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Jorge Teillier - Domingos de poesía

jorge teillier 250Jorge Teillier (Chile, 1935-1996). Poeta legendario de la literatura hispanoamericana. Entre otros galardones obtuvo el Premio Municipal de Poesía Gabriela Mistral en 1960 y el Premio Eduardo Anguita en 1993. El universo miticopoético del autor se construye a partir de imágenes que trascienden el tiempo y rememoran el lugar natal, el territorio primigenio, la saga familiar y el paraíso perdido de su infancia, a través de algunos íconos recurrentes como pueden ser estaciones de tren, plazas aldeanas, bosques mágicos, molinos de hierro y seres afantasmados. Con el paso de los años esas estampas se transfiguran para dar lugar a otras, concebidas desde espacios urbanos donde el autor experimenta hondamente la sensación de soledad y desesperanza, pero en las que la nostalgia de la tierra sigue estando presente como rasgo distintivo. La obra teillieriana está considerada como una de las más representativas de su país.

 

 

UN JINETE NOCTURNO EN EL PAISAJE

Siento correr por las venas del campo
un jinete nocturno enmascarado.
La noche. Galopan en caballos robados
los cuatreros arreando los vacunos.

Surgen los trenes. Las reses se levantan
allá en los grandes galpones de madera.

Es la noche, de nuevo. Mi abuelo se despierta
rehecha su condición antigua
y contempla, como ayer, al trigo.
Debe andar mi abuelo por los campos recién arados
hablando con los pinos, espantando gorriones.
Mi abuelo tiene una voz profunda, aprendida del tiempo.
El campo está solo, tembloroso. Y él lo mira.

El vino es un joven bonachón y alegre.
Sucede que quiere iluminar la noche
y baja a las aldeas, envuelto en una manta.

La mañana tiene olor a pan recién amasado.
La ropa recién lavada dice «adiós» en los patios.
Un fantasma penetra en la leñera.
Más allá de las nubes viene el granizo,
bandolero blanco, asaltante de huertos.

Y es la noche.
Va a penetrar al pueblo
un jinete nocturno enmascarado.

               (Para ángeles y gorriones, 1956)

 

 

EDAD DE ORO

Un día u otro
todos seremos felices.
Yo estaré libre
de mi sombra y mi nombre.
El que tuvo temor
escuchará junto a los suyos
los pasos de su madre,
el rostro de la amada será siempre joven
al reflejo de la luz antigua de la ventana,
y el padre hallará en la despensa la linterna
para buscar en el patio
la navaja extraviada.

No sabremos
si la caja de música
suena durante horas o un minuto;
tú hallarás —sin sorpresa—
el atlas sobre el cual soñaste con extraños países,
tendrás en tus manos
un pez venido del río de tu pueblo,
y Ella alzará sus párpados
y será de nuevo pura y grave
como las piedras lavadas por la lluvia.

Todos nos reuniremos
bajo la solemne y aburrida mirada
de personas que nunca han existido,
y nos saludaremos sonriendo apenas
pues todavía creeremos estar vivos.

               (El cielo cae con las hojas, 1958)

 

 

ANDENES

Te gusta llegar a la estación
cuando el reloj de pared tictaquea,
tictaquea en la oficina del jefe-estación.
Cuando la tarde cierra sus párpados
de viajera fatigada
y los rieles ya se pierden
bajo el hollín de la oscuridad.

Te gusta quedarte en la estación desierta
cuando no puedes abolir la memoria,
como las nubes de vapor
los contornos de las locomotoras,
y te gusta ver pasar al viento
que silba como un vagabundo
aburrido de caminar sobre los rieles.

Tictaqueo del reloj. Ves de nuevo
los pueblos cuyos nombres nunca aprendiste,
el pueblo donde querías llegar
como el niño el día de su cumpleaños
y los viajes de vuelta de vacaciones
cuando eras —para los parientes que te esperaban —
sólo un alumno fracasado con olor a cerveza.

Tictaqueo del reloj. El jefe-estación
juega un solitario. El reloj sigue diciendo
que la noche es el único tren
que puede llegar a este pueblo,
y a ti te gusta estar inmóvil escuchándolo
mientras el hollín de la oscuridad
hace desaparecer los durmientes de la vía.

 

 

CUANDO TODOS SE VAYAN

A Eduardo Molina Ventura

Cuando todos se vayan a otros planetas
yo quedaré en la ciudad abandonada
bebiendo un último vaso de cerveza,
y luego volveré al pueblo donde siempre regreso
como el borracho a la taberna
y el niño a cabalgar
en el balancín roto.
Y en el pueblo no tendré nada que hacer,
sino echarme luciérnagas a los bolsillos
o caminar a orillas de rieles oxidados
o sentarme en el roído mostrador de un almacén
para hablar con antiguos compañeros de escuela.

Como una araña que recorre
los mismos hilos de su red
caminaré sin prisa por las calles
invadidas de malezas
mirando los palomares
que se vienen abajo,
hasta llegar a mi casa
donde me encerraré a escuchar
discos de un cantante de 1930
sin cuidarme jamás de mirar
los caminos infinitos
trazados por los cohetes en el espacio.

 

 

DESPEDIDA

...el caso no ofrece
ningún adorno para la diadema de las Musas.

Ezra Pound

Me despido de mi mano
que pudo mostrar el paso del rayo
o la quietud de las piedras
bajo las nieves de antaño.

Para que vuelvan a ser bosques y arenas
me despido del papel blanco y de la tinta azul
de donde surgían los ríos perezosos,
cerdos en las calles, molinos vacíos.

Me despido de los amigos
en quienes más he confiado:
los conejos y las polillas,
las nubes harapientas del verano.

Me despido de las virtudes y de las gracias del planeta:
los fracasados, las cajas de música,
los murciélagos que al atardecer se deshojan
de los bosques de casas de madera.

Me despido de los amigos silenciosos
a los que sólo les importa saber
dónde se puede beber algo de vino,
y para los cuales todos los días
no son sino un pretexto
para entonar canciones pasadas de moda.

Me despido de una muchacha
que sin preguntarme si la amaba o no la amaba
caminó conmigo y se acostó conmigo
cualquiera tarde de esas en que las calles se llenan
de humaredas de hojas quemándose en las acequias.

Me despido de una muchacha
cuya cara suelo ver en sueños
iluminado por la triste mirada
de linternas de trenes que parten bajo la lluvia.

Me despido de la memoria
y me despido de la nostalgia
—la sal y el agua
de mis días sin objeto—

y me despido de estos poemas:
palabras, palabras —un poco de aire
movido por los labios— palabras
para ocultar quizás lo único verdadero:
que respiramos y dejamos de respirar.

               (El árbol de la memoria, 1961)

 

 

UN DESCONOCIDO SILBA EN EL BOSQUE

Un desconocido silba en el bosque.
Los patios se llenan de niebla.
El padre lee un cuento de hadas
y el hermano muerto escucha tras la puerta.

Se apaga en la ventana
la bujía que nos señalaba el camino.
No hallábamos la hora de volver a casa,
pero nos detenemos sin saber donde ir
cuando un desconocido silba en el bosque.

Detrás de nuestros párpados surge el invierno
trayendo una nieve que no es de este mundo
y que borra nuestras huellas y las huellas del sol
cuando un desconocido silba en el bosque.

Debíamos decir que ya no nos esperen,
pero hemos cambiado de lenguaje
y nadie podrá comprender a los que oímos
a un desconocido silbar en el bosque.

 

 

EN LA SECRETA CASA DE LA NOCHE

Cuando ella y yo nos ocultamos
en la secreta casa de la noche
a la hora en que los pescadores furtivos
reparan sus redes tras los matorrales,
aunque todas las estrellas cayeran
yo no tendría ningún deseo que pedirles.

Y no importa que el viento olvide mi nombre
y pase dando gritos burlones
como un campesino ebrio que vuelve de la feria,
porque ella y yo estamos ocultos
en la secreta casa de la noche.

Ella pasea por mi cuarto
como la sombra desnuda
de los manzanos en el muro,
y su cuerpo se enciende como un árbol de pascua
para una fiesta de ángeles perdidos.

El temporal del último tren
pasa remeciendo las casas de madera.
Las madres cierran todas las puertas
y los pescadores furtivos van a repletar sus redes
mientras ella y yo nos ocultamos
en la secreta casa de la noche.

 

 

TARJETA POSTAL

Me decías que no me enamorara de tu hermana menor,
aquella que aún temía a los duendes
que salen de los rincones a robar nueces.
Y yo te contestaba
que en el cielo podía leer tu nombre
escrito por los pájaros
y que las nubes flotaban como los gansos
en el patio dominical de tu casa
que me hablaba con su lenguaje de gorriones.

Este domingo me veo de nuevo en el salón
mirando revistas viejas y daguerrotipos
mientras tú tocas valses en la pianola.

Alguien me ha dicho en secreto que la primavera vuelve.
La primavera vuelve pero tú no vuelves.
Tu hermana ya no cree en los duendes.
Tú no sabrías escribir mi nombre
en los vidrios cubiertos de escarcha,
y yo sólo puedo contar mis recuerdos
como un mendigo sus monedas en el frío del otoño.

 

 

FIN DEL MUNDO

El día del fin del mundo
será limpio y ordenado
como el cuaderno del mejor alumno.
El borracho del pueblo
dormirá en una zanja,
el tren expreso pasará
sin detenerse en la estación
y la banda del Regimiento
ensayará infinitamente
la marcha que toca hace veinte años en la plaza.
Sólo que algunos niños
dejarán sus volantines enredados
en los alambres telefónicos,
para volver llorando a sus casas
sin saber qué decir a sus madres,
y yo grabaré mis iniciales
en la corteza de un tilo
pensando que eso no sirve para nada.

Los evangélicos saldrán a las esquinas.
a cantar sus himnos de costumbre.
La anciana loca paseará con su quitasol.
Y yo diré: «El mundo no puede terminar
porque las palomas y los gorriones
siguen peleando por la avena en el patio».

               (Poemas del País de Nunca Jamás, 1963)

 

 

BAJO EL CIELO NACIDO TRAS LA LLUVIA

Bajo el cielo nacido tras la lluvia
escucho un leve deslizarse de remos en el agua,
mientras pienso que la felicidad
no es sino un leve deslizarse de remos en el agua.
O quizás no sea sino la luz de un pequeño barco,
esa luz que aparece y desaparece
en el oscuro oleaje de los años
lentos como una cena tras un entierro.

O la luz de una casa hallada tras la colina
cuando ya creíamos que no quedaba sino andar y andar.
O el espacio del silencio
entre mi voz y la voz de alguien
revelándome el verdadero nombre de las cosas
con sólo nombrarlas: «álamos», «tejados».
La distancia entre el tintineo del cencerro
en el cuello de la oveja al amanecer
y el ruido de una puerta cerrándose tras una fiesta.
El espacio entre el grito del ave herida en el pantano,
y las alas plegadas de una mariposa
sobre la cumbre de la loma barrida por el viento.

Eso fue la felicidad:
dibujar en la escarcha figuras sin sentido
sabiendo que no durarían nada,
cortar una rama de pino
para escribir un instante nuestro nombre en la tierra húmeda,
atrapar una plumilla de cardo
para detener la huida de toda una estación.

Así era la felicidad:
breve como el sueño del aromo derribado,
o el baile de la solterona loca frente al espejo roto.
Pero no importa que los días felices sean breves
como el viaje de la estrella desprendida del cielo,
pues siempre podremos reunir sus recuerdos,
así como el niño castigado en el patio
encuentra guijarros para formar brillantes ejércitos.
Pues siempre podremos estar en un día que no es ayer ni mañana,
mirando el cielo nacido tras la lluvia
y escuchando a lo lejos
un leve deslizarse de remos en el agua.

               (Los trenes de la noche y otros poemas, 1964)

 

 

PARA HABLAR CON LOS MUERTOS

Para hablar con los muertos
hay que elegir palabras
que ellos reconozcan tan fácilmente
como sus manos
reconocían el pelaje de sus perros en la oscuridad.
Palabras claras y tranquilas
como el agua del torrente domesticada en la copa
o las sillas ordenadas por la madre
después que se han ido los invitados.
Palabras que la noche acoja
como a los fuegos fatuos los pantanos.

Para hablar con los muertos
hay que saber esperar:
ellos son miedosos
como los primeros pasos de un niño.
Pero si tenemos paciencia
un día nos responderán
con una hoja de álamo atrapada por un espejo roto,
con una llama de súbito reanimada en la chimenea,
con un regreso oscuro de pájaros
frente a la mirada de una muchacha
que aguarda inmóvil en el umbral.

 

 

DARÍA TODO EL ORO DEL MUNDO

Daría todo el oro del mundo
por sentir de nuevo en mi camisa
las frías monedas de la lluvia.

Por oír rodar el aro de alambre
en que un niño descalzo
lleva el sol a un puente.

Por ver aparecer
caballos y cometas
en los sitios vacíos de mi juventud.

Por oler otra vez
los buenos hijos de la harina
que oculta bajo su delantal la mesa.

Para gustar
la leche del alba
que va llenando los pozos olvidados.

Daría no sé cuánto
por descansar en la tierra
con las frías monedas de plata de la lluvia
cerrándome los ojos.

               (Poemas secretos, 1965)

 

 

XIV

Hé Dieu! Si j’eusse étudié
au temps de ma jeunesse folle

François Villon

Somos los ociosos que en la tarde
se reúnen en la plaza. Entraremos
a ver las llovidas películas que llegan de provincia.
Canta Jeanette MacDonald y responde Nelson Eddy.
Reímos con Laurel y Hardy. Y de pronto El Muelle
de las Brumas y Grandes Ilusiones.
En los barrios bajos, negras ollas sin fuego.
Se habla del Centenario del Manifiesto Comunista.
Hay campos de concentración y un Fantasma recorre el mundo.
Un zapatero nos presta libros y diarios perseguidos.
Sabemos —más allá de las puertas que se empujan o
             cierran cada día—
más allá del parloteo alrededor de la sopa de cada día
cuando en la mañana vemos la hierba encanecida y
quebramos la escarcha de la jofaina
que se debe esperar,
      esperar.
(Teníamos años y años por delante
y esperanzas y esperanzas como las calles interminables
y las estrellas sobre nuestras cabezas).

No soñamos con ser médicos ni abogados, ni
empleados de banco. Para otros está
el pasear como tenientes con las buenas muchachas
del pueblo (sin embargo, cuánto daríamos para que
apareciera una mujer en el frío lecho de estudiante).
Leemos a hurtadillas bajo el pupitre, o bajo las sucias
ampolletas de las pensiones a Dostoievski, Hesse,
             Knut Hamsun…

Somos los que viven
al otro lado del río o de la vía férrea…

Tarde en la Feria de Entretenciones. Un frío viento
nos hace envolvernos en las bufandas. Miro
a la muchacha del Tiro al Blanco que coquetea con
los conscriptos. La rueda gigante
nos invita a huir del cielo y de la tierra.

La lluvia dispersa a todo el mundo, sin dejarnos ganar
ni una botella al juego de las argollas.
Un millón de blancas palomas de maíz
va a iluminar los sueños de los niños del barrio.

Adiós muchachos. A medianoche
esa canción en la victrola a cuerda del prostíbulo.
El dinero alcanza sólo para una cerveza (remolino
de turbina amarga dentro de la piel fría del vaso).

Estrellas tiernas
nacen entre los cerezos. Los caballos mojados
de los carabineros
dan topetones a los cercos. Una prostituta
habla de su novio y de su casa junto a un lago. Otra
discute su precio con un pastor evangélico. Adiós
           muchachos.

Esperábamos algo, sin duda,
algo entre las puertas que abríamos y cerrábamos,
cuando tras romper la escarcha de las jofainas
el día nos saludaba con un muro a punto de caer,
noticias de nuevas guerras;
algo al no creer en la rutina de los mayores
y escribir en los cercos por la paz, el pan, la libertad.
Crecían bajo nosotros raíces de nuevos mundos.

Ahora,
uno me escribe: Vivo en un pueblo donde me llaman
el loco y los niños me tiran piedras cuando paso por
las calles. Otros son oscuros oficinistas y yacen
en una pieza de pensión con toda su familia. Otros
explotan la Revolución que no quieren y viajan
a su costa por el mundo. Otros sueñan con ser gerentes.
Otros duermen en vagones de carga y necesitan
tratamientos antialcohólicos y psiquiatras. Adiós
              muchachos…

Y yo
juego con los recuerdos
a la gallina ciega.

Abramos las manos:
las larvas son
mariposas blancas
volando sobre las tumbas
sobre las cuales jugamos brisca.

Veo un amigo tratando
de atrapar una trucha en el estero. Hemos
hecho la cimarra para buscar digüeñes.
Y dejamos que el cielo
libremente haga maduros nuestros rostros.

Nos reunimos en la afueras del Convento
que estuvo cerrado por el crimen de un cura. Una
muchacha
se asoma entre los visillos de la ventana de enfrente.
Una muchacha debiera sonreímos.

¿Quién soy yo? ¿Quién pensabas tú que yo sería?
—Déjate de jugar a los recuerdos. Aquí estás después
de años y años. De tantos días con olor a ropa mojada
y tedio infinito en las salas del Liceo. De viajes
de un pueblo a otro. De prostitutas que hablaban
de novios y casas a orillas de un lago. De horas
acodados en las vidrieras de los almacenes. Y si
yo hubiera sido un buen alumno, no recordaría
el olor a ilang-ilang —fantasma adolescente—,
las lágrimas por nada en estaciones vacías,
el cuerpo de mujer deseado en el cuarto de pensión,
el vino y la lectura compartida con los artesanos.

Vuelo blanco
de una mariposa que muere
entre habas nuevas.

               (Crónica del forastero, 1968)

 

 

EL POETA DE ESTE MUNDO

A RenéGuy Cadou (1920-1951)

Poeta de nombre claro como un guijarro en medio de la corriente
reunías palabras que eran pedernales
de donde nace un fuego que no es olvidado.
René-Guy Cadou, amigo del tonelero, el cartero, el aduanero y
               el contrabandista,
vivías en una aldea de seiscientos habitantes.
Allí eras profesor rural,
el peso del olor del jardín vecino sofocaba la sala de clases
como a la sala de clases donde tu padre había sido maestro.
Te gustaba hablar con la gente de cara parecida a ollas de greda,
caminar descalzo,
ver jugar a las cartas en la taberna.
En la noche a la luz de un fuego de espino
abrías un libro mientras Helena cosía
(«Helena como una gota de rocío en tu vaso»).
Tenías un poeta preferido para cada estación:
en otoño era Verlaine, la primavera te traía todas las rosas
              de Ronsard,
el invierno llegaba con el chirriar del carruaje del Grand Meaulnes
y la estación violenta
el ruido de espadas entrechocándose en una posada de
              Alejandro Dumas.
Tú nunca estabas solo,
te iluminaba el recuerdo de tu padre volviendo de caza en
               el invierno
Y mientras tus amigos iban al Café,
a la Brasserie Lipp o al Deux Magots,
tú subías a tu cuarto
y te enfrentabas al Rostro radiante.

En la proa de tu barco
te asomabas a ver los caminos de tu país de hadas y pantanos,
caminos trazados como las líneas de un cuaderno de copia.
Tus palabras llegaban
como pájaros que saben que siempre hay una ventana abierta
               al fin del mundo.
Y los poemas se encendían como girasoles
nacidos de tu corazón profundo y secreto,
rescatados de la nostalgia,
la única realidad.

Tú sabías que la poesía debe ser usual como el cielo
              que nos desborda,
que no significa nada si no permite a los hombres acercarse
              y conocerse.
La poesía debe ser una moneda cotidiana
y debe estar sobre todas las mesas
como el canto de la jarra de vino que ilumina los caminos
              del domingo.
Sabías que las ciudades son accidentes que no prevalecerán
              frente a los árboles,
que la poesía no se pregona en las plazas ni se va a vender
              a los mercados a la moda,
que no se escribe con saliva, con bencina, con muecas,
ni el pobre humor de los que quieren llamar la atención
con bromas de payasos pretenciosos
y que de nada sirven
los grandes discursos tartamudos de los que no tienen
               nada que decir.
La poesía
es un respirar en paz
para que los demás respiren,
un poema
es un pan fresco,
un cesto de mimbre.
Un poema
debe ser leído por amigos desconocidos
en trenes que siempre se atrasan,
o bajo los castaños de las plazas aldeanas.

Pocos saben aquí lo que es un poema,
pocos han puesto su cara al viento en medio de un trigal;
pocos saben lo que es un poeta
y cómo debe morir un poeta.
Tú moriste en un cuarto en donde se congregaba toda
               la primavera
mirando un cesto con manzanas.
«He visto morir a un príncipe»
dijo uno de tus amigos.

Y este Primero de Noviembre
cuando me rodean los muertos que siempre están conmigo
pienso en tu serena y ruda fe
que se puede comprender
como a una pequeña iglesia azul de pueblo
donde hay un párroco que no pide sino compartir su pan.
Tú hablabas con tu Dios
como al pobre hijo de un carpintero,
pues también sabías que se crucifica todos los días a un poeta
(Jesús tenía treinta y tres años,
Jean Arthur también era Cristo
crucificado a los treinta y siete).
Pero a ti no te importaba que te escupieran la cara o te olvidaran
porque como tú lo decías, nadie puede impedir a un pájaro
              que cante en la más alta cima,
y el poeta derribado
es sólo el árbol rojo que señala el comienzo del bosque.

 

 

LEWIS CARROLL

Un profesor de matemáticas de Oxford
El Reverendo Dogson
Ligeramente tartamudo y zurdo
Nos deja en la primera casilla de otro mundo
Allí para el unicornio somos monstruos fabulosos
Y se oye el ruido de armaduras
De caballeros que piensan mejor cuando están cabeza abajo

El señor Dogson pasea con tres niñitas
Tal vez sueña fotografiarlas desnudas
Pero estamos en el siglo XIX
En plena Era Victoriana
Y se contenta con escribirles cartas festivas
Con narrarles historias
Sobre el otro lado del espejo
Y ver fluir sus tiernos rostros en el atardecer de una barca

El nombre Alicia significa ahora Aventura
Y cuando lleguemos a la octava casilla
Empezaremos a ser reyes
En un juego que ya no vamos a olvidar.

               (Muertes y maravillas, 1971)

 

 

PAISAJE DE CLÍNICA

A Rolando Cárdenas

Ha llegado el tiempo
en que los poetas residentes
escriban acrósticos
a las hermanas de los maníaco-depresivos
y a las telefonistas.

Los alcohólicos en receso
miran el primer volantín
elevado por el joven psicópata.

Sólo un loco rematado
descendiente de alemanes
tiene permiso para ir a comprar El Mercurio.

Tratemos de descifrar
los mensajes clandestinos
que una bandada de tordos
viene a transmitir a los almendros
que traspasan los alambres de púa.

William Gray, marino escocés,
pasado su quinto delirium,
nos dice que fue peor el que sufrió en el golfo Pérsico
y recita a Robert Burns
mientras el Clanmore, su barco, ya está en Tocopilla.

Ha llegado el tiempo
en que de nuevo se obedece a las campanas
y es bueno comprar coca-cola
a los Hermanos Hospitalarios.

El Pintor no cree
en los tréboles de cuatro hojas
y planea su próximo suicidio
herborizando entre yuyos donde espera hallar cannabis
para enviarla como tarjeta de Pascua
a los parientes que lo encerraron.

Los caballos aran preparando el barbecho.
En labor-terapia
los mongólicos comen envases de clorpromazina.

Saludo a los amigos muertos de cirrosis
que me alargan la punta florida de las yemas
de la avenida de los ciruelos.

La Virgen del Carmen
con su sonrisa de yeso azul
contempla a su ahijado
que con los nudillos rotos
dormita al sol atiborrado de Valium 10.

(En el Reino de los Cielos
todos los médicos serán dados de baja).

Aquí por fin puedes tener
un calendario con todos los días
marcados de rojo
o de blanco.

Es la hora de dormir —oh abandonado—
Que junto al inevitable crucifijo de la cabecera
velen por nosotros
Nuestra Señora la Apomorfina,
Nuestro Señor el Antabús,
el Mogadón, el Pentotal, el Electroshock.

 

 

PEQUEÑA CONFESIÓN

En memoria de Serguei Esenin

Si, es cierto, gasté mis codos en todos los mesones.
Me amaron las doncellas y preferí a las putas.
Tal vez nunca debiera haber dejado
el país de techos de zinc y cercos de madera.

En medio del camino de la vida
vago por las afueras del pueblo
y ni siquiera aquí se oyen las carretas
cuya música he amado desde niño.

Desperté con ganas de hacer un testamento
—ese deseo que le viene a todo el mundo—
pero preferí mirar una pistola
la única amiga que no nos abandona.

Todo lo que se diga de mí es verdadero
y la verdad es que no me importa mucho.
Me importa soñar con caminos de barro
y gastar mis codos en todos los mesones.

Es mejor morir de vino que de tedio
sin pensar que pueda haber nuevas cosechas.
Da lo mismo que las amadas vayan de mano en mano
cuando se gastan los codos en los mesones.

Tal vez nunca debí salir del pueblo
donde cualquiera puede ser mi amigo.
Donde crecen mis iniciales grabadas
en el árbol de la tumba de mi hermana.

El aire de la mañana es siempre nuevo
y lo saludo como a un viejo conocido,
pero aunque sea un boxeador golpeado
voy a dar mis últimas peleas.

Y con el orgullo de siempre
digo que las amadas pueden ir de mano en mano
pues siempre fue mío el primer vino que ofrecieron
y yo gasto mis codos en todos los mesones.

Como de costumbre volveré a la ciudad
escuchando un perdido rechinar de carretas
y soñaré techos de zinc y cercos de madera
mientras gasto mis codos en todos los mesones.

 

 

NOTAS SOBRE EL ÚLTIMO VIAJE DEL AUTOR A SU PUEBLO NATAL
(fragmento)

A Stefan Baciu en Hawai, y a Vasile Igua,
mi primo desconocido, en Cluj, Transilvania

1

En el pueblo
donde algunos me conocen
como el poeta cuyo nombre suele aparecer en los diarios,
paseo por la calle Comercio
que ahora se llama avenida Bernardo O’Higgins
(como en Santiago).

He comulgado con la tierra.
Voy a la Sidrería
Allí están los parroquianos de siempre
y me saludan mis viejos compañeros de curso
que sueñan con ser alcaldes o regidores o comprarse una citroneta.
Ha cerrado el cine.
Aún quedan afiches que anuncian películas de sepia.
A lo largo de los cercos
las ortigas siguen hablando con su indestructible lenguaje.
En el techo de mi casa se reúne el congreso de los gorriones.
Pienso por primera vez
que no pertenezco a ninguna parte,
que ninguna parte me pertenece.

               (Para un pueblo fantasma, 1978)

 

 

BOTELLA AL MAR

Y tú quieres oír, tú quieres entender. Y yo
te digo: olvida lo que oyes, lees o escribes.
Lo que escribo no es para ti, ni para mí, ni
para los iniciados. Es para la niña que nadie
saca a bailar, es para los hermanos que
afrontan la borrachera y a quienes desdeñan
los que se creen santos, profetas o poderosos.

               (Cartas para reinas de otras primaveras, 1985)

 

 

UN HOMBRE SOLO EN UNA CASA SOLA

Un hombre solo en una casa sola
no tiene deseos de encender el fuego
no tiene deseos de dormir o estar despierto
un hombre solo en una casa enferma.

No tiene deseo de encender el fuego
y no quiere oír más la palabra Futuro
El vaso de vino se ha marchitado como un magnolio
y a él no le importa estar dormido o despierto.

La escarcha ha empañado las ventanas
pero a él sólo le importa mirar la apagada chimenea
Sólo le gustaría tener una copa que le contara una vieja historia
a ese hombre solo en una casa sola.

Una historia como las que oía en su casa natal
historias que no recuerda como no recuerda que aún está vivo
Ve sólo una copa vacía y una magnolia marchita
un hombre solo en una casa enferma.

               (El molino y la higuera, 1993)

 

 

HAY UN ESPEJO COLGADO EN UNA PARED ROTA

Hay un espejo colgado en una pared rota
en una vieja casa de campo
perdida en un bosque sombrío.
Nada se mueve jamás en él
salvo sombras submarinas de sombríos helechos y pinos.
El marco está cubierto de musgo.
Un día el espejo se deslizó al piso.
Años y años permaneció en los tablones astillados.
Muy rara vez
una rata del bosque
pasó junto a él sin siquiera echarle una mirada.
Un día llegué yo
rompí la puerta desvencijada
y pasó conmigo una angosta cuña de sol.
Llevé el espejo al cuarto de mi abuelo muerto
y lo dejé reflejar su retrato
mientras en la vieja casa del bosque
las sombras
las ratas del bosque y el musgo
tuvieron que trabajar sin su testigo.

               (Hotel nube, 1996)

 

 

VIENDO CASABLANCA DONDE LORENZO PEREIRANO

Rick el «Boss»
no recuerda en dónde estuvo anoche
y yo tampoco.
Lorenzo Jr. me pide que en vez de escribir
me coma los papeles en blanco.
(Debo llamar por teléfono
pero no me acuerdo del número de ningún teléfono).
Hoy día murió Modugno
«Ciao, ciao bambina, non ti scordare/ vorrei trovare parole
               nuove/
ma piove, piove sul nostro amor».
«Bueno, uno entra y otro sale».
«El mundo siempre acoge a los amantes»
Eso escuchaba decir Ingrid a Bogie.
«Todo se derrumba y nos enamoraremos».
“el país está lleno de traidores que buscan un líder».

Siempre tenemos que hacer algo
mejor de lo que en verdad tenemos que hacer.
Estamos en un mundo
donde siempre podemos ser detenidos por sospecha.
Los alemanes han perdido todas las guerras que iniciaron
y también sus discípulos
a pesar de que imiten su paso de ganso
              en parques con olor a chicha y a fritanga.

¿Cómo habla un Boss?
¿Habrá ñoquis hechos en casa?
¿Por qué Miguel Antonio no quiere salir del corral?
¿Hablaremos del pazzo Campana
o de la bella suicida Antonia Pozzi?
De ellos nos traerá noticias
el armado Padrino Volpe.

Hasta luego, hasta luego.
Voy a juntarme con Montale y Dora Markus
en la Casa de los Aduaneros.

«Toca otra vez Sam».
Tal vez todo no es más que una simple melodía
y nadie debiera recordarme.
«Toca otra vez Sam».

               (En el mudo corazón del bosque, 1997)

 

Stgo1966 J.Guzmàn J.Teillier J.Godoy x liro mansillaJorge Teillier (Chile, 1935-1996). Poeta legendario de la literatura hispanoamericana. Entre otros galardones obtuvo el Premio Municipal de Poesía Gabriela Mistral en 1960 y el Premio Eduardo Anguita en 1993. El universo miticopoético del autor se construye a partir de imágenes que trascienden el tiempo y rememoran el lugar natal, el territorio primigenio, la saga familiar y el paraíso perdido de su infancia, a través de algunos íconos recurrentes como pueden ser estaciones de tren, plazas aldeanas, bosques mágicos, molinos de hierro y seres afantasmados. Con el paso de los años esas estampas se transfiguran para dar lugar a otras, concebidas desde espacios urbanos donde el autor experimenta hondamente la sensación de soledad y desesperanza, pero en las que la nostalgia de la tierra sigue estando presente como rasgo distintivo. La obra teillieriana está considerada como una de las más representativas de su país.

 

Fuentes bibliográficas:
Jorge Teillier. Material de lectura. N.º 148. Hernán Lavín Cerda (ed.). México: UNAM, 1989; Los dominios perdidos. Antología. Erwin Díaz (ed.). Chile: FCE, 1992; Hotel nube. Concepción, Chile: Lar, 1996; Crónicas del forastero. Antología poética. Jaime Valdivieso (ed.). Buenos Aires: Colihue, 1999; El árbol de la memoria. Antología poética. Niall Binns (ed.). Madrid: Huerga y Fierro, 2000; Muertes y maravillas. Chile: Diego Portales, 2010; Poemas de la realidad secreta. Antología. Francisco Véjar (ed.). Madrid: Visor, 2019.

 

"Domingos de poesía" es una idea original del poeta Sergio Laignelet, colaborador de Aurora Boreal®. Se publica semanalmente. Toda la selección y cura de los materiales por Sergio Laignelet.

sergio laignelet 250

Sobre Sergio Laignelet
Bogotá, 1969. Poeta colombiano residente en Madrid, editor, corrector de estilo y ortotipográfico de publicaciones educativas y culturales. Libros publicados: That's all Folks! (poemas animados). Madrid, 2017; Cuentos sin hadas. Canarias, 2010; Carnaval (plaquette). Bogotá, 2007; Malas Lenguas. Bogotá, 2005. Ediciones bilingües de CSH: Danés: Omvendte eventyr. H. Krarup trad. Copenhague, 2017; Francés: Contes á l’envers. R. Durand trad. Toulon, 2015, y Colomiers, 2017 (además, poemas suyos han sido traducidos al inglés, portugués, italiano, sueco, finés, polaco y japonés). Antología editada: Gatimonio: poemas de gatos de autores hispanoamericanos. Madrid, 2013.

Poemas de Jorge Teillier. Selección de poemas: Sergio Laignelet. Material enviado a Aurora Boreal® por Sergio Laignelet. Publicado con autorización de Herederos de Jorge Teillier. Fotografías aportadas por Herederos de J. T. 1: Patricia García, 2: Liro Mancilla (en la imagen: J. Guzmán, J. Teillier y J. Godoy, en Santiago, 1966). Fotografía Sergio Laignelet © Lorenzo Hernández.

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