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La paciencia de los sentimientos - Entrevista a Grecia Cáceres

grecia caceres 250Entrevista en exclusiva para Aurora Boreal®

 

 

 

Grecia Cáceres (Lima, 1968), una de las poetas y novelistas peruanas más conocidas de la Generación del 90, toma un bus atestado de verduleras en esta primavera calurosa. Se llama el PC3 y no es una computadora. En realidad, rodea París y se detiene en cada una de sus puertas mientras que las suyas, automatizadas, se abren sobre infiernillos donde aparecen carnicerías, agencias de viajes y estaciones de servicio.
Pero Grecia y sus coquetas sandalias negras se escabullen por la avenue de Clichy que funciona como un parte aguas entre el populoso XVIIIème y el respingado XVIIème. Ella vive así, entre dos y varios otros mundos desde que partió del Perú en 1992. “Estábamos en una lógica de destrucción del estado peruano donde se pensaba que los terroristas iban a tomar el poder. Salimos en un momento muy difícil, acababan de capturar a Abimael Guzmán”, señala.
Tiene en su haber dos poemarios (De las causas y los principios: venenos/embelesos, 1992; En los brazos de la carne, 2005) y cuatro novelas (La espera posible, 1998; Fin d’après-midi, 2004; La vida violeta, 2007 y La colección, 2012).

 


coleccion 375Paul Baudry (PB): Hace más de veinte años que vives en París y, según entiendo, tu relación con el mundo literario de Lima ha estado marcada por un reconocimiento postergado a causa de la distancia. ¿Cómo te posicionas ahora al respecto?


Grecia Cáceres (GC): Me ha dolido mucho no tener una presencia en la literatura peruana, un lugar. Pero estoy en paz con ese tema. La invitación a la Feria del Libro de Bogotá en 2014 fue decisiva. Mis visitas a Lima son percibidas como anecdóticas. Es cierto que te preservas del juego literario pero te hacen pagar el precio. Creo que los escritores peruanos no tienen una imagen muy profesional de mi trabajo. Por ejemplo, no he tenido que elegir entre una familia y la literatura. Siempre pensé que se podían desarrollar las dos paralelamente. Esa manera de ser diferente, en mi caso, viene desde Lima.

Hace algunas horas estuvo en el Cementerio de Montparnasse leyendo el poema “No vive ya nadie en casa” en presencia de diplomáticos y militares circunspectos. El homenaje a Vallejo es un clásico del mes de abril y sobre esos mismos mausoleos se han sentado generaciones de peruanos a homenajear al poeta de Santiago de Chuco. No hay nada más profesional que su lectura intensa, casi militante. Lo reconocen sus amigos escritores como Marina Tsvetáyeva o William Navarrete que siempre la llaman para una presentación y los asistentes como el embajador de Chile que, conmovido, le propone compartir el taxi de regreso a casa. Más tarde, al cruzar el Square des Batignolles en el XVIIème antes de sentarnos en una trattoria para grabar esta entrevista, confiesa: “No me sentía cómoda”.


PB: No sé cuán biográfica sea tu escritura pero me da la impresión, justamente, que tienes cuentas pendientes, en particular con la feminidad. Por ejemplo, en La vida violeta, pareciera que el narrador es muy empático con el candor y el imaginario edulcorado de esta solterona. Pero la frontera entre esta representación de una mujer que idealiza el mundo a partir de fotonovelas y la ironía, es muy tenue. Además, hay una adecuación casi demostrativa entre el tipo social que encarna la protagonista y su comportamiento de secretaria obsecuente que resulta bastante predecible.


espera posible 236GC: Violeta también es una metáfora del escritor. Siempre está intentando interpretar lo que la rodea pero sin imponerse. Se deja invadir por las cosas y es muy empática. Además, hay una evolución en la relación con su hija. La obliga a salir de su idealización del amor y de las relaciones entre los hombres y las mujeres. Cuando escribí La vida violeta, mi hija era muy pequeña y todavía no había experimentado la relación con una adolescente. Era una remembranza de mi propia adolescencia con mi madre. En cuanto a lo predecible, es una novela que trabaja con el género de la fotonovela y que entronca con el folletín y la novela de amor.


Aunque trabaje como relectora para el Centre National du Livre (CNL) y organice el ciclo L’œil qui pense sobre arte contemporáneo en la Maison de l’Amérique latine, Grecia ha asumido su visibilidad como escritora peruana afincada en Francia, aceptando plegarse al engorroso protocolo de las conmemoraciones. Sin embargo, en su escritura, lo convencional forma parte de una poética que asume la tradición para encontrar su propia voz. En La vida violeta (2007), por ejemplo, el uso del cliché es una manera de apostar por los géneros tradicionales de la cultura popular. Violeta es una secretaria soltera en los años 1960 que se desvive por su jefe, un arquitecto. Desde su oficina, contempla por la ventana la vida cotidiana del centro de Lima esperando que la realidad corresponda a las imágenes de las ficciones de kiosko. Sin embargo, no se trata de una Madame Bovary peruana porque la incompatibilidad entre lo imaginado y lo real no desemboca en un suicidio sino en una transformación de su identidad hacia una visión más desencantada pero adulta de la existencia.


PB: Además, creo que escribes de manera cromática. En La colección los colores dominantes son ocres y remiten tanto a un espacio y a un tema, en este caso el desierto y la afición del personaje principal por coleccionar restos arqueológicos, como a una manera de escribir. Lo opaco funciona como una antítesis de una escritura deslumbrante: no recurres al artificio gratuito sino que permites que la novela se desarrolle como una convención entre narrador y lector. El universo de La vida violeta, en cambio, es pastel, y respira el ambiente de las heladerías o los cines al aire libre norteamericanos en los años 1960, anunciando ya la sensibilidad de la protagonista.


fin 350GC: Son los colores de las fotonovelas que me fascinaban cuando era niña. Me acuerdo que mi empleada tenía algunas en su cuarto. Yo las leía a escondidas. Era el lado escondido de la gran literatura. La combinación cromática viene de esa época: Lima en los años 1960. Al comienzo de La vida violeta había algunas reglas que me permitieron seguir el surco de mi escritura. Pero no sentí que estuviera controlando o forzando mi propia sensibilidad para entrar dentro de un cliché. Sin embargo, el cliché en sí tiene mucho potencial porque pensamos por imágenes como hablamos con frases hechas. Por un lado, Violeta podría parecer el arquetipo de secretaria enamorada pero, si fuera el caso, sentiría celos. Por otro lado, se siente gratificada sabiendo que corresponde al cliché de la secretaria para su jefe.


Grecia bebe pero poco y fuma si le invitan: se limita para probar la flexibilidad de las normas. Y es que los linderos que definen, circunscriben y hasta constriñen la realidad le parecen relativos. A caballo entre dos culturas, Grecia ha sido publicada en Perú y publicada y traducida en Francia: Fin d’après-midi (Paris, L’éclose, 2004), por ejemplo, solo ha salido en francés con una traducción de Jean-Marie Saint-Lu. Cursó estudios secundarios en el Colegio Franco Peruano donde Christiane Vidal, su profesora de español, le hizo descubrir la literatura peruana. Al salir de esa institución, descubrió la relatividad de su educación laica e ilustrada: “Cuando entré a la universidad, fue un gran shock: conocí a gente que venía de otros colegios con otras mentalidades, gente que había estudiado en colegios solo de hombres o solo de mujeres, o colegios religiosos”, comenta.


PB: La vida violeta funciona sin nombres propios porque los personajes se definen por sus funciones: la secretaria, el arquitecto, el dibujante, etc. Este procedimiento proviene del cuento y aumenta la fuerza simbólica y universal del drama. Pero también implica cierta ejemplaridad. En este caso, la novela es una fábula oficinesca pero me pregunto ¿cuál sería la moraleja?


vida violeta 207GC: Es una fábula moderna porque la estructura narrativa remite a esquemas intemporales en el lector. Lo mismo sucede con la cultura popular: como lo demuestra Bruno Bettelheim en los cuentos de hadas hay arquetipos que responden a algunas angustias primordiales en los niños y a que nosotros nos parecen banales. El cliché no impide que el personaje tenga su propia complejidad como en La tía Julia y el escribidor de Vargas Llosa. Creo que estas imágenes sirven para pensar a la Lima de los años 1960 que apenas estaba saliendo del siglo XIX.

El paso por la Universidad Católica del Perú fue, en ese sentido, decisivo. En el patio de letras empieza a leer a Arguedas, a Vallejo o al Inca Garcilaso de la Vega. El bagaje francés, clásico en su mayoría, empieza a hibridarse con lo peruano y se configura la genética de su obra alrededor de una prosa clara que apuesta por la temática nacional para alcanzar lo universal: “Me gustaría que mis novelas fueran un mecanismo que se despliegue paulatinamente: no me gusta sacar cartas bajo la manga. La previsibilidad, quizás, tiene que ver con llegar a algo más elevado pero no significa que haya que sorprender al lector en cada página. Tal vez es por desilusión o por hartazgo. Yo misma cuando leo una novela donde me salen con artificios inesperados, tengo la impresión de que me están tomando el pelo. Yo quisiera jugar de manera más abierta”. En esta transformación, al parecer, Gide es clave.


PB: En La espera posible (1998), publicada en Lima con Santo Oficio, siento que hay mucho esfuerzo por demostrar que estás a la altura, mucho despliegue técnico. Quizás porque sea la primera. Sin embargo, en La colección y en La vida violeta hay una distancia, una ponderación en la mano. Creo que con el tiempo has ganado en respiración.


violeta 351GC: Yo creo que uno aprende a respetar su propia temporalidad. En mi caso, creo que el hecho de haber comenzado por la poesía es esencial para entender las novelas. Es una forma muy abierta: la novela es todo y la novela es nada. La he adaptado a un ritmo que no tiene que ver con la modernidad. Ese mito de la novela que debe adaptarse a la velocidad de los tranvías impide preservar el espacio de la novela como lugar de reflexión.


PB: Los experimentalismos te huelen a viejo, como a Ribeyro. (En Dichos de Luder 1989) dice: “Me conmueve la desesperación de tantos jóvenes artistas por no perder el carro de la modernidad —dice Luder—. No se dan cuenta que ese carro conduce inexorablemente al Museo de las Antigüedades”. ¿Pero cuál sería el límite entre esa postura antimoderna y cierto convencionalismo?


GC: Los que se mueren por ser modernos envejecen rápido. No es la temática la que define la contemporaneidad. En el caso peruano o latinoamericano, creo que se define por nuestra capacidad para captar la heterogeneidad de tiempos y espacios que corren paralelos. En mis novelas siempre hay un mundo interior que intenta imponer su temporalidad al mundo exterior. En Europa, el peso de la tradición literaria impide concebir esta pluralidad.


PB: ¿Y no existe ese peso en el Perú?


GC: Definitivamente, pero quizás tenga que ver, ahora sí, con los temas. Hay una eterna querella entre los que hablan de lo nacional y los cosmopolitas. Este razonamiento binario lo viví en la poesía: o hablaba de la realidad o era pura. Estos dos polos también influyen sobre la novela, aunque yo haya elegido hablar solo del Perú. Aspiro a encontrar lo universal desde nuestra particularidad. Para hacerlo, necesito inventar completamente mis personajes pero a partir de mi experiencia.


Grecia le tiene paciencia a la novela como género y a los sentimientos como tema de escritura. Quizás sea por madurez, quizás por carácter. Nunca se mete en rencillas y mantiene una distancia crítica hacia la actualidad peruana. De cierta manera, aunque sus cuatro hijos le saquen canas verdes, protege su espacio de escritura de las posturas infatuadas. Escribir desde aquí sobre el allá se vuelve tanto más complejo cuanto que aprendió sobre el aquí estando allá. Esa porosidad de los espacios recorre toda su obra —lo público y lo personal, la nacional y lo cosmopolita— como si Grecia trabajara para reconciliar la tradición con la tendencia que tiene la modernidad a privilegiar lo subjetivo. Francia es una circunstancia plenamente asumida como atalaya desde donde apunta ficciones intimistas que exploran los meandros de la peruanidad. Nos despedimos en la boca del metro porque, en realidad, vive del otro lado de la avenue de Clichy.


grecia caceres 350PB: Estando fuera del país, sigues sin embargo a muchos escritores e intelectuales por las redes sociales. Es un medio que, con todos los defectos que pueda tener, permite hacer una cartografía de las afinidades y enemistades, posiciones políticas y estéticas. Para terminar, ¿cómo te mantienes al tanto de la actualidad peruana?


GC: Hay una cuestión de carácter. Hay mucha gente que ha perdido el control por haberse convertido en figuras públicas. Otros se han definido como los contradictores. Cada vez le presto menos atención a las polémicas. Tengo poco tiempo para escribir, entonces intento preservarme. Prefiero leer a Jacqueline Fowks en El País cuya visión sobre el Perú me parece acertada. En vez de estar pendiente de estas querellas, siento que la actualidad francesa me afecta cada vez más. Las reformas de educación, por ejemplo, me interesan mucho porque afectan directamente a mis hijos.

París, abril de 2015

 

 

 

paul baudry 200Sobre Paul Baudry
Escritor y crítico peruano. Doctor en literatura latinoamericana por la Universidad de la Sorbona donde se graduó con una tesis sobre lo clásico en la obra paraficcional y la recepción de Julio Ramón Ribeyro. Ha publicado Distraiciones, Lima, Hipocampo Editores, 2005 y con Ina Salazar El botín de los años inútiles: nuevos acercamientos críticos a Julio Ramón Ribeyro, Lima, Altazor, 2014.

 

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Entrevista realizada en exclusiva para Aurora Boreal® por Paul Baudry. Enviada a Aurora Boreal® por Paul Baudry. Publicada en Aurora Boreal® con autorización de Paul Baudry. Foto Grecia Cáceres © Dominique Gellez. Carátulas de los libros coretesía Grecia Cáceres. Foto Paul Baudry © Justine Pédeflous. La entrevista hace parte de la revista Aurora Boreal® Nr. 17 de mayo de 2015, especial autores de Perú.

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