comía un trozo de pan con un cafecito y planchaba una desgastada camisa vieja antes de salir. Al volver a casa por las tardes, se quitaba la camisa sucia con grasa y sudor, y se sentaba, quieto en el balcón contemplando a las españolas pasando. Allí permanecía callado por largo tiempo y regresaba al interior para cenar un bocadillo y arrojarse a la cama. Ganaba bastante para vivir, y claro podía ahorrar una porción del salario porque no había oportunidad de gastarlo, pero a veces salía de su apartamento en su día libre por la noche, y escuchaba un espectáculo de flamenco en su bar favorito, T de Triana.

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Jeff

cristina mancero 250No te voy a mentir. Este pueblito nunca me ha gustado. He intentado, he intentado sembrar algo así como una semillita que empuje el gusto desde abajo hacia la superficie, pero no. Es un pueblo feo. Aburrido. Una farmacia en la esquina, a dos cuadras de mi casa, donde venden termómetros de los viejos, de esos con mercurio, de esos que te quiebran la muñeca. Un restaurante de comida de plástico, de queso falso y nachos industriales. Tex Mex. Un local donde venden loterías y pilas de todo tamaño. Que la pila para el control remoto. Que para el relojito-despertador. Que para el marcapasos. Pero no para el termómetro, porque aquí no venden termómetros de pila. Y un puesto de café. De café del malo. De ese aguado, transparente, con el agrio del café instantáneo. Que empeora con la leche, que parece agua blanca. Compro la comida en una tienda de víveres que huele a refrigerador descompuesto. Los vegetales tienen impregnado ese olor. Imagínate cómo sabe la sopa, el estofado. Es un pueblo feo. Huele feo. La gente es fea. Eructan, se pedorrean. Y se ríen por eso. Llevan sombreros pero no están subidos en caballos como en la publicidad de Marlboro. Sí, sujetan el cigarrillo de lado, eso sí. Sus labios tienen esa habilidad. ¿Sí sabes cómo? Colgado el cigarrillo entre los labios medio cerrados, medio muertos. No deben saber besar esos labios. No deben besar. Y entonces yo me encuentro en este ambiente, con estos olores, estas imágenes, y me aburro. Siempre has dicho que soy aburrida por eso de que soy contadora. Sí, sí, qué risa. Qué chiste. Para ti. Para mí no tiene gracia. Y te lo he dicho, ya cambia de chiste. No es gracioso porque no sorprende. De hecho, ahora que lo pienso, tu humor es humor de eructos y pedorreos. Así de malo es tu chiste. Tú la pasarías bien aquí, creo. Y podría presentarte a mi alumno. Un jovencito con la edad esa de pelusa de bigote que crece sobre el labio. Esa pelusa que invita a la Gillette. Pero no, prohibido rasurar. Aún no es tiempo. Hay que respetar ciertos procesos. El muchachito es bueno. Un poco ingenuo aún. Maneja bien el balance. Sabe cómo equilibrar los pesos. Sí te conté, ¿no? Le enseño cómo caminar en la cuerda floja. De la nada, se me ocurrió un día traer de vuelta mis capacidades de juventud. Y como este pueblo está lleno de arbolitos y postes, decidí poner la cuerda al ras del piso entre uno y otro para ver cómo iba mi equilibrio. Y como este pueblo está lleno de arbolitos y postes y metiches, este muchacho estuvo ahí, viendo y viendo. Viéndome, pues. Primer día, segundo día, tercer día. Mordisqueando su mondadientes. Cuarto día. Quinto. Hasta que con timidez yo le dije, no él, yo con timidez le dije si quisiera intentar. Se me rió el mocoso. Pero luego aceptó. No lo forcé, pero debo admitir que fui un poco dura. La adolescencia pide a gritos un poco de autoridad. Y vi que tenía potencial el muchachito. No podía dejar que el talento se le escurriera. Ahí, de empujón en empujón, vi que podía sostenerse a centímetros del piso. Y luego la cuerda. La cuerda, sí, estaba tensa, debo admitirlo. Pero no lo apretaba mucho, como dijeron en el noticiero local. Lo amarré con la suficiente potencia como para que no se escapara nada más. Disciplina. Trabajo fuerte. El talento no se le podía escurrir. Disciplina, esfuerzo constante. Todo eso se necesita para mantener el equilibrio. No es que aparece de la noche a la mañana, el balance digo. Peor aún en un pueblo como este. Porque de verdad, de verdad te digo, este pueblo sí que es feo.

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Milena y el huracán

johnny jara 250Aquella tarde comenzó a llover temprano, no de una forma torrencial, sino una lluvia intermitente, una llovizna de media hora; luego un chaparrón de tormenta, una rociada, una ducha caliente, una ducha fría, un baño de aguas eléctricas. Entonces vino el viento huracanado. Las pequeñas calles estaban convirtiéndose, poco a poco, en una mucosidad amarilla y resbalosa, y el pueblo se desdibujaba lentamente en el mapa; terminaba abruptamente por todas partes.
Dentro de la casa hacía un frío húmedo, esponjoso. Me apresuré a cerrar las ventanas y coloqué un armario detrás de la ventana más grande; dispuse los muebles, las camas, la cocina y todo lo que pude en el centro de la sala. Afuera el agua se arremolinaba en medio de la calle, y lo que hasta hace unas horas era arcilla endurecida por el sol, arena, aridez, desierto, se había convertido ahora en una serie de terrazas flotantes, entrecruzadas por cascadas parduzcas y turbulentas, por ríos corriendo en todas direcciones, lanzándose hacia el enorme y humeante sumidero, cargados de tierra sucia, ramas tronchadas, guijarros, pizarras, minerales, flores salvajes, insectos muertos, lagartijas, carretillas, perros, gatos, pedazos de alguna casa pobre, nidos de pájaros, todo lo que no tenía inteligencia, pies o raíces para resistir.
A lo largo de la orilla del mar había una hilera de casas que parecían sacar las garras y aferrarse al suelo que se resbalaba lentamente hacia la playa. Era como si en cinco minutos pasáramos por todas las mutaciones habidas en cincuenta años. Cualquier cosa que se miraba daba la impresión de que se la veía por primera vez. Pensé que todo esto podría desaparecer, podría ser demolido, carcomido por el infinito etcétera de la lluvia en cuestión de minutos.

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La última cuota

oscar osorio 251A mis padres

 

Papá está atado por la nariz a una pipa de oxígeno. Me siento a su lado y le muestro la factura.
―Mira, papá, es la última cuota.
Sé que no me escucha, pero me hace bien el gesto. Doblo el papel y lo dejo en su regazo. Lo imagino levantándose de ese lecho impersonal, yendo a depositar el último pago. Adivino su sonrisa. Esa nueva libertad a sus 77 años. Hace exactamente treinta y cinco meses decidió que no tomaría ningún otro crédito y ha conseguido mantener su promesa, aunque no le ha resultado fácil.
Recuerdo muy bien la noche de esa decisión. Es una escena que se ha repetido con ligeras variaciones durante años. Estaba doblado sobre unos cuadernos llenos de números escritos en tintas de diferentes colores. Tenía la piel enrojecida, el pelo alborotado y los ojos dilatados. Me senté a su lado. Mamá nos trajo café. Le pregunté cómo iban las cosas. Él me miró, como un condenado a muerte, levantó uno a uno sus lápices, los partió y los depositó sobre la mesa. Con cada lápiz destruido, cedían los signos de su desespero. Después rompió los papeles borroneados, recogió los fragmentos y los echó en una bolsa plástica. Al final de este ritual de emancipación, estaba muy calmado.

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Los amigos invisibles - próxima publicación

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