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La columna de Ricardo Bada

CARTA DE ALEMANIA (13)

De la toponimia alemana

Imagino que sin querer, en una urbanización del lugar donde vivo –en la periferia de Colonia y a orillas del Rhin– le han rendido al gran Chéjov un delicado homenaje de congruencia: la calle llamada Kirschgarten (= el jardín de los cerezos) es un callejón sin salida. Y es que en la toponimia urbana se dan casos muy justicieros, y hasta lúcidamente poéticos, y otros que no tanto, o que por lo menos inducen a un cierto desconcierto.

¿Qué puede decirle a un católico el hecho de que en Berlín, en el barrio de Schöneberg, la calle del apóstol San Pablo sea algo así como el breve gavilán de la interminable espada que es la calle Lutero? ¿se esconde en ello alguna simbología? ¿Y no se oculta una justicia poética refinadísima en el hecho de que los munícipes de Ámsterdam hayan colocado la estatua de Gandhi en el centro de la avenida Churchill? ¿Debemos sospechar algo por el estilo cuando descubrimos que la calle Alemania, tiene en Madrid una sola manzana y se encuentra más bien escondida en un arrabal de no muy grata memoria? ¿Y qué sentido atribuirle a que en Sevilla la calle Amistad, nada menos, sea un callejón sin salida? Otra cosa, claro está, es que en el plano de una ciudad –como en el de Huelva–, por razones de espacio, en un barrio con calles de nombres de Premios Nobel destaque una que se llama "Miguela Asturias": y no es un chiste.

El tema de la toponimia es inagotable. Hace días, cuando el autobús donde viajaba se detuvo ante un semáforo en rojo de la circunvalación, traduje mentalmente el letrero de esa calle, Im Wasserwerkswäldchen, y me pregunté si sería posible que una calle española pudiera llamarse "En el bosquecillo de la estación bombeadora del Servicio de Aguas Municipales", que es lo que significa, en su inocencia telegráfica, y casi poética, Im Wasserwerkswäldchen. Y wasser 300recordé aquel caso de presunta ignorancia que contó Julián Marías citando a un colega suyo, profesor alemán. El cual quiso documentarle a Marías cuánto había descendido el nivel de la cultura general en su país, con la anécdota de una secretaria que le preguntó que cómo debía escribir el nombre de la calle "Adenauer" en la dirección de una carta. Y lo único que el profesor documentó fue su propia ignorancia, no la de la secretaria. Mi experiencia con ellas, en estos lares, me asegura que en ortografía y gramática les dan ciento y raya a sus superiores, y en este ejemplo concreto la secretaria le estaba preguntando, lisa y llanamente, si debía escribir "Adenauer Strasse" o quizás "Adenuaerstrasse" o "Konrad–Adenauer–Strasse". En el primero de los casos sería "la calle de Adenau [el pueblo]", y en los otros dos "la calle de Adenauer [el canciller]". Porque Adenauer, gentilicio masculino de los habitantes de un pueblo llamado Adenau, también es apellido, como lo son en español Zamorano, Gallego, Aragonés, Vasco y Sevillano y tantos otros. Y la normativa alemana de escritura de los topónimos urbanos se distingue por ser de un rigor implacable.

Todo esto se me ocurre hojeando un bello objeto que compré disfrazado de libro. Me explico. Se trata, sí, de un libro, que a su vez incluye otro, el facsímil de la libreta de direcciones de Paul Hindemith cuando vivía en Berlín entre 1927 y 1937. Es decir que el autor de las óperas Cardillac, Matías el pintor y Noticias del día (rescatada con gran éxito hace un par de años, por la Ópera de esta ciudad de Colonia) fue testigo presencial de la llegada de los nazis al poder, convivió con ellos al menos cuatro años en ese Berlín donde no ya los gatos de noche, sino asimismo las hienas –y estas de día y de noche– eran de color pardo.

Ricardo Bada   España, 1939. Escritor y periodista residente en Alemania desde 1963. Autor de La generación del 39 (cuentos, 1972), Basura cuidadosamente seleccionada (poesía, 1994), Amos y perros (cuento, 1997), Me queda la palabra (ensayos, 1998) y Los mejores fandangos de la lengua castellana (parodias, 2000). Editor en Alemania, junto con Felipe Boso, de una antología de literatura española contemporánea (Ein Schiff aus Wasser [Un barco de agua]), y en solitario, de la obra periodística de Gabriel García Márquez y los libros de viaje de Camilo José Cela. Editor en España de la obra poética de la costarricense Ana Istarú (La estación de fiebre y otros amaneceres, 1991), y en Bolivia de la única antología integral de Heinrich Böll (Don Enrique, 1995) en castellano.

La reproducción facsimilar de su libreta de direcciones es muy conmovedora porque certifica el talento como dibujante de Hindemith. Muchos son los nombres registrados en ella y junto a los cuales aparece un dibujo referencial y muy personalizado. Pienso p.ej. en un médico de enfermedades venéreas, el poeta Gottfried Benn, cuya profesión vemos ilustrada con una jeringuilla. O en un colega de Hindemith, el compositor Alban Berg: y como la palabra Berg en alemán significa "montaña", subrayando su dirección figura el perfil de una mínima cordillera. O en el legendario director de la Filarmónica de Berlín, Wilhelm Furtwängler, que con su batuta, y estilizado como para la viñeta de un tebeo, conduce en la libreta una orquesta invisible. O en el futbolista Rudi Wilhelm, caracterizado por medio de un arco y un balón. O en el homenaje indirecto que PH le rinde a otro colega, Arthur Honegger, haciendo correr bajo su nombre –seguida de un penacho de humo longuilíneo– la locomotora de su poema sinfónico Pacific 231.

Descubro también algo a medio camino entre el jeroglífico y el poema visual: es el dibujo que acompaña la dirección de la oficina que cobra el impuesto municipal por la tenencia de un perro. En alemán esa exacción se llama Hundesteuer, palabra compuesta de Hunde, perros, y Steuer, impuesto, pero como Steuer también significa volante de automóvil, Hindemith dibujó un perro de cuyo trasero emerge el timón de un carro. Jeroglífico y/o poema visual: y sentido del humor.

Con todo, confieso que lo que más me impresionó del facsímil es la corrección que consta en la dirección del banco donde Hindemith debía tener su cuenta corriente, el Dresdner Bank, que da la casualidad de que también era el mío. Bueno, el mío no: aquél donde contabilizaban mi debes más que mis haberes, hasta que fue absorbido por el Commerzbank. En la libreta de direcciones del compositor decía: "Dresdner Bank, Reichskanzler Pl.", o sea, "Banco de Dresde, Pl[aza] del canciller del Imperio". Pero el facsímil revela que Hindemith trazó sobre el topónimo una raya sesgada, de arriba abajo y de derecha a izquierda (o ambas cosas y al revés), y escribió encima: "Ad.Hitler.Pl.", que no necesito traducir. Casi se me cortó el aliento cuando tuve esa página delante de mis ojos. Sentí miedo, también dolor, al darme cuenta de que somos capaces de aceptar en nuestras agendas nombres como ése. Consulté una vez más el callejero de Madrid y exhalé un suspiro de alivio: no existía en la capital de España ni alameda ni avenida ni calle ni plaza ni callejón ni plazuela ni travesía ni ningún sitio público que ostente el nombre del siniestro Fernando VII. Menos mal. Y no es que yo pretenda homologar al "Deseado" –¡ay!– con Hitler: no le daba el cuero para tanto.

pacific 231[La curiosidad me llevó a censar cuáles eran los reyes españoles, de los Católicos acá, que no encontraron un puesto en el nomenclátor madrileño. Y lógicamente no eran sino Carlos II y Carlos IV, amén del impresentable supracitado, dándose el caso curioso de que Carlos I de España sí está presente, pero como Carlos V de Alemania. Misterios municipales. Aunque también justicia: sí hay una calle Amadeo I, pero ninguna recuerda a José I, el rey bonaparte. Entretanto las cosas han cambiado, una amiga me informó de que se había inaugurado en el extrarradio de la capital una calle dedicada al impresentable, así es que resulta pensable que los munícipes madrileños hayan ampliado el nomenclátor con el resto de esa basura histórica].

Y volvamos a Alemania, y a un caso de vergonzosa toponimia que conozco muy de cerca porque mis deberes de abuelo me hicieron sujeto pasivo de una mutación en canguro, y es así que un día sí, otro no, y a veces el de enmedio, me tocó viajar en un tranvía de la línea 16, aquí en Colonia: la de los Reyes Magos... y las innumerables vírgenes de Santa Úrsula que alguna vez provocaron una irreverente pregunta de Jardiel Poncela.

En esa línea del tranvía 16, que corre desde el nordeste de la ciudad hasta Bad Godesberg –antaño residencia de los diplomáticos, al sudoeste de Bonn–, había hasta el verano del 2001 una parada llamada Marienburg, un distinguido barrio del sur coloniense. Pues bien: ahora, allí, desde entonces, esa doble parada ostenta el nombre de Heinrich-Lübke-Ufer; es decir: Orilla [del Rhin] Heinrich Lübke. Y es lo que yo me digo: ¡Estos alemanes no van a aprender nunca!

¿Quién fue Heinrich Lübke? Repasando la historia de la República Federal de Alemania se entera uno de que en 1959 lo eligieron presidente de la misma, un cargo puramente decorativo y poco menos que protocolario, siendo reelegido por otros cinco años en 1964. Lo que esa historia no nos dirá es que Lübke accedió a la más alta y más inoperante magistratura del país por la sencilla razón de que la Unión Cristiano-Demócrata, con el canciller Adenauer a la cabeza, tenía la sartén por el mango ("y el mango también") en la Alemania occidental de la posguerra. Y como al viejo Adenauer jamás le importó un puesto decorativo y protocolar, sino mandar, y cómo, y como ya había chocado varias veces con el liberal Theodor Heuss –primer presidente federal–, no tuvo el menor empacho en que a Heuss le sucediera cualquier donnadie de su propio partido. El elegido fue Lübke y el que siguió partiendo el bacalao, como tan gráficamente se suele decir, ¿quién podía ser sino él, Adenauer, desde la jefatura del gobierno?

heinrich lubke 350Para su desgracia, y la del puesto que ocupaba, la salud mental de Heinrich Lübke se resintió bastante durante su segundo mandato y daba cada traspiés oratorio que temblaba el misterio. Famoso en los anales de la vida pública alemana es el discurso que pronunció en una de las viejas colonias africanas de su lejano predecesor, el káiser, y que comenzó con estas palabras devenidas históricas: "Damas y caballeros, queridos negros". Por si fuera poco, justo en esos momentos críticos de su segunda presidencia se descubrió que durante la guerra había sido responsable entre 1943 y 1945 del trabajo de los obreros esclavos en el centro de investigación balística de Peenemünde, el laboratorio experimental de las V1 y V2 del verdugo de Londres, Wernher von Braun, quien jamás tuvo que comparecer ante un tribunal por crímenes de guerra: los EE.UU. lo eximieron de ello para que les construyera sus cohetes espaciales.

Al turbio asunto Lübke le cayó tierra encima, supongo que porque su salud mental aconsejaba correr un piadoso velo sobre el tema. Y no se volvió a hablar de él. Sin embargo, a fines de mayo del 2001, resurgió aireado por la revista Der Spiegel, y con pruebas documentales. Y es eso lo que provocó mi desconcierto, una vez más. Que a renglón seguido de que fuera rescatado el escándalo en torno a la participación activa de Lübke en la maquinaria esclavista y destructiva del III Reich, tan justo entonces, en unos tiempos en los que retoñaba la vesania neonazi, la compañía de transportes públicos de Colonia decidiera rebautizar una de las paradas más emblemáticas de sus trayectos con el nombre de aquél desdichado presidente.

Es algo que me recuerda mucho el chiste (como tal políticamente incorrecto, pero también, como tal, bastante sintomático) en el que Hitler le pide permiso a Satanás para volver nada más que cinco minutos a Alemania y "liquidar" aquí el problema de la inmigración turca. Si bien a regañadientes, el demonio le concedió el permiso, pero se desesperó al ver que Hitler no había regresado al cabo de los cinco minutos. Pasaron ocho horas hasta que el ex pintor de brocha gorda compareciera de nuevo a la puerta del infierno, masajeándose con gesto de dolor la mano derecha. "¿No me dijiste que nada más que cinco minutos?", bramó Satanás. "Sí, hombre, lo de los turcos lo arreglé en cinco minutos", respondió Hitler, "pero es que luego en Berlín me han retenido casi ocho horas dándole un apretón de manos a todos los que venían a felicitarme".

La cita que siempre recordamos en estos casos, los buenos alemanes y quienes los queremos, es de Heine: "Denke ich an Deutschland in der Nacht, / dann bin ich um den Schlaf gebracht", que quizás debiera traducirse así: "Si a la noche en Alemania pienso yo, / el sueño desde luego se fregó"... para usar un verbo suave y que no comienza con j.

 

 

 

Carta de Alemania (13). De la toponimia alemana enviada a Aurora Boreal® por Ricardo Bada. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Ricardo Bada. Foto Ricardo Bada © Ricardo Bada. Foto de Heinrich Lübke tomada de internet.

Los amigos invisibles - próxima publicación

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