El reciente libro de Pedro M. Martínez, compuesto por 18 relatos, hace gala de la destreza narrativa del autor, quien recrea los hechos y personajes que marcaron su vida. Hay remembranzas que afloran con nitidez y precisión, y otros que se mueven en la línea exacta donde confluyen la realidad y la ficción. No cabe duda de que la memoria es una fuente inagotable en materia literaria y un crisol en el cual se funden las aventuras de la imaginación.
El autor, en una suerte de viaje en el tiempo y el espacio, nos invita al territorio de su infancia, donde constatamos el primer beso que le dio a la hija de la pipera, el trato cariñoso de su madre y la actitud afable de su padre, quien trabajaba en la construcción, suspendido como una alondra entre los andamios de madera. Asimismo, en "Tarde de sábado", el primer relato de este fabuloso libro, nos familiarizamos con un tío flacuchento, enamorado y contador de historias de la Guerra Civil, y un profesor que maravilla a los alumnos con sus ocurrentes frases.
El último Grumete de la Baquedano, de Francisco Coloane (Quemchi, Chile, 1910-2002), es una obra que cayó en mis manos con el peso misterioso de un libro bitácora, que se salvó de un naufragio después de haber navegado por alta mar, bajo el brazo de un marino ansioso por narrar las aventuras que le tocó vivir a bordo de un buque de guerra.
La obra está dividida en catorce capítulos y presenta a lo largo del tratamiento del tema valores morales y estéticos que, probablemente, lo convierten en uno de los relatos más hermosos de la vida de los marinos que navegan viento en popa por los canales australes de Chile, pues, a ratos, gracias a la magia y la intensidad del relato, el lector tiene la sensación de estar a bordo de la corbeta la "Baquedano", sujeto al timón y mecido por las olas que se rompen contra la proa.
Cierto día, estando aún recostado en la celda húmeda y maloliente, cayó un libro desde el mirador por donde se filtraba la luz del día y recibía el plato de comida. Mi sorpresa fue tan grande que me incorporé de inmediato y lo cogí entre las manos cual una paloma mensajera; tenía las esquinas plegadas y el lomo estropeado.
Cuando leí el título: Rayuela, lo primero que destelló en mi mente fue aquel juego que solía jugar de niño, saltando sobre un pie y empujando el tejo con la punta del zapato. En efecto, Rayuela era un libro armado como un rompecabezas; un juego de palabras, símbolos, imágenes y otros recursos literarios, que traspasaban las fronteras levantadas por los doctores de la literatura entre la realidad y la fantasía, ya que para su propio autor, "la noción de frontera era una noción tan artificial como la línea ecuatorial".
El libro De esto contaréis a vuestros hijos..., cuyo contenido revela una cronología del nazismo, una serie de fotografías y documentos de primera mano, fue escrito por encargo del gobierno sueco como parte del proyecto "Historia viva" que, junto a otros países, tiende a mantener vigente los desastres y testimonios personales del holocausto nazi, con el propósito de que esta historia sombría no vuelva a repetirse en la Europa contemporánea, sobre todo ahora que resurgen los nacionalismos de todo pelaje y los neonazis vuelven a ganar las calles enarbolando las bandera de la ideología racial.
El holocausto nazi, que se llevó a cabo entre 1933 y 1945, fue el resultado de una política fundamentada en las leyes de la naturaleza, especialmente, en la cruda tergiversación del "darwinismo social" y en el "instinto de conservación de la especie".
La persecución contra los judíos siguió un proceso sistemático de extinción de una raza considerada por los líderes del nazismo como "raza inferior" a la de los arios, puesto que en la visión esquizofrénica de Hitler -dictador de pinta estrafalaria, bigotes cursis y estatura baja en relación a la población germana- la "raza aria" no sólo era la más bella, sino también la más perfecta.
Para el nazismo no fue ningún secreto el fundamento racista de su ideología ni el desprecio abierto contra todos los principios democráticos de una sociedad multicultural, desde el instante en que sus concepciones sobre la "pureza racial" se llevaron a la práctica desde enero de 1933, año en que Hitler accedió al cargo de canciller y, tras la muerte de Hindenburg (1934), a la presidencia, que le permitió asumir todos los poderes (Reichsführer) y crear una temible policía de Estado (Gestapo) y una serie de grupos destinados a sembraron el pánico y el terror entre los judíos.
Es difícil imaginar el panorama de la poesía latinoamericana en Suecia sin la presencia de un personaje extravagante como Sergio Canut de Bon, quien le ponía color a la vida burlándose de la muerte. Era un conversador ameno y sabía sacarle partido a las tertulias, donde sus anécdotas parecían juegos de pirotecnia. Sus sentencias concisas, hechas con ingenio y humor cáustico, constituyeron el lado fuerte de su creación literaria, quizá porque a través de ellas quería expresar la verdad -su verdad- de una manera breve, rotunda y poética.
Quiero reconocer, sin rodeos, que muy pocos libros han tenido tanta influencia sobre mí, y sobre mi modo de ver el mundo y la realidad, como los de Lundkvist Me siento feliz que un libro de Artur Lundkvist aparezca en castellano. Yo me detengo en pleno camino de la selva para abrirle las puertas del idioma
Pablo Neruda.
Escribir una apretada síntesis sobre una de las figuras más descollantes de la literatura boliviana parece fácil, pero resulta una tarea difícil, debido a su personalidad polifacética y a la complejidad de su prolífica obra que, hasta el día de hoy, sigue siendo motivo de interpretaciones y controversias.
He pensado varias veces en el significado cabal de este cuadro de Edvard Munch, el pintor noruego que nació diez años después que Vincent van Gogh y veinte años antes que Franz Kafka. Lo he mirado de arriba a abajo, de izquierda a derecha, de anverso a reverso, y no he encontrado más que una profunda melancolía hecha a brochazos y una rara sensación de que su personaje, de espaldas al espectador, huye hacia un rumbo desconocido, sin revelarnos su rostro ni su nombre.
La edición de "Tintín en el Congo" es un excelente motivo para abordar el tema del racismo en los llamados "cómics", donde los negros representan el subdesarrollo y los blancos la expansión imperialista, una imagen que nos persigue como fantasma en el subconsciente colectivo. Si anudamos los cabos sueltos de la historia universal, advertiremos que el racismo tiene sus primeros antecedentes en el pasado colonial de las culturas no occidentales, donde los conquistadores europeos, a diferencia de los asiáticos, negros o indios, impusieron su voluntad a sangre y fuego.
El Tío*, como todo diablo de vasta cultura y declarado defensor del cuento breve -brevísimo-, aprovechó una de nuestras conversas para darme una lección sobre el arte de trabajar la palabra con la precisión de un orfebre.
-Escribir un cuento breve es como grabar un verso de García Lorca en un anillo de bodas -dijo-. Así de fácil pero a la vez difícil.
Lo miré callado, pensando en que el Tío, a pesar de sus atributos de Satanás, jamás dice las cosas al tuntún. Es un tipo asaz inteligente, sabio en las ciencias ocultas y en las ciencias de ciencias. ¿Qué no sabe? ¿Qué no puede? ¿Qué no quiere? Es un modelo de constancia y rigor intelectual. Y, lo más deslumbrante, tiene una respuesta para cada pregunta. Así un día, mientras hablábamos de literatura y literatura, dijo: "Los hombres escriben cuentos violentos". ¿Y las mujeres?, le pregunté. "Ése es otro cuento", me contestó.
Todo estaba confirmado. Acordamos vernos en un casino central de San Petersburgo, una tarde en que las calles parecían flotar en medio de una lluvia intensa y menuda, mientras el cauce del Río Neva atravesaba como una flecha por el corazón de la ciudad.
La primera vez que mi madre me llevó a la escuela, la mañana era calurosa y polvorienta. Yo tenía guardapolvo blanco, sandalias de cuero negro y un mundo de ilusiones. Pensé que al fin se me abrirían las puertas de ese establecimiento misterioso y temido, del cual me hablaron tanto mis compañeros de juego. Los profesores sacan los conocimientos hasta por los bolsillos, me dijeron. Les falta un pelo para ser bibliotecas andantes y dejar de ser mortales de carne y hueso.
El poeta Ricardo Jaimes Freyre (Tacna, 1868 - Buenos Aires, 1933), hijo del destacado escritor potosino Julio Lucas Jaimes y de la escritora peruana Carolina Freyre, nació en el consulado boliviano de Tacna, donde su padre ejercía como diplomático. Inició su obra poética en Argentina, país en el cual pasó gran parte de su vida. En 1901, se instaló en Tucumán para desempeñar tareas culturales, universitarias y periodísticas por el lapso de veinte años. Fue redactor del diario El País y dirigió la Revista de Letras y Ciencias Sociales, una propuesta única y vanguardista en su época.
Página 3 de 4