Juana Méndez - La granizada

Mientras se preparan para recibir la primera comunión, dos hermanas conocen el lado más cálido de su tío, un sacerdote que fue íntimo amigo del cura guerrillero Camilo Torres.

De fondo, el granizo cae en la Bogotá de los años sesenta, como si la ciudad se vistiera con el mismo vestido blanco que llevan las niñas al participar por primera vez de la eucaristía.

juana 1 350Mi hermana y yo hicimos juntas la primera comunión el sábado 15 de abril de 1967. Habría sido otra más dentro del predecible libreto de las primeras comuniones bogotanas si no hubiera sido por el tío Raúl y por la granizada histórica que cayó esa tarde sobre Bogotá.

Lo hacíamos todo juntas porque nacimos el mismo año y nos trataban como mellizas. Compartíamos el cuarto, el clóset, las muñecas, el salón de clase; usábamos abrigos y vestidos de la misma talla comprados en la misma tienda, pero en distintos colores, que nos repartíamos a la suerte de la que sacara del bolsillo de mi madre el papelito marcado con la x. Usábamos también la misma ropa interior, hecha por mi abuela en hilaza de algodón con su Faisán 200, que distinguíamos por una marquilla de tinta indeleble con nuestras iniciales. R y J, Rosario y Juanita, un nombre al lado del otro, una unidad indivisible.

Nuestra preparación para la primera comunión ocurría en las tardes, cuando regresábamos del colegio. Las demás niñas del salón de segundo de primaria se preparaban con el padre Andrade, que vivía en un convento en Usaquén al lado del colegio. Parecía que el viento se fuera a llevar al padre cuando cruzaba el patio del recreo; era viejito y flaco, y salía con una mano sosteniendo su sombrero negro y con la otra domando el faldón de su sotana de paño oscuro y botones diminutos desde el cuello hasta los pies. Lo llamaban padre Resortes porque ladeaba constantemente la cabeza con los mismos gestos involuntarios de los perritos que se ponen de adorno en las repisas de los carros. A nosotras nos preparaba el tío Raúl en su austero apartamento de la calle 100, a media cuadra de la iglesia de Cristo Rey, donde se estrenaba como párroco. Nos acomodábamos en la mesita de ajedrez instalada entre la cocina y el patio de ropas, donde más luz había, y tomábamos chocolate caliente mientras él nos revelaba la alegría enorme que significaba para nuestras vidas recibir a Jesucristo. El tío Raúl de pie, elevando los brazos con las manos abiertas, mirando al cielo y sonriendo, en ese gesto de iluminación que a nosotras nos fascinaba.

Era el único hermano de mi padre y, como él, se había dedicado a la lectura, a pesar de que mis abuelos fueron personas poco ilustradas pero preocupadas por dar la mejor educación posible a sus hijos. Esa costumbre inició con seguridad en el Liceo de La Salle de Chapinero, de los hermanos maristas, donde ambos estudiaron desde la primaria. Raúl era un cura hippie de barba y pelo un poco largo peinado para atrás, con un aire de ideólogo revolucionario. Prefería no seguir los protocolos de la vestimenta sacerdotal; para la liturgia usaba túnicas de fibras crudas hechas en telar manual, y andaba sin sotana y sin el cuello blanco de los curas, casi siempre con tenis y ruana boyacense de lana.

juana 2 350En esos años convulsos de los sesenta, mi tío permitió que sus alumnos engallaran el enorme y anacrónico Ford Fairlane negro que había sido de mi abuelo. Suprimieron el silenciador del exhosto y lo decoraron con calcomanías de flores estrambóticas. Solía ir por las calles de Bogotá a toda velocidad, siempre cargado de estudiantes universitarios que fumaban Pielroja. Mi tío tenía grupos de estudio y un club de lectura en el barrio de la parroquia y en la Universidad Nacional, y a veces organizaba en nuestra casa unas tardes de guitarra y agua de panela con queso en las que sus alumnos se sentaban en círculo a discutir asuntos políticos y religiosos, y después cantaban “A desalambrar” o “es más fácil encontrar rosas en el mar”. Nosotras seguíamos las reuniones desde el rellano de las escaleras, fascinadas con lo que pasaba en la sala.

Raúl Méndez fue también el compañero de cuarto y amigo del alma de Camilo Torres durante sus años de formación en el Seminario Mayor de Bogotá, y luego su sucesor en la capellanía de la Universidad Nacional. Por ese tiempo sufrió como ningún otro el dilema tremendo de abrazar o no la política en momentos en que la Iglesia se cuestionaba si la pobreza era un designio de Dios o más bien una injusticia. A mi tío Raúl le ganó su profundo sentido cristiano de entrega a los más necesitados y no participó de los debates políticos. Luego de su experiencia como capellán, a mediados de los años setenta, vivió al lado de los más pobres en el Juan Rey, un barrio que brotó en el páramo yermo de la salida a Villavicencio, y en Cazucá, en las montañas pedregosas de Soacha. En ambos lugares peleaba junto a sus habitantes por la conexión al acueducto y bregaba por poner a andar una evangelización liberadora. Visitaba puerta a puerta a la gente y publicaba unos manifiestos de mensajes sencillos que a veces le financiaba la curia, con la que tenía una relación difícil. En mi casa sabíamos que él se sentía limitado por sus superiores. Creía que la Iglesia no comprendía lo determinante que era su papel para el cambio social, pero aun así respetó las jerarquías y aceptó los traslados que ocurrían cada vez que sus discursos o acciones ponían en aprietos a la institución. Recuerdo que pasaba semanas enteras en el Juan Rey, expuesto al viento inclemente, comiendo solamente papa salada con agua de panela. Se quedaba en nuestra casa una o dos noches de vez en cuando para reponer fuerzas y disfrutar de esa reducida familia que éramos nosotros. A la larga, esa dura vida en el páramo lo convirtió con el paso de los años en un hombre de salud frágil y atormentado por las contradicciones de su apostolado. Le era imposible sustraerse de las dudas y los vientos cruzados entre los que se debatían los curas de la época. Puede que todo esto fuera el germen que alimentó la angustia de sus últimos años. A finales de los setenta se fue a estudiar semiología en la maestría que dictaba Roland Barthes en París, y combinó los estudios con largas temporadas en Vézelay, un pueblito de la Borgoña donde funcionaba un monasterio para católicos místicos que trabajaban en huertas y fabricaban cruces artesanales de bronce que se cuelgan del cuello con un cordón de cuero rústico, y que mi hermana todavía usa. Entre los libros que fueron de mi tío, a veces encuentro cartas y fotos de esas familias francesas con las que vivió en la comunidad de Vézelay.

En esos días en que recibíamos la catequesis, Bogotá era una ciudad de aire prístino en la que a veces amanecía una niebla bajita y espesa sobre los antejardines de rosales y geranios, que rápidamente se disipaba a medida que el sol sabanero calentaba la tierra. Los abutilones de nuestro jardín interior se llenaban de colibríes y en mayo brotaban de la tierra nubes de cucarrones desorientados. Llovía, pero volvía el sol muy pronto, y con el sol regresaban los copetones y las mirlas a cantar en los cerezos.

En nuestra casa trabajaba Digna Ramos. Con el radio de pilas prendido todo el día, cantaba y bailaba oyendo cumbias y paseos mientras rebullía ollas y pasaba el trapeador por la cocina. Nos paralizábamos con las historias que nos contaba luego de que la voz rimbombante del locutor de las noticias pronunciaba palabras que le recordaban hechos amargos y recientes: bandoleros, facinerosos, triple homicidio. Digna nos describía los muertos que llegaban flotando en el río a su pueblo, cerca de Montería, con el corte de franela y la panza hinchada, o a los bandoleros liberales que aparecían entre el rastrojo con un machetazo en el pecho y, sobre ellos, el aleteo de las moscas. Pensábamos que las nuevas palabras aprendidas durante la preparación para la primera comunión servirían como conjuros para espantar de nuestras mentes esos relatos espantosos: estado de gracia, salvación, abnegación. Entre las sombras de los eucaliptos que crujían en la ventana mi hermana y yo veíamos pasar los muertos de los ríos y levantarse los machetes. Tampoco podíamos dejar de sentir el temor a Dios del que tanto se hablaba en el colegio, así el tío Raúl insistiera en que ese dios iracundo y vengativo que todo lo sabía y lo veía, que hasta leía nuestras mentes, era un invento, y que más bien debíamos abrir nuestros corazones a la bondad y a la alegría de Jesucristo. La devoción con que recitamos las oraciones recién aprendidas no funcionó mucho; más poderosas fueron esas imágenes de hombres gordos en calzoncillos bajando por el río, muertos y con los ojos abiertos, descritas en las historias aterradoras de Digna Ramos.

Un día de mediados de los setenta vino a almorzar a casa Gustavo Pérez Ramírez, compañero del tío Raúl y de Camilo en el seminario. Los tres fueron amigos inseparables. En las noches se quedaban despiertos un rato más después de que se apagaran las luces de los dormitorios para hablar sobre su vocación inquebrantable de meterse a curas y sobre sus futuros felices y plenos transformando la sociedad. En la sobremesa, Gustavo y mi tío rememoraron un pacto de honor que los tres celebraron cuando fueron ordenados como sacerdotes: se tomaron de las manos y juraron dar sus vidas por quien lo necesitara, por los desposeídos de la tierra. Esa tarde de domingo, tras el ajiaco, flotó un rato sobre la mesa un tierno aire de nostalgia. Camilo dio la vida por los pobres de Colombia, o eso creyó, y mi tío Raúl también, de otra manera, en un fuego más lento que hizo más largo el sacrificio. Gustavo, en cambio, dejó el sacerdocio, se enamoró, hizo una familia, estudió historia, escribió un par de libros y fue feliz y querido.

Mi tío acompañaba las marchas de los estudiantes en la Universidad Nacional no porque militara en la política, sino porque creía en el poder transformador de la protesta social y pensaba que su presencia podría mitigar la respuesta violenta de la policía. Y también porque sentía mucha atracción por la provocación y sus consecuencias. Me acuerdo de la historia de la navaja suiza que perdió. Un día fue con sus alumnos enruanados a una obra de teatro en el centro de Bogotá y a la salida los paró la policía. Los agentes se percataron de que era un cura, y le preguntaron si había conocido al cura Camilo. En ese momento, mi tío dijo que sí, a ver qué pasaba. Que dónde trabajaba, que en la Universidad Nacional. Lo esculcaron: le encontraron en el bolsillo una navaja suiza y se lo llevaron a la estación a pasar la noche en una celda con la gente sospechosa que la policía recogía por oficio en la jornada nocturna. Otro día, en 1971, recibió una patada salvaje de un policía por socorrer a un estudiante herido en el campus de la universidad. El golpe lo dejó postrado durante semanas en el hospital, y de allí se levantó quebrantado para siempre; seguía yendo a sus clases de ética y semiología y a su pastoral en los barrios, pero con una tristeza que no lo abandonaría. Ese tío Raúl deslumbrante de nuestra primera comunión y de la capellanía en la Nacional empezaba a desdibujarse. Otra habría sido su vida si hubiera tenido a su lado alguien que lo cuidara y lo quisiera, porque la vida íntima de los curas es solitaria y desagradecida.

La preparación que seguían las niñas en el colegio no tenía la precisión conceptual del tío Raúl. Recibían la catequesis a las carreras y a brochazos, de manera que no tenían preguntas sobre Dios, no había tiempo para resumir lo aprendido, todo se iba mezclando y al final no quedaba más que un rebaño de niñas confundidas que en los recreos jugaban a parecerse a la Virgen de la Anunciación impresa en las láminas que el padre Resortes les había regalado. En el juego cruzaban las manos sobre el pecho, entrecerraban los párpados, la cabeza ligeramente inclinada hacia el piso, la sonrisa a medio insinuar. Como en el colegio no sabían muy bien qué hacer con nosotras mientras nuestras compañeras se preparaban para su primera comunión, nos llevaron como espectadoras a todos los ensayos de la ceremonia en la iglesia de Usaquén, justo en la puerta siguiente a la del colegio. Las niñas entraban de dos en dos, una mano en el corazón y la otra llevando el cirio apagado, con pasos acompasados como si remaran en una galera, tan tan tan, al ritmo de la pandereta de Julita Casas, la profesora de religión. Rosario y yo sentíamos que pertenecíamos a otro credo, como si poseyéramos una verdad que no debíamos revelar.

juana 3 350Hubo en nuestras vidas muchos otros eventos en los que sentimos esta cosa tan particular de tener al tío Raúl como guía intelectual. Fuimos a ver Guadalupe años sin cuenta al Teatro La Candelaria y I took Panamá al Teatro Popular de Bogotá. También vimos Dersu Uzala, la película de Akira Kurosawa sobre un hombre salvaje y bueno de la taiga rusa. Visitamos museos y asistimos a peñas musicales los sábados en la noche al tiempo que los vecinos de la adolescencia se reunían a mirar la luna y echar cuentos en algún antejardín del barrio. Y cuando regresaba de sus largos viajes de mochilero, el tío Raúl presentaba para nuestra familia las diapositivas que había tomado tratando de documentar la forma en que otros pueblos elevan su mirada al dios creador: las catedrales medievales, las mezquitas de Turquía, los templos llenos de monos en la India. Una vez, el rector de mi colegio del bachillerato lo invitó para que nos hablara sobre las religiones del mundo. Llegó en su moto con el carrusel de las diapositivas, la caja de madera con compartimentos en los que ordenaba las filminas y un telón portátil guardado en un estuche de cuero que, al abrirse, se desplegaba con un chirrido de resortes. En esas cajas de madera guardaba también las fichas que usaba de guía para dar sus clases de ética y semiología, las fichas bibliográficas de todas sus lecturas y, junto a ellas, sus apuntes de viaje, todo escrito en una letra maravillosa de cúes e íes griegas exageradas. Hoy día, esas cajas ruedan por las casas de mis hermanos y por la mía. Yo a veces abro mi caja y miro esos cientos de cartoncitos garabateados con frases que no entiendo y que guardan su emoción.

También tuvimos la primera confesión con el padre Resortes. De nuevo, habría sido discriminatorio dejarnos en el salón de clase haciendo planas mientras las otras niñas se acercaban más a Dios. Hicimos la fila para recibir la confesión muertas de miedo porque no teníamos el recipiente para los granos de trigo que las niñas llevaban al confesionario como prueba de su abnegación. Por cada sacrificio hecho o por cada buena acción, debían guardar en un frasquito transparente un grano de trigo. Las había con el frasco lleno de granos, las había predicando que es más importante la sinceridad de la intención que la cantidad, pero la mayoría mostraba unos cuantos granos en el frasco, ni pocos ni muchos. En la fila también se discutía qué era y qué no era un pecado, porque se nos había indicado que debíamos llegar al confesionario, en el que se escondía el padre Andrade detrás de una cortina roja, con claridad al respecto para no demorar la confesión. Cada vez que una niña dejaba el confesionario, analizábamos su expresión a ver si en algo había cambiado.

Al tiempo con la preparación espiritual se fueron perfilando los detalles de la ceremonia, siguiendo los protocolos monacales del tío Raúl. Se decidió que vestiríamos hábitos de penitente hasta la rodilla, cruces de madera, sandalias de cuero trenzado y una cofia de tela cruda, como de novicia castigada. No tendríamos vestido largo de muchos faldones de organza, ni velos, ni guantes, ni la bolsita de tela perlada colgada a la cintura para guardar los registros que se regalan a los invitados – unas postalitas ilustradas a mano con la leyenda “Recuerdo de mi Primera Comunión”–, ni medias veladas blancas, ni zapatos blancos de trabillita con botón de perla. Tuvimos que desechar el sueño de girar a toda velocidad en el jardín de la casa para caer arrodilladas con el vestido de encajes inflado de aire, apoyar con delicadeza las manos enguantadas sobre los velones y poner cara de santas, como hicieron todas nuestras primas hermanas para la sesión de fotos. ¿A dónde fueron a parar esos vestidos de sayal rústico, esas sandalias sin amansar, si no merecieron que mi mamá los guardara en una caja de cartón entre papel de seda blanco y bolas de naftalina? Me lo pregunto pues se acostumbraba a heredar de la mamá o de las tías el vestido fastuoso que se ponía al sol para que blanqueara después de estar enterrado en un baúl durante años. Conozco la historia de una niña campesina y su vestido de primera comunión, convertido después de la fiesta en el vestido dominguero para bajar al pueblo de Silvania, Cundinamarca. La niña sobre un bulto de naranjas en el platón de una camioneta desvencijada, sacudiendo el vestido con una bayetilla para que no se volviera rucio con el polvo de la trocha. Y en la tarde seguía sentada, pero ahora en una banca coja de la tienda veredal, viendo la televisión y esperando a que al papá se le pasara la borrachera. Eran los tiempos del comercial en el que unas adolescentes bonitas sacuden como maracas las cajas de Chiclets Adams al ritmo del jingle y luego las guardan en el bolsillo de atrás de sus bluyines. Araceli con su vestidito de primera comunión, gastado y estrecho, sentada con tristeza en la banca, viendo al papá con la frente pegada a la mesa llena de botellas vacías de cerveza y soñando con tener un bluyín con bolsillos traseros y una caja de Chiclets Adams.

Con nosotras hizo la primera comunión una niña pulcrísima de nombre Lorencita. Vivía cerca a la iglesia donde mi tío era párroco, y aunque fue catequizada en la tradición dominante de los colegios bogotanos, sus padres quisieron que recibiera el sacramento de manos del padre Méndez, seguramente fascinados por la gestualidad y la profundidad de sus sermones del domingo. Lorencita llegó impecable en la mañana esplendorosa de la ceremonia que no presagiaba la granizada que vendría. Traía un vestido largo y esponjado, brillante al sol como la nieve, los guantes de hilo francés, el bonete que parecía hecho de algodón de azúcar, los zapaticos de satín, el pelo a los hombros peinado con las puntas hacia afuera, una crucecita italiana de plata en el pecho bordado del vestido. La aparición deslumbrante de Lorencita nos hizo sentir inferiores. Nosotras en nuestros sayales crudos, recién peluqueadas, con las rodillas y los tobillos rojos de tanta piedra pómez, sosteniendo en las manos un platico de electroplata con una flor de azalea recién cortada, para algún propósito simbólico al estilo tío Raúl que ahora he olvidado. Se discutió cómo entraríamos a la capilla porque había que buscar un equilibrio visual entre estilos tan opuestos: que si Lorencita adelante y nosotras detrás, que si las tres en fila india... al final se decidió que nosotras escoltaríamos a Lorencita, una a cada lado, como dos edecanes espartanos. Muchos años después, en una kermesse navideña, volví a ver a Lorencita, no Lorenza, Lorencita, vendiendo ropa para bebé en el stand al lado de mis artesanías, con el blower impecable y un collar de perlas. Yo la reconocí, pero ella a nosotras nos olvidó.

El tío Raúl empezó sus funciones de párroco al mismo tiempo que la fundación de la parroquia de Cristo Rey en la calle 100, de manera que pudo dar cuerpo a su idea de Dios en la construcción de una primera capilla provisional, una gruta de cemento a la que se bajaba por unas escaleras anchas y que hoy en día es una cripta. En el centro, sobre un largo pedestal de concreto, el tronco aserrado de un árbol centenario era el altar; de las paredes pendían costales de yute bordados en lana roja por las monjas de la Clínica Santo Tomás con los signos que adornaron las primeras catacumbas de los cristianos romanos, y una raíz de cafeto en forma de cruz colgaba de un lazo sobre el altar. Me acuerdo que allí casó el tío Raúl a varios de sus alumnos y seguidores del barrio y de la universidad, vestidos en túnicas blancas, descalzos y con guirnaldas de flores en el pelo. En los sermones de la misa solía preguntar en voz alta a Dios sobre sus dudas: “Yo también tengo dudas”, decía a los feligreses, “yo también trastabillo. Yo soy humano y por eso dudo”. Los sermones de mi tío eran sobrecogedores. Ofició nuestra ceremonia con las tres niñas en la primera banca, vestido con una bata de algodón crudo y una estola de lana bordada que le mandaron de Boyacá, dando mil matices a su homilía teatral, hechizando a nuestros invitados y a los feligreses habituales. Recuerdo haber tenido que vencer la tentación irresistible de voltear la cabeza para ver quiénes habían asistido a la ceremonia. Me debatía entre pararle bolas a mi tío y dejarme llevar por la curiosidad.

En la fiesta que siguió a la ceremonia hubo el clásico menú de las primeras comuniones: el volován de pollo, nadando en una ensalada de frutas y crema chantilly, y la torta en forma de campana decorada con espigas de trigo y uvas verdes. Otra escena clásica: adultos en la sala con cara de aburridos conversando en voz baja, los niños invitados por amistad de los padres tratando de encontrar su lugar entre la banda cerrada de los vecinos de barrio y la de los primos hermanos. Fue una fiesta ajustada a la tradición bogotana, pero sin entrega de registros, ni rifa de medallitas ni sorpresas, ni siquiera la trillada bolsita de tul con almendras francesas, en cumplimiento a la consigna de humildad y frugalidad a la que nos plegamos. Después de comernos la torta, un viento repentino arremolinó las hojas secas debajo del urapán. En un momento, el cielo se echó sobre nosotros con una luz oscura y se desgajó un aguacero que boicoteó nuestros juegos de niños en el jardín. La fiesta entera se instaló en la sala para ver caer la lluvia que ahora nos ensordecía, retumbando con furia en la marquesina del patio. El ruido del agua se fue apaciguando, hubo después unos golpes aislados de hielo y luego estalló la larga granizada que terminó súbitamente, en un silencio limpio, como si el mundo acabara de nacer. Un vapor rastrero cubría el jardín de la casa, y cuando el sol volvió a brillar, vimos a Bogotá pura y luminosa, toda cubierta de blanco. Mi mamá sacó del cuarto de los chécheres un trineo viejo de madera que por alguna razón recóndita guardaba, como si en Bogotá nevara. Los niños arrastramos a la calle el trineo de cuento de hadas, con las cuchillas enroscadas y una rienda de cuero, y nos botamos por las calles empinadas del barrio convertidas en glaciares después de la granizada.

Abajo de esas laderas vive ahora la ciudad descarnada sin patios interiores de brevos y papayuelos, la Bogotá de ahora sin cucarrones.

 

Juana Méndez
Colombia, 1959. Es economista de formación y joyera por vocación. Desde 1988 trabaja en su taller de joyería desarrollando colecciones comerciales y haciendo joyería por encargo. Desde hace seis años dedica gran parte de su tiempo al estudio de la joyería popular en países andinos y en Colombia. Su trabajo se enfoca en Chocó, una región ubicada en el litoral Pacífico colombiano. La minería de oro emplea a aproximadamente 5.900 personas en esta región (2012) y los joyeros locales usan este oro chocoano en su trabajo. En 2019 Juana publicó el Catálogo de la joyería afrochocoana y a inicios de 2021 apareció su libro Somos hijos del oro: testimonios sobre la cultura del oro y la joyería en el Chocó. Actualmente prepara el Catálogo de la joyería del Pacífico Nariñense - Barbacoas y Tumaco y trabaja con los joyeros chocoanos desarrollando colecciones comerciales de joyería.

 

Material enviado a Aurora Boreal® por Juana Méndez. Publicado en Aurora Boreal® cona utorización de Juana Méndez. Fotografía  cabecera © Lorenzo Hernández. Todas las demás fotografías © archivo privado de la autora, enviadas por Juana Méndez a Aurora Boreal®. Este texto apareció publlicado originalmente en la revista El Malpensante en el número 230 julio de 2021.

 

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