Óscar Osorio - 'Que ningún otro niño viva lo que yo viví'

Que ningún otro niño viva lo que yo viví

 

Esta crónica hace parte del libro Allende el mar. Crónicas de inmigrantes colombianos en Estados Unidos, escrito como resultado de un proyecto de investigación-creación desarrollado gracias a la beca Fulbright Investigador Visitante Colombiano y al año sabático otorgado por la Universidad del Valle. En tanto relato documental, la historia aquí contada se atiene estrictamente a la información allegada en la investigación. En relación con los procedimientos textuales, el cronista actúa con absoluta libertad en pro de lograr un tratamiento literario de dicho relato. En este sentido, la primera persona es una voz híbrida que se construye en un espacio de tensión entre la del cronista y la del protagonista.

 

Uno de los hermanos Prisco pretendía a una tía de mi mamá. Le estaba haciendo la visita cuando papá llegó. Con un movimiento reflejo, se llevaron las manos al cinto para sacarse las pistolas. Ya se habían enfrentado a bala unos días antes. Mamá salió del cuarto en el momento en el que mi bisabuela saltó al medio y les dijo: “Bueno, hijueputas, si se van a dar bala, lo hacen afuera porque yo acabé de barrer y a mí no me van a ensuciar la sala”. Les dio risa la salida. “¿Todo bien?”, le preguntó el sicario a mi papá. “Todo bien”, le contestó y siguió al patio trasero.

Esa extraña situación ocurrió en el barrio Buenos Aires Miraflores de Medellín, en el año 1987. La ciudad padecía el desorden social y la violencia producidas por decenas de bandas de sicarios que actuaban principalmente al servicio del cartel de Medellín. Los Priscos era una de las más poderosas. Sus asesinos habían perpetrado innumerables crímenes y varios magnicidios. Entre ellos, el del ministro de Justicia Rodrigo Lara Bonilla, menos de tres años antes. Esos eran los enemigos que mi papá enfrentaba.

Por su participación en diversos operativos contra las más importantes estructuras criminales del país, fue condecorado varias veces y, en 1992, le asignaron la tarea de comandar una de las unidades del Bloque de Búsqueda.

El 2 de diciembre de 1993, papá estaba en una alcantarilla ayudando a hacer la triangulación que permitiera localizar la casa donde se encontraba Pablo Escobar. Había mucha interferencia y fue necesario que el capo se extendiera más de lo acostumbrado en la conversación telefónica que sostenía con su hijo. Cuando estuvieron seguros de la ubicación, la reportaron y dieron la orden de allanar.

Los primeros que entraron fueron los hombres de los Pepes, los paramilitares que le habían declarado la guerra Pablo Escobar y que se habían asociado con organismos del Estado para perseguirlo. Alias Semilla, hermano de don Berna, disparó y asesinó al capo.

El coronel Hugo Aguilar estaba almorzando en la Escuela Carlos Holguín, en Bello, cuando le comunicaron que Escobar estaba en una casa del barrio Los Olivos. Soltó los platos y salió como loco. Cuando llegó, les dijo a los Pepes que se fueran, se robó la pistola de Escobar, se hizo tomar la famosa foto agarrando la camiseta del cadáver y asumió los créditos de la operación que terminó con la vida de uno de los más poderosos criminales de la historia del país.

Mi mamá, mi hermana y yo habíamos vivido en Medellín y nos habíamos instalado en Ibagué por motivos de seguridad. Papá se había quedado. Nosotros estábamos en San Andresito cuando salió la noticia. Todo el mundo hizo silencio. Mi mamá exclamó: “Humberto”. Ella sabía que mi papá estaba en ese operativo. Observé los rostros de la gente y vi gestos de preocupación, no de alegría. Nadie celebró. Lo que siguió fue la eclosión de mini carteles y el desarrollo del paramilitarismo en Colombia, pero esa es otra historia.

Cuatro meses y veintiún días después de esa resonada victoria contra el crimen, seguíamos esperando que sus superiores firmaran el traslado de mi papá. No lográbamos entender por qué se demoraba el trámite si todos sabían que él estaba sentenciado a muerte.

Yo cursaba tercero de educación primaria en el colegio Santa Teresita de Jesús, en el barrio Belén. A las diez de la mañana del 23 de abril de 1994, recliné mi rostro sobre las manos cruzadas en el escritorio del pupitre. Estaba solo y aburrido. Mis compañeros participaban en una actividad a la que yo no pude asistir. Escuché mi nombre. Levanté la cabeza y vi a la profesora en la puerta del salón. A su lado, había dos mujeres; detrás de ellas, un policía. “Alista tus cosas, que vinieron por ti”, me dijo la profe.

A la salida, me esperaban Gloria Herrán, esposa de un coronel de la Policía, y Mercedes Puentes, hermana de un general del Ejército. Vi a mi mamá en una camioneta Patrol blanca. Estaba llorando. Mercedes me invitó a que nos sentáramos y me dijo: “¿Sabes cuáles son las etapas del ciclo de la vida? Los seres humanos nacen, crecen, se reproducen y se van al cielo. Tu papá cumplió el ciclo”. “¿Dónde está mi papá?”, le pregunté después de un incómodo silencio. “Tu papá tuvo un accidente”. Le repetí la pregunta. “Desde ahora en adelante él los va a cuidar. Siempre va a estar con ustedes”, me dijo.

Me sentaron al lado de mi madre. Estaba descalza. No me miró, no me abrazó. Llegamos a la casa de Gloria, en el barrio Santa Helena. Pusimos la televisión y vimos la noticia. La noche anterior habían asesinado a mi papá en el mismo barrio y a solo unas cuadras de la casa en la que fue abatido Escobar. Mamá se preguntó en voz alta: «¿Qué hacía Humberto ahí? Él me dijo que ya se iba a dormir». La rabia se amalgamaba a la tristeza. Mi papá le había mentido.

Unas horas antes de su muerte, mi mamá, mi hermanita y yo habíamos hablado con él desde un teléfono público de monedas, que aún está ubicado cerca de la parroquia de la Urbanización San Francisco. A ellas le dijo que se iba a dormir; a mí, que hiciera caso en el colegio. Fue nuestra última conversación.

Viajamos a su natal Barranquilla para las honras fúnebres. La decepción de mi mamá se profundizó. Dos hijos de mi papá, con dos mujeres distintas, aparecieron en nuestras vidas. Juan Pablo, de la misma edad de mi hermana Jennifer, fue a conocerlo en un ataúd. A la otra niña, Diana Carolina, no la llevaron. Estaba de brazos. No alcanzo aún a comprender lo que sintió mi mamá al descubrir mentiras tan poderosas del hombre que fue su compañero desde que ella era una adolescente.

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Mamá nació en Buga, en el seno de una familia muy pobre. Desde niña, vivió en Ibagué. Comerciaba juguetes, cacharros y gaseosas para ayudar en la casa. También vendía los cachorros de la gata cada vez que esta paría. Tenía quince años cuando conoció a mi papá. Se enamoraron. Quedó en embarazo y se volaron para Medellín. Allá nací el 11 de mayo de 1986. Ella tenía diecisiete años; dieciocho, cuando nació mi hermana Jennifer. No se casaron. Habían decidido hacerlo, pero el crimen les frustró los planes. Quedó viuda a los veintiséis años, con dos niños, sin trabajo y sin dinero. Le tocó empezar de nuevo.

Se demoraron dos años liquidando la pensión y la situación económica se tornó muy precaria. En innumerables ocasiones lloró porque no había comida, pero siempre encontró la manera de alimentarnos, al menos una vez al día. A veces, solo alcanzó para el guarruz.

Recuerdo mucho una noche en la que mi mamá lloraba desesperada porque no habíamos comido en todo el día y teníamos demasiada hambre. Ella se limpió las lágrimas y nos fuimos caminando las setenta y nueve cuadras que había desde nuestra casa hasta el restaurante Longaniza Boyacense. Nos demoramos hora y media en llegar. Mamá pidió para llevar tres pollos, cuatro longanizas y papas. El mesero empacó. Le dio la cuenta. Cuarenta y cinco mil pesos. Ella le pidió al cajero diez mil de vueltas e hizo el amague de que le iba a cancelar. Él se los dio. Ella le dijo, en un tono que no admitía réplica: “Réstelos de lo que me debe”. El hombre se quedó mudo. Resulta que ella le había fiado unos perfumes y él se había negado a abonarle. Nos devolvimos en taxi. Al día siguiente, tuvimos para el recreo. Todavía siento el sabor delicioso de ese pollo.

El 31 de diciembre de 1994, nos invitaron a despedir el año en la casa de un coronel de la Policía, en el barrio Santa Helena. No teníamos para el taxi. Mamá había decidido que no se iba a dejar arredrar por nada. Nos fuimos caminando. Yo tenía ocho años; mi hermana, siete. Estábamos en la calle 80 y teníamos que ir hasta la 37, casi cincuenta cuadras. Habíamos adelantado un buen trecho cuando un señor detuvo su carro y nos preguntó para dónde íbamos. Nos llevó.

En la Navidad siguiente, no había dinero para nuestros regalos y para preparar una cena. Una tía traía juguetes de Maicao y le facilitó unos a mamá. Ella le pidió un carro prestado a la esposa de un coronel de la Policía, lo parqueó en la trece con tercera y nos pusimos a vender juguetes en la calle. Nos dieron las doce de la noche haciendo ese trabajo.

Fueron dos años muy duros, pero ella siempre luchó para sacarnos adelante. La situación mejoró un poco cuando nos llegó la pensión. Con el retroactivo, pudo dar la cuota inicial para un apartamento. La mesada se repartió entre los cuatro hijos de mi papá. A nosotros nos tocó más o menos un salario mínimo. No era suficiente, pero fue una ayuda para no volver a pasar hambre.

Ella siguió vendiendo perfumes y tenía clientes en el casino de oficiales donde siempre habíamos sido recibidos como la familia del capitán Humberto Coral. La esposa de un coronel se molestó porque mi mamá hacía sus negocios allí y dio una orden infame: “Me sacan a esa señora. Ella viene a formar un mercado persa acá y no es la esposa de un oficial. Ellos pueden ser muy los hijos, pero él no está vivo”. El clasismo y arribismo que se ve en la Policía es muy deprimente.

También el abuso del poder. Uno piensa que los hijos de uno de los oficiales que logró dar de baja a Pablo Escobar y fue ascendido póstumamente a mayor por sus servicios a la patria, deberían ser admitidos sin dilación en las escuelas de la Policía. No es así. Mi mamá tuvo que humillarse para lograr esos cupos. El rector le negaba la admisión en la oficina, de día; en la noche, la invitaba a salir. Él era casado; mamá, tenaz. Él la acosaba sexualmente; ella se negaba. Era hermosa, elegante e imponente. Llegaba al colegio y llamaba la atención. Insistía con la solicitud. Salía sin el cupo. Volvía. Tuvieron que aceptarnos.

Siempre buscó para nosotros lo mejor dentro de sus circunstancias: bienestar, buena educación, fina indumentaria. Pobres, pero bien vestidos, era su consigna. Además de los perfumes, ella vendía ropa de marca que le traían unos amigos del extranjero. De esa mercancía, salían nuestros atuendos. Ella se vestía súper elegante. Nosotros, muy bien: camisetas Benetton y Lacoste; zapatos Freeport.

Mi papá fue un guerrero sacrificado en beneficio de otros. No, un héroe. Mamá es la verdadera heroína. Ella pasó su infancia en la pobreza, levantó dos hijos desde la adolescencia, enviudó siendo una jovencita y nos sacó adelante trabajando en lo que saliera: fue mesera, bartender y administradora de una discoteca; vendió perfumes, ropa, juguetes. A los cuarenta años tuvo a su tercer hijo, Carlos Gabriel; un ser a quien adoro y me considera como su papá. También le tocó criarlo sola porque esa relación no prosperó.

A pesar de que es una mujer hermosa, correcta, valiente, fuerte y tenaz, cada vez que intentó rehacer su vida amorosa halló el fracaso. Solo encontró a un hombre bueno, un poeta caleño con quien sostuvo una relación de pareja por cuatro años. El resto, puros canallas que no tengo interés en recordar.

Ya cumplió cincuenta y cinco años; mi hermanito, quince. Hace un tiempo tuve que sacarlos de Colombia para proteger sus vidas. Nos acechan enemigos muy poderosos.

 

El 24 de junio de 1994, dos meses después del asesinato de mi papá, se estrenó El rey león. Al igual que al mío, al papá de Simba, el rey Mufasa, lo mataron a traición, en una emboscada miserable. Hay un momento muy importante en la película, cuando Mufasa le habla a su hijo del ciclo de la vida. Yo lo recuerdo mucho porque ese fue el mismo tema que usó Mercedes en el colegio para darme la noticia de la muerte de mi papá.

Otro pasaje importante es la aparición del fantasma de Mufasa para, de nuevo, hablarle a Simba del ciclo de la vida y ayudarlo a que encuentre su destino. Algo parecido me pasó a mí un tiempo después. Yo estaba jugando fútbol. Algunos amigos veían el partido desde las gradas. Cuando terminó, un niño me dijo: “¿Y su papá qué se hizo?”. “¿Mi qué?”. “Su papá, que estaba recontento viéndolo jugar”. “¿Usted por qué dice que mi papá?”, le pregunté. “Pues porque él estaba ahí sentado y me dijo: «Mire, ese es mi hijo y está tapando espectacular, ¿cierto?»”. Yo no entendía por qué ese muchacho me decía eso. “¿Y cómo era él?”, le volví a preguntar. “Un señor como canoso, peinado para atrás. Olía bien”. “Es que a mi papá lo mataron hace dos años”, le dije. Se quedó frío. A mí me dio una inmensa alegría sentir que mi papá me estaba cuidando.

3 ccexpressCrecí queriendo ser como él. Ahora entiendo que fue un error garrafal. Me regalé a prestar servicio militar en la Policía y terminé muy bien, con conducta excelente y ninguna anotación. Apliqué para quedarme en la institución. La psicóloga que me evaluó me dijo: “Usted desea ser como su papá y nosotros buscamos personas que quieran ser policías”. No me aceptaron, supuestamente porque no tenía vocación de servicio. Yo creo que, en realidad, me rechazaron porque era beligerante y altanero; siempre cuestionaba lo que me parecía injusto y preguntaba el porqué de ciertas órdenes. También, porque hay mucha rosca y corrupción.

Al igual que el relato de la muerte de Mufasa, el de mi papá estuvo lleno de mentiras. Nos dijeron que unos asaltantes lo detuvieron, lo pasaron al asiento trasero, lo llevaron a un descampado, lo robaron y lo mataron; después, que esa mujer lo había metido a la mafia, que lo había vendido a sus asesinos. Con esa historia, vivimos varios años. Siempre tuve dudas de su veracidad.

En Barranquilla, me enteré de que unos oficiales le habían devuelto a la familia el arma de mi papá. Decían que la habían recuperado de los sicarios a quienes, según los rumores, unos agentes habían asesinado y desaparecido. Se profundizaron las dudas. Si a mi papá lo habían matado en un robo, ¿de dónde salían esos supuestos sicarios? y ¿para qué nos hablaban de su ejecución? Luego, le informaron a nuestra abogada que a la señora que estaba esa noche con mi papá también la habían matado. Ellos creían que los íbamos a enaltecer por haber tomado venganza, tenían la convicción de que un hecho delictivo podía justificar otro. Yo pensé que esa era la expresión de una inviabilidad tremenda, que solo una mente criminal podía suponer que se nos había hecho justicia con el asesinato de los involucrados en el homicidio de mi papá.

Entablamos una demanda alegando la responsabilidad del Estado por haberlo dejado en Medellín, pues fue el único oficial del Bloque de Búsqueda al que no trasladaron después de haber participado en la muerte de Pablo Escobar. No ganamos porque, según el juez, la obligación de proteger a mi papá era de medio, no de resultado. Por lo tanto, no se trataba de garantizar su vida sino de emplear todos los medios para protegerlo. Concluían que mi papá había salido de forma temeraria y se había puesto a sí mismo en peligro.

A medida que iba creciendo, más inconforme estaba. Había intentado, sin éxito, que me entregaran el expediente. Cuando cumplí dieciocho años, en mayo del 2004, me fui para Medellín y obtuve el fallo de primera instancia del Tribunal Administrativo de Antioquia en el que se exoneró al Estado de responsabilidad en el crimen de mi padre. Ahí pude conocer la primera versión de los hechos.

Según el relato de la, supuestamente, única testigo, Luz Mary Arboleda Mazo, a mi papá lo bajaron del carro y le dispararon. Ella declara: “Vi cuando el capitán Coral se desplomaba. Entonces, yo en ese momento saqué el revólver y le hice un tiro al conductor. Él me cogió con las dos manos. Yo forcejeé con él. Yo gritaba y el llamaba a uno de sus compañeros. Le decía: «Esta perra también tiene fierro». Vino el otro sujeto y entre los dos me quitaron el revólver”. Termina diciendo que los asesinos se fueron porque la gente se estaba asomando a los balcones. Ella era agente de la Policía y decía ser la novia de mi papá. Fue una gran sorpresa saber que pertenecía a la institución. Nos habían ocultado esa información todos esos años. Ni siquiera lo mencionaron cuando nos dijeron que la habían asesinado.

Yo no podía entender cómo se aceptó un relato según el cual los asesinos mataron a la persona ya reducida y sin arma, pero no atacaron a quien les disparó. Tampoco me parecía razonable que un caso tan importante se suspendiera al cabo de ocho meses sin lograr identificar a los criminales. Las dudas me asaltaban y decidí estudiar criminalística. Hice dos semestres y me pasé a Derecho porque el título de Administrador Técnico Judicial en Colombia no sirve para nada.

En el año 2007, me encontré con un amigo retirado de la Policía. Nos fuimos a tomar algo y hablamos de mi papá. Le conté que la noche de su muerte estaba con Luz Mary Arboleda Mazo. “Yo la conozco, marica”, me dijo. “¿Cómo así, si a ella la mataron en 1996?”. “Esa agente sigue activa”, me aseguró. Me dijo que él la había conocido en Medellín y me dio un montón de datos que me confirmaron que se trataba de la misma persona. La constancia de que esa señora estaba viva me dio la certeza de estar frente a una farsa criminal con varias personas comprometidas. Decidí mi camino: conseguir justicia para mi papá.

Sabía que los tres disparos entraron por el lado derecho y que la acompañante era su colega. Empecé a pensar en la trayectoria de las balas. No entendía por qué, si él estaba conduciendo su carro, los proyectiles venían del lado del conductor. Era muy probable que alguien que estaba con él le hubiera disparado desde el asiento del pasajero. Parecía absurdo no haber considerado esa posibilidad.

Busqué en los expedientes de Justicia y Paz porque me llegó el rumor de que también en la muerte de mi papá habían participado policías, que uno de ellos había pertenecido al Bloque de Búsqueda, se había incorporado a las autodefensas y se había desmovilizado. No lo encontré a él, pero sí su versión, según la cual, en el año 1994, había matado a un sapo, que era capitán de la Policía. Un indicio que vinculaba directamente a miembros de la institución en el crimen.

Seguí escudriñando expedientes judiciales y encontré un testimonio según el cual el mayor Hugo Aguilar se había apropiado de unas caletas que encontraron en el Magdalena Medio y mi papá se lo había informado al general Vargas Silva. En 2010 recibí un correo anónimo en el que decía que el mayor Hugo Aguilar había participado en el crimen de mi papá. Intenté muchas veces hablar con él para que me diera su versión de los hechos. Se negó a responderme.

Después, un narcotraficante que estuvo preso me dijo: “¿Usted cree que su papá fue el único oficial asesinado ese año?”. “¿Mataron a otro?”. “Sí, a mi capitán Henry Umbacía”. Afirmó que lo habían matado de la misma forma, haciéndolo pasar por un robo. Yo tengo esa grabación. Una noticia publicada en El Tiempo lo confirma.

Portada Semana ccexpressLa revista Semana informó que, según el fiscal Gustavo de Greiff, el Mucali había asesinado a mi papá. Indagué, con la colaboración de muchos periodistas, y no encontré nada sobre ese supuesto grupo criminal. Un sobrino de Pablo Escobar dijo que no lo conocía. El general Naranjo confirmó que jamás había existido. Solo había una conclusión posible: se lo inventaron para desviar la investigación.

En el año 2014, recibí la llamada de un general de la Policía. “Beto, lo felicito por lo que está haciendo, pero, hermano, ya no lo haga más. Cuídese. Ya llegó hasta ahí”. Yo lo tengo en un proceso en la Fiscalía por esa amenaza, pero no avanza.

En la crónica que publiqué en Los Danieles, escribí que el coronel Omar Acevedo Naranjo estuvo la noche de los hechos con mi papá; que el general Jesús Antonio Gómez Méndez, retirado de la Policía en el año 2008 por vínculos con alias don Mario, había apoyado la autorización de traslado hacía más de tres meses y no se había concretado; que, en un expediente de la Fiscalía, el general Marco Antonio Pedreros dijo saber quién lo había matado.

Apenas este año logré, con la asesoría de Miguel Ángel del Río, que me entregaran el expediente del caso. Descubrí que hubo otros testigos, que el señor Carlos Adhelson Peña afirmó que vio a la mujer alegando con dos hombres, que mi papá se mantuvo calmado, que se escucharon tres disparos, que los dos sujetos se alejaron tranquilamente, que la señora había esperado un poco y se había puesto a dar gritos fingidos.

Después de tantos años de investigación, tengo la convicción de que la agente Arboleda Mazo fue la asesina y de que hubo otros miembros de la Policía involucrados, entre ellos, el mayor Hugo Aguilar. Ya sé quién lo hizo. Ahora necesito saber el porqué. Seguiré empeñado en que el proceso de mi papá se reabra y, por fin, se imparta justicia. Con esta Fiscalía es imposible. Ojalá llegue un fiscal que lo haga posible.

 

La amenaza del general fue más o menos directa. Me llegaron muchas otras al correo, esas sí anónimas. Temía por mi vida. Además, estaba muy decepcionado y dolido porque todo el mundo me ignoraba, especialmente la Fiscalía. Yo no podía aceptar ese silencio cómplice con los asesinos de mi papá. Un abogado me sugirió a acudir a instancias internacionales. Armé una voluminosa carpeta con documentos sobre el caso y me vine para Estados Unidos el 25 de diciembre de 2015.

Me recibió en su casa un amigo de mi papá y me dio una semana para conseguir vivienda. Fue difícil porque no conocía la ciudad. Al final, encontré una habitación en Homestead. Mi idea era quedarme unos meses y mover el caso en la CIDH, pero la solicitud fue denegada. Yo creo que, esencialmente, porque no tuve una buena asesoría legal.

Una vez aquí, me di cuenta de que la estrategia del abogado era que yo pidiera el asilo. Yo pensé que era fácil; que lo solicitaba, me lo aprobaban, el gobierno me daba trabajo y listo. No es simple y no es rápido; es un proceso muy incierto. Radiqué la solicitud en febrero del 2016. A los meses pude sacar la licencia de conducir y un permiso de trabajo, que debo renovar cada dos años. Sigo esperando una resolución.

Yo había traído algún dinero, pero tenía que ayudar con el sostenimiento de mi mamá, pues a ella no le otorgaron la pensión de supervivencia porque no estaba casada con papá. Yo soy su pensión. Empecé a trabajar repartiendo flyers para un restaurante cubano. Me pagaban veinte dólares por dos horas. Eso no alcanzaba para nada. Me tocó dormir en las calles. Fue muy duro. Además, me pesaba mucho haber abandonado mi carrera faltando tan poco para obtener mi título de abogado.

Una vez faltó el busboy y el señor me preguntó si quería ese trabajo. Tocaba lavar los baños y llevar a la gente a las mesas. Le dije: “En Colombia, lavé baños llenos de porquería”. Él me dijo: “Tranquilo. Aquí los baños son muy decentes. No se me sobreactúe”. Me parecieron oficios fáciles y los hice sin problema. Lo más duro en esos primeros meses fue la nostalgia. Hubo días en los que se me salían las lágrimas limpiando las mesas. Pensaba mucho en mi mamá y en mis hijos.

Toda la vida le critiqué a mi papá haber tenido hijos con diferentes mamás. Yo no sé si es un karma, pero me ocurrió algo parecido. Me enamoré de una mujer y formamos un hogar. Tuvimos un bebé. Cuando el niño cumplió un año, me enteré de que yo tenía otro hijo, de dos años. La relación con esa otra mujer había sido eventual, fortuita. Recibí la noticia y sentí que estaba viviendo el pasado. Me dolió mucho. Pensé que repetía la historia de mi padre. No me lo permití. Me propuse construir una relación de calidad con mis dos hijos.

Duró poco. Dos años después, me tocó exiliarme. Los niños se quedaron en Colombia. Con la mamá de mi hijo menor, intentamos mantener la relación, pero la distancia nos quebró. Afortunadamente, ella me trae al niño cada tres meses. Con el mayor, hablo todos los días, pero no estamos cerca el uno del otro. A ellos no les falta nada porque yo me encargo de todo. Es un capítulo de mi vida del que ni siquiera me gusta hablar.

Ahora veo el amor como la búsqueda de una compañía para el resto de mi vida. Podría decirse que es una idea más funcional, pero yo quiero que mi relación vaya hacia el futuro, que sea un proyecto de vida. En eso estoy. Intento construir un hogar perdurable.

A comienzos del 2017, creí que me iba a morir. No quería, pero pensaba que iba a pasar. Estaba por cumplir treinta y un años, la edad a la que murió a mi papá. Yo no podía concebir que un hijo viviera más que su padre, que pudiese alcanzar más edad que su progenitor. Estaba convencido de que mi vida llegaría pronto a su fin. Me dio muy duro. Visité a un psicólogo y me diagnosticó depresión. Yo pensaba que era simplemente una profunda tristeza. Yo sabía el motivo de mi estado y, además, había escuchado de casos muy fuertes, que reducen totalmente a una persona. Lo mío no fue así. Sin embargo, no podía dormir. Poco a poco, lo fui superando.

Me ascendieron a mesero. Cuando terminaba el turno y cerraba el negocio, tenía que ayudar al dishwasher o a los de la cocina. Una vez, después de haber estado en las mesas todo el día, lavé platos por tres horas. Completé dieciséis horas de trabajo y salí muy cansado, con dolor en las manos. Yo siempre me iba en bicicleta para mi casa, pero no me sentí con fuerzas. Pedí un Uber. El señor llegó en un Toyota Corola. El ride demoró unos minutos. Me cobró quince dólares. Yo dije: “Este es el mejor trabajo de la vida. Uno va sentado, con aire acondicionado, escuchando su música, tomando cafecito o jugo, y ganándose esa plata”.

Me puse a trabajar en el bakery y aprendí a hornear pan. En esos hornos industriales caben tres bandejas. Algunos pasteles se ponen en el compartimento superior. Cuando se doran por arriba, se tienen que pasar a los compartimentos inferiores y los de abajo se suben. Entonces, hay que apagar el horno, cambiar las bandejas rápidamente y prenderlo de nuevo. Si eres lento, el pan baja el volumen. Se debe hacer el intercambio de bandejas muy calientes con un movimiento casi circense. Es fácil perder precisión después de diez horas de trabajo y quemarse de vez en cuando. Hornero que se respete se quema, dicen. Me quemé muchas veces. Cubrir esas cicatrices fue una de las razones por las que decidí hacerme los tatuajes.

Yo quería comprar carro y no veía la manera de conseguir la cuota inicial. Le comenté a la jefe y, de broma, le dije que le iba a tocar subirme el sueldo para que yo pudiera reunir esos cuatro mil dólares. Ella metió la mano al bolso y me dio el dinero. “Me paga semanalmente”, me dijo. Fue un momento hermoso ver esa solidaridad de ella. Claro que me dejó empeñado por diez meses. Compré mi primer auto y seguí en el horno.

Estaba por terminarse el año 2017. Llevaba dos años trabajando para sobrevivir. Había suspendido el activismo y engavetado la investigación sobre mi papá. Un sábado, trabajé desde las dos de la mañana hasta las doce del mediodía. Dormí tres horas y me fui a ver cómo me iba haciendo Uber. A las nueve de la noche tenía ciento sesenta dólares en el bolsillo. Volví a la casa a dormir un poco porque tenía que levantarme a la una para ir al bakery. Cuando me desperté, aún con sueño, dije: “Yo soy pendejo. Diez horas de horno por cien dólares, seis horas de Uber por ciento sesenta”. Fue mi último día de hornero.

Seguí en Uber y empecé estudiar el mercado del servicio XL. Me compré la camioneta y me puse a trabajar en una empresa privada de transporte, bajo reservas. Recojo personas en los aeropuertos y presto el servicio de limusina. Cuando no hay solicitudes, hago Uber. Esa es mi entrada económica principal.

 

Ese trabajo me permitió volver a investigar lo de mi papá y continuar con el activismo que había iniciado cuando acompañé al profesor Moncayo en su caminata por un acuerdo humanitario para la liberación de los secuestrados. Desde muy joven, marché con las centrales obreras, con los estudiantes, con las organizaciones que buscaran reivindicaciones sociales; me movilicé contra de la ley 30, recogí firmas para derogar la reforma a la justicia, organicé con Herbin Hoyos la marcha contra el secuestro. Siempre hice un activismo con sentido social.

Aquí, en Miami, encontré en las redes sociales otra forma de hacerlo y llegar a un público situado en geografías distantes. Una amiga me dijo que yo tenía muy buenas ideas, que debería materializarlas en formato audiovisual. Hice mi primer video apoyando el plebiscito por la paz. Dije que quienes conocemos la guerra, las víctimas de esa violencia, seríamos los únicos que tendríamos autoridad para pedirla. Lo colgué en YouTube. Después lo eliminé porque no tenía calidad.

En la segunda vuelta de las elecciones del 2018 hice videoblogs apoyando a Petro, le expliqué a la gente quién era el candidato, qué fue el M-19, por qué necesitábamos cambios estructurales en el país; hablé de las ideologías de izquierda y de derecha, de la Revolución Francesa, de nuestro contexto histórico, de las causas reales de la violencia y la inequidad en el país. No ganó Petro, pero la importante votación que obtuvo y la conciencia que se despertó justifican todo ese trabajo.

En estos años de actividad en las redes, de movilizarme por muchas causas sociales y de participar en actividades políticas he ido construyendo un liderazgo. Entonces, mi lucha individual se convirtió en una lucha colectiva. Entendí que el activismo debe buscar soluciones generales, no individuales. De esa manera, el tema de la justicia y la impunidad no se refiere solo a mi papá sino a una infinidad de casos. Usó las redes sociales con ese propósito. Ya mucha gente me conoce como Beto Coral y me sigue.

Hay cinco plataformas que tienen la batuta: Facebook, Twitter, YouTube, Instagram y TikTok. Lo primero que hago es sincronizarlas para que el mismo contenido salga de manera simultánea. En estos cinco años he publicado cerca de quinientos videos.

En cuanto al diseño y la producción de los contenidos, lo primero que hago es definir cuál es el propósito: informar, opinar o hacer pedagogía. Luego escribo un guion, que procura ser fresco y ágil, pero sin renunciar a la profundidad. Para esa escritura, investigo mucho. Me aprendo el guion y grabo. Enseguida, edito, con las herramientas que he ido aprendiendo a usar de manera empírica. Sólo en veinte videos he pagado la edición. Las miniaturas y las imágenes que uso sí me las ayudan a diseñar. Lanzo el producto y espero la reacción de la gente. También soy muy activo opinando sobre diversos temas en Instagram y Twitter.

He ido entendiendo que el activismo es el idealismo de la política. En la ideología en la que yo creo, que es el progresismo, se trata de hacer cambios paulatinos al sistema, lograr avances sociales para que la gente viva con dignidad.

Si mejoramos las condiciones de vida del país, millones regresaremos porque la mayoría de los inmigrantes queremos volver a nuestro seno terrenal. Especialmente, los asilados. El asilo es por definición un estado temporal de la existencia. Nos asilamos para proteger la vida, pero nos aferramos a la ilusión del retorno. Por eso, el asilado es más nostálgico que el inmigrante de voluntad. Si esa nostalgia no se atenúa, podemos caer en depresión o en apatía y la vida se hace muy difícil.

Por eso, escogí Miami. Esta ciudad tiene una gran familiaridad cultural con Colombia y se puede comer a gusto. Eso palía la nostalgia. Además, aquí hay muchos colombianos para socializar y hablar del país. Así uno se siente más conectado con la tierra natal.

Quienes llegamos a Estados Unidos tenemos el privilegio de incorporarnos a un sistema que rápidamente nos ofrece todo lo que nos negó nuestro país. Salimos de un sistema capitalista sin oportunidades y llegamos a un sistema capitalista con oportunidades. Eso nos pone en el riesgo de volvernos esclavos de ese sistema, de caer en el consumismo excesivo. Hay que esforzarse para que no sea así y para no perder la conciencia de que hay millones de colombianos que pasan toda su vida sometidos a la violencia y al hambre; personas sin la mínima posibilidad de construirse otro destino. Por ellos, hay que seguir luchando.

 

4 ccexpressBatman es una presencia en mi vida. Tengo muchas cosas con su imagen: pocillos, cuadros, figuras, camisetas. También este tatuaje. Hay muchas razones para esta pasión: amo los comics y las novelas gráficas; me encanta el color negro y la noche; adoro los murciélagos, que me parecen obras maravillosas de la naturaleza: mamíferos que vuelan, enigmáticos, hermosos y espectaculares. Pero hay algo más profundo.

Cuando tenía doce años, un bus me atropelló y tuve mucho miedo de salir a la calle de nuevo. Mi mamá lo sabía y me obligaba a hacer los mandados. Una vez le dije al tendero que no entendía por qué mi mamá lo hacía si sabía que yo le tenía miedo a la calle. El señor me dijo: “Mire, su mamá está escondida detrás de ese carro”. Me enteré de que ella siempre me seguía, me cuidaba; que me mandaba precisamente para que yo perdiera el miedo.

Encontré a Batman y comprendí que vencer el miedo forja al ser humano, que lo superas y te haces fuerte. Cuando Bruce se cayó a la cueva llena de los murciélagos que él tanto temía, Alfred le dio varias enseñanzas. Una, clásica, es que nos caemos para volver a levantarnos; otra, que esos animales lo habían atacado porque sintieron miedo, que hasta las criaturas más tenebrosas lo sienten y que uno debe usarlo a su favor. Es lo que intentaba mi mamá.

Batman utiliza su mayor miedo, la imagen del murciélago, para asustar a quienes, como los asesinos de su padre, hacen el mal y así evitar que otros niños vivan lo que él vivió. Esa también es mi lucha, ayudar a generar las condiciones en Colombia para que ningún otro niño viva lo que yo viví.

(Franklin Humberto Coral Garrido, Miami, Florida, 26 de octubre de 2021)

 

Óscar Osorio
Óscar Osorio. Foto Julián Jaramillo Colombia. Profesor Titular de la Escuela de Estudios Literarios de la Universidad del Valle. Doctor en Literaturas Hispánicas y Luso-Brasileras de la Universidad de la Ciudad de New York (CUNY). Ha publicado los libros: poesía: La balada del sicario y otros infaustos (2002) y Poliafonía (2004); crónica: La mirada de los condenados: la masacre de Diners Club (2003, en coautoría con James Valderrama) y Un largo invierno sin promesas (2016); cuento: Hechicerías (2008), Una porfía forzosa (2012) y La casa anegada (2018); novela: El cronista y el espejo (XXXII Premio Cáceres de Novela Corta, España 2007). Crítica literaria: Historia de una pájara sin alas (2003), Violencia y marginalidad en la literatura hispanoamericana (2005), El narcotráfico en la novela colombiana (2014), El sicario en la novela colombiana (Premio de Ensayo Autores Vallecaucanos Jorge Isaacs, Cali 2015), Las ruinas del Paraíso (2020). Ha publicado textos narrativos en diversos periódicos y revistas literarias, y una veintena de artículos académicos en revistas de Colombia, Chile, Estados Unidos, Canadá, España y Dinamarca. Fue distinguido con la beca Colfuturo para estudios doctorales y con la beca Fulbright Investigador Visitante Colombiano para escribir crónicas de inmigrantes colombianos en Estados Unidos.

 Crónica enviada a Aurora Boreal® por Óscar Osorio. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Óscar Osorio. Fotografías © Archivo personal de Beto Coral. Fotografía Óscar Osorio © Julián Jaramillo.

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