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Martes, Oct 23rd

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Literatura

Tres autores secretos

bada_002Eugenia Gallardo
Guatemala

En una Feria del Libro de Francfort detecté a Guatemala con un stand en el que presentaba sus libros F&G Editores, representados por Raúl Figueroa Sarti y el buen Raúl, tal vez adivinando por su plática conmigo lo mucho que uno de sus libros me iba a gustar, espontáneamente me regaló un

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Pájaros en la boca

samanta_schweblin_006Apagué el televisor y miré por la ventana. El auto de Silvia estaba estacionado frente a la casa, con las balizas puestas. Pensé si había alguna posibilidad real de no atender, pero el timbre volvió a sonar: ella sabía que yo estaba en casa. Fui hasta la puerta y abrí.
-Silvia -dije.
-Hola -dijo ella, y entró sin que yo alcanzara a decir nada-. Tenemos que hablar.
Señaló el sillón y yo obedecí, porque a veces, cuando el pasado toca a la puerta y me trata como hace cuatro años atrás, sigo siendo un imbécil.
-No va a gustarte. Es... Es fuerte -miró su reloj-. Es sobre Sara.
-Siempre es sobre Sara -dije.
-Vas a decir que exagero, que soy una loca, todo ese asunto. Pero hoy no hay tiempo. Te venís a casa ahora mismo, esto tenés que verlo con tus propios ojos.
-¿Qué pasa?
-Además le dije a Sara que ibas a ir, así que te espera.
Nos quedamos en silencio un momento. Pensé en cuál sería el próximo paso, hasta que ella frunció el ceño, se levantó y fue hasta la puerta. Tomé mi abrigo y salí tras ella.

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El legado de Bruno

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Aún durante mucho tiempo después se había sentido tentado de interpretar aquella sospechosa casualidad como una agorera señal del fin de las bellas letras, como el comienzo de la degeneración del Verbo humano. Al mismo tiempo empero, se había obligado a reconocer que tales aprensiones suyas no sólo eran de un patetismo desproporcionado, sino además de penosa fatuidad. Luego de una larga reflexión más serena, se había obligado a aceptar lo acontecido como una real posibilidad de futuro. Cierto es que inmediatamente después había dejado para siempre de escribir, pero seguía esforzándose en escrutar los verdaderos alcances del hecho y de aceptarlo, sin emociones ni banderas, como el inicio de una nueva literatura: una en la que él y un número indeterminado de sus colegas escritores probablemente tendrían poco o nada que decir. O tal vez, mucho más de lo que pudiera pensarse. En todo caso, se había cuidado de no hablar con nadie al respecto. Siempre sólo consigo mismo.

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Un hombre y un perro

luis_fayad_010Leoncio camina por una tumultuosa calle de la ciudad. Lleva en la mano un periódico y una carpeta, y de la gabardina colgada del brazo puede deducirse que el atardecer está fresco, pues Leoncio no soporta el frío por leve que sea. Hace un minuto salió de la oficina, son las seis y un minuto, y se dirige al paradero del bus. Como toda la gente, camina en forma precipitada en un eterno y a veces vano intento para lograr sentarse. A pesar de ir pensando sólo en esto, advierte a su lado la presencia de un perro. Pero no lo tiene en cuenta y continúa dando grandes zancadas, acelerando cada vez más. Más adelante siente que el perro lo sigue y él lo espanta con la gabardina. El perro se detiene agachando la cabeza en un acto de sumisión. Leoncio no ha aflojado el paso y ni siquiera se acuerda del perro cuando llega al paradero. Se coloca en la fila y entonces siente que algo le roza el pantalón. El perro lo mira como si lo escrutara. Esta vez Leoncio lo examina: pequeño, magro, amarillento, el pelo se le ha caído casi en su totalidad y su cuerpo está cubierto de llagas. Leoncio reflexiona en que ahora se irá en el bus y el perro desaparecerá, y se pone a leer el periódico. La tranquilidad le dura apenas unos segundos. Las personas que esperan en la fila lo miran ahora con el mismo desprecio con que él mira al perro. A él no le importaría que creyeran que el perro le pertenece, y lo demuestra ocupándose otra vez del periódico, si el perro se quedara quieto. Pero el perro ha vuelto a rozarle el pantalón y parece tener intenciones de orinarse contra su pierna. Quizá dando una vuelta a la manzana, entre tanta gente, se despiste. Pero perdería mucho tiempo, el bus se le pasaría y tendría que esperar luego otros minutos que podrían convertirse en media hora. Es preferible y echa a andar rápido, seguido por el perro, procurando introducirse por donde haya más gente, hasta tal punto que el perro no pueda sospechar en qué lugar se encuentra. Después de dos cuadras sonríe con satisfacción: ha volteado la cabeza y el perro no se ve por ningún lado.

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Vivir en otra lengua

esther_andradi_012Vivir en otra lengua

Esther Andradi

Un homenaje a la lengua materna

Esta antología es una aproximación a la literatura en español que escriben quienes viven en otra lengua. La gran mayoría de los autores y autoras de diversos países latinoamericanos radicados en una lengua diferente a la que escriben, viven entre dos aguas, buscando el reconocimiento en el país de origen, destinatario de sus ficciones. Vivimos en París, como escribía Darío, pero París no nos conoce.

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El buscador de oro: un viaje a lo profundo de la isla de Rodrigues

le_clezio_003Por esas cosas absurdas pero divertidas de la vida estuve invitado al matrimonio de la hija de una colega italiana de mi esposa acá en Nueva Delhi a finales del mes de abril pasado. Inicialmente estaba un poco reacio a ir a la fiesta porque a duras penas conocía a la colega de mi mujer pero al fin y al cabo la vida se va pasando y últimamente he tenido que participar en más entierros que matrimonios. De tal forma que no lo pensamos mucho, nos vestimos para la ocasión y nos fuimos a la celebración. Debo confesar que la novia estaba preciosa, la fiesta fue entretenida y la comida maravillosa. Un día verdaderamente quimérico, lleno de alegría.

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Irman

samanta_schweblin_006Oliver manejaba. Yo tenía tanta sed que empezaba a sentirme mareado. El parador que encontramos estaba vacío. Era un bar amplio, como todo en el campo, con las mesas llenas de migas y botellas, como si hubiera almorzado un batallón hace un momento y todavía no hubieran hecho tiempo a limpiar. Elegimos un lugar junto a la ventana, cerca de un ventilador encendido del que no llegaban noticias. Necesitaba tomar algo con urgencia, se lo dije a Oliver. Él sacó un menú de otra mesa y leyó en voz alta las opciones que le parecieron interesantes. Un hombre apareció atrás de la cortina de plástico. Era muy petiso. Tenía un delantal atado a la cintura y un trapo rejilla oscuro de mugre le colgaba del brazo. Aunque parecía el mozo, se lo veía desorientado, como si alguien lo hubiese puesto ahí repentinamente y ahora él no supiera muy bien qué debía hacer. Caminó hasta nosotros. Saludamos; él asintió. Oliver pidió las bebidas y le hizo un chiste sobre el calor, pero no logró que el tipo abriera la boca. Me dio la sensación de que si elegíamos algo sencillo le hacíamos un favor, así que le pregunté si había algún plato del día, algo fresco y rápido y él dijo que sí y se retiró, como si algo fresco y rápido fuese una opción del menú y no hubiese nada más que decir.

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Estallido de besos rojos

yolanda_arroyo_010Neurótico es una palabra que te describe bien. Debes inspeccionar las repisas de tus libros religiosamente, cada vez que llegas a la casa. Observar que todos los libros están en su lugar, aún sabiendo que no has movido ninguno de su sitio, ni los has prestado (no prestas libros), ni los has extraviado. No están en ningún orden específico que no sea hacerles un resquicio según van llegando, van siendo comprados, adquiridos o según te los van regalando. Sin embargo, tratas de que los escritos por un autor en particular estén juntos, para que se hagan compañía, uno al ladito del otro.


Una vez le escuchaste decir a una periodista de apellido Sontag que habían preguntas que no tenían futuro, "that question has no future", le dijo a quien la entrevistaba. Sin duda es una frase que te gusta, con la que te identificas. Y piensas, ¿cuándo fue que se nos complicó todo? Entonces miras tus cuatro libros de Susan Sontag sobre la repisa de la sala y acaricias los lomos y las portadas.

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Perdiendo velocidad

samanta_schweblin_007Tego se hizo unos huevos revueltos, pero cuando finalmente se sentó a la mesa y miró el plato, descubrió que era incapaz de comérselos.
-¿Qué pasa? -le pregunté.
Tardó en sacar la vista de los huevos.

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Los amigos invisibles - próxima publicación

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