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Ensayo

La nave de las letras

menchu gutierrez 259Ponencia de la escritora Menchu Gutiérrez realizada durante el VI Festival de Literatura en español de Copenhague, el día jueves 27 de septiembre de 2018 en las instalaciones de la Universidad de Copenhague.

 

A una conferencia, como a un libro, como a una casa, se puede entrar por la puerta principal o por una puerta trasera; también es posible entrar por una ventana, como quien ha perdido la llave; o por una grieta, como los que escudriñan el tiempo.
El título de una conferencia, como el título de un libro, se pregunta, entre otras cosas, por dónde realizar esa difícil entrada.

Cuando la invitación a dar una conferencia lleva asociado un título más amplio, en este caso, el título en torno al cual se convocan estas jornadas “Letras viajadas”, nuestro título, hijo pequeño del título más grande, se pregunta cómo prestará servicio a este gran enunciado, de qué modo le será fiel o infiel.

“Letras viajadas", decía la invitación que recibí de la Universidad de Copenhague:. “Letras viajadas”… título ambiguo donde los haya, en el que caben barcos, aviones, submarinos, tranvías… y en el que coexisten los antiguos carromatos con los modernos drones.

Por un lado, estarían las letras, y por otro ese enigmático híbrido formado por el participio pasado de un verbo -viajar- y un adjetivo derivado de éste. Una persona viajada, es alguien que ha viajado mucho. El viaje ha dejado huella en ella: de ahí “viajada”. No puede tratarse por tanto una persona demasiado joven. Cuando decimos una persona viajada, imaginamos a alguien de cierta edad. Y, de algún modo, el elemento de participio pasado que contiene esta expresión, hace que en ese momento esté inmóvil en un punto. Una persona viajada no tiene por qué haber dejado de viajar, pero está quieta, y en su pasaporte se acumulan los sellos y visados de distintas fronteras del mundo, como antaño, aquellas pegatinas que decoraban las antiguas maletas de cuero con imágenes de El Cairo, Nueva York o Estambul.
Con las letras “viajadas” sucede algo parecido. Las letras, hasta entonces viajeras, en activo, parecen haberse detenido para ser pensadas, para hacer memoria, para interrogarse a sí mismas y pensar de dónde vienen y adónde van.

Pero es que, incluso si nos quedamos con la mitad del título y decimos, simplemente, “letras” estaremos apelando a muchas cosas diferentes.

Y ese término, en apariencia sencillo, “letras”, nos interroga en varias direcciones. Porque las mismas letras del abecedario -las vocales, las consonantes- han permanecido como el fundamento de esas letras más cercanas al título de estas jornadas, a las letras que ya han obtenido el estatus de libro.

La persona de letras es el escritor, es el lector, es el profesor… es la persona del libro. No nos hemos desprendido de esa palabra -letras- que son los ladrillos esenciales del lenguaje, como si el libro no hubiera podido ni querido olvidar de qué está hecho: de letras, de letras que conforman palabras, de palabras que conforman frases, de frases que crean párrafos, de párrafos que crean la literatura y los libros.
Las letras han viajado por tierra, mar y aire, y han viajado también sin moverse; han recorrido enorme extensiones de espacio y de tiempo.

El primer viaje de las letras, habría sido uno muy largo: el que va del alfabeto al libro.
El escritor francés, Michel Leiris escribió unas páginas extraordinarias sobre el proceso de asimilación de la palabra escrita en la infancia, comenzando por el alfabeto.

Esa colección de rasgos -líneas rectas, líneas curvas, líneas quebradas- … ese liviano andamiaje de las letras es todo menos aséptico. El alfabeto “ alza el vuelo o corre a grandes zancadas”. Las letras adquieren ademanes de espadachines, o de festones alados, o parecen superposiciones de rocas… son como conjuntos de figuras que se van escalonando o chocan entre sí, y se intercambian, como pasa con los dados cuando caen sobre una mesa y forman una especie de geografía negra y blanca.

Las letras cobran vida, se asocian o se oponen entre sí, se nutren de corrientes: las líneas rectas pueden imitar a la trayectoria de una balas, y las redondeadas, al movimiento de un bumerán.

Los esfuerzos que hicimos de niños por adueñarnos de ese código imprimieron para siempre a estas letras, a estas figuras, un gran misterio que al aprender a leer no desaparece completamente.

Las letras son todo menos letra muerta y, en palabras de Leiris “están recorridas por la savia de una valiosa cábala, que las saca de su inmovilidad dogmática y les presta vida, hasta las puntas más extremas de sus menores ramitas.”

La A mayúscula, se convierte en la escala de Jacob; la O, es el esferoide que dio origen al mundo; la S, es un sendero, o una serpiente; la letra Z, es un rayo y la Y, es un tronco de árbol que se prolonga en dos gruesas ramas desnudas que se yerguen hacia el cielo. Leiris decía que se limitaba a jugar… ¡pero qué juego tan extraordinario! Un juego cuya práctica llevaría adherido un método de revelación.

“Cuanto más intenso es el placer que experimento al jugar, más se fortalece la tendencia a ver estos juegos de la lengua algo así como unas experiencias cruciales, como si fuera incapaz a resignarme a que este juego mío sea únicamente un juego y no estuviera en condiciones de disfrutar de él por completo más que si le concedo una importancia casi religiosa”.

Un juego éste en el que se avanza, no de simplificación en simplificación, sino de asombro en asombro.

Cómo no asociar ese asombro al nacimiento de la poesía.
Las letras han sido siempre motivo de hondas reflexiones y vehículo del misterio de la creación.

Los ejemplos son innumerables y viajan también de un continente a otro.
Ahí está la prodigiosa concepción del universo sonoro de las escuelas sivaístas de la India. La expansión de la palabra germen, del sonido primordial… La diosa Vac, el habla, y su capacidad generadora. De ella, que tiene un millar de sílabas, nacen los océanos y todas las criaturas.

Letras, textura de la palabra: trama y urdimbre hilan lo invisible con lo visible. Como hila el lenguaje lo decible con lo indecible.

En un texto de mística judía, se dice sobre las letras:
“Dios las diseñó, las talló, las combinó, las pesó, las intercaló y por medio de ellas produjo todo lo creado y todo lo destinado a ser creado”.

Permitidme que introduzca aquí un fragmento de mi libro “Viaje de estudios”:

“El mago hace su aparición en la arena del circo. Las luces comienzan a bajar de intensidad, comienzan a comprimirse los átomos blancos hasta invertirse... hasta que, bajo la carpa, sólo queda iluminado el círculo de arena que ahora parece un agujero blanco.

El mago guarda silencio en el centro del agujero, ceremoniosamente, lleno de una absoluta inmovilidad, una inmovilidad cataléptica -se diría que postrado verticalmente- mientras se somete a un ejercicio de concentración coriácea. El público, ingrávido, desmaterializado, sólo atiende al imán del agujero, y espera, espera obligado por la fuerza de lo inevitable.

Transcurrido el círculo del tiempo, el mago extrae de su boca una palabra. Se oye: “blanco”. Una vez pronunciada, la palabra continúa gravitando sobre el agujero blanco ininterrumpidamente. Se oye “blanco” no de forma repetitiva, sino constante; no la vocal final, sino todas y cada una de las letras.

Con los oídos llenos de esta palabra y de su significado, el público cae en un trance nervioso. Hasta que el diapasón múltiple de la letra “b”, de la letra “l”, de la letra “a”, de la letra “n”, de la letra “c” y de la letra “o”, comienza a vibrar, a distorsionarse... y se empieza a escuchar una “n”, una “o”..., letras desnudas..., hasta que, nítidamente, se oye: “negro”.

Hay palabras que tienen el poder de poner a dormir y de despertar, de dar y quitar, de invertir la corriente del río.

¿Cómo se forma la palabra mágica? Quizá las vocales tiran de un extremo de la cuerda y las consonantes del otro, desgarrando las sílabas; tiran con fuerza hasta ahogar en el nudo el sonido y el significado que un día se encerró en él. Un año o un siglo más tarde, deshecho el nudo de silencio, la palabra puede volver a formarse.
El poeta que indaga con palabras en el poder de la palabra, está clavado ante la puerta de su cueva interior y busca su llave sonora. Como si poseyera la mitad de la palabra y esperase la llegada de su otra mitad.

Estas palabras tan poderosas, que mantienen su poder intacto, contrastan con las palabras tan gastadas, tan viajadas diríamos aquí, que han perdido su poder de comunicar.

“No quiero palabras que otros hayan inventado” se decía en el primer Manifiesto la Dadá. “Todas las palabras las han inventado otros. Quiero zascandilear por mi cuenta con las vocales y consonantes que me convengan…”

Y en una entrada de su diario, el poeta Hugo Ball describía un poema de Marinetti, como “simples carteles con letras. Las letras están dispersas y apenas se pueden reunir de nuevo -escribía- Ya no existe lenguaje, anuncian los astrólogos y mayorales literarios; hay que volverlo a encontrar…”

Decía Hugo Ball que había que refundar la vida en un poema, cada día. Y había que hacerlo renunciando a todo significado, reduciendo las palabras en las que deja de creer, incapaces de comunicar nada en un mundo capitalista, que aplasta la poesía.

La destrucción de las palabras, devueltas a su estado primigenio, contendría, paradójicamente, la salvación de las palabras.

Muchos escritores del siglo XX, pusieron las palabras contra las cuerdas; pidieron tanto al lenguaje que éste se emancipó completamente del sentido, como si clamara por una vida propia, más cercana al signo. Recordemos una obra de Ionesco -“Los saludos”- en la que una mujer recita a voz en cuello una serie de vocales, con acentos lúgubres, y otra mujer le contesta con una serie de consonantes.

¿Por qué el largo viaje de las palabras terminaría en esa lucha a brazo partido con las letras, tantas veces con el mismo silencio?

¿Podría tratarse de una paulatina pérdida de fe?

¿Estarían estos escritores tanteando la vida del sentido, su resistencia?

¿Dudaban de sus propias palabras o de cualquier palabra? ¿Se preguntaban hasta qué punto ellos mismos y sus palabras eran unos desconocidos para sí mismos?
¿Se trataría de una renuncia? ¿De un sacrificio? ¿Estarían estos autores inmolando sus palabras en favor de una causa que consideraban más alta?
¿O estarían las palabras contagiadas de una peligrosa enfermedad que era preciso neutralizar?
Se diría que para escribir realmente, para hablar de creación, hay que conseguir que las palabras suenen de manera completamente diferente, lograr que el lenguaje sirva para expresar algo nunca antes expresado o, de otro modo, enmudecer.

En uno de mis libros, Latente, asistimos a una experiencia extrema del cuerpo y de la creación literaria, en el que se construye una metáfora de la vida y la muerte del libro.

Como cada mañana, una mujer se dirige al espejo, y abre la boca. De ésta salen enseguida dos lenguas: no una lengua bífida, sino dos lenguas perfectamente diferenciadas: la lengua izquierda y la lengua derecha. La lengua derecha habla como un mercader, ordena su discurso, inspira confianza… por el contrario, la lengua izquierda apenas es capaz de hilvanar dos o tres palabras, y es, en apariencia una lengua torpe, atrofiada. Sin embargo, cada palabra que pronuncia esta lengua izquierda tiene un poder paralizante.

Antes de salir de su casa, cada día, la mujer cose con sumo cuidado la lengua derecha y la izquierda: una labor sumamente dolorosa. Y cada día, también, al llegar a casa, vuelve a descoserlas y a observar lo que hacen ante el espejo. La mujer piensa que sólo una de las lenguas es importante, que una de las dos le sobra, pero tiene miedo a arrancarse la otra.

Letras viajadas, volvemos a escuchar.

Desde sus fuentes en la Selva Negra alemana a su desembocadura en la costa búlgara del Mar Negro, el río Danubio atraviesa gran parte del continente europeo. En los años ochenta, el autor triestino Claudio Magris escribió un fascinante libro -un lúcido mosaico de novela, ensayo, diario, libro de viajes o de historia- en el que, siguiendo el curso del viejo río, recogía todo lo que éste adhiere a su caudal; no sólo el paisaje, sino las voces, presentes y pasadas, pensamientos, dudas, o el reflejo del propio ojo de quien escribía.

Cuando decimos “Europa”, la mayoría de nosotros ve un mapa: los distintos países que componen el continente representados con colores, una sencilla representación. Al leer este libro, me pareció que el mapa infantil, tranquilizador, a escala de mis limitados sentidos, se engrandecía, no sólo porque ensanchaba sus márgenes, sino porque despertaba a otros sentidos, por su manera de tender puentes entre unos y otros; sobre todo, quizá, porque producía sonidos, el sonido de las lenguas que lo conformaban. Este Danubio creaba otra clase de mapa, infinitamente más abstracto y rico: el de las lenguas, las lenguas vivas y las lenguas muertas, las que se extendieron por un vasto territorio y también las minotirarias, las que debieron aprender a sobrevivir en medio de una realidad hostil. Como el agua de ese río, la palabra, desde su nacimiento se pone en movimiento, un movimiento incesante: corre mansamente, se acelera, salva obstáculos, cae en una pequeña catarata, y se convierte en una mano extendida al llegar al delta.

La experiencia de este mapa del Danubio, me lleva a pensar en otra de muy distinto signo que viví hace algún tiempo, cuando viajé por primera vez a la ciudad de Los Ángeles, en California.

En las primeras páginas de “El laberinto de la soledad”, ese profundo ensayo de Octavio Paz sobre la cultura y el ser mexicano, el poeta hace referencia a su experiencia de la mexicanidad al llegar por primera vez a aquella ciudad en los años cuarenta. Dice Paz que esa mexicanidad “flotaba” en el aire.

“Flota -dice Paz- pero no se opone; se balancea, impulsada por el viento, a veces desgarrada como una nube, otras erguida como un cohete que asciende. Se arrastra, se pliega se expande, se contrae, duerme o sueña, hermosura harapienta. Flota: no acaba de ser, no acaba de desaparecer”.

Me di cuenta de que había sentido exactamente lo mismo, y de que esa calidad “flotante” a la que alude Paz era transladable a muchos puntos de mi país, España, y de otros países europeos en los que las nuevas migraciones crean similares puntos magnéticos, fantasmagóricos, algo así como realidades a medias, como existencias en el filo de la frontera.

Un mapa es una estructura cambiante. Lo que llamamos Europa está hecho de fronteras que han cambiado de sitio muchas veces con el paso del tiempo; los colores que en el Atlas representaban hace unos años a un país, ahora se dividen en dos para representar una nueva entidad bifronte; en otros lugares, por el contrario, antiguas divisiones se han borrado. Los límites cambian; las fronteras europeas existentes en el momento en el que Magris escribió su libro, hace poco más de treinta años, ya no son las mismas. De alguna forma, artificial (como artificios son nuestros aviones y trenes de alta velocidad), las fronteras naturales -los ríos, cadenas montañosas...- son hoy fundamentalmente producto de la voluntad humana. Migran las fronteras, migran los individuos que las crean y migran sus representaciones.

Yo no sabría trazar un mapa en el que estuvieran representadas todas estas fuerzas, y sólo puedo ensayar aquí el dibujo de un mapa metafórico, hecho de palabras que fluyen y de palabras estancadas, de palabras que manan y de palabras calcinadas. Por eso he apelado a la imagen del río y del desierto; a la serena gravedad que conduce el agua, y al exilio y el éxodo de las palabras.

Porque creo que, en gran medida, el título que acoge este encuentro “Letras viajadas” se refiere a las fronteras que establecen las distintas lenguas; a la diferencia, a la otredad que viaja y se expresa en un discurso; y también a lo que nos une, al salvoconducto que representa la lengua compartida; se refiere a la lengua que se inserta en otra por medio de la traducción, y a la palabra injertada.
Cualquiera que haya vivido en un país cuya lengua desconoce y a través de la cual haya tenido que abrirse camino, sabe que en ese movimiento se encuentran los primeros pasos de un viaje iniciático. La palabra se pone a prueba: su resistencia, su maleabilidad, su capacidad de transformación, de adaptación; aprende a reconocer la forma en que una lengua es siempre incompleta y encuentra algunas de sus carencias en el espacio de otras lenguas. Creo que la traducción representa uno de los movimientos migratorios más determinantes de la literatura, y que en ese trasvase se reconocen las semillas del lenguaje, esos «silencios» que sin embargo «hablan» de una lengua a otra, lo que en una lengua se pone a la luz y en otra existe a la sombra, lo que en una se dice mostrando y en otra existe de forma latente.

La filósofa española María Zambrano escribió que la luz es la Tierra Prometida del pintor; utilizando ese portentoso hallazgo expresivo, nosotros podríamos decir que las palabras son la Tierra Prometida del escritor. El libro sería entonces la casa del escritor, la concha de caracol que lleva siempre consigo.

Esta casa puede ser una atalaya, un lugar de resistencia donde maduran las palabras; puede ser un lugar para la nostalgia, o para el eco. Todos conocemos ejemplos de palabras que mueren de inanición por falta de ese oído que las alimentaba, que les daba una razón de ser, una realidad, el oído que es el espejo del sonido. Y hay también una clase de palabra que se pone en camino, que busca lo que le falta, y que está dispuesta a perderse una y otra vez para volver a encontrarse.

Me parece necesario recordar que, por encima de toda esta realidad física, casi tangible, de los escritores y de los libros físicos, hay una segunda realidad, un río infinitamente más caudaloso que el Danubio y que, como todos sabemos, desborda los límites del continente europeo y nos alcanza a todos: el río de las comunicaciones, el río de internet, que hace que este mapa al que acabo de referirme esté inevitablemente impregnado de una ficción de futuro, del mayor vértigo migratorio jamás conocido. De las consecuencias de ese flujo incesante está hecha en gran medida la literatura de hoy. El mapa ha perdido las coordenadas espaciales en las que se enmarcaba, y en el nuevo Atlas, las migraciones no van en dirección norte, sur, este u oeste; viaja en todas direcciones y cuestiona las jerarquías espaciales. Un nuevo Atlas, un nuevo libro, sin norte o sur conocidos, o en el que cualquier punto cardinal puede ser el centro. No está demás recordar que en el universo no hay un norte o un sur, y que estas convenciones nos han confundido siempre más que guiarnos.

Hoy hemos traído nuestras maletas llenas de letras a Copenahgue y, para concluir esta charla, me gustaría comunicaros una emoción para mí asociada a este país al que vengo por primera vez y al que, sin embargo, había viajado de otra manera gracias a un cuento extraordinario de Hans Christian Andersen:

Una anciana que se siente muy sola va a pedir remedio para su soledad a la bruja. La bruja le da un grano de cebada mágico que la anciana planta en una maceta. De este grano crece un tulipán. Tan bello es el tulipán que la anciana lo besa y, por este acto, de la flor nace una niña diminuta que la anciana llama Florecilla. Un plato con agua es un estanque; una nuez, su cama. Al final del cuento, después de haber vivido en el mundo de la miniatura y en el de la inmensidad (de la alguna forma, los dos polos opuestos de nuestros sueños), Andersen nos golpea inesperadamente, cuando escribe que el personaje de la golondrina tiene que regresar “a Dinamarca”. ¡El escritor nos envía, en una frase, a esa pequeña península y a ese conjunto de islas que se llaman Dinamarca!

El esfuerzo que el escritor solicita al lector es realmente extraordinario, porque lo que le pide es, ni más ni menos, que lleve a cabo una reconstrucción del espacio ¿Acaso lo que ha ocurrido en el cuento hasta la sacudida de esta frase, ha sucedido verdaderamente en un mapa, en el que estaría contenida Dinamarca?
El mapa flota a duras penas, arrastrado por la corriente de las letras.

 

mench gutierrez 356Menchu Gutiérrez nace en Madrid, en 1957. Ha publicado numerosas obras en prosa, entre las cuales cabe destacar “Viaje de estudios” (Siruela, 1995),” La tabla de las mareas” (Siruela, 1998), ”La mujer ensimismada“(Siruela, 2001), “Latente” (Siruela, 2002), “Disección de una tormenta” (Siruela, 2005), “Detrás de la boca” (Siruela, 2007) y “El faro por dentro” (Siruela, 2011). Con este mismo sello editorial publica “La niebla, tres veces” (Siruela, 2011), volumen recopilatorio de sus tres primeras novelas. Su obra más reciente es “araña, cisne, caballo” (Siruela, 2014). Como ensayista, ha publicado la biografía literaria “San Juan de la Cruz” (Omega, 2003) y “Decir la nieve” (Siruela, 2011), un ensayo literario sobre el universo de la nieve y sus metáforas. Es asimismo autora de varios poemarios como “El grillo, la luz y la novia” (Entregas de la Ventura, 1981), “De barro la memoria” (Endymión, 1987), “La mordedura blanca” (Premio Ricardo Molina, 1989), “La mano muerta cuenta el dinero de la vida” (Ave del Paraíso, 1997), ” El ojo de Newton” (Pre-Textos, 2005) y “Lo extraño, la raíz” (Vaso Roto, 2015). En el libro “Las comedias de Lope” “VVAA, Editorial 451, 2008) publica “Metamorfosis del hambre, un paréntesis en El perro del hortelano”. Su obra ha sido objeto de distintas traducciones y ha sido recogida en varias antologías. Ha colaborado con artistas como Jürgen Partenheimer, en “La caída del humo” (1993) con poemas de la autora acompañadas de litografías del artista alemán (Colección Museo Guggenheim de Nueva York, Exposición CGAC La Coruña), y con el fotógrafo Chema Madoz, en un diálogo de fotografías y textos (Experimenta, 2006). La autora es responsable de varios prólogos de libros de artistas como Ellen Koi, Teresa Tomás, Carolina Silva, o el diseñador gráfico Pepe Gimeno. Ha colaborado también en proyectos multidisciplinares con diseñadores como King & Miranda. Su novela “Disección de una tormenta” ha sido llevada al cine por el director Julio Soto Gúrpide. El cortometraje, de título homónimo, ha obtenido distintos galardones internacionales, y fue preseleccionado por la Academia de Hollywood, para los Oscars 2011. Traductora de E.A. Poe, W. Faulkner, J. Austen, Joseph Brodsky o W.H. Auden, entre otros autores, ha colaborado con los suplementos culturales de El País y ABC, entre otros periódicos, y en distintas revistas y suplementos literarios. La autora ha impartido talleres literarios y cursos en universidades como la Complutense de Madrid, la UNAM de México D.F., la Internacional Menéndez Pelayo o la Universidad de Cantabria. Asímismo, ha organizado múltiples seminarios interdisciplinares en centros culturales como La Casa Encendida (Madrid), La Fundación Botín (Santander), Koldo Mitxelena Kulturunea (San Sebastián), la Casa del Lector (Madrid), Puertas de Castilla (Murcia) o Arteleku (San Sebastián).

Materialenviado a Aurora Boreal® por Menchu Gutiérrez. Publicado en Aurora Boreal® con autoriación de Menchu Gutiérrez. Fotografías Menchu Gutiérrez © Lorenzo Hernández

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