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La columna de Ricardo Bada

CARTA DE ALEMANIA (43)

La fatwa contra Salman Rushdie

Uno de los mayores atentados cometidos contra la libertad de expresión, si es que no el mayor, tanto a nivel individual como universal, lo perpetraría el ayatola Jomeini el 14 de febrero de 1989 cuando decretó la fatwa, es decir la sentencia de muerte contra «el autor del libro Los Versos Satánicos –el cual es contrario al Islam, al Profeta y el Corán–, y contra todos aquellos involucrados en su publicación y que son conscientes de su contenido» (sic).

Y que la cosa iba en serio lo pagó con la vida el traductor de ese libro al japonés, Hitoshi Igarashi (nacido un 10 de junio, como yo, ocho años antes que él). A Igarashi lo apuñaló una media docena de veces un agresor desconocido, falleciendo en el acto, y encontraron su cadáver el 12 de julio de 1991 en su despacho de la Universidad de Tsukuba, Ibaraki, Japón.

 

 

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CARTA DE ALEMANIA (42)

Lo que el viento de la Historia se llevó

Es tanto lo que se ha escrito acerca de la guerra civil española que parece una empresa imposible la de poder decir algo nuevo acerca de ella. Ni siquiera lo voy a intentar. Hablaré en cambio de lo que conozco y lo que sé, de lo que padecí: hablaré de la ominosa posguerra, acerca de la cual ha corrido mucha menos tinta.

Nací el 10 de junio de 1939, es decir, dos meses y diez días después de aquel parte de guerra, quizás el más famoso de la historia de España, tan rica en guerras civiles desde la muerte del gran hideputa (con perdón de las putas) que fue Fernando VII: «En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado. Burgos, 1.º de abril de 1939, Año de la Victoria. El Generalísimo. Fdo.: Francisco Franco Bahamonde».

 

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CARTA DE ALEMANIA (40)

Ludwig van

Si hubiera sido de ascendencia franco–normanda, de unos 100 km más al sudoeste, probable es que lo conociéramos por el nombre Louis de Bethencourt. Pero puesto que sus ancestros fueron belga–flamencos, ha pasado a la posteridad como Ludwig van Beethoven. Y a partir de Clockwork Orange se le conoce simplemente como Ludwig van... aunque ya el argentino Mauricio Kagel había compuesto un año antes, en 1970, una pieza titulada de ese modo.

¿Quién fue Ludwig van? Además de ser yo, desde la mera noche de los tiempos, un oyente apasionado de su música, a partir de enero de 1965 tuve motivos todavía más personales para preguntármelo. Durante 35 años, hasta que me jubilé en la Radio Deutsche Welle –la emisora alemana para el exterior–, mi trabajo tuvo como hilo musical su melodía de reconocimiento, al menos una vez al día, antes de que el técnico le dispensara luz verde a mi micrófono:

pentagrama 400

 

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CARTA DE ALEMANIA (41)

Si bemol La Do Si = Bach

¿Quién fue Bach, ese portentoso creador cuyo apellido, en la notación musical alemana, lo integran las notas Si bemol La Do Si, combinación con la que jugó en algunas de sus fugas?

En su libro El Valle de Josafat, el pensador español Eugenio d’Ors arguye sobre Bach: «No solamente sabe representarse las cosas en el espacio (al fin y cabo esto se llama inteligencia), sino que proporciona a los auditores magníficas asociaciones espaciales. // Arquitecturales, para precisar más. Cuando se dice de la música que es una arquitectura en movimiento, yo evoco siempre a Bach. // Y siempre se me aparece “la imagen de una augusta catedral”, según canté un día ya lejano. // Decía entonces: catedral. A veces, sobre todo en los conciertos, he estado a punto de corregirme y de sustituir catedral por palacio. Pero no. Decididamente, era catedral el término justo».

D’Ors refuerza su argumento con una cita del Tratado de Lógica, de Edmond Goblot, donde puede leerse: «El valor estético de Notre Dame de París o Saint–Ouen de Ruán, de una Meditación de Lamartine o de un sermón de Bossuet, de una Cantata de Bach o de la Misa Solemne de Beethoven, no puede ser plenamente gustado por el hombre al cual le sea totalmente extraño el sentimiento religioso». A mí me parece una petición de principio, sería tanto como argüir que el valor estético de la escultura helénica no puede ser plenamente gustado por el hombre al cual le sea totalmente extraño el sentimiento pagano. Pero de todos modos, la cita pone en evidencia el alto valor espiritual que se le otorga a la obra de Bach: sin lugar a dudas, es la cumbre de la música sacra evangélica. Tanto, que el obispo luterano sueco Nathan Södermann llegó a calificarla en 1929 como “el quinto Evangelio”.

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CARTA DE ALEMANIA (39)

Herman Braun–Vega

Hace años, de camino a Holanda en el tren de Colonia a Ámsterdam, a nuestra derecha, al otro lado del pasillo, viajaba un hombre joven con la computadora portátil abierta ante sí, y los auriculares de un walkman taponándole los oídos. Sentado frente a él, en diagonal, un viejo holandés de cara como sacada de un cuadro de El Bosco, pantalones de recia pana, camisa a cuadros, chaqueta de un corte anticuado, y leyendo un libro alemán asimismo de antigua data, lomo de piel y filetes dorados, ¡y todavía en alfabeto gótico! Casi parecía que estuvieran posando para un cuadro del peruano Herman Braun–Vega, como los que habíamos visto pocos días antes en París, en una exposición de su obra en la Maison de l’Amerique Latine.

Y ahora vaya por delante la aclaración de que no soy un entendido en pintura, nada más puedo hablar de unas sensaciones experimentadas en presencia de unos cuadros. Y los de Herman Braun-Vega me dejaron una impresión duradera. No son de los que se olvidan fácilmente, porque concilian el destello de la creación personal con la canibalización, como la llamaba Raymond Chandler, de toda la historia de la pintura anterior a él. O al menos de la obra de aquellos pintores que parecen ser sus más queridas referencias: Rembrandt, Vermeer, Picasso, Goya, y sobre todo Velázquez, a cuyas Meninas les ha dedicado Braun–Vega 53 variaciones visuales y un estudio minucioso, por escrito, del misterio de su composición. Confieso que me seduce más la interpretación que nos diera en su día Antonio Buero Vallejo, pero ya dejé dicho que no soy experto en la materia.

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