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Poesía

Eugenio Montejo

montejo_001Selección de poemas de Eugenio Montejo para Aurora Boreal® por Martha Canfield

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DE ÉLEGOS (1967)

ACACIAS

Estremecidas como naves,
acacias emergidas de un paisaje antiguo
y no obstante batidas en su fuego
bajo la negra luz de atardecida.
Yo miro, yo asisto
a este mínimo esplendor tan denso,
yo palpo 
la intermitencia de las arboladuras,
su fuego girante, delirante;
enmarcadas en un éxtasis grave
como desposeídas lanzadas al abismo,
así de grande,
en un follaje poblado de sombras agitadas,
las miro
frente a la piedad de mis ojos
bajo los huracanes de la Noche.

 

DE MUERTE Y MEMORIA (1972)

REGRESO

Un instante la silla ha regresado
a su lejano árbol
con sus verdes tatuajes ya secos.

Sus pájaros están dispersos, muertos,
y la manada del rugoso cuero
yace plegada bajo las tachuelas.

Ya no hay más que silencio nivelado
bajo la sombra de un follaje extinto
donde se curte todo su misterio.

Fiel a sus tablas, sólo da reposo,
cuando de tarde la hemos recostado
a la pared, ahogando una memoria
de días que crecieron como un árbol
y la vida tronchó por cosa muerta,
claveteada con viejos pensamientos.

 

HAMLET ACTO PRIMERO

Mira la sala: no es el cortinado
lo que tiembla. Ni la sombra de Hamlet.
Tal vez, tal vez la capa de su padre.
Todas las noches son de Dinamarca.

Los soldados se turnan en la ronda
y lían sus cigarros.
Vuelve tan crudo allí el invierno
que desdibuja en bultos blancos
la tenue imagen del televisor.
Pero la noche tiembla
y las túmidas narices del caballo
nos olfatean bajo la nieve...

¿Qué país no ha escondido algún Rey muerto?
Pasan las propagandas
y retornan los pasos del espectro.

Es él, es él, es su fantasma
y la venganza de esa capa sola
estremece los clavos del perchero.
El locutor anuncia otra nevada
Para mañana, pero roja, siniestra.
Todas las noches son de Dinamarca.

 

DE ALGUNAS PALABRAS (1976)

LOS ÁRBOLES

Hablan poco los árboles, se sabe.
Pasan la vida entera meditando
y moviendo sus ramas.
Basta mirarlos en otoño
cuando se juntan en los parques:
sólo conversan los más viejos,
los que reparten las nubes y los pájaros,
pero su voz se pierde entre las hojas
y muy poco nos llega, casi nada.

Es difícil llenar un breve libro
con pensamientos de árboles.
Todo en ellos es vago, fragmentario.
Hoy, por ejemplo, al escuchar el grito
de un tordo negro, ya en camino a casa,
grito final de quien no aguarda otro verano,
comprendí que en su voz hablaba un árbol,
uno de tantos,
pero no sé qué hacer con ese grito,
no sé cómo anotarlo.

 

ISLANDIA

Islandia y lo lejos que nos queda,
con sus brumas heladas y sus fiordos
donde se hablan dialectos de hielo.

Islandia tan próxima del polo,
purificada por las noches
en que amamantan las ballenas.

Islandia dibujada en mi cuaderno,
la ilusión y la pena ( o viceversa).

¿Habrá algo más fatal que este deseo
de irme a Islandia y recitar sus sagas,
de recorrer sus nieblas?

Es este sol de mi país
que tanto quema
el que me hace soñar con sus inviernos.
Esta contradicción ecuatorial
de buscar una nieve
que preserve en el fondo su calor,
que no borre las hojas de los cedros.

Nunca iré a Islandia. Está muy lejos.
A muchos grados bajo cero.
Voy a plegar el mapa para acercarla.
Voy a cubrir su fiordos con bosques de palmeras.

 

DE TERREDAD (1978)

LA CASA

En la mujer, en lo profundo de su cuerpo
se construye la casa,
entre murmullos y silencios.
Hay que acarrear sombras de piedras,
leves andamios,
imitar a las aves.

Especialmente cuando duerme
y en el sueño sonríe
- nivelar hacia el fondo,
no despertarla;
seguir el declive de sus formas,
los movimientos de sus manos.

Sobre las dunas que cubren su sueño
en convulso paisaje,
hay que elevar altas paredes,
fundar contra la lluvia, contra el viento,
años y años.

Un ademán a veces fija un muro,
de algún susurro nace una ventana,
desmontamos errantes a la puerta
y atamos el caballo.

Al fondo de su cuerpo la casa nos espera
y la mesa servida con las palabras limpias
para vivir, tal vez para morir,
ya no sabemos,
porque al entrar nunca se sale.


CREO EN LA VIDA
Creo en la vida bajo forma terrestre,
tangible, vagamente redonda,
menos esférica en sus polos,
por todas partes llena de horizontes.

Creo en las nubes, en sus páginas
nítidamente escritas
y en los árboles, sobre todo al otoño.
(A veces creo que soy un árbol).

Creo en la vida como terredad,
como gracia y desgracia.
- Mi mayor deseo fue nacer,
a cada vez aumenta.

Creo en la duda agónica de Dios,
es decir, creo que creo,
aunque de noche, solo,
interrogo a las piedras,
pero no soy ateo de nada
salvo de la muerte.

 

CARACAS

Tan altos son los edificios
que ya no se ve nada de mi infancia.
Perdí mi patio con sus lentas nubes
donde la luz dejó plumas de ibis,
egipcias claridades,
perdí mi nombre y el sueño de mi casa.
Rectos andamios, torre sobre torre,
nos ocultan ahora la montaña.
El ruido crece a mil motores por oído,
a mil autos por pie, todos mortales.
Los hombres corren detrás de sus voces
pero las voces van a la deriva
detrás de los taxis.
Más lejana que Tebas, Troya, Nínive
y los fragmentos de sus sueños,
Caracas, ¿dónde estuvo?
Perdí mi sombra y el tacto de sus piedras,
ya no se ve nada de mi infancia.
Puedo pasearme ahora por sus calles
a tientas, cada vez más solitario;
su espacio es real, impávido, concreto,
sólo mi historia es falsa.

 

EL DORADO

a Luis García Morales

Siempre buscábamos El Dorado
en aviones y barcos de vela,
como alquimistas, como Diógenes,
al fin del arco iris,
por los parajes más ausentes.
Unos caían, otros llegaban,
jamás nos detuvimos.
Los hombres del país Orinoco
nunca elegimos otra muerte.

Perdimos años, fuerza, vida;
nadie soño que iba en la sngre,,
que éramos su espejo.
El oro del alma profunda
a través de las voces
que nos inventaban los ríos
en el rumor de las aldeas.
El Dorado que trae el café
a la luz del Caribe
con sus soles a paso de bueyes.
Jamás lo descubrimos,
no era para nosotros su secreto.
Los hombres del país Orinoco
teníamos raza de la quimera.

 

DE TRÓPICO ABSOLUTO (1982)

MANOA

No vi a Manoa, no hallé sus torres en el aire,
ningún indicio de sus piedras.

Seguí el cortejo de sombras ilusorias
que dibujan sus mapas.
Crucé el río de los tigres
y el hervor del silencio en los pantanos.
Nada vi parecido a Manoa
ni a su leyenda.

Anduve absorto detrás del arco iris
que se curva hacia el sur y no se alcanza.
Manoa no estaba allí, quedaba a leguas de esos mundos,
-siempre más lejos.

Ya fatigado de buscarla me detengo,
¿qué me importa el hallazgo de sus torres?
Manoa no fue cantada como Troya
ni cayó en sitio
ni grabó sus paredes con hexámetros.
Manoa no es un lugar
sino un sentimiento.
A veces en un rostro, un paisaje, una calle
su sol de pronto resplandece.
Toda mujer que amamos se vuelve Manoa
sin darnos cuenta.
Manoa es la otra luz del horizonte,
quien sueña puede divisarla, va en camino,
pero quien ama ya llegó, ya vive en ella.

 

LAMENTO DE PAISAJES

¿De qué paisajes hablo, de cuáles ríos?
Vivo envuelto en asfalto de estas calles,
mis ojos se fatigan de mirar edificios.

El río es una vocal extraña en mis palabras,
temo que desaparezca.
Me he habituado a nombrarlo sólo por metáfora.

La soledad de la línea recta
nivela mi casa, el cuarto, la ventana.
Las visiones rebotan en los muros,
estoy rodeado de piedras por todas partes.

Voy arrastrando a diario mi ciudad
como un asno su amarga carreta.
Avanzo. Dejo que crezcan las torres,
el humo, las paredes interminables.
Mi paisaje es el último grito,
ya muy lejos, de un gallo
que se borró de estas sordas madrugadas.

 

ESTA TIERRA

Esta tierra jamás ha sido nuestra,
tampoco fue de quienes yacen en sus campos
ni será de quien venga.
Hace mucho palpamos su paisaje
con un llanto de expósitos
abandonados por antiguas carabelas.

Esta tierra de tórridas llanuras
llevamos siglos habitándola y no nos pertenece.
Quienes antes la amaron ya sabían
que no basta pagarla con la vida
o fundar casa en sus montes
para un día merecerla.
Y sin embargo hasta el final permanecieron,
nunca desearon otra visión para sus ojos
ni otro solar para su muerte.
En ella están dormidos y hablan a solas,
a veces se oyen,
alzan sus voces en medio del follaje
y el viento las dispersa.

No serán nuestros sus vastos horizontes,
ninguna gota de sus ríos,
de quienes la pueblen después,
fue ajena siempre en cada piedra,
en cada árbol.
Demasiado verde son los bosques
de sus espacios sin nieve.
Sus colores desnudan las palabras;
en nuestras charlas siempre se delatan
sonidos forasteros.

Esta tierra feraz, sentimental, amarga,
que no se deja poseer,
no será de nosotros ni de nadie
pero hasta en la sombra le pertenecemos.
Ya nuestros cuerpos son palmas de sus costas,
aferrados a indómitas raíces,
que no verá nunca partir
aunque retornen del mar las carabelas.

 

EL CANTO DEL GALLO

a Adriano González León

El canto está fuera del gallo;
está cayendo gota a gota entre su cuerpo,
ahora que duerme en el árbol.
Bajo la noche cae, no cesa de caer
desde la sombra entre sus venas y sus alas.
El canto está llenando, incontenible,
al gallo como un cántaro;
llena sus plumas, su cresta, sus espuelas,
hasta que lo desborda y suena inmenso el grito
que a lo largo del mundo sin tregua se derrama.
Después el aleteo retorna a su reposo
y el silencio se vuelve compacto.
El canto de nuevo queda fuera
esparcido a la sombra del aire.
Dentro del gallo sólo hay vísceras y sueño
y una gota que cae en la noche profunda,
silenciosamente, al tic-tac de los astros.

 

LAS RANAS

No más teorías: me sumo al coro de las ranas.
Quiero oirlas croar esta noche, rodeándome.
En su alfabeto percibo una sola vocal
y las burbujas del pantano.
El piano que nos dieron marca las mismas notas
ya demasiado repetidas. Basta.
Tal vez sea un ángel esa sombra
que se eleva a la puerta de mi caverna.
No me consta.
La oscuridad de Dios nunca deja ver nada claro.
El tiempo puede girar en redondo,
depende de la lluvia, del viento entre los árboles.
No más teorías: ya oímos al espectro,
acallemos al Príncipe Hamlet.
Por hoy me bastan las voces de las ranas,
quiero oírlas croar esta noche más cerca
dejando que me llenen los sentidos
con su taoísmo solitario
hasta que se borren los enigmas del mundo.
En sus coros me entrego a la máxima gracia.

 

DE ADIÓS AL SIGLO XX (1992)

ADIÓS AL SIGLO XX

a Álvaro Mutis

Cruzo la calle Marx, la calle Freud;
ando por una orilla de este siglo,
despacio, insomne, caviloso,
espía ad honorem de algún reino gótico,
recogiendo vocales caídas, pequeños guijarros
tatuados de rumor infinito.
La línea de Mondrian frente a mis ojos
va cortando la noche en sombras rectas
ahora que ya no cabe más soledad
en las paredes de vidrio.
Cruzo la calle Mao, la calle Stalin;
miro el instante donde muere un milenio
y otro despunta su terrestre dominio.
Mi siglo vertical y lleno de teorías...
Mi siglo con sus guerras, sus posguerras
y su tambor de Hitler allá lejos,
entre sangre y abismo.
Prosigo entre las piedras de los viejos suburbios
por un trago, por un poco de jazz,
contemplando los dioses que duermen disueltos
en el serrín de los bares,
mientras descifro sus nombres al paso
y sigo mi camino.

 

NANA PARA EMILIO

Duerme, hijo mío, que la tierra está sola
y se fueron volando los astros.
Ya el sol guardó su última vela,
se durmieron las llamas;
se durmieron las horas del reloj, no hay tiempo,
no está despierto nadie.
Los hombres dejaron sus cuerpos y partieron;
desde esta calle no se ven,
ya van muy adelante.
El gallo que oyes cantar está muy lejos,
el sueño es su único plumaje.
Duerme, hijo mío, en mi carne, en mis ojos,
como dormistes antes que yo naciera,
como dormimos durante tanto tiempo
dentro de nuestros padres.
Mañana vuelve el día
junto a las voces que nos borró la ausencia
y saldrán del espejo rostros, casas, colinas,
y el humo tan humano del café
que viene a despertarnos con hondas vaharadas
aquí o en otra parte.

 

DE PARTITURA DE LA CIGARRA (1999)

ADIÓS A MI PADRE

Mi padre muerto iba delante
y detrás junio, de verdor ubérrimo,
y la geórgica lluvia venida de tan lejos.
Al paso de su sombra
los refrenados carruajes nos seguían.
Mi padre hablaba del camino,
de cafetales con piel de adormidera
que a un simple roce ya eran calles y torres.
Hablaba dormido,
con voz inubicable,
una voz rápida de cuando era muy joven
y yo no había nacido...
Atravesamos un bosque de apamates
que en lenta fila también iban marchando
no sé adónde.
Después sólo se oyeron las cigarras
estremecidas en un coro compacto.
Mi padre acaso creyó que las oía
pero ya entonces a bordo de un relámpago
su alma cruzaba remotas intemperies.

 

ANATOMÍA DEL GORRIÓN

¿Qué es un gorrión?
Un diminuto cúmulo de plumas
que en dos alas se arquea
cuando persigue rápido a su cuerpo,
pero nunca lo alcanza.

El cuerpo se hunde en tierra cuando muere
y el gorrión permanece:
de un canto a otro va rodando
aquí, lejos, ayer,
ya no recuerda.
No vemos nada a veces en el aire
pero un gorrión va dentro,
algún canto sin cuerpo que allí cruza
o un cuerpo con un canto
que no puede ser visto
ni por él ni por nadie,
sólo eso.

 

PARTITURA DE LA CIGARRA

I
Sin tregua las horas se aceleran
con el ronco clamor de la cigarra.
Miramos pasar el paisaje veloz
sabiendo que no vuelve
y que tampoco nosotros volveremos.
Bajo la nieve - dicen - el tiempo va más lento,
cada cosa se envuelve en su sombra,
en el silencio blanco de su sangre.
El sol, en cambio, apura en estas tierras
el paisaje que pasa,
las flores abren para una edad que aún no tenemos,
con aromas henchidos pero inalcanzables.
La cigarra y su lámpara sónica
alumbra hasta incendiarse,
hasta que deja su cuerpo reseco
a la intemperie, entre las ramas de los árboles.
El paisaje no se detiene a recogerla,
no tiene tiempo, va de prisa,
a la velocidad de fuerzas siderales.
Queda en el viento su ceniza cantora
que se dispersa ya inaudible
hasta que su rumor regrese en otro cuerpo,
en otro vuelo de sus alas.


VII
Ya es pura ceniza la cigarra,
sólo en mi corazón se oye su canto.
Está dormida lejos de su música,
yace a la luz de una remota estrella,
sólo han quedado restos de su cuerpo,
sus secos ojos, su materia marchita,
se alejó más allá de su grito,
quién sabe dónde, hacia otro bosque,
hacia algún árbol de ramas siderales.
Ya ha restituido cuanto le dio la tierra,
patas y antenas, anillos, talle cónico,
su alado tórax, su címbalo sonoro,
su traje tenue, color de oliva griega,
y nos dejó su sombra, como una carta
a la puerta del bosque,
después voló sin nada a lo invisible,
al otro lado de la partitura,
donde, por toda huella, queda el viento
y el rumor pensativo de los árboles...
Sólo en mi corazón se oye su canto.

Está alumbrando ahora desde una estrella, lejos,
está dormida fuera de su música,
soñando que podemos cantar lo que cantaba,
ella y su verde silencio compacto,
ella y el grito que inventa su quimera,
lo que canta en nosotros desde su ceniza,
desde sus alas sin alas que elevan su vuelo
hacia la lumbre musical de los astros.

 

DE PAPIROS AMOROSOS (2003)

MIENTRAS GIRE LA TIERRA

Déjame que te ame mientras gire la tierra
y los astros inclinen sus cráneos azules
sobre la rosa de los vientos.
Flotando, a bordo de este día
en que el azar, por un instante,
despertamos tan cerca.
Pude vivir en otro reino, en otro mundo,
a muchas leguas de tus manos, de tu risa,
en un planeta remoto, inalcanzable.
Pude nacer hace ya siglos
cuando en nada existías
y en mis angustias de horizonte
adivinarte en sueños de futuro,
pero mis huesos a esta hora
ya serían árboles o piedras.
No fue ayer ni mañana, en otro tiempo,
en otro espacio,
ni ocurrirá ya nunca,
aunque la eternidad cargue sus dados
a favor de mi suerte.
Déjame que te ame mientras la tierra siga
gravitando al compás de sus astros
y en cada minuto nos asombre
este frágil milagro de estar vivo.
No me abandones hasta que ella se detenga.

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