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Invitado Especial

Desde el foso: La última guerra entre la costa y los cachacos “Crónica” vs “Mito”.

Un sabio francés y un intelectual bogotano opinan que la famosa revista Mito tiene poca importancia y que fue Barranquilla la que cambió la literatura colombiana. La costa colombiana y el interior siempre han tenido guerritas que librar: la explotación de los esclavos frente a la explotación de los indios... la inmigración frente a la preservación del núcleo demográfico... el béisbol frente al tejo... el fútbol del barrio samario Pescaíto frente al del Olaya, de Bogotá... la cumbia frente al bambuco... el tuteo frente al usted... el sancocho de pescado frente al ajiaco o a la bandeja paisa... el calor frente al frío... el mar frente a la montaña... la hamaca frente al escritorio... la palmera frente al sietecueros... Pilar Ternera frente a Fernanda del Carpio...

De vez en cuando surge en Barranquilla el ímpetu de crear una república independiente desde la punta de la Guajira hasta la frontera con Panamá. Pero pronto el ímpetu cesa, cuando los barranquilleros se dan cuenta de que, si hay emancipación, ellos serán los cachacos de la nueva república.

crednecial_1La última batallita acaba de estallar. Se trata de establecer si la literatura contemporánea colombiana surgió en Bogotá en torno de la revista Mito, como afirman los cachacos, o en Barranquilla alrededor de la revista Crónica. Hace poco aparecieron dos libros que echan gasolina a la hoguera: por un lado, Plumas y pinceles (I y II), recopilación de textos sobre estos temas publicada por la Universidad de Bérgamo (Italia) bajo el cuidado del profesor colombiano Fabio Rodríguez Amaya. Por otro, Crónica (Ediciones Uninorte, edición de Jesús Ferro), colección de artículos rescatados de la efímera revista que dio a luz hace 60 años el Grupo de Barranquilla, aquella cuerda de amigos bohemios a la que pertenecían, entre otros, Gabriel García Márquez, Álvaro Cepeda Samudio, Germán Vargas, Alejandro Obregón y Alfonso Fuenmayor.

Unidas, las dos obras afirman la primacía intelectual de la costa en la Colombia moderna y sitúan allí los orígenes del boom latinoamericano, el fenómeno literario más importante del siglo XX en la novela de lengua española. Lo curioso es que los adalides de la batalla anticachaca no son costeños y uno ni siquiera es colombiano. Se trata del citado Rodríguez Amaya y de Jacques Gilard, crítico e investigador francés que falleció hace exactamente dos años, en noviembre de 2008, sin que se le haya rendido aún en Colombia el homenaje que merece.

Ellos capitanean las naves de guerra bibliográfica con que, lejos del grueso público pero en el corazón de la intelligenza, ataca esta vez la costa al interior.


Los dos capitanes
Empecemos por Rodríguez Amaya, nacido en Bogotá en 1950, graduado en artes en la Universidad Nacional de Colombia, en Bogotá, y doctorado en filosofía y letras en la de Bolonia (Italia). Pintor, grabador, escritor y profesor, es catedrático de literatura hispanoamericana en la Universidad de Bérgamo. Ha participado en numerosas exposiciones y publicado cientos de artículos y una decena de libros. El más reciente es este Plumas y pinceles, que contiene estudios sobre literatura y arte del Caribe colombiano al promediar el siglo XX. En ellos colaboró intensamente Gilard durante sus últimos meses de vida.

En cuanto al profesor francés, había nacido en un hogar de maestros rurales en 1943. Aficionado al castellano, por influencia de su abuelo, se especializó en literatura española del Siglo de Oro. Cuando prestaba servicio militar, en 1968, pasó unos días de convalecencia en familia y descubrió una novela que había salido hacía pocos meses: Cien años de soledad. Fue su camino de Damasco. La leyó durante una noche entera sin parar y al terminar supo que su vida había cambiado: en vez de España, se interesó por ese país donde flotaba Macondo.

Gilard realizó cuatro viajes a Colombia entre 1978 y 1982. En cada uno de ellos conversó con miembros del Grupo de Barranquilla, se sumergió en sus archivos, visitó los lugares donde se reunían, oyó la música que les gustaba y bebió el trago que tomaban. Fue así como se volvió estudioso del vallenato, aprendiz de corroncho y parrandero.
"Conoció e hizo buenas migas con Germán Vargas, Fuenmayor, Enique Grau, Obregón y García Márquez", dice Rodríguez Amaya. GGM le presentó a Tita Manotas, la viuda de Álvaro Cepeda Samudio -fallecido en 1972- y ella le habló de Crónica, una revista dominical "literaria y deportiva" que circuló con El Heraldo en 1950 y 1951, cuya frase de combate era: "Su mejor week-end". La propia Tita lo conectó para que tuviera acceso a la hemeroteca del periódico.

"Allí se dedicó a leer y tomar notas sobre los textos -recuerda Tita-, y lo hizo con tanta concentración que se quedó encerrado en el edificio del periódico durante los tres días santos. Afuera, la ciudad estaba en pleno carnaval.". Cuando salió, llevaba bajo el brazo todos los papeles de Crónica.


Un francés en La Arenosa
Desde aquel viaje de 1978 Gilard quedó cautivado por la costa y se volvió un costeño más. Podía decirse que fue el último miembro del Grupo de Barranquilla, uno de los más militantes en su amor por la costa y sus valores, y uno de los más agresivos en su antipatía por los valores clásicos y oficiales del interior, como se verá.

Durante los años siguientes continuó investigando en archivos y bibliotecas de dos continentes. En la casa catalana del difunto sabio Ramón Vinyes encontró un tesoro de cartas y documentos. "La ingente cantidad y variedad de materiales que recupera en mazmorras y altillos se convierte en montañas de papel en la biblioteca de su casa de Cugnaux y le dan cuerda para redactar los seis tomos de su tesis doctoral sobre García Márquez y el Grupo de Barranquilla", dice Rodríguez Amaya, quizás su más cercano amigo y colaborador. "Era tímido, aprehensivo, no atropellaba a nadie, empedernido cultor de la buena comida y las mejores bebidas; poseía como don una memoria de hierro y era dado a contar chistes picantes y, al final de las veladas, convertirse en trovador entonado".

Tras décadas de buceo, el "occitano triste", como lo denominó Rodríguez Amaya, había realizado uno de los más exhaustivos trabajos de catalogación, análisis y recuperación de textos de Gabo y sus amigos. A él debemos, entre otros, la colección del García Márquez columnista y numerosos ensayos sobre autores colombianos que se publicaron en revistas especializadas. "Desde 1982 nunca jamás regresa físicamente a esas lejuras -dice Rodríguez Amaya- pero durante 30 años dedicó lo mejor de sí a sus escritores y artistas".

A principios del 2008 le descubrieron un cáncer. Gilard trabajaba entonces en una nueva revisión de su texto sobre el Grupo y en la selección de artículos de Crónica. Al morir, Tita se encargó de impulsar la publicación de los artículos del dominical, que acaban de salir en Barranquilla con prólogo de Jesús Ferro. Respecto a la versión final del ensayo sobre el grupo, Rodríguez, que trabajaba con él al alimón, la incluye en Plumas y pinceles.

Allí mismo aparece la versión revisada de su ensayo 'Para desmistificar Mito', que se había publicado en la Universidad de Antioquia en 2005 y que revisó, retocó y entregó expresamente para ese mismo libro. Desde allí dispara Gilard los perdigones de mayor calibre contra los escritores, poetas y críticos bogotanos.


El mito de Mito
La tesis básica de Gilard, de la que Rodríguez "no disiente en una sola línea", es que el centralismo cultural y político ahogó a Colombia, su política, su historia y su cultura. Es algo que también sostienen los miembros del Grupo de Barranquilla. "El centralismo del país y la permanencia de una mentalidad de capillas, enmarcada ésta en una pertinaz ideología de derechas liberales, llega a falsear la memoria de los procesos", dice Gilard.

Agrega que, con pocas excepciones -como las de Jorge Zalamea, con su revista Crítica, Eduardo Zalamea Borda con su novela Cuatro años a bordo de mí mismo y algunos más-, los intelectuales bogotanos son "mimados por la clase dirigente" que encarnan El Tiempo, el santismo y cuanto gira en torno a ellos. El "perro guardián" de esta elite intelectual cachaca es Germán Arciniegas, a quien acusa de haber impedido que se conociera oportunamente a autores como Jorge Luis Borges o Adolfo Bioy Casares: "las lecturas de los colombianos sufrieron así un retraso de diez años". El heredero de Arciniegas, según el francés, es Juan Gustavo Cobo-Borda, "intelectual oficial" dedicado a convertir a los escritores de su órbita "en estatuas de próceres".

El paisaje literario que flota en Bogotá es para Gilard retórico, oficial, anacrónico y autocomplaciente. Pero a mediados del siglo XX ocurre algo: empiezan a aparecer nuevas corrientes, nuevos nombres, nuevos aires, nuevos temas, nuevas influencias en las letras colombianas.

¿A qué se debe este viento renovador? La respuesta a la pregunta desata la guerra de las revistas.

Y es porque costeños y cachacos lo atribuyen a agentes distintos. Bogotá cree que debe esta revolución a Mito, publicación fundada por Hernando Valencia Goelkel y Jorge Gaitán Durán en 1955. Mito circuló bimestralmente hasta mediados de 1962, publicó 42 números y ejerció importante influencia en un país que acababa de vivir la Violencia y dos dictaduras: una conservadora y otra militar. Los amigos de Mito no solo le acreditan haber abierto las ventanas de la cerrada cultura nacional, sino haber descubierto y lanzado a varios autores nuevos, como García Márquez, Cepeda Samudio y el poeta Álvaro Mutis.

La crónica de Crónica
Pero la historia que cuenta la costa, por boca de Gilard, es completamente diferente. Fue el Grupo de Barranquilla con su órgano Crónica ("la mejor revista literaria que ha tenido Colombia") el que sacudió las sábanas, importó maneras nuevas de la narrativa de Estados Unidos, fusionó el periodismo y la ficción, aportó una sana dosis de humor contra la solemnidad tricolor y replanteó el "ideario estético", aun cuando Gilard sostiene que "el grupo habría rechazado esta palabra con sorna".

El objetivo es "desmistificar a Mito" y el crítico francés no dispara con algodones. Veamos algunos de sus cañonazos:
"Mito es solamente un momento dentro de un proceso, y no necesariamente el momento más digno"... "La revista de Gaitán Durán no inauguró nada"... "En todo cuanto se relaciona con Mito es posible advertir un casi permanente afán hiperbólico que termina ocultando la verdad de los procesos colombianos"... Hay una rosca "que le otorga a Mito más personalidad de la que tuvo [] y la autoría de todo lo bueno que se hizo en la literatura colombiana por varios decenios"... "Es abusiva la idea de que Mito marcó una 'escisión' "..."La revista era una señal más del centralismo colombiano"... "Los intelectuales vinculados a la clase dirigente propusieron una exaltación sin matices al mensaje de Mito"... "No pasó de ser una revista literaria sin mayor gravitación en su sociedad, salvo los inocuos cargos que alcanzaron [...] algunos miembros del equipo".

Lo que más irrita a los defensores de la génesis barranquillera de la revolución literaria nacional es que Bogotá intente coronar a Mito como órgano descubridor y patrocinadora de talentos que ya habían surgido en Barranquilla y Cartagena.

García Márquez -señala Gilard- fue descubierto en 1947, ocho años antes de aparecer Mito, cuando Eduardo Zalamea Borda publicó unos cuentos suyos en El Espectador. Los fundadores de la revista no manifestaron "ni una sola vez en nada menos que ocho años su interés por esos cuentos". El primer texto que publicó Mito de GGM fue "Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo", que se conocía desde un lustro antes. En cuanto a Cepeda, "se le anexiona a Mito en forma como distraída", pues los fragmentos de la novela La casa grande que incluyó la revista habían visto la luz antes en Diario del Caribe. Y Héctor Rojas Herazo, supuesto "poeta de Mito", era conocido por su libro Rostro en la soledad desde 1952.

En suma, "García Márquez existía antes de Mito e independientemente de Mito" y es falaz incluirlo en el grupo de esa revista. Igual ocurre con los demás escritores barranquilleros que en algún momento publicaron en Mito. La revolución literaria nacional del siglo XX no se gesta en la Avenida Jiménez sino en La Cueva.

Eso es lo que dice post mortem Jacques Gilard con el apoyo de Fabio Rodríguez Amaya al declarar una nueva guerra a los cachacos, la guerra de las revistas.
¿La última? Probablemente no.

 

Publicado originalmente en la revista Credencial Noviembre 2010. No. 288. Págs. 28 a 31 http://www.revistacredencial.com.co/desde-el-foso-la-ultima-guerra-entre-la-costa-y-los-cachacos_8228000-1 Artículo enviado a Aurora Boreal® por cortesia de Fabio Rodríguez Amaya y NTC de Colombia http://ntcblog.blogspot.com/

Foto: Fundación la Cueva. http://www.revistacredencial.com.co/IMAGEN/IMAGEN-8260002-2.png

En la foto: Armando Pavajeau, Álvaro Cepeda, Roberto Pavajeau, Gabo, Hernando Molinay Rafael Escalona.


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