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Ensayo

La rica ambivalencia de H. D. Thoreau

henry david thoreau 250 Henry David Thoreau (1817-1862) es ese hombre que a los diecinueve años, en la ceremonia de recepción de su diploma de bachillerato en letras, proclama en voz alta: « Este curioso mundo en el que vivimos es más maravilloso que útil. Ahí está, no tanto para que lo utilicemos, como para que lo gocemos y admiremos. El orden de las cosas debería ser invertido: el séptimo día debería ser para el hombre el del trabajo, en el que se gane el pan con el sudor de la frente, y los seis restantes su domingo consagrados a lo que le gusta, así como a su alma...» (Bazalgette, 31).

Y un año antes, en 1835, escribía: «Nuestro indio es mucho más hombre que el habitante de las grandes ciudades. Vive como hombre, piensa como hombre, muere como hombre... El segundo es instruido, sin duda. La instrucción es una invención del arte, pero no es esencial a la perfección: es incapaz de educar...» (Bazalgette, 30).

Esas dos citas nos revelan a Thoreau por entero. Su vida será una explicitación, una ramificación en profundidad de esas convicciones primigénias, juveniles. Resulta difícil encontrar un caso de integridad similar, una terquedad y obsesividad ética parecidas, y tan bien formuladas.

Thoreau es un ejemplo destacado de desadaptación lograda. Alguien que «vivirá la paradoja», tal como lo anota uno de sus biógrafos, «de pasar cuarenta años de aventuras en el reducido perímetro de un villorrio. Catorce volúmenes (1) de un Diario íntimo, cinco o seis libros inmortales demuestran el éxito de la opción.» (Regis Michaud, 108).

Al reducido perímetro de su Concord natal, en Massachusetts, podría agregarse la pretendida exigua actividad autoproclamada por el mismo autor, quien a los veintiún años escribía irónico de sí: «qué (gran) héroe se puede ser, sin (siquiera) tener que levantar un dedo» (Journal, 31). Thoreau, que nunca abandonó su región natal, es un ejemplo vivo de inactividad productiva, esa especie de oxímoron que revela más bien su intensa actividad interior. Pues es allí donde él hierve cual un volcán.

*

Según se sabe, sus compañeros de estudio lo llamaban «el juez» (Bazalgette, 29). Toda su obra es un ejercicio crítico, a veces desmesurado, a veces de constatación. Pero crítico. Si ser lúcido significa no cerrar los ojos y observar y sopesar su propio presente. Thoreau fue, con Emerson (1803-1882), uno de los hombres más lúcidos de su época. Si ser juez implica situarse por encima de los otros, para verlos mejor, condenándolos o apoyándolos según el caso, Thoreau fue uno de los jueces más implacables de sus contemporáneos y de su tiempo.

Esa es la primera capa constitutiva de su «desadaptación»: una capacidad analítica fuera de norma. De ahí igualmente su integridad moral. Thoreau encarna todo el complejo rigor de la frase «vivir como se piensa». Digo «complejo rigor» en el sentido de severidad de juicio, pero asimismo de riqueza. Thoreau fue un «fabricante» de ideas y principios, que se extenderán, como es sabido, por todo el planeta. Que baste pensar en La desobediencia civil (2). También en Walden o la vida en el bosque, sin duda, aunque en menor medida por ser ése un modo de vida inaccesible al común de los mortales (3). De ahí que antes que de ideas se trate de formas de existencia —y precisamente porque en él esa diferencia no existió...

Vivir y pensar fueron en él una sola cosa. Al diablo, si el riesgo fue a veces la rigidez del comportamiento, el ascetismo moral y el criticismo severo de la mirada. Al diablo, digo, vista la eficacia y productividad del ejemplo que dejó. Sin embargo, podríamos interrogar un hecho sintomático: me refiero a que sus conciudadanos lo consideraban «a crank», un maniático. (Walter Harding, 177).

Para Henry Miller, dichas denominaciones no son fortuitas. Ellas indican una especie de regla general, a saber, «como es usual en el caso de hombres eminentes, es la caricatura la que se preserva». Ermita, excéntrico, o incluso «embaucador naturista» (nature faker), serán las denominaciones que según este autor serán establecidas para el público por educadores y «hombres de gusto» (Henry Miller, Preface, 163). En suma, por ese común de mortales que no soportan la libertad y osadía de espíritu.

Thoreau forma parte de aquellos pocos que enriquecen con sus vidas, la vida misma. No todos vinimos a Tierra a compartir ese privilegio, aun si todos tenemos idéntico derecho al mismo suelo. Digámoslo con una cita de Cyril Connolly: «Proust en Venecia, las cajas de Matisse asomándose el mercado de flores de Nice, Gide en los muelles del siglo XVII en Toulon, Lorca en Granada, Picasso cerca de Saint-Germain-de-Près: esa es la civilización, y ella se mantiene gracias a un pequeño número de gentes en un pequeño número de lugares. Los civilizados son quienes retiran más de la vida que los incivilizados». (Connolly, 92). Thoreau fue, en ese sentido y contra todo riesgo, un gran civilizado. Quizás no sea gratuito que The New York Times lo considerara, un año después de su muerte, como alguien que no podía servir de modelo a los buenos ciudadanos (Harding, Handbook, 179). Pues no se contribuye a la vida impunemente.

Paradoja de la historia, porque, para desgracia del The New York Times de entonces, ese ciudadano infrecuentable y, según los redactores, poco modélico (¡!), será intronizado en 1962, a los cien años exactos de su muerte, en el Panteón americano, rango supremo de la Nación. Un busto de él reina por la eternidad en ese Haut lieu. Se sabe, por lo demás, que el primer ministro indio Nehru viajará a rendirle homenaje para dicha ocasión. (Micheline Flak., « Thoreau et... », 168). Que el Pandit Nehru viaje en ese entonces a Estados Unidos, dos años antes de su propia muerte, no debe asombrarnos si recordamos que Gandhi, su mentor, fue un lector atento de La desobediencia civil durante sus estudios de abogacía en Oxford. Fue éste quien lo hizo conocer al público de su país, publicando dicho texto en el Indian Opinion del 26 de octubre de 1907. En ese mismo periódico, el luchador indio invitaba a sus lectores a ese tipo de lucha proclamada por Thoreau, a la vez que ofrecía premios a los estudiantes impulsándolos a escribir ensayos acerca de los métodos eficaces de resistencia pasiva. Gandhi, conciente del alcance de ese escrito, llegó incluso a editar La desobediencia civil en octavilla, «destinada a una mayor difusión» (Walter Harding, «L’influence...», 197). Según otro especialista, el pacifista indio llevaba siempre consigo un ejemplar de dicha obra y «conocía de memoria ciertos pasajes claves» (Micheline Flak, Préface, 23).

Martin Luther King (1929-1968), ese otro combativo pacifista, será asimismo un gran seguidor de Thoreau. «En 1944, mientras que comenzaba mis estudios en la Universidad de Atlanta», escribe en su biografía el futuro Premio Nobel de la Paz, «tuve conocimiento del ensayo de Thoreau, La desobediencia civil. Fascinado por la noción del rechazo a cooperar con el mal organizado, fui tan profundamente sacudido que me puse a leer varias veces dicha obra. Ese fue mi primer contacto intelectual con el tema de la no-violencia.» (Micheline Flak, Préface, 23). Y cuando organiza el boycott contra los autobuses en los que se separaba a los negros de los blancos en Alabama, escribe: «en ese momento empecé a reflexionar acerca del ensayo de Thoreau (...). Estaba convencido de que lo que nos preparábamos a llevar a cabo respondía a los términos de (éste). Así le decíamos a la comunidad blanca: no podemos prestar nuestra colaboración a un sistema maligno» (Walter Harding, L’influence, 203).

Pero ya mucho antes, hacia 1900, Tolstoi (1828-1910) lee La desobediencia civil y escribe una carta a la North American Review en la que se pregunta, en una justa retórica, por qué los ciudadanos de ese país no escuchaban más bien a Thoreau antes que a los trust de las finanzas y la industria. (Walter Harding, L’influence, 197). Este mismo autor asegura que el novelista Upton Sinclair (1878-1968), Norman Thomas (1884-1968), candidato presidencial estadounidense por el partido socialista, y la anarquista Emma Goldman (1869-1940), directora de la revista Mother Earth, fueron detenidos en diferentes oportunidades por haber leído «desde una tribuna pública» el ensayo de Thoreau. (Walter Harding. L’influence, 200). Menciona además que hacia 1930 la policía newyorkina decomisó y destruyó los ejemplares de Hérésia, una revista italiana que incluía en su edición una traducción del texto de Thoreau, y a pesar de que el original inglés se podía encontrar en cualquier librería. Recuerda también que el tristemente célebre senador Mc Carthy hizo retirar de las bibliotecas, en 1955, una obra de literatura norteamericana que ofrecía en anexo La desobediencia civil.

En esa época la influencia de Thoreau era ya considerable... y peligrosa, según el punto de vista.

*

Robert Lewis Stevenson (1850-1894) fue uno de los pocos escritores de ese siglo, si no el único, que supo descifrar eso que he denominado la rica ambivalencia de Thoreau. El único a confrontarse sin miedo a un tal riesgo, Fue también alguien que emprenderá empresas similares a aquél, hasta tal punto que hoy existe en Francia un senderismo, el GR 70, que sigue en grandes rasgos su itinerario en las Cévennes. Stevenson dejará asimismo testimonio escrito de sus escapadas naturistas: Viaje en canoa en los ríos del norte (1878) y Viaje en burro en las Cévennes (1879), así como En los mares del sur, y una obra inacabada, La represa de Hermiston, publicadas ambas postumamente (1896). El autor de la primera biografía inglesa de Thoreau, Alexander Hay Japp (1839-1905) considerará que «el autor del Dr. Jekyll y el señor Hyde había encontrado en Thoreau no sólo una encarnación rara de originalidad, coraje e (...) independencia, sino también un maestro de estilo» (Thierry Gillybœuf, 13).

En 1880, Stevenson escribe en el Cornhill Magazine un ensayo titulado «Henry David Thoreau: su carácter y opiniones» (4). Desde el inicio, establece un retrato crudo y severo de su autor. Refiriéndose a un grabado de su rostro, el escritor escocés considera que en éste «no se halla la más mínima traza de calor humano», a la vez que lo adorna de rasgos negativos: poco indulgente, descortés y «ni siquiera amable». De hecho, continúa, Thoreau «se conmovía muy poco y sus pálidas sonrisas adolecían de convicción». A partir de ahí, las características se encadenan:

  • + Thoreau sería alguien al que le gusta posar,
    + al que le era más fácil decir no que sí,
    + al que el humor le parecía una virtud indigna;
    + alguien que no deseaba compartir sus virtudes sino que las conservaba para él solo ;
    + su vida sin entusiasmo, temerosa del contacto con el mundo, estaría marcada por el temor e incluso la cobardía;
    + era un espectador pasivo que se mostraba «fríamente cruel» en su búsqueda de bondad e «incluso mórbido en su busca de salud».

Y aquí vale la pena citar por entero el siguiente párrafo:

«... Cuando vemos a ese mismo hombre privarse en prácticamente todos los dominios de casi todo lo que a sus conciudadanos les gustaba consumir de manera inocente, además de evitar las dificultades (...) de un comercio con la sociedad humana, reconocemos entonces esa salud valetudinaria que es más delicada que la enfermedad misma. Nada nos obliga a testimoniar respeto por ese modo de vida artificial. Una verdadera salud está por encima de dicho rigorismo. (...) El hombre obligado de renunciar a los hábitos de sus contemporáneos para llegar a ser feliz, se asemeja a aquel que para ese fin recurre al opio ».

Allí no se detiene, claro está, el análisis de Stevenson. A lo largo de su escrito él no cesará de subrayar el valor positivo de la vida y el pensamiento de Thoreau. Pero es el balance complejo entre su visión cruda negativa y su admiración a pesar de todo, que conforma el mérito de su estudio. Por encima de una concepción apologética la vida de Thoreau resalta mejor. O para decirlo en sus propios términos: «Excepción hecha de sus excentricidades (y Stevenson las enumera una a una sin ninguna condescendencia) él había sondeado y puesto en obra una verdad de aplicaciones universales».

Otra cita del mismo texto puede ayudarnos a explicitar nuestro propósito. Stevenson afirma: «Vivir puede resultar a veces difícil, pero no tiene en absoluto nada de meritorio en sí, y debemos poseer otros argumentos para justificar ante nuestra conciencia el hecho de continuar existiendo en esta tierra superpoblada». Thoreau es aquel que no dejó de aportarnos argumentos para justificar nuestra existencia en esta tierra. Sólo que su riqueza se encuentra asimismo en otro pasaje de su obra del que Stevenson estima que podría dirigirse con certeza a su propio autor. A saber: «No seáis demasiado morales. Así corréis el riesgo de privaros en exceso de la vida...»

*

Cómo vivir sin que en ello se nos vaya la vida: esa preocupación que caracteriza a quienes sienten la terrible fugacidad del simple transcurrir, Thoreau la encarna de manera plena. Stevenson nos muestra que él la personifica a la vez ambivalentemente.

 

 

Notas y citas

(1) Kenneth White habla de «treinta y nueve cuadernos que totalizan cerca de dos millones de palabras». Cf. H.D.Thoreau, Journal 1837-1861, Denoël, Paris, 1986, p. 19. Por su lado, la especialista Laurence Vernet menciona la primera publicación de sus obras completas constituida de veinte volúmenes, de los cuales catorce pertenecen al diario íntimo. Cf. «Chronologie de la vie d’H.D.Thoreau et des principaux événements qui ont marqué son époque aux Etats-Unis», en Europe, pp. 239-246.

(2) El texto original de La desobediencia civil fue una conferencia dictada en Concord para explicar su rechazo al pago de los impuestos, y publicada en 1849 en una revista dirigida por Elizabeth Peabody, cuñada del escritor Hawthorne (1804-1864); su título era: «Resistencia al Gobierno Civil». Fue mucho más tarde, en el momento de incluirla en sus obras completas, cuando se adoptó el título con la que se la conoce. (Cf. W. Harding, L’influence, 192).

(3) Y si dejamos de lado sus repercusiones ecológicas, que hacen de Thoreau uno de los pioneros de dicho movimiento.

(4) Me baso en la traducción francesa de dicho texto publicada en 2009, citada en la bibliografía. Evito la paginación de las citas para facilitar la lectura.

Bibliografía

Henry David Thoreau, Walden ou la vie dans les bois, Gallimard, Paris, 1922 (1990); traducion francesa de L. Fabulet.
Henry David Thoreau, Journal, 1837-1861, Denoël, Paris, 1986, extractos escogidos y traducidos por R. Michaud y S. David, y presentado par Kenneth White.
Henry David Thoreau, La désobeissance civile, suivie de Plaidoyer pour John Brown, J.J. Pauvert Éditeur, Paris, 1968, traducido y presentado por Micheline Flak.
Henry David Thoreau, Una vida sin principios, Alquimia Ediciones, Buenos Aires, 2016, traducción de Macarena Solis, presentación de Mellado Gómez.
Roger Asselineau, «Un narcisse puritain», en Europe, No. 459-460, juillet-août 1967, Paris; revista dedicada a C.F. Ramuz y H.D. Thoreau.
Léon Bazalgette, Henry Thoreau sauvage, Rieder et Cie. Éditeurs, Paris, 1924
Jean Beranger, Maurice Gonnaud, La littérature américaine jusqu’en 1865, Armand Colin, Paris, 1974.
Cyril Connolly, Le tombeau de Palinure, Fayard, Paris, 1990, traducción de Michel Arnaud (ed. inglesa original de 1944).
Gilles Farcet, Henry Thoreau, l’éveillé du Nouveau Monde, Albin Michel, Paris, 1990
Gilles Farcet, «L’éthique immoraliste de Thoreau à l’ombre de l’hindouisme» , en Études Anglaises, Didier érudition, Paris, 4, 1984.
Micheline Flak, Préface à La désobéissance civile, Pauvert Éditeur, ya citado.
Micheline Flak, «Thoreau et les français», en Europe, ya citada.
Micheline Flak, « L’homme de Concord », en Europe, ya citada.
Walter Harding, A Thoreau Handbook, New York University Press, New York, 1959 (1970).
Walter Harding, «L’influence de “La désobéissance civile“», en Europe, ya citada.
Hans-Dieter und Helmut Klumpjan, Thoreau, Rowohlt, Hamburg, 1992.
Max Lerner, «Thoreau, no Hermit», en Paul Sherman (ed.) Thoreau. A collection of critical essays, Prentice-Hall, New York, 1962.
Régis Michaud, La vie inspirée d’Emerson, Plon, Paris, 1930.
Regis Michaud, Mystiques et réalistes anglo-saxons d’Emerson à Bernard Shaw, A. Colin, Paris 1918.
Regis Michaud, Autour d’Emerson, Bossard, Paris, 1924.
Henry Miller, «Preface to Three Essays by Henry David Thoreau», en: Walter Harding (Ed.), Thoreau. A century of criticism, Southern Methodist University Press, Dallas, 1954 (1970).
Henry Miller, «Henry David Thoreau», en Europe, ya citada.
R. L. Stevenson, Un roi barbare. Essai sur H.D.Thoreau, Finitude, París, 2009, obra traducida, anotada y presentada por Thierry Gillybœuf

 

freddy tellez 400Freddy Téllez
Radicado en Europa desde finales de 1977, el autor obtuvo su doctorado en filosofía de la Universidad de París VIII bajo la dirección del ya fallecido François Châtelet. Su tesis, hasta hoy inédita, investiga la relación entre Carlos Marx y Wilhelm Reich. Fue decano de la Facultad de Humanidades de la Universidad del Cauca y profesor de filosofía en la Universidad Nacional en Bogotá, en la Universidad Central de Venezuela, en Caracas, así como en la Université Populaire de Lausana, en la Suiza francófona, país donde vive actualmente. También ha sido corresponsal en el extranjero de revistas latinoamericanas. Es autor de más de quince títulos entre ensayos y novelas, tres de ellos en francés. Entre sus libros publicados se destacan: La ciudad interior (1990, 2020), La vida, ese experimento (2011), El docto y el imbécil (2014), Filosofía Nómada. Itinerarios (2008), Del pensar breve (1993), La entrevista de bolsillo con Jacques Derrida (2005, en colaboración). Su último libro, La escritura, entre pornografía e ingenuidad y otros relatos ha sido editado en 2015 por Aurora Boreal ® eBooks en Copenhague, Dinamarca.

 

 

Material enviado a Aurora Boreal® por Freddy Téllez. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Freddy Téllez. Fotografía Freddy Tréllez © Freddy Téllez. Retrato de Henry David Thoreau por Benjamin D. Maxham (dominio público).

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