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La columna de Ricardo Bada

CARTA DE ALEMANIA (10)

Las hojas muertas

Cierta vez me pasé un año completo dedicado al estudio de un tipo de esquelas mortuorias muy típicas en este país, y lo hice por motivos de estricta naturaleza literaria. Todo comenzó un día que llegó a mi casa el tan irreverente como excelente novelista brasileño Ignacio de Loyola Brandão, cargando bajo el brazo un ejemplar del libro titulado Denn alle Lust will Ewigkeit. ¡Ay, qué belleza de libro! Isolde Ohlbaum, la autora del mismo, y que con ese nombre hasta podría ser una heroína de Wagner, es uno de los fotógrafos profesionales más estimados de Alemania. Pocos retratos hay de personalidades famosas (sobre todo en el mundo de las letras) que no aparezcan en la prensa sin la firma de Isolde Ohlbaum. Pero resulta que la buena de Isolde, a quien no conozco, es una hermana mía en lo que podemos llamar "cementeriofilia". Y se había pasado horas y horas caminando camposantos europeos y capturando en imágenes, como sólo ella sabe hacerlo, un repertorio de 77 esculturas eróticas. Han leído bien: eróticas.

Las fotos, Isolde las ha publicado en ese volumen lujoso y uno diría que irrepetible, con título tomado en préstamo a Nietzsche: Pues todo placer aspira a la eternidad. Y cada una de las fotos va acompañada de un texto literario ad hoc, entre ellos dos de Gustavo Adolfo Bécquer, de las leyendas La ajorca de oro y Los ojos verdes, uno de don Miguel de Unamuno, sacado de su novela breve Nada menos que todo un hombre, y otro de Gabriela Mistral: Dios lo quiere. El resto de los contribuyentes no es menos ilustre, y lo cito a partir del índice onomástico: Ingeborg Bachmann, Baudelaire, Byron, Gogol, Claire Goll, Katherine von Günderode, Hawthorne, Heine, Else Lasker-Schüler, Leopardi, Merimée, Novalis, Pavese, Poe, Rilke, Rodenbach, los dos Rossetti –Christina Georgina y Dante Gabriel–, Nelly Sachs, Swinburne, Georg Trakl, Valéry, Verlaine, Villiers d'Isle-Adam, Wagner, Oscar Wilde...

Horas y horas estuve también yo fatigando las páginas del volumen, expresión inventada por Borges, un autor descuidado por Isolde Ohlbaum a pesar de su poema que se titula justamente Ewigkeit, donde evoca dolorido quién sabe qué cosas personalísimas: "Sé que en la eternidad perdura y arde / lo mucho y lo preciso que he perdido: / esa fragua, esa luna y esa tarde".

Ricardo Bada   España, 1939. Escritor y periodista residente en Alemania desde 1963. Autor de La generación del 39 (cuentos, 1972), Basura cuidadosamente seleccionada (poesía, 1994), Amos y perros (cuento, 1997), Me queda la palabra (ensayos, 1998) y Los mejores fandangos de la lengua castellana (parodias, 2000). Editor en Alemania, junto con Felipe Boso, de una antología de literatura española contemporánea (Ein Schiff aus Wasser [Un barco de agua]), y en solitario, de la obra periodística de Gabriel García Márquez y los libros de viaje de Camilo José Cela. Editor en España de la obra poética de la costarricense Ana Istarú (La estación de fiebre y otros amaneceres, 1991), y en Bolivia de la única antología integral de Heinrich Böll (Don Enrique, 1995) en castellano.Y también horas y horas estuve repasando mi inmenso archivo de fotos de tumbas y lápidas, mausoleos y panteones, desde las del paradójicamente aristocrático Cementerio Obrero (!) de San José de Costa Rica hasta la del modesto y elocuente mármol que recuerda en el de Huelva a William Martin, el hombre que nunca existió. Y entre ellas, las de dos sepulturas –digamóslo así– aún viudas, las de Carol Dunlop y Jean Paul Sartre, que la muerte nupcial se encargaría de completar muy poco después con los nombres de Julio Cortázar y Simone de Beauvoir. Pues que todo placer aspira a la eternidad.

Y fue por entonces que vine a proponerme, como investigación, averiguar los parámetros de una costumbre de algunos alemanes, no pocos: la de incluir una cita, sagrada o profana, en las esquelas mortuorias de sus seres queridos. Siempre me habían llamado la atención esas citas, pero siempre las miraba –menos ese día– muy por encima, las creía fruto de un espíritu cursi, una especie de kitsch funerario. Hasta que me agarró con la guardia baja el hecho de que no se citase tal o cual salmo, este o aquel versículo de la segunda epístola a Timoteo, ni siquiera un verso de (claro está) Rilke: no, a quien se citaba era a Octavio Paz.

Los alemanes, me dije, no dan puntada sin hilo, y menos en cuestiones de Metafísica: tan es así que una de sus galletas más famosas y sabrosas, inexcusable en las fechas navideñas, recibe el filosófico nombre de Spekulatius. ¿Habría un sistema, habría un revés de la trama, perceptible si uno investigaba, también de manera metódica, esas citas literarias? Y dicho y hecho: decidí tomar como base un diario de la ciudad de Colonia, donde sobrevivo, y que me llegaba y llega todas las mañanas junto con la bolsa de los panecillos para el desayuno.

Un año entero, entre 1987 y 1988, estuve dedicado al tema. La cosecha de mi paciencia y de mis tijeras fueron 186 esquelas fúnebres con citas. Si bien se piensa..., o mejor dicho: pensado en términos estadísticos, que no es lo mismo que si bien se piensa, ello significa una cada dos días. ¡Y qué mapamundi! –o mapamorti–. Me apliqué, animal aritmético que soy, a la tarea de clasificarlas.

lust 280Puse aparte las de procedencia iberoamericana, las más caras a mi corazón: Octavio Paz (ya lo mencioné), Ernesto Cardenal, Teresa de Ávila, Leonardo Boff y... bueno, ya antes hablé del kitsch: Isabel Allende. Puse así mismo aparte las que estaban redactadas en kölsch, el idioma de Colonia –el alemán, no se olvide, es un invento de Lutero–, y que me hacen siempre cavilar en lo que se reiría un madrileño que viviese en Granada y viera en el periódico local una esquela con este epígrafe: "Er Zeñó me lo dio, er Zeñó me lo ha quitao". Y puse también aparte algunos de esos epígrafes que no hacían alarde de un pedigrí literario o dialectal: "Adiós my Vida y my Amor" (sic); en otra "Era meravigliosa"; en una tercera –la de alguien que murió de 29 años– el dolorido y transparente secreto que encierran estas palabras: "La tentación fue más fuerte". Una más que me conmovió fue insertada por un superviviente que no quería que se olvidase a quienes murieron durante el apocalíptico bombardeo por la RAF en la noche del 28.6.43. También había alguna en francés. Y la única de Goethe, pero anónima, aunque de una manera disculpable: ¿es imprescindiblemente necesario consignar al pie "(Jorge Manrique)" a continuación de un "Cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte, tan callando"?

Y después de haber hecho esos apartes, me restaban 163. ¿Quién se llevaría la palma? Pues en cifras absolutas la Biblia, y de allí, el salmista: 23 citas. Le seguían san Juan con 19, y san Pablo con 18. El punto de ventaja del "águila de Patmos" se lo debía a una familia francesa, que parafraseaba en ese idioma: "Jean 7,49: Moi, je suis la lumière du monde, etceterá (bien sur!: á)". En cuanto a san Pablo, sus citas estaban muy repartidas: ocho de la segunda epístola a Timoteo, cuatro de la primera a los corintios, tres de la epístola a los romanos, dos de a los hebreos, una de a los colosenses. El evangelista que salía peor parado era Lucas, una sola vez, por tres de Marcos y cuatro de Mateo. Y entre los santos no evangelistas el preferido, después de san Pablo, era san Agustín por delante de san Jerónimo, 7 y 5 citas respectivamente. Por su parte, del Antiguo Testamento, además del salmista, Isaías 6 veces, el paciente Job dos, y el resto como en los reñidos sprints de un final de etapa del Tour de France: ex aequo.

Quedaban las citas profanas, y para mi sorpresa el vencedor absoluto fue Thornton Wilder, con ocho puntos, y siete de ellos eran la misma frase de El puente de San Luis Rey: "Hay un país de los vivos y hay un país de los muertos, y el único puente entre los dos es el amor". En segundo lugar Antoine de St.-Exupéry –¡El principito! –, y recién el tercero un alemán; inevitable: Rilke. Me hizo gracia, aunque no sé si es muy correcto decirlo así, ver una vez emparejados en la misma página a Rilke y St.-Exupéry, y que en la página a la vuelta estuviese Bertolt Brecht, de quien tan sólo hallé esa cita. Y la gama del exotismo abarcaba desde Keats ("Where are the songs of spring? Aye, where are they? Think not of them, thou hast thy music too") a Kahlil Gibran, desde un proverbio chino a William Saroyan, desde santa Teresita del Niño Jesús a Salvatore Quasimodo, desde Romano Guardini a Dylan Thomas. Los clásicos aparecían representados por Platón y Epicuro. Los grandes alemanes, en cambio, eran escasos: Hesse, Jean Paul, Büchner, Schiller, Schopenhauer, Novalis, Hebbel. Me fascinó que algunos deudos se hubiesen atrevido con los modernos: Rainer Kunze y Günter Kunert. Y no me extrañó nada que algún alma piadosa citase al ya entonces fallecido arzobispo de Colonia, cardenal Höffner.

Extraje también algunas perlas para mis amigos del entrañable gremio de traductores: el mismo pasaje del evangelio de San Marcos campeaba en dos esquelas en versiones distintas, e igual sucedía con san Jerónimo, que es nada menos que el santo patrón de los trujimanes. Pero el colmo, lo que se dice el colmo, es que en una esquela, donde se citaba la epístola a los hebreos, se especificaba de quién era la traducción, supongo que para que no hubiese malentendidos.

Last but not least: De todas las 186 citas, la que más me llegó al alma fue la que se encontraba en el recordatorio de Helmut Jäger, muerto el 22.4.87, y era una estrofa de Les feuilles mortes, de Jacques Prévert. La coloqué encima del montón, coronándolo y definiéndolo: aquellas eran, efectivamente, otras hojas muertas.

Todo esto que acabo de contar se remonta a fines de 1988. Las cosas han cambiado bastante en los años transcurridos desde entonces. Hoy en día es raro aquél en que no aparecen una, dos, tres esquelas con citas, y son muchísimas más en la edición del fin de semana, donde los avisos fúnebres suelen acumularse por motivos que me son enigmáticos: no hay constancia estadística de una mayor mortalidad en los días viernes, ni siquiera si caen en 13, fecha gafe para los alemanes, como el martes 13 para nosotros. Y de vez en cuando espigo, de entre todas, unas que me parecen signo de los tiempos: ya se cita también a John Lennon y a Jim Morrison, y fue Bob Dylan ("The answer, my friend, / is blowing in the wind") quien les abrió el camino. Y recorto, cómo no hacerlo, aquellas donde la cita se hace en su lengua original: cierto verso de Horacio, un soneto de Shakespeare, poemas de Auden y de García Lorca ("¡Si muero, / dejad el balcón abierto!")... Y otras que lo merecen por la imperdonable errata, como esta que tengo delante mientras escribo, la de ese bebé que, según la esquela, nació el 1° de febrero del 2004 y murió el 30 de enero del mismo año. Y en fin, no falta alguna absolutamente conmovedora, una que me atrevería a calificarla de minicuento. Un profesor de la facultad de medicina del alma mater coloniense hizo publicar, en enero del 2004, la siguiente:

"Un mito de mi infancia está enterrado en el cementerio Melaten. Billy Jenkins (26.6.1885 - 21.1.1954). En el quincuagésimo aniversario de su muerte quisiera que se recordase al legendario héroe de las entonces denostadas fotonovelas por entregas del Far West, colega del pistolero Tom Prox que no fallaba un disparo, jinete de rodeo artístico y domador de águilas marinas. Gravemente herido y empobrecido, murió en un carromato de circo cerca de Colonia".

Casi parece un poema de la imperecedera Spoon River Anthology de Edgar Lee Masters.

 

Carta de Alemania (10). Las hojas muertas enviado a Aurora Boreal® por Ricardo Bada. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Ricardo Bada. Foto Ricardo Bada © Ricardo Bada. Carátula del libro Denn alle Lust will Ewigkeit tomada de internet.

Los amigos invisibles - próxima publicación

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