"Porque hoy se vive de un modo
parcial y parcialmente mezclado con
otros seres humanos..."
El hombre sin atributos, Robert Musil
Hace exactamente un año, una tardecita como la de hoy, me enteré de la existencia de Hubert Von Henryk: a eso de las 16:00 me entró un mail de una amiga, grandísima directora de cine, que me contaba que en la vastedad de la pampa vivía un viejito alemán que había escrito un manual visionario y poético para el FB. Como La Ilíada, comentaba, se había convertido en un clásico, en un modelo de otros miles sin que ninguno alcanzara su visión y su riqueza. El mail venía con un link a YouTube donde se veía a Hubert sentado en su mecedora hablando a cámara con el jardín de su casa pampeana de fondo. El pedazo de jardín que se veía a espaldas de Hubert era casi un calco del que veía yo desde la ventana de mi casa en Pinamar; los mismos verdes, las mismas sombras, el telón de fondo perfecto para lo que contaría Hubert de su amado manual. Pasé un rato mágico escuchando su dulce acento bávaro con cadencias del hoch Deutsch mientras atardecía despacio y allá lejos la oscuridad devoraba el mar. Le haría una entrevista. Tendría que buscar un intérprete porque yo no hablaba alemán.
El reservado, vulnerable Lichtenberg, oculto tras la perfecta máscara del aforismo, escribió en uno de sus cuadernos : «Autobiografía: no olvidar que una vez escribí la pregunta: ¿Qué es la aurora boreal? , la deposité en el granero de Graupner con esta dirección: A un ángel, y lleno de timidez volví a la mañana siguiente en busca de mi recado. ¡Oh, si hubiera habido un bromista que lo contestara!»
Se refiere así Lichtenberg a ese tiempo en el que, antes de que la razón entrase con bisturí en todos sus sueños y pareciera apoderarse de todo, la infinita capacidad de creer que era su infancia le permitía confiar de igual modo en las voces y en los ecos de esas voces, en las figuras y en sus sombras.
Cuando la razón finalmente llega y parece instalarse para siempre en nuestros sueños, estos mensajes encuentran otros «graneros», igualmente cargados de poder, inesperados buzones que se abren en la ranura de un armario, en el cajón medio abierto de un aparador.
En uno de sus internamientos en el manicomio -como relata en su extraordinario libro «El hombre jazmín»- la escritora Unica Zürn, segura de que se va a celebrar una fiesta, escribe mensajes a los poetas que ama en hojas de papel blanco; los enrolla y los hace volar desde la ventana «como pájaros blancos, emisarios de su transfiguración». Otro día, en el que la ventana está cerrada, invita a un poeta a visitarla; ata el mensaje con un cordón y lo deposita en el recipiente en el que la enfermera de noche guarda su instrumental. «Eso no es un buzón», le dice la enfermera, y ella no contesta: «sabe que aquella carta ya ha llegado a la otra tierra y la están leyendo.» Esa otra tierra que podría incluso ser la del mundo de los muertos.
Frase de Roland Barthes en Lo Neutro.
Curso del Collège de France, 1978.
Siglo XXI Editores, México, 2004.
Pag. 107. Le neutre: notes de cours au
Collège de France, 1977-1978
Seuil, Paris, 2002. p. 89.
Para Gerardo Fernández Fe
Fue Roland Barthes quien acuñó la mordaz, ingeniosa frase que cuelgo como título. El célebre estudioso de la retórica clásica logró caracterizar el fenómeno, resumir el virus. Ahora el cosquilleo narcisista, originalmente referido a sus colegas parisinos, se ha convertido en burla intemporal, a un costado de la revista Tel Quel, que leímos en sus últimos quince años de existencia. A pesar de que la traducción literal de la popular expresión francesa sería Sin cambios. Cuando en realidad buscábamos cambios.
Como parece estar de moda la literatura sobre lo que el mismo escritor está escribiendo, viene muy a cuento la satírica frase de Roland Barthes. En esta dirección no muy risueña –dentro de la que se enzarza el cosquilleo narcisista— un amplio grupo de lectores especulamos que vivimos en una “época tautológica”, caracterizada porque una rosa es una rosa, pero sin la belleza del énfasis expresivo.
Escribir una apretada síntesis sobre una de las figuras más descollantes de la literatura boliviana parece fácil, pero resulta una tarea difícil, debido a su personalidad polifacética y a la complejidad de su prolífica obra que, hasta el día de hoy, sigue siendo motivo de interpretaciones y controversias.
El nuevo ensayísmo de Fernando Aínsa
El ensayista y escritor Fernando Aínsa sigue aportando nuevos títulos a su ya extensa e intensa bibliografía sobre la literatura hispanoamericana. Gran conocedor de todos los periodos de la historia y de la literatura del Nuevo Mundo, Aínsa ha dado cuenta de una curiosidad sin fisuras que le ha llevado a trazar un número considerable de líneas de investigación. El cotejo de todo ese material dado a la imprenta a lo largo de las últimas décadas, permite al lector establecer tres grandes ejes temáticos. El primero de ellos centra su atención en los espacios literarios y su incidencia mítica. Títulos ya clásicos de su producción como Los buscadores de la Utopía (1977), De la Edad de Oro a El Dorado (1992), La reconstrucción de la utopía (1998) o Espacios del imaginario latinoamericano. Propuestas de geopoética (2002) trazan las estrechas relaciones que mantienen los arquetipos míticos con la ficción latinoamericana desde los primeros cronistas de Indias y la exploración de ese mundo indómito. La segunda gran preocupación de Aínsa ha sido la búsqueda de la identidad americana, su delimitación y trazado a través de la literatura, el pensamiento y el arte, la fijación de unas señas de identidad, esencialmente mestizas, cuyos arcanos se remontan a los textos fundacionales de la gesta americana. Su título más emblemático es sin duda Identidad cultural de Iberoamérica en su narrativa (1986), pero esta preocupación es un tema transversal en libros como Pasarelas. Letras de dos mundos (2002), en sus ensayos sobre la narrativa de Juan Carlos Onetti (Las trampas de Onetti, 1970) o sobre literatura uruguaya, como Tiempo reconquistado. Siete ensayos sobre literatura uruguaya (1977). Su tercera línea de investigación es una consecuencia de las dos anteriores: la preocupación por el canon literario, donde el lúcido pensador parece sentirse especialmente cómodo. Libros como Del canon a la periferia. Encuentros y transgresiones en la literatura uruguaya (2002) o su Narrativa hispanoamericana del siglo XX. Del espacio vivido al espacio del texto (2003) dan buena cuenta de ello, aunando en una perfecta conjunción estas tres líneas de investigación que han marcado su trayectoria a lo largo de más de medio siglo de lecturas incansables.
El 14 de febrero de 2013 terminé este ensayo y lo envié a Colombia. Se suponía que haría parte de un libro con testimonios de mujeres colombianas poetas o escritoras; a grandes rasgos, se trataba de un libro sobre cómo el acceder al espacio literario nacional se nos ha dificultado –o no– a las mujeres, por el hecho de ser mujeres.
A pesar de la buena voluntad y la persistencia de quienes desean editarlos, no todos los libros proyectados logran convertirse en libros reales. Hoy he elegido publicar este ensayo en la revista Aurora Boreal® en su versión digital, en recuerdo de Helena Araujo Albrecht, escritora, crítica literaria, y colombiana que no temió nunca ser ni decirse feminista.
Helena murió hace un mes, el 2 de febrero en Suiza, su segunda patria: una patria que le resultó mucho más amable que la propia; en la que pudo criar a sus hijas, ganarse la vida decorosamente, forjar su propio destino como mujer y como intelectual, y morir de su propia muerte.
Helena nos ha dejado a todas las personas que tuvimos el privilegio de conocerla y de quererla enriquecidas, 'arropadas' por su amor, término utilizado aquí en España, donde vivo. La extrañaré y la querré mientras viva. Y como tengo solo palabras para señalar el trazo luminoso que dejara su vida en mi vida, le dedico este escrito a su risa y a su mirada, siempre volcadas con entusiasmo sobre el acontecer literario de Colombia, ese país que ella amó y del que es parte.
Además de haberle hecho a este texto la revisión cursoria necesaria al momento de publicar, no le he cambiado nada, ni la dedicatoria de entonces, ni las fechas. Le he agregado una nota pie de página al final.
Henry David Thoreau (1817-1862) es ese hombre que a los diecinueve años, en la ceremonia de recepción de su diploma de bachillerato en letras, proclama en voz alta: « Este curioso mundo en el que vivimos es más maravilloso que útil. Ahí está, no tanto para que lo utilicemos, como para que lo gocemos y admiremos. El orden de las cosas debería ser invertido: el séptimo día debería ser para el hombre el del trabajo, en el que se gane el pan con el sudor de la frente, y los seis restantes su domingo consagrados a lo que le gusta, así como a su alma...» (Bazalgette, 31).
Y un año antes, en 1835, escribía: «Nuestro indio es mucho más hombre que el habitante de las grandes ciudades. Vive como hombre, piensa como hombre, muere como hombre... El segundo es instruido, sin duda. La instrucción es una invención del arte, pero no es esencial a la perfección: es incapaz de educar...» (Bazalgette, 30).
Esas dos citas nos revelan a Thoreau por entero. Su vida será una explicitación, una ramificación en profundidad de esas convicciones primigénias, juveniles. Resulta difícil encontrar un caso de integridad similar, una terquedad y obsesividad ética parecidas, y tan bien formuladas.
Thoreau es un ejemplo destacado de desadaptación lograda. Alguien que «vivirá la paradoja», tal como lo anota uno de sus biógrafos, «de pasar cuarenta años de aventuras en el reducido perímetro de un villorrio. Catorce volúmenes (1) de un Diario íntimo, cinco o seis libros inmortales demuestran el éxito de la opción.» (Regis Michaud, 108).

1.
Juventud y rebeldía no han sido siempre ideas afines. Una panorámica mirada a la historia nos permitiría avizorar que durante los periodos políticamente más convulsos -sobre todo durante las guerras-, quienes ejercen el poder prefieren diluir la noción de juventud en beneficio de otros motivos que favorezcan la manipulación de sus gentes.
Breve artículo sobre el XVI Capulí, Vallejo y su tierra, una conferencia celebrada en mayo de 2015 en Perú.
El XVI Encuentro Internacional Itinerante, Capulí, Vallejo y su tierra se celebró en Perú del 19 al 24 de mayo de este año. Después de la primera jornada en la casona de la Universidad de San Marcos en Lima, que incluyó la inauguración del evento en la Capilla de la Virgen de Loreto por parte de los doctores Danilo Sánchez Lihón, Mara L. García y Bernardino Ramírez Bautista, una sesión de lectura literaria y otra de trabajos académicos y críticos, nos desplazamos hacia Trujillo, Huamachuco y Santiago de Chuco, ciudad natal de César Vallejo.
Si bien este camino de Santiago de Chuco se inició en Lima y otras ciudades de Perú, para muchos comenzó en Andorra, Hungría, México, Inglaterra, Colombia, Brasil, España, Francia, Estados Unidos, Argentina, Escocia, Venezuela, Uruguay y Chile. En el Centro de Estudios Vallejianos de la Universidad Nacional de Trujillo hubo una ceremonia de bienvenida y distinciones. Al final el poeta Andrés Echevarría le entregó al Dr. César Alva Lescano, Presidente del Centro, un ejemplar de su edición fascimilar de Cartas de César Vallejo a Pablo Abril de Vivero, publicada por la Biblioteca Nacional de Uruguay. Los actos académicos en la universidad estuvieron acompañados por una feria del libro junto al paraninfo, en la que por fin pude hacerme a un ejemplar en español de César Vallejo Una biografía literaria de Stephen Hart. De la universidad fuimos al antiguo hotel “El Arco”, donde Vallejo vivió y escribió Los heraldos negros, después al colegio Nacional San Juan, donde entre sus alumnos del primer año de primaria tuvo a Ciro Alegría.
El arte de la novela en el Post-boom latinoamericano
Alejandro José López
Ensayo
Programa Editorial Universidad del Valle
ISBN 978-9587653373
Páginas 165
Año 2014
El profesor de la Universidad del Valle, doctor Alejandro José López, narrador y ensayista, en abril de 2017 publicó un importante libro-ensayo acerca del denominado “post-boom” literario latinoamericano. Leí este libro hace dos años, pero ahora lo he vuelto a mirar con el detenimiento que de nuevo merece.
Se trata de un trabajo supremamente importante y bien escrito. En su primer capítulo, que es el que más interesa a los fines de esta nota, el autor lleva a cabo una de las más informadas y rigurosas aproximaciones que he podido conocer acerca de eso que se ha denominado, por algunos ensayistas, “boom” literario latinoamericano. Y, en los capítulos siguientes, deriva hacia un detallado análisis de autores como Manuel Puig, Antonio Skármeta y Ángeles Mastretta. Narradores que, según el autor, se pueden considerar como los más representativos de eso que se conoce como el “post-boom” literario latinoamericano.
La casa inundada y otros cuentos
Felisberto Hernández
Sí, leer por encargo suele fatigar; por eso, quienes vivimos de hacerlo no tenemos por costumbre echarnos una, sino muchas canas al aire. Eso fue lo que me ocurrió con este libro. Andaba entre los anaqueles de una biblioteca pública buscando un mamotreto que debía reseñar y, justo cuando lo hallé, se me ocurrió mirar hacia el lado. Ahí estaba la pequeña golosina: La casa inundada y otros cuentos, de Felisberto Hernández -una selección de siete relatos propuesta por Cristina Peri Rossi, con dibujos de Glauco Capozzoli y prólogo de Julio Cortázar-. Entonces pensé: "primero el gusto y después el susto", así que solté mi trabajo y agarré aquella edición de 1975.
En la obra del escritor chileno Roberto Bolaño, particularmente en Los Detectives Salvajes (1) (1998), hay una crítica no sólo a los movimientos de vanguardia y al establishment cultural mexicano, sino también a las falsas promesas revolucionarias de la izquierda latinoamericana que dejaron a las juventudes de los años setenta (a las que pertenece Roberto Bolaño) sumidas en la desesperanza.
En Los Detectives salvajes los personajes centrales (Ulises Lima y Arturo Belano) son dos escritores pertenecientes a lo que se conoce como el real visceralismo, un grupo de veinteañeros mexicanos que tienen nexos con los movimientos de vanguardia de los años veinte, sobre todo con los estridentistas y los surrealistas. Sin embargo, los real visceralistas no tratan de copiar los gestos de dichos movimientos, sino, por el contrario, mostrar su caducidad en un contexto como el latinoamericano en donde después de la matanza de estudiantes e intelectuales de izquierda en la Plaza de las Tres Culturas en Tlatelolco (2) (1968) y el asentamiento de la dictadura de Pinochet en Chile (1973-1990) los jóvenes entusiastas de la revolución no tienen cabida.
No hace más de cien años nos preguntábamos si en el continente americano tantos millones de hombres hablarían inglés. Es muy posible, pero pasado ese tiempo son más los que hablan castellano, incluida gran parte del norte. Su carrera, que ya es una razón para considerarlo importante, traslada por el camino a una cultura con sus nuevas artes e ingenios, con los resultados de un comportamiento, lo que es en general otro orden de la civilización. Nuevas palabras y nuevos nombres viajan apoyados en un idioma que desde hace mil años, en los versos de Gonzalo de Berceo, anunció las dimensiones que iba a tener en la creación literaria.
Después de esta inauguración el idioma se aseguró en los siglos siguientes, en los años de oro que fueron artífices de su madurez y de escritores indispensables en la literatura universal. Un proceso del que surgieron nuevos caminos para la comunicación, para las actuaciones y la filosofía expresada en la misma literatura. Un denso conjunto cultural que merecía divulgarse. En este aspecto, una de las mejores inversiones que ha hecho España en los últimos quinientos años es haber sembrado uno de sus idiomas en otra parte del mundo.
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