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Poesía

Araceli Toledo Olivar - 'Murmullos de salamandras'

araceli toledo 250Araceli Toledo Olivar, México, 1976. Su poesía propone un viaje hacia los espacios interiores que a veces llegamos a depositar en la sombra. Parte de la idea de que estos eventos han sido, intencionalmente, oxidados por la memoria, porque es hasta un determinado momento de nuestras vidas cuando se vuelven verdaderamente importantes, y es entonces cuando emergen del olvido con la ayuda de la palabra. A través de la poesía explora las puertas que se cierran y se abren con el transcurrir de los días. Asimismo, le cede la voz a aquellas mujeres que dejó de ser y a las que están próximas a nacer.

 

LAS ESCAMAS DE PESCADO SECO


siempre
alumbraron tus faldas
                             Abuela Salamandra.
Aun te siento
caminar por la casa
                            de tejas
hoy destruida.

Todas las tardes
dormitabas
en tu hamaca.
Te mecías lentamente
mientras templabas tu fuego
con el verdor de las almendras.

Todo reposaba en silencio
hasta que una bandada
                                 de pericos
cruzaba
escandalosa
el cielo despejado.

Cuando niña
observaba
tu ritual
de vestimenta.
Salías del baño
con los cabellos escurridos
como pasionaria ennegrecida.
Abrías tu baúl
tomabas una enagua
la sacudías de frente al sol
y en cascada luminosa
caían escamas aguaviva.
Enroscabas
alrededor de tu cabeza
el cabello húmedo entrecano.
Luego
caminabas
descalza
           hacia la calle
sin decir adiós.

Por las noches
peinabas
tu cabello con
polvos de mamey
sándalo de mar
raíces desangradas.
Con el cabello
entre los dedos
pensabas en tu madre.
En los años complicados
que pasaron juntas.
Añorabas
constantemente
                      su presencia
sabia
     enmohecida
mientras un olor
a nostalgia
                 no llorada
impregnaba
todo el cuarto.

Tu mirada severa
nunca
me obsequió jazmines.

Crecí
entumecida
con la cercanía de tu imagen
                                              distante.

Tu sombra
se proyectaba inmensa
ante el sobresalto
                           de mis ojos
crédulos de niña.

En las madrugadas
de noviembre
los perros aullaban
en el patio.
Sus lamentos se confundían
con el bramido
                   del viento índigo.

Enfurecida
te levantabas de la hamaca
y pisando las piedras adormecidas
te detenías frente al árbol de algodón.
Discutías con quien se escondía
entre los repliegues del tronco.
Con acicaladas injurias
exigías
que abandonaran
tus tierras.
De inmediato
los perros
se tranquilizaban
y tú regresabas satisfecha
a este mundo
                  Abuela Salamandra.

 

 

LAS SALAMANDRAS


tienen una mirada
                           de flor de fuego
hundida
en encrucijadas de remota
                                      memoria.
Poseen
           la frialdad del mármol.
Se alimentan de
                           gritos
                                  apagados.
De esos
que no alcanzaron a nacer.

Son dueñas
                   del clamor
del segundo
                   perpetuo
que entre filos
             de barniz púrpura
se deshace
capa
                           por
capa.
Con las brasas
del ave en llamas
acrisolan
              las sombras
                         desahuciadas
de los días.

Sus llagas
supuran
        bálsamos de sal.
Desenroscan
                  agresivas
su cola láctea
y desenmascaran
            con su veneno
la voz acuosa
que petrificó
el brebaje del cosmos.

Hay en sus pupilas
reverberaciones ópalo
                           de soledad.

Contrariadas
transitan
por el camino
                        pantanoso.
Atraviesan por los fósiles
                                        Yermos.
Sus espíritus
penetran
la fortaleza
del aura en escarcha
que impregna la madrugada
                                       en vigilia
de la aspereza de enero
y su cresta
           se incendia
de oro en polvo
agonía
        encarnada
              en la cera magnolia.

La tierra granillo
acuna a
                  las
                          salamandras.
Recubre
de eternidad
             sus resuellos
el azufre de sus venas
                     que ensanchadas
se desfiguran
se confunden
                   con el eco vagabundo
con la súplica
de la melodía
                    caracol.
Avanzan.
La hojarasca se estremece.
Algunas llamas
acunan su piel
Se confunden en el anonimato
del vapor de la noche.
Los perros las presienten.
Perciben su filtro mercurio
y entre ladridos
se unen a las hijas de Creta.
Se regocijan
todos
en las espigas
de trigo
           que reflejan
el poder encubierto
de la luna y su pasión
                              efervescente.

Los gatos
se esponjan.
Trepan
           la cúspide
de la aurora
           por la madreselva
                      irrumpen en su misterio.

Sus garras
custodian
la linfa sagrada
de las salamandras
                            sin memoria.
De las que esta noche
solo hallan consuelo
en el roce
              convulso
                      de la salvia.

¿Fue la rabia
de mi ombligo
el ojo centinela
que las regresó
a la tierra?

 

 

EN LAS INVOCACIONES MÁS RECURRENTES


de mi acicalado insomnio
vuelvo infante
a las grietas del patio de cemento
que tantas veces
caminé
            descalza.

Veo los lavaderos
anchos
             altos
como nubarrones grises
el tanque de agua helada
                               con flores de limón
flotando
en el pozo
de los deseos truncados
de los habitantes de esa casa.

Percibo
con la nitidez de mis ensueños
el olor a granadas
                        recién cortadas
de cáscaras de naranja marchita
que colgaban
como
                  serpentinas
en la entrada de la cocina.

Se asoma a mi encuentro
la silueta confusa
de mi abuela.
Cerca de la ventana
sus cabellos reposan
con los primeros
              brotes de la mañana.
En secreto
se sabe llorosa
                   adormecida
Su alegría vive prisionera
de su pasado.

Nunca fui feliz
repetía
          insistente

Tantos hijos
tantos ascos
tantas panzas…
                    tantos nombres.
Germina
en mi memoria
el aroma del café con canela
y sus espirales de humo.
En la cocina hay una olla de barro
tambaleándose en la estufa.
El vapor de los alimentos
se trenza con el frío de la mañana.

En esos días
la sonrisa de mi tía Domi
se mostraba cálida
                       destilaba certezas.
La caricia de sus palabras
era mi talismán.

Esta noche
mi mente
la cristaliza eterna
en el lecho que años después
la alejó de sus días de fiesta
y de nuestro amor.

¿Qué vamos a comer?
Preguntaba tía Domi
                                     emocionada
a mitad del desayuno
mientras hábil desvenaba chiles
para sazonar la comida.
la salsa que hizo tu mamá
no pica lo suficiente.

En esos años
me arropaba un gusto dulce
de vainilla entre los labios.
Me veo dormida
entregada a la noche
a lado de la abuela.

Me protegía una sensación
de esperanza absoluta
cuando fantaseaba
                         con un futuro
que desde mi primer llanto
había comenzado a engarzar
entre sorbos de té de anís-canela
y velas de pastel de cumpleaños.

¿Te ayudo a llevar el pan?
preguntaba con cierta preocupación
mi tía Chela a la abuela.
Mira que pesa mucho
te vayas a lastimar.
Abuela negaba con la cabeza
seguía caminado
                      como si nada
como si no fuera ya muchísima la carga
que llevaba en su pecho
además de la enorme canasta de pan
que vendía todas las tardes
en el pueblo puerta
                                 por
                                      puerta.

Al final de la jornada
con la luna y su conejo
mi abuela
abría
como abanico
las puertas de su casa
y se sentaba en la banqueta.

Buscaba
              confundida
el rumor velado de su juventud.

Es en el abandono del sueño
el narcótico efecto
                            de la madrugada
y el silencio
                del día que recién murió
que entre sábanas
intento
desdoblar las imágenes
de quienes dejaron de habitar
la casa aquella
la de mi infancia terciopelo.

Sé que a veces
los que ya se fueron
regresan
en forma de
                     libélulas.
Dicen
que por las mañanas
se posan
en la parte más alta
                     del ventanal
donde reciben
las bondades del sol.

Después
            alumbrados
por el viento obsidiana
                                  del sur
vuelan en círculo
hacia los últimos brillos
de la ruta crepuscular.

 

 

DEL VENENO DE LA TRISTEZA


invariablemente
                          heredada.
Del inclemente vacío
siempre
presente.
De la oscuridad sin nombre.
De la soga de expectativas
                                 maltrechas.
De los minutos
               esporas transparentes
satín hurtado.
De los dientes de león
                     ilusiones no nacidas.
De los estertores
                     nauseabundos
de los lobos
                     mansos.
De los peces sin alas
y sin escamas neón.

De la debilidad de mi sombra.
De la flaqueza de los pasos
que riegan los cielos.
De los portales
sembrados
     por sillas vacías.
De los laberintos
devorados
por las fauces
               del océano en llamas.
De la zozobra
               de los juramentos
                                  malogrados.
Yo
me desdigo.

 

 

¿ERES TÚ


quien me acecha
en esta luna
                     fiel
a los designios
            de la arena
                     serpenteada
por las manos
      que temerosas
trazan
     constelaciones infinitas
en el aire
          humedecido
de lavanda?

¿Es tu sombra
quien domina
mis recelos
                   más
                         profundos
e insensible
se aleja
cuando los hilos tornasol
de la noche desaparecen?

¿Qué deseos
obedeciendo
                    tu voluntad
permanecerán ocultos
entre las raíces
                    de la salvia
que alguna vez
            ambicionó
tu presencia esquiva?

¿Acaso intentarás huir
después de haber liberado
                                            al minotauro
de las fauces de mi propia
                                             inconsciencia?

Ante tu indolencia
despertaré
                    en silencio
sin desenfundar la espada.

Abriré los brazos.

Terminaré el conjuro
y reposaré
         de
                frente al sol.

 

 

CUERPO ADENTRO


el mar se extiende
sin naufragios.
Cada ángulo de su tronco
               a contraluz oculto
es como un lirio
                en duermevela.
El deseo se somete
                tembloroso
ante su silueta tensa
piel de raso oliva.

Su cabello bruno
encrespa
el ánimo
              humedecido
del sol.

Eros y un café
saben bien
por la mañana.

 

 

EL LLANTO DEL ÉTER


gotea
          boreal
en su piel
                  traslucida.
Sus venas azules
parecen flecha de mercurio
                                           diluido.
Arde
inacabable
               su mirada destructora.
Con sus garras
despoja
de anhelos
a quienes hurtaron
el ámbar sosegado
de su mirada.

Sigilosa
irrumpe
en sus sueños.

Les arrebata
la calidez de
              la brisa sureña.
El vaivén de
                     los susurros
                                          añil estrella.
La paz
           incomparable
del dolor.

Cuando se opaca
la luna roja
regresa
            satisfecha
a los infiernos.

Desde su trono
resguarda
                   ausente
la divinidad
de su estirpe
                   tritón.

 

 

LANZAS LA MONEDA AL AIRE


con la precisión del vuelo
de un ave
                en
                         picada.

Te sientes despreocupada
por lo que la suerte
traiga consigo.

Tienes la certeza
del retorno de
Fortuna.
Verdes
       relucientes
tus augurios
ante el busto de Medusa.

Ella
conoce los miedos
que traspasan las paredes
y se quedan atrapados
como insectos
en la resina portal.

Las pesadillas
permanecen en tu memoria.
son cuerpos disecados
que no se estremecen
con tu desconsuelo.

En la lengua de
Medusa
el desasosiego
se traducen en
sollozos
         recriminaciones
arrepentimientos.

No habría por qué negarlo
te sentiste presa de los días por llegar
cuando viste las serpientes de su sombra.

Aturdida
por los placeres extraños
                alojados detrás del antifaz
de dichas remotas
te escondiste
en la armadura
de esta y otras vacilaciones

Atraviesas la cortina de cristales.
Son recelos
        sus girones purpurinos
tratas de alejarte de las apariciones
                    que desatan inclemencias.

La tormenta inicia adentro
y en el alma se queda
musita
          Medusa

Lanzas
la
     moneda
             al
aire
y al tiempo que
                              extravías
la mirada
                casi agonizante
piedra azogue
te llega
el sonido
áureo
del metal.

Esperas
bajo la luna
por la brisa
de la primera lluvia
reconfortante de verano.

A ciegas
remueves
los residuos
de escama
               tornasol
de tu rostro.

 

 

A ORILLAS DE CARRETERA


aquella que abandona
                               el pueblo
vivía
la anciana
           de los susurros.
Compartía
la casa
con sus dos hermanas

Por las tardes
salían las tres mujeres
                               de paseo.
Caminaban
hasta el centro
               y sentadas en el parque
tomaban el fresco
de las jardineras.
Aspiraban
con deleite
la fragancia
del azafrán acuático
            el elixir peonia marina
las violetas nomeolvides
                     de los jardines diamantados

La anciana de los susurros
traía
         siempre
la cabeza cubierta
         por una mascada zafiro
tejido
con flores borgoña
diminutas
apenas visibles entre
dibujos de espinas
y cabezas de
zorros.
Sus manos
parecían largos surcos
                                   cetrinos
de hipnótico oleaje.
Caminaba
               Encorvada.
Sus pasos
eran
      ocre
               enraizados
Firmes a pesar de su edad.

Las mujeres
buscaban
a la anciana
cuando necesitaban
un consejo.
Entraban a su casa
apenas
cantaba el gallo.
Tenían muchos desdenes
aglutinadas
en sus ojos.
Adheridas a sus pasos
así como se aferra
a la piedra
el musgo anquilosado.
Abandonaban esa casa
al finalizar
la noche.
Atravesaban la milpa
                          con aire liviano
con la sensación
de la primera mirada
                          que se nos regala
después de nacer
Collares aguamarina
                           de anémonas en pluma
colgaban de sus cuellos
                           adornando sus
sanados pechos
y atrás
            dejaban el rencor.

 

CUANDO CORTE


EL último tulipán rojo
del rayo vergel
decretaré
       convencida
que la muerte
        habrá llegado por mí.
Le daré la bienvenida.
Veneraré sus orquídeas.
Mis párpados
caerán como arena
y me despediré
de esta vida
           sin miedo.

Un día después
entrará
por la ventana
de mi cuarto
la espuma del caracol
de sal.

En la sala
un círculo de cirios
                             solferina
se apagará al instante.

Los lamentos sordos
se colarán
por mis ojos cerrados.

Cuando la antesala
                          abrasadora
de la luna
consuma mi cuerpo
miles de salamandras
danzarán
          con mi alma
rebosante
en mariposas de coral.

 

araceli toledo 375Araceli Toledo Olivar
México, 1976. Su poesía propone un viaje hacia los espacios interiores que a veces llegamos a depositar en la sombra. Parte de la idea de que estos eventos han sido, intencionalmente, oxidados por la memoria, porque es hasta un determinado momento de nuestras vidas cuando se vuelven verdaderamente importantes, y es entonces cuando emergen del olvido con la ayuda de la palabra. A través de la poesía explora las puertas que se cierran y se abren con el transcurrir de los días. Asimismo, le cede la voz a aquellas mujeres que dejó de ser y a las que están próximas a nacer.

 

Material selecionado y enviado a Aurora Boreal® por Araceli Toledo Olivar. Publicado en Aurora Boreal® con autorización de Araceli Toledo Olivar. Fotografía de Araceli Toledo Olivar © archivo del autor.

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