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Binomio locura-mujer en la literatura

fernanda balanger 250La crítica literaria feminista estudia la forma en que los escritos de mujeres expresan la particularidad de sus vidas así como la imagen que de ellas refleja el canon literario masculino. Al examinar las relaciones de poder manifiestas tanto en los textos como en la realidad cotidiana, la lectura se vuelve un acto político que muestra las actitudes y comportamientos estereotipados de la sociedad patriarcal. Se plantea el rol social del lenguaje en la construcción de la realidad y, también, la polémica sobre el origen de las diferencias entre hombres y mujeres como algo esencialmente biológico o, por el contrario, socialmente creado. En este sentido, la locura es un tema que si bien está presente ya en las primeras tragedias griegas, ha sido intrínsecamente vinculado al género femenino en la literatura, principalmente durante los siglos diecinueve y veinte. Mientras la etiqueta de la razón se ha asignado con mucha frecuencia a los personajes masculinos, los femeninos se han asociado a un prototipo irracional, intuitivo y portador de emociones desbordadas.

El auge del movimiento activista de mujeres impulsó el interés en aspectos de la historia social y de la literatura que habían sido ignorados durante mucho tiempo. A finales de los años sesenta y principios de los setenta, surgieron novedosos estudios centrados en la salud y la mujer, que desde una perspectiva feminista buscaban subsanar omisiones y suposiciones asumidas como verdades en la historia tradicional. Dos ejemplos de trabajos académicos «correctivos» con un marcado énfasis político, publicados en 1973, lo constituyen Witches, Midwives and Nurses y Complaints and Disorders: The Sexual Politics of Sickness de Barbara Ehrenreich y Deirdre English. Las autoras discuten el rol opresivo de ciertos tratamientos, proporcionando un marco teórico comprensible sobre el mito de la fragilidad femenina como un hecho predestinado anatómicamente, que alimentó la proliferación de prácticas médicas radicales como las cirugías ginecológicas para la histeria y otros desórdenes de personalidad. Siendo precisamente «histeria» la palabra que más comúnmente se unía al binomio mujer-locura durante el siglo XIX, resulta oportuno recordar su origen en el término griego hystera, que significa matriz. En los escritos médicos más tempranos, se afirmaba que el útero podía moverse alrededor del cuerpo, dando lugar a alteraciones físicas y mentales. Pero incluso cuando estudios anatómicos rebatieron esta teoría, muchos médicos continuaban debatiendo sobre la poderosa influencia de los órganos reproductivos sobre la mente.

Si bien los trabajos de Ehrenreich y English crearon una gran controversia, contribuyeron en la toma de conciencia de los académicos sobre la incidencia que tenían algunas prácticas médicas y sus improntas patriarcales en el condicionamiento de la vida de las mujeres. En los libros de texto, manuales y novelas publicadas entre los años 1700 y 1900 se observa un considerable número de imágenes de mujeres jóvenes padeciendo desvanecimientos, ataques de llanto y dificultad para respirar, entre otras afecciones originadas supuestamente en su condición física innata. Así, los argumentos médicos servían para explicar, por ejemplo, por qué solo los hombres debían acceder a estudios de medicina: una lección de anatomía induciría a las universitarias a continuos desmayos. Más aún, reconocidos estudiosos sostenían que el desarrollo intelectual era totalmente antagónico con el desarrollo reproductivo, como ratificaba el neurólogo alemán Paul Julius Möbius en su libro La inferioridad mental de la mujer (1900). En Estados Unidos esta tesis fue expuesta de manera contundente por el médico Edward Clarke de Harvard en Sex in Education (1873), obra que advertía sobre la posibilidad de que el útero se atrofiara, sufriendo esterilidad como consecuencia de una actividad mental vigorosa.

female malady 350En 1985, la activista y escritora Elaine Showalter publicó The Female Malady: Women, Madness and English Culture, 1830-1980, un exhaustivo estudio en el que explora el papel primordial que ha tenido la interiorización colectiva de los estereotipos de género, en particular los relacionados con el comportamiento adecuado femenino, en la representación de la locura con connotaciones netamente sexistas. Showalter utiliza la expresión «la enfermedad de la mujer» para referirse tanto a los trastornos afectivos y mentales que con ella se asocian, como a su experiencia de confinamiento doméstico. También utiliza la frase «la domesticación de la demencia», conectando la enfermedad mental con la opresión sentida por la mujer al ser relegada al ámbito del hogar. La autora analiza biografías y cartas de mujeres talentosas que sufrieron algún tipo de desequilibrio sicológico, mostrando el alto precio que tuvieron que pagar por alejarse del rol esperado y desarrollar su creatividad en una cultura dominada por hombres. Por otro lado, en la investigación realizada en The Madwoman in the Attic: The Woman Writer and the Nineteenth-Century Literary Imagination (1979), Susan Gubar y Sandra Gilbert analizan la literatura femenina del siglo XIX y sostienen que la notable frecuencia con la que las mujeres han escrito sobre la locura, representa uno de los síntomas más reveladores del aprisionamiento físico y mental al que se han visto sometidas.

madwomen 350En contraposición a la estampa idealizada en la época victoriana del «ángel de la casa», se ha proyectado también una imagen romántica de la mujer salvaje, con el pelo revuelto y fuera de sí. Algunas de las escritoras británicas que se resistieron a seguir esa propensión a polarizar los comportamientos y colocar la locura como una consecuencia de la inestabilidad natural femenina, fueron Mary Wollstonecraft en su último trabajo María o los agravios de la mujer (1798) y Jane Austen en la publicación que dio inicio a su carrera, Sentido y sensibilidad (1811). Entre las literatas estadounidenses que escribieron sobre la temática, se encuentran Sylvia Plath con su novela autobiográfica La campana de cristal (1963) y Louisa May Alcott con su novela Moods (1864). Ambas plasmaron esta problemática en sus cartas personales y diarios, en los que exteriorizaron pensamientos e incluso estados depresivos, la dificultad para lograr un balance entre creatividad artística y vida doméstica, y la angustia latente debajo de la fachada construida en sintonía con las expectativas sociales. De la combinación de ficción y realidad surgió también el cuento «El papel de pared amarillo» de Charlotte Perkins Gilman. Desde su primera publicación en 1892 en la revista New England hasta principios de la década los setenta este relato permaneció prácticamente desconocido, si bien su inclusión en la antología The Great Modern American Stories (1920) lo situó junto a destacados nombres contemporáneos como Mark Twain y Edith Wharton. Con el correr de los años, la redefinición del canon literario brindó al relato un notorio reconocimiento, incrementado por los diversos análisis de estudios académicos, que reconocieron su estatus de obra pionera no solo por la cuestión que aborda sino por la perspectiva que se utiliza sin ningún tipo de sentimentalismos.

Gilman fue una escritora norteamericana, feminista y activa conferencista, autora de poesía, novelas, relatos breves y ensayos. En Mujeres y economía (1898), realiza una aguda y mordaz crítica sobre la situación de la mujer en la sociedad de su época, afirmando que si bien existe un mismo mundo para las personas de ambos sexos, «la riqueza, el poder, la distinción social, la fama, —pero no solo eso sino también el hogar y la felicidad, la reputación, la comodidad y el placer, el sustento— todo, debe llegar a ellas a través de un pequeño anillo de oro». Siguiendo esta línea, en «El papel de pared amarillo» confronta la política sexual de las relaciones matrimoniales, relatando el conflicto interno experimentado por un ama de casa que acaba de ser madre y debe asumir el rol que tiene predestinado dentro del rígido marco de la sociedad victoriana, renunciando para ello a lograr sus propósitos artísticos. El estilo narrativo crea una tensión controlada, con frases precisas y un lenguaje que conduce al lector a lo más profundo de la psique de la protagonista, dando lugar a una multiplicidad de lecturas. La historia se compone de diez anotaciones de un diario, escritas en primera persona, en las que la narradora describe en forma realista las etapas progresivas de su desestabilización psíquica, que comienza con depresión y sentimientos de culpa, luego desarrolla un gradual distanciamiento de la realidad, delirio persecutorio y alucinaciones, hasta llegar a una total disociación de su ser.

En las primeras reseñas que se hicieron del cuento, se destacó principalmente su paralelo con la ficción de Edgar A. Poe, aludiendo a sus detalles escalofriantes y enmarcándolo en el género de terror. Lo que resultaba muy provocador era que el descenso a la «oscuridad» lo padeciera una ciudadana con una vida aparentemente confortable, de clase media, casada con un profesional reconocido; y aún más inexplicable, que su problemática se originara en la imposibilidad de conciliar el liberador mundo artístico con el impuesto sacrosanto círculo doméstico. Esta última lectura comienza a realizarse con el epílogo que Elaine Hedges escribe para la edición de Feminist Press en 1973. La protagonista se encuentra en una casa de campo, siguiendo las indicaciones de su marido, médico prestigioso, que le ha prescrito la cura del reposo como el mejor tratamiento para su crisis nerviosa postparto. El personaje masculino asume un papel autoritario y paternalista, manteniendo a su esposa, su «niña pequeña», aislada, y prohibiéndole todo tipo de estimulación intelectual, mientras ignora el verdadero origen de su sufrimiento. A escondidas en la habitación, ella escribe en su diario, en un desesperado intento de recuperar su voz y liberarse de su aprisionamiento. Pero a medida que trascurren los días, la atmósfera se vuelve claustrofóbica y la identificación de la casa con una prisión es inevitable: el pesado cabecero de la cama, las ventanas enrejadas, la puerta cerrada al inicio de la escalera.

the yellow wallpaper 350Literalmente, a la protagonista se la separa de la parte creativa de su personalidad, lo que produce un quiebre interno y a juzgar por el creciente deterioro de su mente, la cura es aún peor que la enfermedad. El papel amarillo de la pared del cuarto en el que pasa la mayor parte del tiempo, comienza a provocarle una preocupación excesiva y se convierte en una obsesión, con un fuerte simbolismo no solo de la siniestra morada sino de las emociones reprimidas de la heroína. El papel adquiere forma humana, personalidad, olor y movimiento, es un reflejo del estado fragmentado de la narradora, o como se ha sugerido también, «es una pantalla de proyección o Test de Rorschach del creciente pánico de la narradora, de sus miedos relacionados con el matrimonio, la procreación y la maternidad». La riqueza de la historia radica justamente en el gran abanico de interpretaciones que ofrece a estudiosos y lectores, sin perder sin embargo sus raíces autobiográficas, que reflejan la traumática experiencia de la autora. Su depresión postparto la llevó a la clínica del afamado doctor Mitchell, especialista en crisis nerviosas femeninas, para recibir la cura de reposo. Al ser dada de alta, el doctor le prescribió, siguiendo su creencia de que la educación superior debilitaba a las mujeres, que llevara una vida lo más hogareña posible, sin volver a tomar un pincel o un bolígrafo en toda su vida. La escritora siguió sus indicaciones durante tres meses hasta colapsar y llegar a la conclusión de que el mejor tratamiento era seguir adelante con su carrera literaria.

El final de la historia es ambiguo, pero Gilman logró el objetivo que se había propuesto con este trabajo creativo: instar a Mitchell a repensar su método. Le envió un ejemplar, y si bien nunca recibió una respuesta, se enteró tiempo después de que cambió sus métodos tras leer su relato. El conjunto de su obra puede ser visto como un intento de señalar e incluso tratar de eliminar algunos de los obstáculos que han impedido la libre expresión de las mujeres. Su escritura se centra en las desigualdades de género y la descripción de personajes afectados negativamente por las normas sociales de su época. Es así como lectura y escritura se transforman en un acto político, examinando las representaciones, las relaciones de poder y reevaluando las experiencias, haciendo evidente la base ideológica de interpretaciones literarias canónicas o supuestamente neutrales.

 

Bibliografía

- GOLDEN, Catherine (1992). The Captive Imagination. A case book on The Yellow Wallpaper. New York: Feminist Press at the City University of New York.
- GOODMAN, Lizbeth (ed.) (1996). Literature and Gender. London: The Open University.

 

fernanda balanger 375oFernanda Balangero Musso
Argentina, 1976. Traductora, investigadora, ensayista y editora. Graduada en Estudios Ingleses en la UNED (Madrid) y colaboradora de Aurora Boreal®.

Material enviado a Aurora Boreal® por Fernanda Balangero Musso. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Fernanda Balangero Musso. Carátula de los libros The Female Malady de Elaine Showalter, The Madwoman in the Attic de Sandra M. Gilbert and Susan Gubar y The Yellow Wallpaper de Charlotte Perkins Gilman tomadas de internet. Fotografía Fernanda Balangero Musso © archivo personal.

 

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