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santiago_mutis_005La esbelta sombra hace parte de la colección Un libro por Centavos de la Universidad Externado de Colombia y la Revista El Malpensante. La antología fue seleccionada por Jineth Ardila y Alejandro Burgos.

San Francisco de Asís y los motivos del lobo

Por Jineth Ardila


santiago_mutis_jineth-ardila_001Alejandro Burgos y yo hicimos esta antología de la poesía de Santiago Mutis con una idea alumbrando ante nuestros ojos con cierto atrevimiento: la poesía última de Santiago y sus prosas revelan un fundamento común: la ferocidad, la vehemencia de su renuncia a aceptar conciliar con el mundo tal como éste va. Una idea ética, política, si se quiere, atraviesa su escritura en los últimos tiempos. Quisimos hacer notar esa ferocidad manifestándose en su poesía y así antologizamos. Dejamos, sin embargo, algunos de los afirmativos poemas de Santiago de su primera época, los que encontramos en Soñadores de pájaros o en Tú también eres de lluvia, más que con el propósito de hacer una selección completa, con la intención, algo pérfida, de evidenciar esa diferencia. No pensamos en un desarrollo, en un proceso en la poesía de Santiago hacia su perfección -y él mismo no concordaría con tal idea de progreso-, sino en una renuncia. Santiago Mutis podría intentar volver a ser un soñador de pájaros, si él lo quisiera, por su amor por la Naturaleza y por el arte y por la vida, pero no creemos que pudiera en verdad volver a cantar de tal modo después de haber sido tan consciente de que ese lugar que señalaba su poesía está bajo constante amenaza.

santiago_mutis-jineth_ardila_002Santiago evidencia en sí mismo, en sus prosas, en su crítica de arte, en su poesía, un encuentro y al mismo tiempo una imposibilidad de conciliación que tiene lugar ante nuestros ojos: voy a recurrir a una metáfora para describirlo: de un lado lo habita el ingenuo, humilde, enternecedor, amoroso, y también heroico y caballeresco San Francisco de Asís... y de otro el lobo de Gubbio, en la versión de Rubén Darío; si en la versión de las Florecillas, llamado el "Evangelio de San Francisco", el Pobrecillo de Asís resulta vencedor, pues convence al lobo de que haga la paz con los hombres y a los hombres de que pacten también ellos la paz con el lobo, y ese pacto se cumple hasta que, ya viejo, el animal muere, querido y protegido por todos en la aldea de Gubbio, en Los motivos del lobo de Rubén Darío, por algo es el poeta americano iniciador de nuestra poesía moderna, el lobo es traicionado por la aldea y, tras un intento de conciliación con los hombres, vuelve a su estado salvaje.

Así lo veo, a Santiago, comerse una naranja y ser incapaz de botar sus semillas a la basura, y esperar con paciencia hasta encontrar el lugar en donde tengan al menos una oportunidad para crecer, que generalmente es el lote abandonado de sus vecinos, en donde quién sabe qué frutas ha hecho crecer, en medio de lo que luego vendrán a podar como simple maleza. ¡Ah sí! Pienso yo. La hermana naranja se yergue allí, contrahecha, sin fruto. Y luego lo escucho decir, a Santiago: "quien ve nuestros crímenes pierde sus ojos"; o "la paz de los sepulcros no existe, ni es paz, sólo un interminable pudrimiento"; o "Hemos convertido un país alegre y altivo en un país atroz y limosnero. Nunca la noche de la capital fue tan fría, tan triste, tan hostil... Llegará el día en que no amanezca en la ciudad, y nos devore la próspera pesadilla nacional".

Como para hacerle eco a Santiago repito las palabras del lobo de Gubbio de Rubén Darío, cuando San Francisco, contrariado, sale a su encuentro después de haber escuchado las quejas de la aldea, que acusa al lobo de haber traicionado la promesa de ser bueno que le hiciera al de Asís:

Hermano Francisco, no te acerques mucho
Yo estaba tranquilo allá en el convento;
al pueblo salía,
y si algo me daban estaba contento
y manso comía.
Mas empecé a ver que en todas las casas
estaban la Envidia, la Saña, la Ira [...]
Hermanos a hermanos se hacían la guerra [...]
y un buen día todos me dieron de palos
Me vieron humilde, lamía las manos [...]
Todas las criaturas eran mis hermanos:
los hermanos hombres, los hermanos bueyes,
hermanas estrellas y hermanos gusanos.
Y así me apalearon y me echaron fuera.
y entre mis entrañas revivió la fiera [...]

Toda gran poesía es el resultado de un enfrentamiento semejante, que ya no diré más a través de la metáfora de San Francisco y el lobo, sino en su expresión como conflicto estético: el enfrentamiento entre la subjetividad del poeta y su experiencia de un mundo en crisis.

Nuestro lugar común [dice Santiago en una de sus últimas prosas] ha sido la crisis, la crisis de nuestras fronteras con las selvas -que[...] codiciamos y[...] de las que sacamos a rastras sus centenarios árboles como inmensos pájaros muertos-; crisis con los bosques -[...] vemos sus altas llamas en las noches y sus humeantes muñones al amanecer entre lagos de ceniza-; crisis con los ríos -que arrastran hacia el mar la oscura materia de las ciudades [...]-; [...] No somos gente de fiar [...]. El resto de la fauna tiembla con nuestra presencia; hemos convertido ya en oscuro olvido cientos y cientos de milenarias plantas, especies enteras de otras criaturas. La Creación se borra a nuestro paso, mientras se ensanchan las avenidas, los basureros, las autopistas... los mataderos.

De ese enfrentamiento nace lo que para la poesía, aunque no exclusivamente para ella, quiero invocar aquí como la interioridad, para diferenciarla de la subjetividad. Pero la elevación de esa interioridad hace evidentes las pérdidas y rupturas profundas en las que ha sido engendrada: La vida propia de la interioridad [dice Lukács] no es posible y necesaria más que si lo que distingue a unos hombres de otros se ha convertido en abismo insalvable, si los dioses han enmudecido y ni los sacrificios ni el éxtasis consiguen resolver sus enigmas, si el mundo de los actos se separa de los hombres y se vacía y empobrece por esa independencia, si la interioridad queda para siempre separada de la aventura.

santiago_mutis_003¿Cómo actuar en el mundo más que de un modo trágico, si el ideal no puede conciliarse con la realidad? Esa ha sido una pregunta recurrente de la poesía. Se tiene la posibilidad y la tentación de abandonarse a la subjetividad, al soñador de pájaros, y hacerla autosuficiente como una defensa desesperada, pues toda lucha en el mundo es vista como imposible o como humillación. Pero también se tiene la posibilidad, y así mismo la renuncia, del poeta que decide recibir el mundo, nombrarlo con su belleza lastimada y su horror: "Toda poesía, verdadera, arrastra como sombra un elaborado pensar el mundo, una veta que cruza brillando el mural que nos deja un oro verde, musgoso, oscuro" [dice Santiago en otra de sus prosas] Y agrega, respondiéndose él mismo la pregunta por el arte y la vida:

Por eso, también en literatura, los temas, y eso de auscultar la vida, tiene sus riesgos, no sólo por el ánimo de intervenir, que en muchos no es una mera ilusión, sino por lo que se suele encontrar en el empeño. Toda realidad es terrible, y el arte no es su testimonio, sino lo que pensamos o queremos hacer de ella. [...]. ¿Cómo escribir, pues, por fuera de la realidad, y cómo no decir lo que sentimos sobre esa vida que esconde sus sordos y oscuros latidos entre los nuestros? No se escribe para documentar la realidad, se escribe para cambiarla, para decirle a alguien al oído lo mejor de lo que pensamos, o lo peor, para soplarle luz a su aterido corazón.

Para recibir el mundo Santiago aprende a acallar su propia subjetividad: Quiero imponer silencio a mi corazón, que cree tener mucho que decir [dice Stendhal]. Tiemblo siempre de no haber escrito más que un suspiro cuando creo haber anotado una verdad.

El poeta, cuando de ese modo se hace preso del mundo, para recibirlo, expresa en su obra una visión irónica del fragmento de realidad que representa, tanto como de sí mismo. Aprende a guardar silencio tras su obra; silencio que encierra una melancolía profunda [tal la renuncia a la lírica de Lord Chandos en la carta de Hofmannsthal]. Ha descubierto que la vida y la esencia no volverán a ser jamás una unidad, una continuidad. Comprender eso puede hacer que se vuelva contra su subjetividad. La separación entre la subjetividad y el mundo ya es, para entonces, definitiva. El soñador de pájaros ya no hablará más de su vuelo. El mundo está dominado por las convenciones, el poeta ya no logra poner a salvo su subjetividad en alguna fortaleza o guarida de mundo ideal.

el hombre de hoy [dice Santiago] con los ojos quemados por el fuego fatuo de lo que él, ya perdido, llama "iconos", "imágenes", y que no son más que pedazos de deleznable civilización, anuncios de publicidad rasgados en los muros callejeros, expuestos a la soledad, al viento, a la lluvia, a la nada. Parece que lo insondable de una verdadera imagen, o de un verdadero ícono, es la voz de los abismos, de la que nos hemos apartado, encandilados por el vacío, por el vértigo de la caída.

Las palabras, su propia materia, se le vuelven extrañas o, por lo menos, lo hacen desconfiar:

[...] en la crisis con la Naturaleza el hombre ha puesto la Palabra a su favor: tenemos entonces que desconfiar de la palabra [...] toda la Palabra está en crisis, y hemos de trabajar [...] con las palabras manchadas, con cientos de palabras entrenadas para engañar, para ocultar; palabras ladinas, enfermas, esquivas, muertas de costumbre o miedo, palabras como trampas, palabras buitre, palabras loba, mordaza, palabras como sanguijuela o puñal [...]

Dicen de ti -el último libro de Santiago, como lo anuncian también otros de sus poemas que recogimos en la antología, y que pertenecen a Afuera pasa el siglo el libro que lo antecede,  -es una larga elegía dedicada a la muerte de la subjetividad en Santiago. Y es su propia interioridad en crisis la que habla a través del poeta encarnado en Dicen de ti, esa biografía de la locura, de la enfermedad, que bien puede acumular realidad tanto como ficción, y que dice, feroz, que la lucha contra la prosa del mundo fue allí desigual. Dicen de ti nos dejó ver los oscuros rincones en que se debate indefensa el alma del hombre hasta sucumbir en el caos del mundo y en el abismo de su propia interioridad.

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