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La insularidad de lo vivido

rafael jose diaz 250Entrevista a Rafael-José Díaz

 

Aquí entrevistamos a Rafael-José Díaz, Tenerife (1971). Es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de la Laguna. Fue lector de español en la Universidad de Jena y en la Universidad de Leipzig. Dirigió la revista Paradiso (1993-1994). Como poeta ha escrito El Canto en el umbral (1997), Llamada en la primera nieve (2000), Los párpados cautivos (2003), Moradas del Insomne (2005), Antes del eclipse (2007) y Detrás de tu nombre (2009). Es además ensayista, Rutas y rituales, y tiene un libro de relatos, Algunas de mis Tumbas. Ha sido traducido al francés con Le Crépitement.

1. ¿Eres de la Islas Canarias.  ¿Cómo crees que este "lugar" insular se proyecta en tu poesía?

Mi relación con Canarias se ha dado en varias fases y en distintos niveles. Una capa importante, quizá decisiva, tiene que ver con los recuerdos de infancia y de adolescencia que la memoria atesora y que, de forma a veces inesperada, surgen en un texto u otro. Entre estas imágenes primitivas, por decirlo así, son especialmente importantes las que tienen que ver con el mundo familiar, con los lugares compartidos, con los amigos de la infancia. La isla es el territorio insoslayable de todos estos encuentros, pero en este caso se trata todavía de un universo completo en sí mismo, un lugar lleno de vericuetos que no parece tener límites, pues ni siquiera, para el niño o el adolescente que entonces era –y que se proyecta parcialmente en la escritura a través de los ojos del adulto–, constituye el mar un límite impuesto, sino más bien una extensión de la isla, un territorio paralelo, nunca mejor dicho, en el que siguen ocurriendo mil y una historias, acertijos, apariciones y desapariciones, posibilidades, en fin, que la isla y sus recodos de mar abrazado por el niño bañista me ofrecían sin apenas cortapisas.

Pero la isla es también el lugar del que, en un momento de mi juventud, al terminar mis estudios universitarios, me marché en busca de nuevas experiencias, en concreto, como sabes, a Alemania. Luego te contaré un poco de mi vida en ese país. La isla recordada, la isla a la que se regresa, la isla en la que se vuelve a vivir como un nativo que se ha vuelto un extranjero, constituyen otras variantes de aquella primera, intacta, de la que antes te hablaba. Mitificada por la distancia, objeto de distorsiones, rechazos y deseos, desconocida y añorada con cada regreso, espacio de ese extraño "exilio interior" de quien vuelve después de muchos años, la isla se construye entonces con capas cada vez más complejas, niveles de sentido que se van superponiendo o destruyendo a medida que el tiempo pasa y nos vamos haciendo mayores, es decir, a medida que nos vamos distanciando de las experiencias primordiales.

En mi último libro publicado, Las transmisiones. Veinticuatro lugares y una carta, recogí una serie de textos en prosa escritos en los últimos tres años a partir de paseos y recorridos por determinados lugares importantes para mí. Al reunirlos, me sorprendió que una buena parte de esos textos trata de lugares de mi isla natal, Tenerife. Sin embargo, en los últimos siete años no he vivido en esa isla, sino en Madrid. La intensidad con que se percibe –con que se vive– la isla desde la distancia, la voracidad con la que, en uno cualquiera de mis breves regresos a la isla, por ejemplo, he contemplado el cielo estrellado, me he bañado en el mar una tarde de invierno o he recorrido el sendero que bordea el costado de un barranco plagado de piteras y cardones, con el horizonte al fondo, como succionando la luz, no son comparables, al menos en mi caso, con las impresiones que esos mismos lugares me ofrecían en la juventud, o incluso con las que la mayoría de los lugares de otras latitudes me han hecho sentir en momentos diversos de mi vida. Es decir, que insularidad significa, en mi caso, una especie de grado máximo de intensidad de lo vivido. Dado que no concibo la escritura sino como un modo de resolver conmigo mismo los conflictos que esa intensidad me plantea, la isla, incluso cuando no está, es siempre un trasfondo, una especie de umbral que conduce a esa intensidad máxima en la que, paradójicamente, vivimos más y a la vez somos destruidos.

 

2. En algunos de tus poemas aparece la figura de la "hamaca", que es una referencia americana. ¿Quizás un puente transatlántico?

Ahora mismo no recuerdo en qué poema o poemas utilizo la palabra hamaca. Desde luego, existen en Canarias numerosas afinidades con el mundo americano. Dos de los profesores a cuyas clases tuve la suerte de asistir en mis años de estudiante en la Universidad de La Laguna, los catedráticos Dolores Corbella y Cristóbal Corrales, publicaron en 1994 el Diccionario de coincidencias léxicas entre el español de Canarias y el español de América, un admirable trabajo lexicográfico que estudia y sistematiza los aproximadamente 2400 términos que comparten ambas variedades de nuestra lengua. Caminos de ida y de vuelta entre una región y otra, y en muchos casos arcaísmos conservados en ambas orillas –nuevas, periféricas y dinámincas respecto al núcleo originario del idioma–, explican la presencia de palabras comunes que son al mismo tiempo americanismos y canarismos. En el caso concreto de mi familia, dispongo de datos sobre la emigración a República Dominicana y a Venezuela de algunos parientes en distintos momentos del siglo XX. Personalmente, tan solo he hecho dos viajes –en 2006 y en 2014– a México. En muchas ocasiones, sin embargo, han sido algunos escritores hispanoamericanos a los que he leído con avidez quienes han podido incorporar en mi imaginario elementos como esa hamaca que mencionas. Se me ocurre, por ejemplo, que, al tratarse sobre todo de un "dispositivo" tropical, puedo haber leído en el Paradiso de Lezama Lima, en algún relato de Virgilio Piñera o en algún poema del dominicano León Félix Batista referencias a hamacas que me hayan hecho soñar y trasladarlas inconscientemente a algún patio o terraza canarios.

 

3. En tu poesía leo umbrales, cuerpos, ventanas, soledad, memoria, noche y nombres. Estaciones de un viaje interior de tu vida y la vida. ¿Con estos temas podría pensarse en una generación diferente a la anterior en la poesía española?

Creo que ha llegado un momento en el que es difícil ya hablar de generaciones (si es que alguna vez este concepto fue pertinente en la historiografía literaria). La temática, los símbolos, las imágenes, los intereses, las obsesiones de una obra corresponden al mundo interior y exclusivo de un escritor. Es evidente que quienes hemos nacido, como me pasó a mí, pocos años antes de la muerte de Franco, pertenecemos a la primera generación de españoles que hemos vivido íntegramente en democracia. Este y otros fenómenos históricos, políticos, sociológicos y culturales podrían explicar ciertos intereses comunes a los poetas españoles que tenemos hoy en día entre 40 y 50 años. Pero aquí terminan las coincidencias. Los umbrales, las ventanas que aparecen en mi poesía son espacios que invitan a asomarse a otros mundos. Me interesan esos entresijos, esas hendiduras que le permiten al cuerpo y a la mirada cambiar de lado, torcerse y desvirtuarse. Se trata, en efecto, de un viaje, o de un viaje de viajes, en busca de lo innombrable, pero cuyo único avituallamiento son los nombres comunes de las cosas comunes. La memoria y la noche están pobladas de estos nombres que, al modo platónico, son puros reflejos de una intensidad que se nos sustrae a cada paso pero que sospechamos conocer íntimamente. El cuerpo es el centro de todo, pero no el cuerpo concebido como un mero sustento de una identidad manejable, sino como pura explosividad, un constante vaivén de contorsionismo, pérdida, liberación, afasia, inseguridad, tropiezo, hechizo, complicidad. La poesía es para mí, cada vez más, un doble del cuerpo. Y hablar es por eso, cada vez con más frecuencia, una actividad erótica, sensual, explosiva, cuyo reverso es turbio, fúnebre, viscoso.

 

4. Tu experiencia en Alemania cómo se articula en tu poesía. ¿Puede el poeta "leer sobre la nieve el rostro de la tierra"?

Residí en Alemania cinco años, entre 1995 y 2000. Los primeros poemas que escribí allí aparecieron en la sección final de mi primer libro, El canto en el umbral (1997). Los dos libros siguientes, Llamada en la primera nieve (2000) y Los párpados cautivos (2003), recogen los poemas escritos en aquellos años. Como sabes, en Canarias no existe una delimitación estricta de las estaciones, y las temperaturas, influidas por los vientos alisios, se mantienen en general templadas durante todo el año, al menos en las costas. Los duros inviernos alemanes me marcaron hasta el punto de que, al menos en lo que a nieve se refiere, me volví schubertiano. Viví los primeros años en Jena, una pequeña ciudad unversitaria rodeada de colinas (en una de las cuales vivía yo). La nieve, que empezaba a caer a mitad de noviembre, lo cubría todo, pero, a diferencia de lo que ocurría en Leipzig, donde viví los dos últimos años, se trataba de una nieve tranquila debido a la protección de esas colinas circundantes, una nieve que caía como si el mundo fuera a empezar de nuevo y que dotaba a la tierra (la otra tierra titulé los diarios escritos por entonces) de un rostro nuevo, un rostro en el que uno podía reflejarse y, si no ver asomar en él el propio rostro transformado, sí al menos construir una imagen de sí mismo que no fuera idéntica a la que, como una losa, había uno arrastrado hasta allí.

 

 

5. Tu poemario reunido se llama "La crepitación". ¿Consciencia de que son poemas lanzados al fuego, que crepitan, y que se extinguen?

crepitacion 350Está eso que dices, sin duda. Pero también tiene que ver con el sonido de lo insonoro o con la fosforescencia de lo tenebroso, con la grieta que se abre en la pared y con la brasa que aún arde cuando la hoguera se ha apagado. Este título resumía para mí una sensación de límite entre estados, e incluso una posición liminar que permitía no estar aquí ni allá, dentro ni fuera, sino en permanente disponibilidad para salir o para entrar, en el umbral, justamente, ese lugar que no existe pero que crepita –porque nace y se extingue a la vez– al ser atravesado.

 

 

 

luis_pulido_037Luis Pulido Ritter
Es doctor en Sociología y Filosofía por la Universidad Libre de Berlín. Ha escrito Matamoscas (poesía 1997), Recuerdo Panamá (novela 1998; 2005), Sueño Americano (novela 1999), ¿De qué mundo vienes? (novela 2010). Actualmente vive en Berlín. Escribe para el periódico La Estrella de Panamá y colabora con Aurora Boreal®

 

Entrevista enviada a Aurora Boreal® por cortesía del escritor Luis Pulido Ritter. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Luis Pulido Ritter. Foto de Luis Pulido Ritter © Christian Olguín.  Foto Rafael-José Díaz © Rafael-José Díaz.

Entrevista para Aurora Boreal®

 

Los amigos invisibles - próxima publicación

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