Antonio Cisneros - Domingos de Poesía

Antonio Cisneros (Perú, 1942-2012).

Poeta, cronista, guionista, traductor, periodista y catedrático. Entre varias distinciones obtuvo los premios: Nacional de Poesía (1965), Casa de las Américas (1968), Latinoamericano de Poesía Rubén Darío (1980), Gabriela Mistral (2000), José Donoso (2004), Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda (2010) y Southern (2011). En su obra se da una relación singular entre hechos comunes, históricos y narrativos, y la ‘contemporaneidad’ con la que los retrata. El uso amplísimo del español, el excelso manejo de la ironía, la diligente atención a la estructura en sus composiciones poéticas, tanto interna como externa, el verso largo y el acertado uso de la síntesis son algunas de las características que se aprecian en el conjunto de su trabajo. Con una visión opuesta a la de un mundo encorsetado, su poesía invita a una profunda reflexión sobre distintos aconteceres de la vida.

PARACAS

Desde temprano,
crece el agua entre la roja espalda
de unas conchas

y gaviotas de quebradizos dedos
mastican el muymuy de la marea

hasta quedar hinchadas como botes
tendidos junto al sol.

Sólo trapos
y cráneos de los muertos, nos anuncian

que bajo estas arenas
sembraron en manada a nuestros padres.

 

 

TRES TESTIMONIOS DE AYACUCHO

               «Amaneció al fin, el 9 de diciembre de 1824,
               el día más grande para la América del Sur,
               y pudieron encontrarse frente a frente los
               soldados de la libertad y el despotismo».
               Mi primera historia del Perú

1. DE UN SOLDADO

Después de la batalla, no había sitio donde amontonar
a nuestros muertos, tan sucios y ojerosos, desparramados
en el pasto como sobras de este duro combate.
Los héroes hinchados y amarillos se mezclan entre piedras
o caballos abiertos y tendidos bajo el alba: es decir,
los camaradas muertos son iguales
al resto de otras cosas comestibles después de una batalla,
y pronto
cien pájaros marrones se reproducirán sobre sus cuerpos,
hasta limpiar la yerba.

2. DE UNA MADRE

Unos soldados que bebían aguardiente me han dicho que ahora este país es nuestro.
También dijeron que no espere a mis hijos. Debo entonces
cambiar las sillas de madera por un poco de aceite y unos panes.
Negra es la tierra como muertas hormigas, los soldados dijeron que era nuestra.
Sin embargo cuando empiecen las lluvias
he de vender el poncho y los zapatos de mis muertos, guardarme del halcón.
Algún día compraré un burro peludo para bajar hasta mis campos de tierra negra,
para cosechar
                          en las anchas tierras moradas.

3. DE LA MADRE, OTRA VEZ

Mis hijos y otros muertos todavía
pertenecen al dueño de los caballos,
dueño también de tierras y combates.

Unos manzanos crecen entre sus huesos
o estas duras retamas. Así abonan
los sembríos morados. Así sirven
al dueño de la guerra, del hambre
y los caballos.

               (Comentarios reales, 1964)

 

 

KARL MARX DIED 1883 AGED 65

Todavía estoy a tiempo de recordar la casa de mi tía abuela y ese par de grabados:
Un caballero en la casa del sastre, Gran desfile militar en Viena, 1902.
Días en que ya nada malo podía ocurrir. Todos llevaban su pata de conejo atada a la
            cintura.
También mi tía abuela —veinte años y el sombrero de paja bajo el sol, preocupándose
                apenas
por mantener la boca, las piernas bien cerradas.
Eran hombres de buena voluntad y las orejas limpias.
Sólo en el music-hall los anarquistas, locos barbados y envueltos en bufandas.
Qué otoños, qué veranos.
Eiffel hizo una torre que decía «hasta aquí llegó el hombre». Otro grabado:
«Virtud y amor y celo protegiendo a las buenas familias».
Y eso que el viejo Marx aún no cumplía los veinte años de edad bajo esta yerba
—gorda y erizada, conveniente a los campos de golf.
Las coronas de flores y el cajón tuvieron tres descansos al pie de la colina
y después fue enterrado
junto a la tumba de Molly Redgrove «bombardeada por el enemigo en 1940 y vuelta a
           construir».
Ah el viejo Karl moliendo y derritiendo en la marmita los diversos metales
mientras sus hijos saltaban de las torres de Spiegel a las islas de Times
y su mujer hervía las cebollas y la cosa no iba y después sí y entonces
vino lo de Plaza Vendome y eso de Lenin y el montón de revueltas y entonces
las damas temieron algo más que una mano en las nalgas y los caballeros pudieron
           sospechar
que la locomotora a vapor ya no era más el rostro de la felicidad universal.

«Así fue, y estoy en deuda contigo, viejo aguafiestas».

 

 

DOS SOLEDADES

I. HAMPTON COURT

Y en este patio, solo como un hongo, adónde he de mirar.
Los animales de piedra tienen los ojos abiertos sobre la presa enemiga
—ciudades puntiagudas y católicas ya hundidas en el río— hace cien lustros
se aprestan a ese ataque. Ni me ven ni me sienten.
A mediados del siglo XIX los últimos veleros descargaron el grano,
ebrios están los marinos y no pueden oírme
—las quillas de los barcos se pudren en la arena.
Nada se agita. Ni siquiera las almas de los muertos
—número considerable bajo el hacha, el dolor de costado, la diarrea.
Enrique el Ocho, Tomás Moro, sus siervos y mujeres son el aire
quieto entre las arcadas y las torres, en el fondo de un pozo sellado.
Y todo es testimonio de inocencia.
Por las diez mil ventanas de los muros se escapan el león y el unicornio.
El Támesis cambia su viaje del Oeste al Oriente.
Y anochece.

II. PARÍS 5E

«Amigo, estoy leyendo sus antiguos versos en la terraza del Norte.
El candil parpadea.
Qué triste es ser letrado y funcionario.
Leo sobre los libres y flexibles campos del arroz: Alzo los ojos
y sólo puedo ver
los libros oficiales, los gastos de la provincia, las cuentas amarillas del Imperio».
Fue en el último verano y esa noche llegó a mi hotel de la calle Sommerard.
Desde hacía dos años lo esperaba.
De nuestras conversaciones apenas si recuerdo alguna cosa.
Estaba enamorado de una muchacha árabe y esa guerra
—la del zorro Dayán— le fue más dolorosa todavía.
«Sartre está viejo y no sabe lo que hace» me dijo y me dijo también
que Italia lo alegró con una playa sin turistas y erizos y aguas verdes
llenas de cuerpos gordos, brillantes, laboriosos. «Como en los baños de Barranco»,
y una glorieta de palos construida en el 1900 y un plato de cangrejos.
Había dejado de fumar. Y la literatura ya no era más su oficio.
El candil parpadeó cuatro veces.
El silencio crecía robusto como un buey.
Y yo por salvar algo le hablé sobre mi cuarto y mis vecinos de Londres,
de la escocesa que fue espía en las dos guerras,
del portero, un pop singer,
y no teniendo ya nada que contarle, maldije a los ingleses y callé.
El candil parpadeó una vez más.
Y entonces sus palabras brillaron más que el lomo de algún escarabajo.
Y habló de la Gran Marcha sobre el río Azul de las aguas revueltas,
sobre el río Amarillo de las corrientes frías. Y nos vimos
fortaleciendo nuestros cuerpos con saltos y carreras a la orilla del mar,
sin música de flautas o de vinos, y sin tener
otra sabiduría que no fuesen los ojos.
Y nada tuvo la apariencia engañosa de un lago en el desierto.
Mas mis dioses son flacos y dudé.
Y los caballos jóvenes se perdieron atrás de la muralla,
y él no volvió esa noche al hotel de la calle Sommerard.
Así fueron las cosas.
Dioses lentos y difíciles, entrenados para morderme el hígado todas las mañanas.
Sus rostros son oscuros, ignorantes de la revelación.

«Amigo, estoy en la Isla que naufraga al norte del Canal y leo sus versos,
los campos del arroz se han llenado de muertos.
Y el candil parpadea».

               (Canto ceremonial contra un oso hormiguero, 1968)

 

 

POR LA NOCHE LOS GATOS O MIS OCHO VECINOS PENSIONADOS DE GUERRA
(CAGNES-SUR-MER)

Todos los gatos de la región son un ruido en el techo,
igual que el de los reos fondeados entre bolsas en un hueco del río
—ritos de amor, ritos de combate—
hasta que se descuelgan ya muertos o cansados para asediar mi casa,
se revuelven
como tribus de arañas en el fondo del agua, me reclaman
un lugar en el lecho y de comer según los usos del último tratado
—alianza concertada con el viejo que dio nombre a los gatos,
sembró las margaritas, los geranios
(donde orino cuando estoy apurado),
comió sobre esta mesa,
durmió sobre esta cama,
murió sobre esta cama
como un sapo.
Las moscas de mi mesa son las mismas que engordan en la mesa
de mis ocho vecinos pensionados de guerra,
son de vuelo pesado y paso torpe, mansas para la muerte, son el día.
Por la noche los gatos.
                              Allá vuelven.
Cierro la puerta con dos vueltas de llave, toco madera.

 

 

DOS SOBRE MI MATRIMONIO UNO

1

«Una vez que la fragata fue amarrada en el muelle,
Úrsula bajó a tierra y la siguieron
más de 11.000 muchachas que tampoco conocían varón».
Y me topé contigo. Recién Desembarcada.

2

Yo construí un hogar sobre la piedra más alta de Ayacucho, la más dura de todas,
guardado por el puma y el halcón y bajo techo / una fogata redonda y amarilla.
Pero poco quedaba por ganar: apenas fue el final de esa alegría guardada y desgastada
           entre los años
—hace siete veranos por ejemplo,
gloriosos y enredados junto a las grandes olas y lejos de los ojos de tu tribu.
Pero cualquier chillido —un pelícano herido, una gaviota— podían devolverte el viejo
           miedo,
y entonces / volvías a cruzar los muros de tu tribu por la puerta mayor
—el pelo y las orejas / eran toda la arena de la playa.
Y es el miedo que nunca te dejó, como la ropa interior o los modales.
Qué fue eso de casarse en una iglesia «barroco colonial del XVII en Magdalena Vieja»
—pero la arquitectura no nos salva.
Verdad que así tuvimos un par de licuadoras, un loro disecado, cuatro urnas,
           artefactos para dieciocho oficios, seis vasijas en cristal de Bohemia y ocho
           juegos de té con escenas del amor pastoril (que los cambiaste por una secadora
           de pelo y otras cosas que nadie te había regalado).
Así, muchacha bella, cruzaste el alto umbral (bajo el puma de piedra, el halcón de
           piedra,
la fogata que da luz a los dos lados del Valle de Huamanga —banderas que a la larga
           también se hicieron mierda).
Ahora ni me acuerdo de las cosas que hablabas —si es que hablabas,
de las cosas que te hacían reír —si es que reías,
y no puedo siquiera ni elogiar tu cocina.
Fuiste un fuerte construido por el miedo (imagen medieval) que no supe trepar o que
           no pude.
Ahora ni me acuerdo si es que fuiste un fuerte construido por el miedo (imagen
           medieval),
ni si supe trepar ni si no pude.

Escribir este poema me concede derecho a la versión.

 

 

EL REY LEAR

          Quiero que mi hijo tenga lo que yo no tuve

Déjese de cosas: usted toma mujer y se hace de un par de hijos y se pasa
la vida en sus trabajos ni limpios ni muy sucios hasta apilar 100 columnas de monedas
          de cobre abajo de la cama
y después con el tiempo —usted es de usos honrados salvo que la honradez etcétera–
guarda 2.000 columnas más en el ropero y 60 en el techo del baño y entonces
es el viejo monarca que va a construir un castillo en tierras de frontera
antes de su muerte y antes de la muerte del mayor de sus hijos, «con el baño completo
          en los altos y un bañito en la entrada»,
y entre las arenas y el torreón del oeste sembrará los manzanos y el bosque de los
          robles
que serán una soga entre sus hijos y los hijos de sus hijos y los otros que lleven su
          nombre,
pero sabe que se puede enredar en una de esas ramas y Absalón —su hijo «el
          mayorcito, que va a ser ingeniero»—
le abrirá la cabeza en 2 como una palta.
Ahora usted evita las ramas y cambia los bosques por los acantilados:
sobre la arena mojada su caballo es alegre y veloz, las naves enemigas no embravecen
          el mar,
sólo el aire que sopla trae el frío de los cascos normandos —«allí nomás estaba el
          gerente general en su carrazo, me hice el que no lo vi»—,
pero a ninguno de sus hijos le interesa su guerra con los normandos ni aprendieron a
          usar la ballesta,
y usted de la oficina a la casa cuidándose de andar bajo las ramas, y otra vez al torreón
          del oeste
—entre la cocina y el cuarto de fumar: el baño está siempre ocupado y en los cuartos
          que sobran ni una araña / en la noche
cuando el aire está limpio: la luz de las otras ventanas, los grandes anuncios
          luminosos,
y usted aprovecha que baje la marea, se ajusta las sandalias de venado, el manto:
          cabalga junto al mar,
y Absalón —el menor «será un gran abogado este muchacho»— abre la red sobre la
          blanda arena y alza su arpón de hueso
—no le gusta—, ya sé, haga su cuenta de nuevo, déjese de cosas:
usted toma mujer y se hace de un par de hijos y trabaja y etcétera hasta apilar 100
          columnas de etcétera abajo de la cama
y sube el dólar en un 50% y desembarcan los normandos después de volar esos
          torreones nunca construidos
y sus monedas de cobre son cáscaras de huevo que aplasta el aire.
De acuerdo, sus hijos no han salido mejores que usted,
pero igual lo esperan en el bosque de robles y al borde de las aguas
y ahora moléstese en buscarlos: ya no sobra otro invierno y esta rueda se atraca.

               (Como higuera en un campo de golf, 1972)

 

 

MUCHACHA HÚNGARA EN HUNGRÍA OTRA VEZ

          a Tilsa

Aquí no soy Sofía la del rancho celeste en los acantilados.

Un cangrejo pesa 300 gramos, tiene diez patas, dos antenas peludas y es color de
          ciruela cocido por el fuego.
Su lomo es duro como piedra-pizarra. Pero sus pinzas son más duras todavía.
En la playa lo abrimos contra una roca. En la mesa del comedor con un martillo azul
          de picar hielo.
Bajo el lomo están las aguas de coral, los pellejos y cierta carne de ordinaria calidad.
Mas la blanquísima carne de las pinzas es perfecta como el viento en el verano.
No recuerda ave ninguna ni ganado ni pez.

Aquí no soy Sofía y mi memoria confunde alguna vez aquel sabor con un sabor de
          trucha o de ternera.
Y sin embargo son carnes tan distintas como el fuego y el hielo.

Ahora las colinas amarillas se acercan al invierno. El quinto invierno desde que he
          vuelto a casa.
(Y preparo conservas de cebollitas verdes y pepinos).
Ésta es mi tierra y aquí he de florecer mientras olvido esa carne blanquísima y perfecta.

               (El libro de Dios y de los húngaros, 1978)

 

 

ENTONCES EN LAS AGUAS DE CONCHÁN
(Verano 1978)

Entonces en las aguas de Conchán ancló una gran ballena.
Era azul cuando el cielo azulaba y negra con la niebla. Y era azul.
Hay quien la vio venida desde el Norte (donde dicen que hay muchas).
Hay quien la vio venida desde el Sur (donde hiela y habitan los leones).
Otros dicen que solita brotó como los hongos o las hojas de ruda.
Quienes esto repiten son las gentes de Villa El Salvador, pobres entre los pobres.
Creciendo todos tras las blancas colinas y en la arena: Gentes como arenales en arenal.
(Sólo saben el mar cuando está bravo y se huele en el viento).
El viento que revuelve el lomo azul de la ballena muerta. Islote de aluminio bajo el sol.
La que vino del Norte y del Sur y solita brotó de las corrientes.
La gran ballena muerta.
Las autoridades temen por las aguas: la peste azul entre las playas de Conchán.
La gran ballena muerta.
(Las autoridades protegen la salud del veraneante).
Muy pronto la ballena ha de podrirse como un higo maduro en el verano.
La peste es, por decir, 40 reses pudriéndose en el mar (o 200 ovejas o 1.000 perros).
Las autoridades no saben cómo huir de tanta carne muerta.
Los veraneantes se guardan de la peste que empieza en las malaguas de la arena
          mojada.
En los arenales de Villa El Salvador las gentes no reposan.
Sabido es por los pobres de los pobres que atrás de las colinas
flota una isla de carne aún sin dueño.
Y llegado el crepúsculo —no del océano sino del arenal—
se afilan los mejores cuchillos de cocina y el hacha del maestro carnicero.
Así fueron armados los pocos nadadores de Villa El Salvador.
Y a medianoche luchaban con los pozos donde espuman las olas.
La gran ballena flotaba hermosa aún entre los tumbos helados. Hermosa todavía.

Sea su carne destinada a 10.000 bocas.
Sea techo su piel de 100 moradas.
Sea su aceite luz para las noches y todas las frituras del verano.

               (Crónicas del niño Jesús de Chilca, 1981)

 

 

MONÓLOGO DE LA CASTA SUSANA

               Una mujer llamada Susana, hija de Helcías,
               hermosa en extremo y temerosa de Dios.

               Daniel 13,2

               Prorrumpió Susana en gemidos, y dijo: Estrechada
               me hallo por todos lados; porque si yo hiciere
               eso que queréis, sería una muerte para mí; y si
               no lo hago, no me libraré de vuestras manos.

               Daniel 13,22

1. NUNCA TUVE EL MENOR ENTUSIASMO

Nunca tuve el menor entusiasmo
por una vida breve aunque gloriosa.
Frecuentar ansío mis potajes
(agridulces y fuertes) todo el tiempo
posible. Amar también
(sin mucho esfuerzo). Ser amada
como si fuese el único animal
deseable en el planeta. Aburrirme.
Maldecir. Desesperarme
hasta pedir la muerte / conociendo
que el infarto no acude por llamado
(¿ó sí?). Entonces te detesto
chiquilla coronada con laurel
o varas de apio fresco, lloriqueada
en tierno funeral
antes de los mareos y el bochorno
del primer embarazo.
Gloriosa tú. Yo en cambio
llevaré esta belleza inevitable
(¿cuánto más todavía?) que me ocupa
como el relleno a un pavo.
Huiré (sin excesos)
del trato con la parca. Deseo
(con fervor) un par de nietos
sanos y presentables. Poco importa
que los lustros me vuelvan
triste o necia. Una carga
(así suelen decir) para mis hijos.
Poco importa.
Es tarde de tormenta. El jardín
luce bajo la lluvia como los pelos
de una rata mojada. Hoy cumplí
los treinta años de edad.
He ganado (supongo) en experiencia
y hasta en sabiduría. Mas la madre
del llamado cordero (mala madre)
está en estos pellejos
que me sobran, las lonjas de jamón
no comestible creciendo
(aún con disimulo, menos mal)
entre mis muslos, mis caderas,
mi vientre (la barriga)
plegándose en mi pubis.
Nunca tuve el menor entusiasmo
por nosotras. Ni por ti.
Ni por mí.

 

 

EL VIAJE DE ULISES (CON SILVANA MANGANO & KIRK DOUGLAS)

Cuando estamos muy lejos (como ahora) a 20 horas de vuelo o casi 20 días por el mar.
te recuerdo bailando sobre ese mostrador iluminado de una playa nocturna.
Sin miedo ni recato, con toda la alegría de las cosas que nombramos eternas.
Hace casi trece años. Desde entonces nos hemos fatigado (más que muchos)
por procurarnos algo de verduras y pescados y un refugio a la hora del zancudo
contra la locura (tediosa) de la calle y la tristeza de los inoportunos.
Amor que es un modelo de constancia (tejes y destejes la chalina de alpaca).
Y no es por la retórica de Homero. También algunas noches (mejor si estamos solos)
son notables nuestros vientres dulcísimos y tensos. Privilegios
que suelen más bien darse (si se dan) entre amantes de ocasión y sin futuro.
Entonces cuando te hallas muy lejos (como ahora) no apareces tan sólo en la luz del
          bar junto a las olas,
vuelves también a mi memoria / vibrante como una cierva (herida) tras las cortinas de
          nuestro dormitorio.
Por eso a la distancia (digamos que rodeo los islotes de Circe)
me cuesta recordar esas reyertas entre la madrugada. La fría maldición en el almuerzo.

               (Monólogo de la casta Susana y otros poemas, 1986)

 

 

REQUIEM (2)

               i.m. Hans Stephan

No el muro lateral ni el cielo blanco,
los gorgojos al fondo
y la ruda tan densa. No al final
de todas las visiones.
No el gajo de limón en los pantanos
o el tufo del carburo.
No el fofo bamboleo del mosquito
donde empieza la selva
y la gran confusión.

Más bien el rostro amado,
esos poros pequeños, piel de playa
y brillos de salmuera en el poniente.
Un aire muy ligero, sin frituras,
la cama bien tendida,
las rodillas holgadas,
la manta leve y fresca.
Las uñas cortas de la mano amada
sobre el lomo en pavor de los rebaños.
Kyrie eleison
Christie eleison
Kyrie eleison.

Un ciervo azul y calmo como el hielo
sea certeza de la resurrección.

 

 

NOCTURNO

Vivo en una casa protegido
por mujeres pequeñas, alegres y benignas.

Fuera de eso, el aire es áspero y azul
(y malo para el asma).

Un abra entre las nubes y la tráquea
atrás del horizonte.

Inmóvil dentro y fuera del pulmón,
compacto y plano.

Las hormigas pululan a la luz de la luna
y sin destino.

Las aguas se retiran y nos privan
de todas las especies comestibles.

No tardes, Nora Elvira, amada y lenta.
Lenta mía y bucólica no tienes

ni siquiera la excusa
de algún verde pasado rural.

 

 

TABERNA

En las tinieblas los cuerpos envejecen
sin que nadie repare en el escándalo.

Un rostro amable y terso se confunde
con los belfos que van hacia la muerte.

Por eso somos hijos de la noche
a la puerta del templo. Un lamparín

es también el anuncio de reposo
para los cazadores extenuados.

Una taberna, por ejemplo, es en la noche
el frontispicio de las maravillas.

O al menos una luz en las colinas
donde rondan los perros salvajes.

Nadie teme a la muerte adormecido
en su mesa de palo y sin embargo

entre los altos vasos apacibles
se enfría el corazón con la insolencia

(y el encanto tal vez) de un tigre adulto
en la plaza del pueblo a pleno día.

Ninguna confidencia en verdad nos degüella.
Ni la risa recuerda a un jabalí

de pelambre dorada y fino precio.
El páncreas es un campo de ciruelas.

Los diablos apagan la linterna.
Aguardan (como suelen) donde cesa la luz.

 

 

[DRÁCULA DE BRAM STOKER] CARTA DE MINA MURRAY A LUCY WESTERNA
(Earls, Court, Londres)

Desperté bajo un cielo de aguanieve. Y sin embargo (tienes que creerme)

hace unas cuantas horas, cuando vine desde Never Square para instalarme

en este cafetín de Old Brompton Road (donde ahora te escribo),

al volver la cabeza me topé con los aires de julio desatados

sobre un paisaje tonto pero amable y sin grandes sorpresas.

Las manzanas de la sabiduría, las fresas del amor, las colinas azules y soleadas.

Todo dispuesto como un puente de reses dormidas hasta el mismo horizonte.

Eso fue hace tres horas. Ahora hiela el aire que ocupan las estrellas

más allá de los postes de luz. El aire negro de los lobos obesos y los tristes festines del
          pastel de riñones.

Alguien ha roto un gran plato de jade en la mesa de al lado y me importa un pepino.
          Igual que los gobiernos o linajes.

El local (de moda en otros tiempos) es sólo un mausoleo repleto de ballenas a medio
          destajar y pieles de cordero.

Ese biombo con flores de lavanda le otorga sin embargo un aire pastoril.

Las tinieblas chorrean por los muros como jugo de moras derramado. Es hora de
          volver.

(Mi rostro es un color sin plantas ni animales. Las atmósferas claras de la luna
          contienen a la tierra para siempre).

               (Las inmensas preguntan celestes, 1992)

 

 

UN VIAJE POR EL RÍO NANAY

1

No es en estos meandros, donde viven los peces de agua dulce, que yo el gran capitán destajero, con cien pesos al mes mientras navego y ciento treinta cuando estoy en tierra, he sentido terror por lo que resta de mi ordinaria vida. El terror a las garras del tigre, frías rodajas de cebolla cruda, lo sentí más bien en la terraza de ese bar tenido por alegre, amasijo de piernas y traseros bajo el ardiente sol, a pocos metros de la Plaza de Armas, resbaloso igual que la cubierta de un crucero barrido por las olas, clavado en una roca sobre el río Nanay.

2

Estamos en la época del año en que las tortugas desovan en la playa y luego se sumergen río abajo como si huyeran (o se avergonzaran) de sus crías, es decir unos quelonios cegatones y fofos, buenos para estofarlos a partir del medio año de edad. Ají pipí de mono. Revuelo de las faldas de algodón abiertas en el muslo hasta esas ancas saladas y perfectas. Un coleóptero transita entre la luz. Se hace papilla. Y, sin embargo, quieto es el vuelo del martín pescador sobre las aguas quietas. Nada hace sospechar los turbulentos cardúmenes de peces, girando en lo profundo como moscas en torno al orificio enloquecido de una dorada real.

3

También hay un silencio cerril azul de Prusia. Detrás de las persianas de madera, unas veinte cabezas de ganado cebú se sobajean con tal solicitud que todo hace pensar en un perverso pacto, más oscuro que una deuda de juego o una historia de amor. Por lo demás, tan sólo hay que mirar cómo descienden las aguas del Nanay al pie de mi ventana para saber que tenemos casi 40 grados a la sombra y 90% de humedad. Ahora sé que en los grandes calores debo alejarme de las mantas de lana y de los cuerpos que dan horrible sed y calientan el aire.

4

De pronto, sin qué ni para qué, termina el pastizal bajo la niebla. Allá donde el paisaje es un grabado con fresnos, eucaliptos y matas de geranio. Hay además una mujer salpicada por las altas mareas que revientan contra los farallones. Está casi desnuda y observa una manada de delfines a prudente distancia. En realidad hay muchas cosas más. Pero ninguna es tuya, diabético tedioso. Calla y aprende. Sólo posees algunas unidades de insulina y una piara de cerdos amarillos.

 

 

EL NÁUFRAGO BENDITO

La barca de Caronte chapotea como una cucaracha entre los vericuetos del canal principal. Paloma cuculí, pretendes regodearte con mi muerte una vez más. Puedo, sin mucho esfuerzo, reconocer tu aullido pegajoso igual que una frazada en el verano, baba verde y peluda entre mi lecho. Tus torpes aleteos, tus espinas, tus ojos pitañosos vigilando esa banda sinfín que lleva a los difuntos, colgajos congelados sin memoria. Paloma cuculí, juro por Dios que no te daré gusto. Al fin y al cabo, el infarto no es tan sólo (como creen algunos) ese dolor detrás del esternón que nos sorprende saliendo del estadio. Es más bien como una tempestad de diástoles y sístoles repleta de ballenas y fragatas partiéndose en las olas (que suelen alcanzar los siete metros). Y allí estamos los náufragos boqueando entre los tumbos y el fondo submarino igual que una corvina malherida, hasta que un serafín altísimo y dorado nos libra de los yuyos con su espada de fuego y se recuesta sobre las aguas calmas bajo un cielo amarillo. Después, hecha la paz, es cosa muy difícil distinguir el manto compasivo de la Virgen de alguna terracita refrescante, con baldosas azules y jarras de cerveza, metiéndose en el mar.

 

 

UN CRUCERO A LAS ISLAS GALÁPAGOS

1
[TORTUGAS]

Su alma es inmortal, crocante y tibia como un bollo de pan recién horneado. El Mar de los Sargazos. Los botes amarillos del lago de Barranco (hace ya cincuenta años) tatuados en el agua, remolinos de larvas y gusanos. (Sandokán, tigre de la Malasia. Las panteras de Argel). Su alma (tibio bollo) es inmortal. Se amontonan, mascarones de proa repletos de naufragios, en la isla de Darwin. Entre los bosquecillos de palmeras, los helechos y las verdes orejas de elefante. Una suerte de paisaje tropical. Igual que en el folleto que llevó al descalabro a esos marineros holandeses («pagué por un crucero tropical y aquí me ve, rechoncho y solitario, atribulado en medio de la lava»). Las tortugas son místicas y endémicas. Tienen nombres sagrados. Es cuestión de bucear (aletas y antifaces de carey) hasta toparse, en santa comunión, con sus almas de pan recién horneado y dejarse arrastrar. En el extremo norte de la isla hay un laboratorio. En el extremos sur, una oficina de correos y telégrafos y un par de cafetines milagrosos.

2

Cuando salí del cafetín, la noche estaba tan oscura que hasta las moscas habían dejado de volar. No puede ser, me dije, porque cuando entré (al cafetín) afuera era de día y el sol brillaba azul sobre los vasos dorados de cerveza y el cuello de un doncel.

3
[IGUANAS]

Los animales endémicos son aquellos nacidos y crecidos en las islas. Son fofos y tristones, sin vínculo ninguno con otros territorios del océano exterior. Las manadas de iguanas, por ejemplo, sólo saben de las grandes praderas de basalto o de las almas de las iguanas muertas. Su pellejo es picante y su sangre es helada. Por eso se la pasan arrumadas, como un montón de trapos, tendidas y resecas bajo el sol. A veces parpadean contra el viento salado y se dedican, sin mayor entusiasmo, a los antiguos ritos del amor.

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Cuando las grandes olas, repletas de medusas y sardinas, dieron cuenta por fin de las chalupas que venían del barco, salió una luna roja sobre el mar y el farallón de lava. Allí pastaban (no me preguntes cómo) unas manadas de cabras salvajes en silente tropel.

               (Un crucero a las islas Galápagos: nuevos cantos marianos, 2005)

 

 

antonio cisneros 350Antonio Cisneros (Perú, 1942-2012). Poeta, cronista, guionista, traductor, periodista y catedrático. Entre varias distinciones obtuvo los premios: Nacional de Poesía (1965), Casa de las Américas (1968), Latinoamericano de Poesía Rubén Darío (1980), Gabriela Mistral (2000), José Donoso (2004), Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda (2010) y Southern (2011). En su obra se da una relación singular entre hechos comunes, históricos y narrativos, y la ‘contemporaneidad’ con la que los retrata. El uso amplísimo del español, el excelso manejo de la ironía, la diligente atención a la estructura en sus composiciones poéticas, tanto interna como externa, el verso largo y el acertado uso de la síntesis son algunas de las características que se aprecian en el conjunto de su trabajo. Con una visión opuesta a la de un mundo encorsetado, su poesía invita a una profunda reflexión sobre distintos aconteceres de la vida.

 

 

Material de consulta:
Comentarios reales de Antonio Cisneros. Lima: Ediciones de la rama florida & ediciones de la biblioteca universitarios, 1964; Poesía, una historia de locos (1962-1986). Madrid: Hiperión, 1990; Por la noche los gatos: poesía 1961-1986. México, 1989. Valencia: Pre-Textos, 2003; Antología poética. México: FCE, 2012.

 

 

"Domingos de poesía" es una idea original del poeta Sergio Laignelet, colaborador de Aurora Boreal®. Se publica semanalmente. Toda la selección y cura de los materiales por Sergio Laignelet.

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Sobre Sergio Laignelet
Bogotá, 1969. Poeta colombiano residente en Madrid, editor, corrector de estilo y ortotipográfico de publicaciones educativas y culturales. Libros publicados: That's all Folks! (poemas animados). Madrid, 2017; Cuentos sin hadas. Canarias, 2010; Carnaval (plaquette). Bogotá, 2007; Malas Lenguas. Bogotá, 2005. Ediciones bilingües de CSH: Danés: Omvendte eventyr. H. Krarup trad. Copenhague, 2017; Francés: Contes á l’envers. R. Durand trad. Toulon, 2015, y Colomiers, 2017 (además, poemas suyos han sido traducidos al inglés, portugués, italiano, sueco, finés, polaco y japonés). Antología editada: Gatimonio: poemas de gatos de autores hispanoamericanos. Madrid, 2013.

Poemas de Antonio Cisneros. Selección de poemas: Sergio Laignelet. Material enviado a Aurora Boreal® por Sergio Laignelet. Poemas y fotografías publicadas con autorización de ©Herederos de Antonio Cisneros. Copyright de la fotografía más reciente del poeta, ©Soledad Cisneros. (Las dos fotos hacen parte del archivo familiar del poeta). Fotografía Sergio Laignelet © Lorenzo Hernández.

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