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Ensayo

Bogotá y el poeta de la noche, Julio Flórez

julio_florez_050A BOGOTÁ

¡Oh mi ciudad querida! Hoy tan lejana
y tan inaccesible a mi deseo,
que al evocarte en mi memoria creo
que fuiste un sueño de mi edad temprana.

Te evoco así, como a quimera vana,

y al evocarte sin cesar, te veo
resplandecer bajo el ardor febeo
sobre la gran quietud de la sabana.

Y al pensar que en ti van, hora tras hora,

sucumbiendo los seres que amé tanto
y que la tierra sin cesar devora,

surges bajo la nube de mi llanto,
no como ayer: alegre y tentadora,
sino como un inmenso camposanto.

II

!Oh, mi bella ciudad! Cómo en tu seno

vibró mi ser y aleteó mi rima
cuando en tu corazón hallé la cima
que asalta el rayo y que apostrofa el trueno.

Te poseí bajo tu azul sereno,

entre el halago dulce de tu clima,
y te ofrendé mi juventud opima
con tanto ahínco y con amor tan pleno,

que en las tinieblas de tus noches frías
y hasta en tus más recónditos rincones
deben sonar, cual ecos de otros días:

los sollozos de todas mis canciones,
los estruendos de todas mis orgías
y los gritos de todas mis pasiones.

JULIO FLÓREZ (6.)

El poeta Julio Flórez, llega a la capital de la república a finales de 1880, cuando su padre, el doctor Policarpo Flórez, resuelve dejar la provincia de Boyacá donde ejercía con éxito la medicina atraído por las promesas de colaborar como liberal radical en el cambio político que ofrecía al revuelto país colombiano el movimiento de la Regeneración del futuro Presidente de la República, Rafael Núñez, quien conocía muy bien al médico boyacense por haber desempeñado correctamente en 1871 el cargo de Presidente del Estado Soberano de Boyacá.

Gloria Serpa-Flórez de Kolbe es colombiana, columnista e investigadora literaria. Residió largos años en Alemania, donde se tradujeron al alemán algunos de sus libros de relatos y la novela corta El ojo de pescado (Múnich, 1988). Amor en la sombra forma parte de la trilogía dedicada al poeta Julio Flórez, que incluye una antología de sus poemas y la biografía Todo nos llega tarde (Editorial Planeta, Bogotá, 1994).

La familia se establece en una casa colonial en el barrio de San Agustín, con varios patios y un solar donde los niños se divierten con las novedades de fauna y flora de Bogotá: vuelan sueltos gorriones y copetones, cardenales, carbonerillos y colibríes e impera el oloroso arbusto del Diosma rodeado del papayuelo con sus frutas amarillas fragantes, la brevas y los duraznos que surtirán de frutos la paila de cobre donde se cocinan los dulces para la mesa.
Y la vida comienza en Bogotá con nuevas rutinas: el hijo mayor, Manuel de Jesús Flórez Roa, ejerce la medicina a favor de los pobres en el Hospital de San Juan de Dios; Leonidas, prosigue su brillante carrera de escritor y abogado entre fervientes debates en el Senado Colombiano, que lo conducirán a desempeñar honrosos cargos como Agente Confidencial de Colombia en Suiza; Alejandro, cursa su carrera en la Escuela de Ingeniería Civil y Militar donde recibirá su grado de capitán efectivo cuatro años más tarde; Julio, de trece años, deberá asistir al Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario para terminar sus estudios de Bachillerato en Literatura; las cuatro niñas y los dos pequeños recibirán clases en la casa al cuidado de su madre, Dolores Roa, única representante del partido conservador colombiano en ese nido de pichones liberales.
El hogar bogotano de Policarpo María Flórez, fue desde sus comienzos un sitio de reunión bastante concurrido, y allí comenzó el niño Julio a comprender el tejemaneje de la política nacional, las relaciones sociales, y los avances de la literatura colombiana. Allí encontraba también, ejemplos de buena educación, correctos modales, una dicción perfecta del español hablado y la condición literaria que portaban los presentes que venían a visitarlos, en veladas que a menudo desembocaban en animadas tertulias literarias donde, al calor de una copa de jerez, los visitantes iban abandonando sus maneras rígidas y comenzaba a reinar una cordialidad que entibiaba el ambiente del salón, que en Bogotá era casi, o más frío, que el de la casona de Chiquinquirá, pensaba el joven, apostado en la lejanía de su mirador en la escalera. -No estaba permitido que los niños participaran en la visita de personajes tan importantes como los que se reunían allí, de los cuales los que más le interesaban a Julio eran los que publicaban versos en las gacetas literarias entre comentarios y alabanzas cual dechados de cortesía caballeresca.- Precisamente, ésos eran los detalles que más recordaba el pequeño poeta al final de las visitas, cuando ya bien entrada la noche, se gloria_serpa_090interrumpía la velada y volvía a reinar el silencio en las calles de la ciudad: los modales refinados, la compostura de los bogotanos, la rapidez de comprensión de los temas tratados, y... la facilidad de versificación de que hacían gala los amigos de su padre.
El perfil rebelde de Julio se comienza a dibujar desde muy joven, y a pesar de prohibiciones y reprimendas, se mantiene correteando de sur a norte por el perímetro urbano de la hermosa Bogotá mezcla de estilo colonial y clásico, extendida perezosa bajo sus sábanas de niebla que le proporciona su altitud de 2.600 mts sobre el nivel del mar. Julio remontaba los andenes de piedra y, saltando charcos y desagües de los arroyos de las calles, iba y regresaba del Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario, a orillas del río San Francisco. Pero no volvía a tiempo a su casa, ni siquiera cruzaba el puente del río San Agustín, en sus cercanías, sino que continuaba vagando y alternando con sus amigos afines, artistas y poetas hasta bien entrado el atardecer, para preocupación de sus padres. Sus límites de acción se iban ampliando hacia más allá de lo permitido o al menos, de lo aceptable para un joven de su edad que desconoce los peligros que encierra la civilización moderna en una metrópoli como lo era, y todavía lo es, la ciudad de Bogotá.
La capital de la república de Colombia, en ese fin del siglo XIX, ofrecía perspectivas agradables a los artistas para pasar el tiempo libre, que es mucho más amplio que el tiempo de los comerciantes o de los hombres de negocios, o de los casados y padres de familia que deben recogerse con el tañer de las campanas del Angelus que los llaman desde la multitud de iglesias de la vecindad y los incitan a recordar sus deberes. Comienzan las sombras de la noche y, aunque Bogotá tiene que ceñirse al ritmo que le dictan las hegemonías consecutivas, especialmente en tiempo de guerra, cuando los colegios deben cerrar sus puertas y en la tarde el Corneta oficial deja escuchar el clarín de su "toque de queda", y los habitantes de la ciudad deben estar ya refugiados en el vientre tibio y seguro de su hogar para evitar el encuentro con las rondas militares con peligro de tener que pasar la noche en las mazmorras del panóptico, si se demorasen en la calle. Pero no todos...
Existen suficientes tabernas, o tiendas que ofrecen como escondite aceptable sus "trastiendas", donde a veces, sentados sobre bultos de papas, los visitantes pasan largas horas al calor de una o múltiples copas, recitando versos o hablando de política. A esos antros no solamente acuden los poetas bohemios reconocidos sino también, los jóvenes que algún día, si llegan a la madurez porque no se han muerto antes por intoxicación etílica o alcaloide, llegarán a formar la plana mayor de nuestra literatura bogotana. Y a esos sitios muchas veces iba a parar nuestro joven Julio Flórez, para contrariedad de sus padres quienes muchas veces resintieron con dolor, el haber sacado a su familia del recato de la ciudad de Chiquinquirá amparada bajo el manto de su Virgen milagrosa.
Aunque no siempre se permanecía en guerra. Y cuando los partidos políticos opuestos se encontraban en tregua, las escuelas y colegios volvían a abrir sus puertas, y los bogotanos podían hacer gala de elegancia, derroche de lujos, presentaciones de teatro, saraos y fiestas nocturnas en núcleos que admitían comparación con las sociedades europeas, o mejor aún, con los ancianos virreinatos del Perú, México o la Argentina. Los bogotanos eran, y siguen siendo, individuos elegantes, bien educados, serviciales y caballerosos.

EL BOGOTANO
Correcto en el vestido; por su semblante
nunca pasa una sombra de duelo insano:
así va por las calles el bogotano,
siempre fino y alegre, siempre elegante.
Entre amigos y damas luce el chispeante
ingenio, que derrocha cortés y llano;
y, como es un modelo de cortesano,
ama así... a la ligera: por ser galante.
Al hundirse en el lecho tras el quebranto
de una noche de danzas y de emociones,
se apodera de su alma cruel desencanto,
y mira, entristecido, por los rincones
del oscuro cerebro, vagar, en tanto,
deshonradas y mustias sus ilusiones.
JULIO FLÓREZ

Aunque el poeta en el segundo verso asegure que los bogotanos no piensan nunca en el "duelo insano", el diplomático argentino Miguel Cané expresa una premisa diferente sobre el mismo tema en su libro En viaje, escrito en 1883, pocos años después de que emigrara la familia Flórez Roa a Bogotá:

Los duelos

En Colombia, el duelo, aunque más frecuente que en Chile y el Perú, no es común. En cambio, reina desgraciadamente una costumbre que los mismos colombianos califican de salvaje. A pesar de toda mi simpatía y cariño por ellos, no puedo desmentirlos.
Un hombre insultado en su honor o en su reputación hace lealmente decir a su enemigo que se arme, porque lo atacará donde lo encuentre. Ahora bien, en Bogotá, la gente de cierta clase social (porque es desgraciadamente entre el alto mundo donde tienen lugar esas escenas deplorables), sólo se encuentra durante el día en las calles Florián o Real, y por la mañana ya la tarde, en el Altozano. Yo mismo he presenciado en la primera de las calles mencionadas, a las cuatro de la tarde, hora en que se agrupa allí una numerosa concurrencia, un encuentro de ese género entre dos hombres pertenecientes a la más alta sociedad bogotana. Revólver en mano, separados solo por el caño, se atacaron con violencia, disparando uno sobre el otro casi todas las balas de su arma. ¿Cómo no se hirieron? La excitación natural, el movimiento recíproco lo explican suficientemente. Lo que me llamó la atención, fue que ninguno de los circunstantes (la mayor parte de los cuales, la verdad sea dicha, tomaron una prudente y precipitada retirada), no saliera con un balazo en el cuerpo. Los proyectiles se hablan enterrado a la altura de un hombre en las dos paredes opuestas a los combatientes que concluyeron por venirse a las manos, siendo entonces separados por algunas personas.
(...)
Sí, bárbara, esa tradición de otros tiempos, persistiendo como un fenómeno en nuestros días, dentro de la cultura de nuestra atmósfera social, bárbara, pero que revela la virilidad de ese pueblo. Nada más vulgar y común que el valor necesario para un duelo; pero esa expectativa de todos los instantes, esa sobreexcitación continua de los sentidos, olfateando, como la bestia, un peligro en cada sombra, un enemigo en cada hombre que avanza, requiere una firmeza moral inquebrantable.
(...)
Hay también los duelos famosos, entre otros el de Ricardo Becerra y Carlos Holguín, dos de las cabezas más brillantes y dos de los corazones más generosos que tiene Colombia; la política los llevó al terreno, la sangre corrió... pero el rencor no penetró en las almas tan hechas para comprenderse. Holguín, jefe de una de las secciones más importantes del partido conservador, acaba de representar a su país en varias cortes europeas, con dignidad, brillo y talento. Será siempre un timbre de honor para el gobierno del doctor Núñez haber destruido la barrera de la Intransigencia política, llamando a los altos puestos diplomáticos a conservadores de la talla de Holguín'. (1.)
Los problemas políticos acarreaban grandes pérdidas al país y acentuaban los conflictos que se traducían en guerras civiles que fueron y siguen siendo motivo de atraso para sus instituciones. En lo que se refiere a nuestro poeta, su educación escolar quedó mutilada y, al igual que sus amigos bohemios, comenzó a libar desde los quince años y continuó deslizándose por un abismo que cada vez se volvía más abrupto y sin retorno. Sus padres no pudieron retener al muchacho y, ante el ejemplo adverso que constituía su conducta para los hermanos jóvenes que quedaban en casa, resolvieron entregarlo a su segundo hermano, Leonidas Flórez, para que completara su educación. Allí, en un hogar moderno, y con padres sustitutos lo suficientemente comprensivos para darse cuenta del talento artístico del muchacho, Julio tomó contacto con la cultura europea y comenzó a devorar ávidamente la bien surtida biblioteca del abogado y su esposa, la escritora Esther Álvarez. Mas no por eso dejó sus amistades de café y copas, guitarra y canción que le brindaban al joven un caluroso público para sus pinitos de improvisador y repentista, género seudo-literario que siguió frecuentando y que era de gran moda en las reuniones bogotanas de ese tiempo.
En abril de 1883 su hermano mayor, el médico poeta Manuel de Jesús es premiado con la corona de oro como autor del mejor himno sobre Simón Bolívar, en su celebración. Impulsado por el ejemplo de sus hermanos, grandes poetas y grandes oradores y por la cultura que absorbía el joven lector de la buena literatura, la incipiente vena poética de Julio siguió progresando hasta llegar a ser escogido entre los poetas colombianos consignados en la antología La lira nueva de Rivas Groot, en 1886. Este honor lo condujo a adquirir una madurez que lentamente lo llevó a convertirse, a partir de 1895, en el poeta más popular, más mencionado... y más criticado de la ciudad de Bogotá.
Desgraciadamente, en agosto de 1883, había caído herido Leonidas Flórez, durante una escaramuza política en la Plaza de Bolívar. Desde ese momento para Julio, con dieciséis años de edad, comienzan las verdaderas amarguras y atrocidades de la vida con las tragedias consiguientes a la incapacitación y decadencia de su hermano Leonidas: Julio vivió y padeció el descenso de su mayor estrella, hasta diciembre de 1887 en que éste murió.
Entonces nuestro poeta, ya cumplidos los 20 años, agarra sus bártulos y sale a buscar posada. Y la encuentra en una hostería en el barrio de La Capuchina donde renta una habitación de la planta principal, provista de dos ventanas con barrotes a nivel de la calle. Allí fijará su residencia permanente, alcanzará la gloria como poeta, declamador y cantautor y llegará a reparar fuerzas tras las noches de bohemia bogotana.
Las poesías recogidas en sus libros: Horas (Bogotá, 1893); Cardos y lirios (Caracas, 1905); Manojo de zarzas (San Salvador, 1906); Cesta de lotos (San Salvador, 1906); Fronda lírica (Madrid, 1908); Gotas de ajenjo (Barcelona, 1909); y muchos de los poemas publicados por sus hijos en el libro póstumo Oro y ébano (Bogotá, 1943), fueron inspirados y compuestos en Bogotá y quizá en este mismo humilde aposento donde colgaron las marchitas coronas de laurel con que fueron premiados sus versos, aunque alguna que otra no logró ser entregada al poeta ya que un anunciado recital en el Teatro Colón de Bogotá, nunca tuvo lugar porque el poeta no quiso retirar de su programa unos versos censurados por el gobierno, en ¡Oh poetas!
Su poema Mis flores negras, posiblemente musicalizado por el mismo Flórez, ha roto el record de popularidad en Colombia y toda América Latina hasta nuestros días en que se pueden escuchar innumerables, realmente innumerables interpretaciones de esta canción por los más diversos conjuntos y solistas con Carlos Gardel y Libertad Lamarque. Es además, ante la duda sobre su paternidad, la canción colombiana que ha sido más apetecida por los compositores hispanoamericanos para querer engrosar su lista de composiciones personales, entre los cuales se encuentran numerosos aspirantes que han figurado en la historia como autores de su música.
Flórez fue un bohemio total. La bohemia se podría considerar como un método de evasión para los artistas colombianos de la generación de fin del siglo XIX. Evasión emanada quizá del encierro angustioso, el silencio obligatorio de las interminables guerras civiles; los conflictos entre su ideología política y los gobiernos opresores, y el recelo segregador de la alta burguesía tradicionalista, a la cual los mismos artistas pertenecían por tradición y familia, que permanecieron asociados bajo un nombre sui géneris desde finales del segundo semestre de 1900 hasta finales de noviembre de 1903: La gruta simbólica. (2/3.)
En los primeros años se reunieron en los dos salones de la casa No. 203, acera occidental de la carrera quinta de Bogotá brindados por su propietario, Rafael Espinosa Guzmán (Reg) quien como generoso mecenas proporcionó no solamente el local para su funcionamiento sino que procuró los medios económicos para su continuidad erigiéndose él mismo en calidad de "tesorero" para proveer lo necesario.
Se encontraban además en cantinas, bares, piqueteaderos populares, "sancocherías" y tiendas. Eran frecuentes las veladas amanecidas en la popular trastienda de los bajos fondos de la capital o en los establecimientos ya más refinados como La Botella de Oro, La Rosa Blanca, La Torre de Londres, La Cuna de Venus y La "Gata Golosa", como llamaban los parroquianos a La Gaieté Gauloise (La alegría gala), sitios que nos recuerdan los ambientes de café parisién que pintara Toulouse-Lautrec en sus dibujos y carteles. Aunque en Bogotá, algunos de éstos eran expendios de bebidas fuertes con características de bares o cantinas y muchas veces no muy limpios puesto que se trataba de establecimientos populares, no de lugares elegantes ni clubes donde se sentaban a manteles los caballeros de la sociedad aristocrática. Allí acudían los artistas en busca de compañía y de distracción, aunque muchas veces se convirtieran en foro popular donde se discutía acaloradamente la política del momento.
Leían su obras inéditas, declamaba, pulsaban el piano o tocaban instrumentos populares de cuerda, cantaban y... hasta se arriesgaban a ingerir el verde ajenjo. Nuestro poeta chiquinquireño llegó a incursionar en espirales de serpiente líquida del ajenjo, movido quizá por algo de vanidad y mucho de ingenuidad. En su deseo de ignorar el qué dirán de esa sociedad recatada de fin de siglo en que flotaban nuestros bohemios, Flórez avanzaba peligrosamente hacia la trampa que lentamente estaba tejiendo para él, la venenosa araña de la maledicencia.
El establecimiento de los Silva estaba dentro de los sitios elegantes frecuentados por los caballeros de la alta sociedad bogotana. Si bien Julio Flórez fue amigo entrañable de José Asunción, quien le ayudó a bautizar su primer libro de poesías Horas, publicado en 1893, sus encuentros amistosos tenían lugar en las librerías o en los sitios refinados, pues José Asunción nunca se mezcló con la bohemia bogotana. Para Julio fue un golpe mortal el suicidio de su amigo poeta en 1896, y expresó su desacuerdo ante la posición de la iglesia que no permitió enterrar al poeta en el cementerio católico. Las palabras provocantes de Julio Flórez en su poema al suicidio de José Asunción Silva, resonaron en la iglesia y le merecieron una fuerte reprimenda del obispo de Santa Fé de Bogotá. Flórez cargó sobre sus hombros el ataúd con los despojos mortales de su amigo en medio de un dolor agobiante. Y se dice que, años después, cuando las noches de bohemia de los trasnochadores poetas terminaban en visitas al cementerio para acompañar a los muertos, se escuchaba la voz de Flórez recitando su poema a José Asunción condenado por la iglesia: "lejos de las paredes envejecidas/ que guardan el silencio del camposanto/, lejos de las plegarias/, lejos del llanto/, se ven las sepulturas de los suicidas/. [...]"
En medio de sus "hambres de poeta", según su descriptivo término, de maltratos espirituales, de golpes y de dolores, de suicidios de amigos incomprendidos (Candelario Obeso y José Asunción), de muertes y de tragedias familiares, se fue forjando el espíritu poético de Julio Flórez, romántico por naturaleza, mientras que a su alrededor se iba reuniendo el grupo que algún día llegaría a tomar el nombre de La Gruta Simbólica y a hacerse conocer como una renombrada tertulia literaria bogotana a la que pertenecieron buenos poetas, afamados artistas y hombres de letras que siguen siendo recordados, desgraciadamente, más por sus anécdotas, sus calambures y sus chistes, que por sus verdaderos valores poéticos y artísticos.
Acerca del inicio de su carrera musical, Emilio Murillo menciona como hecho significativo sus primeros pasos al lado de Morales Pino y el músico y pintor Ricardo Acevedo Bernal. Este trío fue el "vibrante precursor de un quinteto que luego organicé y que tuvo mayor vida". El quinteto, conformado por el anterior trío y complementado con la presencia de Antonio González y la del poeta Julio Flórez en calidad de violinista y cantante, amenizaba las tertulias bogotanas de lecturas poéticas en las que participaban activamente Diego Uribe, Diego Fallón y el mismo Flórez.
Una pieza en especial nos recuerda el ambiente de estas veladas: el pasillo Lucero, que en la edición de Samper Matiz (1901) ostenta una portada con un trabajo de Acevedo Bernal. En la misma partitura figura el texto del poema Noche de noviembre de Flórez, con las siguientes indicaciones: "Esta poesía debe decirse acompañada de la composición musical anterior en un tiempo más largo y suprimiendo la introducción. Para cada estrofa pues, corresponde una parte musical". Los versos de Flórez, que se imprimieron en la partitura y acompañan el pasillo, se inician con la característica morbidez del escritor.
Durante los años de la guerra de los Mil Días (1899 - 1903) Murillo permaneció en Bogotá. Publicó una hoja liberal titulada La Regeneración que se imprimía en su casa, a la vez sede de la cervecería de su propiedad, La Rosa Blanca. A raíz de la hoja antigobiernista, Murillo y Julio Flórez fueron puestos presos y en el panóptico compartieron tiempo con otros liberales. De estos encarcelamientos hay muchas anécdotas que narran la actividad desarrollada por los músicos para hacer más llevaderas las condenas. Jorge Pombo Ayerbe (1853-1912) se destacó por sus improvisaciones y comentarios llenos de humor, en tanto que Murillo y Flórez hicieron célebres composiciones. Canción mística nació de este confinamiento'. (4.)
El poeta se ausentó definitivamente de la ciudad de Bogotá después de residir en ella por espacio de veinticinco años. A finales de 1905, saldrá Julio Flórez de su hotel, hacia la estación del tren para alcanzar en el bajo Magdalena el vapor presidencial Hércules, ofrecido por el general Rafael Reyes para alejarlo del país, en giras poéticas por Venezuela y Centro América y posteriormente para desempeñar el cargo diplomático en la legación de Colombia en España con sede en Madrid, que le confiara el Presidente Reyes. El poeta permanecería en el extranjero entre 1905 y el invierno de 1908 cuando, al final del mandato presidencial, regresa al país. Reyes fue siempre admirador del poeta colombiano. En las páginas de los álbumes de recuerdos personales atesorados por el poeta en su carrera artística, se encuentran diversos documentos que nos hablan del verdadero sentido de esta aseveración.
Después de vagar durante tres años en apoteósicas giras poéticas por los países del Caribe y Centroamérica; pasar dos años en Europa y recibir los honores diplomáticos correspondientes a su rango en España; de ser presentado al Ateneo de Madrid por el escritor colombiano Alfredo Gómez Jaime y compartir agasajos con Rubén Darío, Francisco Villaespesa, Valleinclán, Manuel y Antonio Machado, Vargas Vila y José Santos Chocano; besar la mano de duquesas y condesas; de recibir en París una hermosa carta de Rufino José Cuervo* en la que le concede los mejores créditos a su poesía de "maestro consumado que domina la lengua", regresa Julio Flórez a Colombia y en febrero de 1909, en Barranquilla, ofrece un gran recital de saludo a su patria.
En Bogotá lo siguen esperando impacientes, pero Julio ha desaparecido misteriosamente, tan misteriosamente que se lanzan cábalas de que el poeta ha muerto... pasará un año entero antes de presentarse a la capital de Colombia el autor de las más sentidas poesías que han seguido estremeciendo al pueblo colombiano: Abstracción, Oh poetas, Las manos de mi madre, Resurrecciones, Todo nos llega tarde...
Durante las celebraciones del primer centenario de la Independencia de Colombia, las autoridades del país le extendieron una invitación obligante para ofrecer un recital de poesía en el Teatro Colón de Bogotá:

La platea y los palcos estaban literalmente colmados de personajes ilustres de la política y las letras, de la sociedad y del comercio Las damas más bellas y elegantes prestaban brillo inusitado al conjunto. En la amplia galería ocupaban asiento las dos grandes fuerzas en que se basaba la popularidad del autor de Gotas de Ajenjo: los estudiantes y las mujeres de la vida alegre.
Cuando el poeta asomó al escenario, un movimiento súbito de entusiasmo, algo así como una ráfaga de locura colectiva invadió al coliseo. Todos saltaron a ponerse en pie y un solo grito unánime aclamaba al poeta que inmóvil ya por la impresión del homenaje, apenas lograba sonreír vagamente.
Julio Flórez estaba en pleno vigor físico, con la hermosura varonil con que lo habían amado tantas mujeres. Su rostro pálido y afable, en el que relucían audaces los mostachos largos según la moda de entonces; su cabellera revuelta y orgullosa coronaba aquel cuerpo metódico, ni alto ni bajo, que aparecía allí enfundado entre una levita pulcra y en el ojal la gardenia luciendo su blancura atónita. Su estro conservaba aún su poderoso prestigio.
Difícilmente se logró hacer la pausa mística de los grandes éxtasis y el poeta comenzó a recitar con aquella voz vibrante y sonora que volvió a repercutir, como en los mejores tiempos, bajo el dorado cielo del teatro. Ponía en su voz cierto eco cavernario y cierta sonoridad lúgubre. Un medroso silencio siguió al silencio del poeta a quien más ha amado la metrópoli de Colombia. Nadie se atrevió a aplaudir y había quienes lloraban. Sólo varios minutos después, cuando Julio Flórez iba a retirarse, aquella grande emoción humana, estalló en locura, en tempestad, en algo grandioso. Mujeres y hombres gritaban y agitaban al aire sus pañuelos. Arriba en el escenario, Julio Flórez lloraba como un niño...'
Juan Cristóbal Martínez (Juancé) en El Tiempo, 1943. (5. pp 263-264)


REGRESO Y ADIÓS A LA CIUDAD

Vengo de la montaña.
Retorno al fin a la ciudad querida,
mas con un hierro en la sangrienta entraña
donde el pájaro amor canta y se anida;
dejé allá, muy adentro, una cabaña,
un gotear de perlas y una herida.

Traigo el cerebro henchido de visiones;
vengo oloroso a virginal maraña
y a tierra removida.
Vuelvo como me fui, sin ambiciones,
aunque con menos vida,
más viejo, sí, pero con más canciones.

Ved mi rostro azotado por los vientos
y ardido por el sol. -Mirad, hermanos,
hoy mis ojos están más soñolientos,
y más duras, más ásperas mis manos.
Pavor dando a los rudos campesinos
he desbocado mi corcel a veces

por los largos caminos
que eternizan las curvas de sus eses;
y hemos vuelto de noche sin rüido,
por entre sombra y bruma,
cual dos fantasmas: yo, despavorido,
y él, cubierto de espuma.

Sudoroso, anhelante, he perseguido
al ciervo en sus alígeras carreras,
he estrangulado al crótalo, he vencido
cara a cara a las fieras.
A los golpes del hacha
he derribado, bajo el sol furente

y bajo el brusco soplo de la racha,
el árbol... ¡y he sembrado la simiente!
He descubierto muchos horizontes,
muchas playas risueñas,
y he descendido a las cumbres de cien montes
y he escalado las rocas de mil breñas.
Y viendo siempre mi esperanza trunca
he descendido al mar, y sus riberas
he recorrido en solitarias rondas
sin fatigarme nunca,
nunca jamás lo mismo que sus ondas.

Todo por si podía,
castigando mi carne, dar reposo
a las tormentas de la mente mía.
¡Con qué placer exterminar quería
mis sueños y mis ansias de coloso!
A la montaña fui porque creía
que del mal de pensar me curaría,
que bajo el árbol corpulento y bajo
la selvática frescura
de la fosca espesura,
el material trabajo
iba a matar la cerebral tortura.

A la montaña fui porque creía
que al recobrar mi fe me postrarla
como el gañán, sin el dolor siniestro,
para decir uncioso: "!Ave María!"
y, con las manos juntas: "¡Padre Nuestro!"

Inútil todo. El hado
en cada sitio, en cada día,
entre mis labios reventó la estrofa,
desfloró su rosal la poesía.

Mi alma rebelde que a la fe resiste,
vio a través de las cuencas de su alvéolo
la tierra más feraz... ¡pero más triste!
El cielo más azul... ¡pero más solo!

Una nueva ansiedad de aturdimiento
de mi monte profundo,
de mi senda escondida,
arráncame hoy... y errante como el viento,
en busca de la tierra prometida
¡otra vez voy a recorrer el mundo!

Adiós. No sé si volveré mañana,
harto otra vez de la mentira humana.
Ignoro las supremas decisiones
de la suerte en mi próxima partida; mas,
si llego a tornar a estas regiones,
será con mucha menos vida,
más viejo sí... ¡pero con más canciones!
(6.)
JULIO FLOREZ

NOTAS Y BIBLIOGRAFÍA

1. Miguel Cané. 1883. El cachaco de Bogotá y los duelos, en La sociedad del siglo pasado. Bogotá: LD El Tiempo, 1979

2/3. Las notas referentes a La Gruta Simbólica en esta Monografía, las he condensado de mis dos capítulos del mismo nombre:
Serpa-Flórez de Kolbe, Gloria. 1992. Capítulo La Gruta Simbólica en: Gran Enciclopedia de Colombia Tomo 4. Literatura. . Bogotá: Círculo de Lectores, pp 133/140 57
y
Serpa-Flórez de Kolbe, Gloria: 1988. Capítulo La Gruta Simbólica en: Manual de Literatura Colombiana, Tomo I. Bogotá: Planeta - Procultura, pp 579/619

4. Emilio Murillo: Compositor colombiano: Ana María Romano, otros autores. Biblioteca Virtual del Banco de la República. 2001

5. Los datos publicados en esta última parte de la Monografía, han sido tomados de:
*Carta de Rufino José Cuervo a Julio Flórez, faxímil en archivo familia Serpa-Flórez, Bogotá
y
Gloria Serpa-Flórez de Kolbe. 1995. Todos nos llega tarde... Biografía de Julio Flórez. Bogotá, Planeta ed. Bogotá, 2ª. ed.

6. Los poemas publicados en esta Monografía los he tomado de:
Serpa-Flórez de Kolbe, Gloria (Antóloga) 1999: Mis Flores Negras. Poesías de Julio Flórez. Bogotá: Planeta colombiana editorial, a excepción de El bogotano en Julio Flórez. Obra Poética, 1970 pg. 341. Bogotá: ed. Minerva para Banco de la República, Biblioteca Luis Ángel Arango.

Bogotá y el poeta de la noche,Julio Flórez enviado a Aurora Boreal® por la escritora Gloria Serpa-Flórez de Kolbe. Disertación ante la Academia de Historia de Bogotá durante discurso de posesión en la Academia de Historia de Bogotá en 2010. Caricatura de Julio Flórez por Robinet (ilustración original de discurso de posesión en la ACADEMIA DE HISTORIA DE BOGOTÁ en 2010) tomada del capítulo La Gruta Simbólica publicado por Gloria Serpa-Flórez de Kolbe en la Gran Enciclopedia de Colombia Tomo IV, Círculo de Lectores, 1992 y enviado a Aurora Boreal® por la escritora Gloria Serpa-Flórez de Kolbe.

 

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