Despedida

In Memoriam
1927 - 2014 †

Divino Maestro:

Apenas los diarios comenzaron a dar cuenta de tu desaparición me dije esta es otra de las geniales farsas del Gabo, pues acostumbrados estamos a tus gestos impredecibles por lo fantásticos y a tu salidas, que no buscan nunca la gracia ni el desconcierto, ni llamar la atención, sino que son la expresión más genuina de tu espíritu. Los que siendo jóvenes nos hicimos hombres con uno de tus libros en las manos, los que crecimos en la vida y en el alma teniéndote como guía y como compañero, nos sentimos hoy repentinamente despojados en lo más hondo, porque de pronto la vida nos segó la fuente aquella que durante más tiempo y con más fidelidad nos había acompañado: tu mundo real maravilloso, que supiste compartir con todos los que tuvimos la suerte un día u otro de abrir cualquiera de las páginas de tus libros. Una noticia nos habla del Nobel colombiano, y yo me digo, colombiano sí, pero sobre todo universal, pues en cuanto al Nobel en sí no es en tu vida sino un pequeño incidente, tanta es la magia y el portento que rodeó siempre tus actos, y hablarnos entonces a nosotros de tu Nobel es como decirle a alguien tu abuelo, el que tiene buena letra, manera incongruente de calificar, ya que la buena letra se comparte mientras que el abuelo es único, y a los millones de amigos que tienes nos basta con oír tu nombre, los calificativos, por elogiosos que sean, hacen estorbo, resultan innecesarios.

 

Pero hoy, cuando todo es dolor, son más las imágenes y los recuerdos que nos asaltan que las palabras que poseemos para expresarlos. El silencio dice más. Entonces, Maestro, hasta esa otra región, tan improbable pero tan presente y tan constante como tus ficciones, va este modesto homenaje de uno más entre los millones de colombianos, de latinoamericanos, de seres de este planeta que contaron contigo para agregarle a la vida su nota de magia diaria. No hay en nuestra tierra un solo colombiano, que en un momento u otro no haya mencionado tu nombre o sacado a relucir tus dichos o puesto tu ejemplo en primer plano. No hay, entre los cientos de millones de personas que te conocen, una sola que no haya sentido tu presencia, tu compañía, tu voz, tan cercana como la de cualquiera de sus amigos. Por eso, hoy, todos los incontables seres que te quieren se unen en un momento multitudinario y único. Te decimos lo que sentimos, con palabras de tu gran amigo Alvaro Mutis, que, puesto que la más ardua de las proezas la acabas de dejar atrás, la muerte debió acogerte "con todos tus sueños intactos".

Maestro, la primera vez que leí tu nombre, fue en una revista Cromos, como autor de un cuento titulado "Tres chinagos", que sin duda era un remedo de un episodio de la novela de Hemingway Tener o no tener. No me gustó, pero me impresionó. Después, en otro número de la misma revista, leí "La noche de los alcaravanes", y ése sí me gustó. Y luego, otros cuentos, y después los libros. Pero esas lecturas no desalojaron de mis preferencias antiguos autores. Hasta el día en que nos cayó, a los confiados jóvenes de mi generación, un huracán arrasador llamado Cien años de soledad, que nos cortó el aliento, las alas, el apetito de escribidores en ciernes y nos dejó en suspenso, durante años, porque ¿cómo escribir algo digno de buen nombre después de aquello? Luego, nos acostumbramos, Maestro, a tu maestría natural, y aprendimos a perdonarte tu grandeza, como aceptamos tu liderazgo en cuanta materia te diera por meter las manos, y llevamos la vida con la comodidad y la tranquilidad de tener tal maestro tan cerca, a la mano, en nuestra lengua y en nuestra cultura, el mejor amigo, el más constante aliado, el intelectual probo, sin compromisos egoístas ni alardes de virtuoso, un consejero que aconsejaba desde su esquina, sí, pero sin endilgarnos regaños. Sabíamos que contábamos y que contaríamos siempre contigo. Hasta el día de hoy en que, sin dejar nosotros de sentir que tu presencia era como cosa natural, necesaria, obligada y con la que testaruda e irrazonablemente se cuenta por el resto del siglo, vienes y nos dejas con los crespos hechos.

Todavía le dije esta mañana a un amigo, que me llamó para darme el pésame, espera, espérate un poco, que con el Gabo no se sabe, está tan habituado a reírse en nuestras barbas que... Y lo sigo esperando, Maestro, que te levantes, no como un resucitado porque lo único que jamás se podrá decir de ti sin ser desmentido es que te hayas muerto, sino que te levantes, buenamente, sonriendo, con un jovial guiño de ojo, y sigas, como si nada, delante de nosotros, como si después de esta vida otra vida, más ancha y prodigiosa, se hubiera abierto de par en par a tu infatigable paso.

Estrasburgo, viernes santo de 2014

 

Gabriel Uribe Carreño.
Colombia 1947. Reside en Francia desde 1980. Obras: Maquiavelo en Verona, (1998) novela histórica ambientada en el Renacimiento, El último retrato de Cecilia Tovar (2006), FOMINAYA (2010). Nicolás Maquiavelo: La conducta de los poderosos (2006), El encuentro de Benidorm (2012). 

Despedida enviado a Aurora Boreal® por Gabriel Uribe. Pubñicado en Aurora Boreal® con autorización de Gabirel Uribe. Foto Gabriel Uribe © Gabriel Uribe.

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