La Frontera Cruzada - Entrevista a Armando Romero

Entrevista en exclusiva para Aurora Boreal®

Los días estaban bañados del color inusitado de la rebeldía. Una primavera de arte y poesía prometía cambiar el antifaz de la política en París; en Estados Unidos unos poetas celebraban las fisuras al celebrado mito del sueño americano con jazz, peyote y efluvios de

ciudad. Los ecos llegaron a Colombia. Armando Romero, después de participar en el grito colectivo del nadaísmo, asumió la errancia como camino para su vida y su obra. Novelista, poeta y ensayista, este escritor colombiano nacido en Cali, Valle del Cauca, en 1944, ha nutrido sus libros con las lecciones de quien encuentra en el nomadismo una cantera creativa. Esta conversación, con quien Álvaro Mutis considerara un autor orientado "por la sola virtud de una rigurosa honestidad de escritura", revela aspectos esenciales de su corpus literario.

Con la misma desazón con que Elipsio, dueño de una osadía temeraria, busca a Lamia en cada meandro de los Estados Unidos en su novela La Rueda de Chicago, su vida es una búsqueda itinerante y vital por encontrar la quintaesencia artística. ¿Fue en su caso Estados Unidos un refugio creativo que le permitió una mirada ecuménica a su obra literaria?


Sí, en cierta manera. Para una persona como yo, que ha hecho del viaje, del continuo desplazamiento su plataforma de despegue, vivir en los Estados Unidos se tornó en algo muy conveniente. Este es un país de nadie y de todos. Es casi una habitación flotante forrada de corcho, como buscaba Proust para escribir. Por eso los pasos del personaje Elipsio, quien me ha acompañado por varias novelas, por las calles de Chicago son un andar por todo el país, porque esta ciudad es la ciudad norteamericana por excelencia. En esta novela no sólo visitamos la ciudad, palmo a palmo, sino que damos vueltas por su mundo literario, musical, artístico, violento, étnico. Perdona que diga esto que parece un poco exagerado, pero no creo que escritor alguno en Colombia haya escrito un libro como éste, donde la ciudad es personaje principal. Pero es una ciudad vista con los ojos de un colombiano, que revela a la vez que oculta su propio ser. Ahora bien, no es una búsqueda artística, a mi parecer; itinerante y vital sí. Te digo esto porque lo artístico deviene superficial cuando no está sembrado en la existencia de todos los días, y si es así, entonces deja de ser artístico para transformarse en humano.


Observo con fascinación esa literatura fruto de la emigración que emerge en Estados Unidos y que configura un renovado hispanismo que le permite al español rehacerse literariamente. ¿Resulta aventurado hablar de una literatura en el exilio como una nueva vertiente creadora que cohesiona a los hispanohablantes que viven en Estados Unidos?

armando romero 070Tal vez visto uno a uno hay escritores de primera categoría viviendo aquí en los Estados Unidos. Hablo de los que escriben en español, porque los otros como Oscar Hijuelos o Junot Díaz escriben sólo en inglés, y de hecho pertenecen al mundo literario norteamericano. Ahora bien, los narradores latinoamericanos aquí viven muy distantes los unos de los otros, y no se leen ni se conocen. Gran parte de ellos son mexicanos en la parte del oeste, o cubanos en el sureste. Hay si un grupo más grande de poetas, los cuales mantienen muy estrecha relación entre sí, pero sus similitudes y diferencias son las mismas que tenemos en América Latina en general. Por eso no creo que haya una literatura en el exilio que confluya en direcciones reconocibles a través del lenguaje y la temática. Recuerda que el exilio es un mundo solitario, que se vive con recuerdos muy íntimos, difícilmente compartibles pero sí reconocibles por los que lo viven. Allí se encuentran formas de comunidad. Pero los escritores con permanencia aquí de toda una vida ven otra realidad, aunque a veces escriban en español. No hablemos del spanglish porque eso es algo que pertenece a grupos muy particulares, afincados en las grandes ciudades. Otra cosa importante es diferenciar entre los escritores verdaderos del exilio y los que viajan, principalmente a Europa, para hacer carrera literaria, darse a conocer en los mundillos literarios, en las editoriales, en las agencias literarias. Estos escritores están en el comercio de la literatura. Es otra cosa.

Marcos Fabián Herrera Muñoz, Colombia, 1984. Poeta y periodista cultural. Integra el comité editorial de la revista Puesto de Combate y del periódico virtual Con - Fabulación. Sus diálogos con escritores y artistas para la prensa cultural hispanoamericana le han reportado unánimes elogios y lo han ubicado como uno de los cultores más versátiles, documentados y agudos de la conversación literaria. Autor del libro El Coloquio Insolente - Conversaciones con Escritores y artistas Colombianos (dos ediciones) y del poemario Silabario de Magia. Incluido en antologias de cuento, poesía y periodismo literario.

 Después de observar la sordidez de la ciudad, Elipsio se ríe "como Dios manda. Y el demonio también", en el final de Un día entre las Cruces. ¿Fue el Nadaísmo un intento en conciliar a Dios con el Diablo?


El nadaísmo es un intento de crear una lectura diferente de la realidad colombiana desde el punto de vista literario y artístico. Hay poetas un tanto diabólicos como el primer X-504, o angelicales como el último Gonzalo Arango, pero en definitiva no hay un plan determinado en el nadaísmo, una causa común. Cada nadaísta era algo diferente, de santos a maleantes. Mi novela, Un día entre las cruces, enfoca la realidad de mi ciudad, Cali, desde tres ángulos temporales diferentes, vistos desde la perspectiva de un solo día en cada uno de estos cuadros. Es una novela sobre la violencia, sus orígenes, su materialización en la ciudad que me tocó vivir de niño, adolescente y hombre joven. Lamento no haberla titulado "El huevo de la serpiente", pero ese era un título de Bergman y desistí. La ciudad no es sórdida, tal vez caótica, violenta, desordenada. Es una ciudad atrapada por sus montañas que le impiden ver el mar. Esta es la metáfora de la necesidad de Elipsio para escapar, huir. Volviendo sobre el tema del nadaísmo, y ya dentro de lo personal, para mí también el nadaísmo se convirtió en una cárcel. Me fui de Colombia porque me sentía atrapado por ese ser nadaísta que ya no lo era, y por una Colombia literaria que no me interesaba en absoluto. Pero también porque no soportaba la violencia del país, esa falta de ternura que nos caracterizaba. Y eso está allí en Un día entre las cruces.


Retornando a un camino de indagación de la selva que autores como Rudyard Kipling, Joseph Conrad y en nuestro país José Eustasio Rivera, han transitado con lúcida obstinación; su novela Cajambre propone un paraje de logrado exotismo para develar la ruindad de la condición humana. ¿Es la enigmática muerte de Ruperta un acicate literario para explorar la particular cosmovisión de la comunidad negra?


Agradezco que traigas a colación a tan grandes escritores como preludio a tu pregunta. Todos ellos son maestros de verdad para mí. La muerte de Ruperta indudablemente es la puerta que nos permite entrar a este mundo tan distante del resto de los colombianos, tanto que muchos se preguntan si yo inventé esta región. Yo los mando a consultar Google Map. A diferencia de mi novela Un día entre las cruces, que es una novela rabiosa de principio a fin, esta es una novela de amor. No sólo el amor que fluye dentro de los personajes, sino del amor que implica un acercamiento a un mundo tan hermoso como es el de las comunidades negras de nuestro Pacífico. Cajambre es la novela de Ruperta, su gran personaje, su centro de gravitación. Es interesante saber que cuando empecé a escribir esta novela, que me llevó años de preparación e investigación, la idea principal iba en dirección diferente. De pronto, ya en la frase inicial, descubrí que el personaje no era la selva como en otros autores, sino ese mundo de nuestros hermanos negros, representados por Ruperta. Desde este ángulo Ruperta ya no es un instrumento literario para contar una historia. Es el símbolo de una lucha por la reivindicación de la mujer en estas tierras, tan maltratadas ellas por la explotación de todo tipo.

 

Ha afirmado que la poesía colombiana es conservadora en sus búsquedas formales y temáticas. ¿Es nuestra lírica refractaria y autista en sus propuestas?


Sí, he dicho que hay una tendencia muy fuerte en la poesía colombiana actual a ser altamente conservadora. Para mí el término conservador no es negativo, y no lo uso para atacar a los poetas colombianos. Hay poetas conservadores excelentes así como innovadores muy malos. Pero lo que pregunto es por qué no hay más innovación, búsqueda formal, temática, dentro de la poesía colombiana. Hay un miedo al riesgo, a las posibilidades que nos brindan el juego de la imaginación, la memoria, los sentimientos, para hacer del poema algo más sugerente, más cercano a las realidades que vivimos. Piensa que si Vallejo se hubiera quedado contento con los poemas modernistas (realmente hermosos) de Los heraldos negros, nunca hubiéramos conseguido tener frente a nuestros ojos esa maravilla única que es Trilce. Hay que cambiar la canción de la vida profunda por la canción del salto profundo. De eso se trata. Pero esta no es una receta para todo el mundo. Los poetas conservadores podrán seguir escribiendo sus versos, lo importante es que no caigan en el vacío.


Cuando le pregunté a Eduardo Escobar por legado del Nadaísmo en Colombia me contestó: "para no ser humildes ni arrogantes, creo que pusimos en el jardín, una mañana, un poco de color, y un puñado de cadáveres." ¿Comparte la opinión de su correligionario literario?


No creo que Eduardo Escobar sea mi "correligionario literario". Hay una inmensa diferencia entre su estética personal y la mía. No digo que la mía sea mejor, sino que el nadaísmo no fue un grupo con direcciones generales compartidas. Es un movimiento literario, y como su nombre lo indica, cada quien se movía como le parecía. Unos oían boleros, otros blues. No, no comparto esa opinión, aunque dentro de las coordenadas del nadaísmo esto no implica que yo tenga razón. Te repito, en el nadaísmo todos pueden definirlo como quieran. Si alguien quiere mezclar flores con cadáveres, me parece una salida muy interesante, bastante colombiana por cierto. Pero yo ya no soy tan colombiano para caer en estas tentaciones que me recuerdan la Gruta Simbólica.


Enseña literatura Latinoamericana en la universidad de Cincinnati y lleva una convulsa vida de viajero. ¿La vocación nómada y plurilingüe obedece a una pulsión apátrida por desconocer las fronteras y otear el mundo desde muchas orillas?


Enseñar literatura, lo cual puede ser un oxímoron en sí, ha sido una buena forma de esconder mi incapacidad para hacer dinero y poder ganarme la libertad que quiero como escritor. Pero no me quejo, la universidad norteamericana me ha brindado algo que nunca me lo hubiera dado la universidad latinoamericana. En eso este mundo es muchísimo más amplio y generoso que el nuestro. En cuanto a mi condición de viajero eso es algo que me vino desde niño, recuerdo. A pesar de venir de una familia pobre de clase media, ya en mi adolescencia había viajado por gran parte de Colombia, y mis recuerdos de Cajambre, por ejemplo, son de mis años jóvenes. A los 25 años ya había vivido en varios países latinoamericanos, y desde los 23 ya nunca volví a vivir en Colombia. Esta condición de viajero es algo complicada porque a la vez que me aleja de Colombia también me hace sentirme muy cerca. Como ves por mi última novela, ella es un estar en Colombia pero desde el ángulo del viajero. Esa es la dualidad del exilio, del viaje. Últimamente he estado viendo el mundo desde la orillas del mar Egeo, y así termino una serie de poemas sobre este mar prodigioso. Allí, en esas orillas he pasado algunos de los momentos más bellos de mi vida. Tal vez allí podemos hablar de que uno se acerca a eso que se llama felicidad.


El conocer obras como la suya me convence de la existencia de una literatura hecha por colombianos que supera las cortapisas del nacionalismo y germina de manera saludablemente marginal y ajena a los castillos de la oficialidad. ¿Es una apuesta en su oficio de escritor el gozar de un estatuto de independencia y extranjería?


No hay que engañarse, todos queremos ser parte de algo. La mayor parte de las veces a uno no le pasan las cosas porque las busca sino porque le suceden. A mí me sucedió tener que vivir mi vida fuera de Colombia, por eso siempre hay un gran dolor en el exilio. De joven es fácil, ya a mi edad no lo es tanto. Estoy lejos sí de la oficialidad colombiana. Nunca recibí el menor apoyo del gobierno o las instituciones culturales colombianas para nada. Pero esto no es una queja, es una realidad. Uno no goza el ser extranjero, poco a poco el país lo torna a uno un extranjero. Yo siempre le digo a los escritores que deciden vivir fuera de Colombia que tienen que estar conscientes de que el país los marginará pronto. Es el precio que se paga para no tener que escribir novelas que obedezcan a una temática cliché de lo colombiano: narcotráfico, paramilitares, drogas, sexo y un poco de vallenato mezclado con bambucos. O para seguirle los pasos a García Márquez, lo cual es peor.

marcos fabian herrera 011Marcos Fabián Herrera

 

La Frontera Cruzada - Entrevista a Armando Romero enviado en exclusiva para Aurora Boreal® por Marcos Fabián Herrera. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Marcos Fabián Herrera. Foto Armando Romero © Armando Romero. Foto Marcos Fabián Herrera Muñoz © Carlos Andrés Beltrán.

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